Martes, 04 de octubre de 2011

Anónima. Fue lo que hizo resaltar Una mujer en Berlín entre las estanterías. Hojeé el argumento y el prólogo y descubrí que se trataba del diario escrito por una mujer alemana entre abril y junio del cuarenta y cinco, en los últimos días de asedio de los aliados y la derrota final del régimen nazi. Tras leer este diario entendí ese anonimato, su mirada es certera, realista, cruda, dolorosa y no exenta de humor negro. Describe la guerra desde el punto de vista de las mujeres, una mirada que se detiene en aquellos que se quedaron en las ciudades derruidas y los refugios y que vivieron una época de locura y horror.

El inicio es demoledor, la vida cotidiana se ha convertido en una sucesión de truenos de bombas sobre Berlín, edificios en ruinas, sirenas inesperadas y los refugios donde se construyen pequeñas comunidades en la oscuridad, una vida sin el transcurrir del tiempo ni noticias. La autora describe la vida en el refugio con realismo. Sobre ellos, una casa medio derruida, el sonido apagado de las bombas, la sensación de que todo está detenido y, a la vez, la espera de la llegada de las tropas rusas y con ellas el miedo y el horror. La rutina se rompe con las colas en las pocas tiendas abiertas, la cartilla de racionamiento y los pocos alimentos disponibles, los camiones con soldados que vuelven del frente irreconocibles. Las primeras páginas me ayudaron a olvidar mis iniciales prejuicios y recordar que las barbaridades no entiende de bandos en una guerra, que existió Auschwitz y, también, Dresde o Hirshima.

Los refugios se convierten en el centro de la comunidad, se improvisan en sótanos y allí cada vecino atesora parte de sus recuerdos y pertenencias, una manera de mantener cierto apego con el pasado, con una vida distinta. Se mezclan los ancianos que apenas pueden moverse con los seguidores del régimen nazi esperanzados por una victoria final, los niños que no recuerdan otra vida que el presente que les toca vivir, las mujeres que tienen a su marido en el frente y los enfermos que no pudieron combatir. Todos tienen en común una vida en suspenso, un pasado que ya no existe, una vida semiderruida, como Berlín.

Y sobre el ambiente cerrado de los refugios, la espera de los rusos. Una de las partes más duras de este diario es ver cómo las mujeres intentan aceptar la crueldad que vivirán en manos de los soldados rusos, hacerse a la idea de las violaciones y vejaciones que sufrirán, una forma de fortalecerse ante lo que estaba por llegar. Y la autora sorprende con las descripciones de sus días anteriores al desastre, el miedo ante lo que le espera pero, a la vez, la asunción de ese dolor como una forma de pagar el horror desatado por el nazismo. En ese momento se borra la barrera temporal, recuerdas que estás leyendo algo real, algo que la autora vivió, y que tú eres su interlocutor.

La llegada de los rusos es brutal. Por mucho que se anticipe el horror, las mujeres sufren violaciones salvajes delante de sus maridos silenciosos. Todo es barbarie. Soldados que buscan entre las ruinas de la guerra y sacan de los refugios a cualquier mujer que encuentren para violarla, el derrumbe de todo atisbo de humanidad. Y la autora escribe con fuerza y dureza esos momentos de salvajismo, y lo hace sin necesidad de detallar cada instante de una violación. Las palabras justas. Y es curioso cómo cambia el tono al escribir sobre las violaciones a medida que avanza el relato, de la crudeza inicial a algo parecido a humor negro de las últimas páginas en un intento de cicatrizar las heridas.

Hay un detalle que te deja boquiabierto. Y es cómo la autora decide elegir a un oficial con el que compartir cama para que los soldados rusos la dejen en paz. Busca el poder de un oficial para soportar el caos y las humillaciones, para no ser violada tres o cuatro veces cada noche por hombres distintos. En los peores momentos surge la idea de sobrevivir, de intentar seguir adelante, de adaptarse al momento que se vive.

En La tregua, Levi hablaba de la vuelta a la vida de los supervivientes de los campos de concentración. Algo de esa vuelta a la vida hay en Una mujer en Berlín. Tras los primeros días de salvajismo y confusión se inicia una nueva vida para los ciudadanos de Berlín. Hay que reconstruir la ciudad, el mando pasa de los alemanes a los rusos, vuelve a haber agua y cartillas de racionamiento y trabajo, un lento despertar.

Hay tanto de lo que hablar de estos diarios... El papel del hombre ha cambiado, se resquebraja su masculinidad. La autora escribe sobre ese cambio: “Una y otra vez voy notando en estos días cómo se transforma mi percepción de los hombres, la percepción que tenemos las mujeres en relación con los hombres. Nos dan pena, nos parecen tan pobres, tan débiles. El sexo debilucho. Una especie de decepción colectiva se está cuajando bajo la superficie entre las mujeres. El mundo nazi de glorificación del hombre fuerte, el mundo dominado por los hombres... se tambalea y con él se viene abajo también el mito del «hombre». En las guerras de antaño, los hombres podían reclamar el privilegio exclusivo de matar y morir por la patria. En los tiempos actuales, las mujeres también participamos. Este hecho nos modifica, hace que nos volvamos descaradas. Cuando acabe esta guerra tendrá lugar, junto a otras muchas derrotas, también la derrota de los hombres en su masculinidad”.

Hace años que leo ensayos o novelas sobre la segunda guerra mundial, no me interesan las descripciones minuciosas de las batallas sino las vivencias de los hombres y mujeres que tuvieron que afrontar una época tan extraña. Una mujer en Berlín se ha unido a las palabras de Levi sobre los campos de concentración, los soldados de Norman Mailer, las bombas nucleares de Akiyuki Nosaka, la locura de Vonnegut, las imágenes de la barbarie en Masacre, ven y mira, de Klimov. Una mujer en Berlín es una mirada inteligente y brutal sobre la guerra.



El otro invitado ruso es un tipo joven, de diecisiete años, partisano y luego enrolado en las tropas combatientes que avanzaban hacia el oeste. Me mira con la frente arrugada, en un gesto serio y grave, y me pide que traduzca que unos soldados alemanes asesinaron a los niños de su pueblo natal, acuchilándolos o estrellándoles el cráneo contra los muros. Antes de traducir, le pregunto: «¿ De oídas? ¿ O lo presenció con sus propios ojos?». Él, serio, agachando la cabeza: «Sí, lo vi yo mismo dos veces». Traduzco.
«No me lo creo», replica la señora Lehmann. «¿Nuestros soldados¿ ¿Mi marido? ¡Jamás!» Y la señorita Behn me pide que le pregunte al ruso si esos soldados llevaban el «pájaro» aquí (señalando al brazo) o el «pájaro» aquí (señalando la gorra), es decir, si eran del ejército o de las SS. El ruso comprende inmediatamente el sentido de la pregunta: han aprendido en los pueblos rusos a distinguirlos. Sin embargo, aun cuando en este caso, y en otros similares, se tratara de miembros de las SS, ahora nuestros vencedores pasarán factura al «pueblo», es decir a todos nosotros. Ya circulan esos rumores. En la cola del agua escuché varias veces la frase: «Los nuestros no lo hicieron de manera muy diferentes allí.»
silencio. Todos tenemos la mirada clavada. Hay una sombra en la habitación. El bebé no sabe nada. Chupa el dedo índice del desconocido, berrea y chilla. A mí se me hace un nudo en la garganta. El bebé me parece un milagro, rosado y blanquito. Con sus ricitos cobrizos es como una flor en medio de esta habitación desolada, medio amueblada, entre nosotros, personas llenas de suciedad. De repente entiendo por qué al combatiente le atraen los críos.
Anónima
Una mujer en Berlín (traducción de Jorge Seca. Quinteto, Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 16:51  | Libros...
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