Jueves, 06 de octubre de 2011

A veces escojo un libro corto y pequeño y lo leo sin pausa, una forma de adentrarme en una historia sin interrupciones a veces incómodas, de ver la literatura como una ventana por la que mirar hasta que ya has aprehendido el mundo que te enseña. En esta ocasión me decidí por La nieta del señor Lihn para pasar un par de horas ante otra mirada y otra historia.

Hace unos meses Claudel me sorprendió con aquella melancólica y triste novela de Almas grises. En La nieta del señor Lihn persiste esa melancolía y tristeza, pero con un trazo más suave y llevadero, y salpicado de ternura y esperanza. Por un lado, Claudel habla del dolor del exilio, por otro, del entrañable encuentro entre dos seres solitarios.

El señor Lihn escapa de su país en guerra, deja atrás su aldea donde apenas vivía una docena de personas, y tras varias semanas en barco llega a un país distante y extraño donde no reconoce ningún olor, palabra o paisaje. Consigo lleva una pequeña maleta, un puñado de tierra, una fotografía amarillenta y a su nieta en brazos. Extranjero no sólo en el nuevo país, también de sí mismo, el señor Lihn deberá aprender a mitigar su dolor en una casa para refugiados. Sólo la presencia de su nieta, apenas un bebé, le da las fuerzas suficientes para seguir adelante e intentar sobrevivir en el país de acogida.

La mirada del señor Lihn se sorprende ante el paisaje que ve, el muelle y el mar (el primero olor que reconoce y diferencia en su nueva tierra), las calles que parecen extenderse sin fin, un laberinto peligroso y diferente a las casas y los caminos de tierra de su aldea, la gente que siempre anda deprisa y no sabe de la vida de quienes tienen a su lado. El señor Lihn experimenta la soledad del exilio, la vida que se convierte en pasado, en recuerdos lejanos. Claudel escribe con sencillez esos momentos donde el señor Lihn siente su vida pasada como algo inasible y descubre que no le queda nada tangible a lo que aferrarse más que su nieta, ha perdido su patria y su familia en una guerra absurda y sabe que el regreso es imposible. Sólo su nieta le da fuerzas para continuar y tiende un puente hacia la vida que ha dejado atrás.

Claudel no sólo habla sobre esa soledad y miedos del exiliado, también de amistad. El señor Lihn conoce al señor Bark en uno de sus paseos, un hombre bonachón que ha perdido a su mujer. Lihn y Bark no hablan el idioma del otro, pero, aún así, consiguen entenderse y acercarse al otro. Para el señor Lihn, el señor Bark es una presencia y un tono de voz amistoso. Para el señor Bark, Lihn es un interlocutor al que hablar de su esposa desaparecida. Comparten la pérdida de algo precioso.

El sorprendente giro final hace que retrocedas y encuentres un sentido más hondo a esa soledad y extrañeza del señor Lihn y sientas cómo, incluso en los momentos más dolorosos, intentamos sobrevivir.



Un coche los lleva por calles que el anciano nunca ha visto. Es la primera vez que sube a un coche. Está asustado. Se acurruca en la esquina del asiento y rodea a su nieta con los brazos. Ella no parece inquieta. Su hermoso vestido brilla a la luz del sol. ¿Por qué van tan deprisa? ¿De qué sirve correr tanto? El señor Lihn recuerda el ritmo de las carretas tiradas por búfalos, su parsimonioso y pronunciado balanceo, que a veces te hace adormecer y a veces soñar despierto, y el paisaje, que cambia con serena lentitud, una lentitud que permite mirar el mundo realmente y ver los campos, los bosques, los ríos, y hablar con quienes te encuentras, escuchar su voz, intercambiar noticias... el coche es como un baúl arrojado desde lo alto de un puente, en cuyo interior uno se ahoga y no oye más que un rumor sordo y amenazador. El paisaje se mueve y da vueltas. Es imposible contemplarlo. El señor Lihn tiene la sensación de que van a estrellarse en cualquier momento.
Philippe Claudel
La nieta del señor Lihn (traducción de José Antonio Soriano. Salamandra)


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:39  | Libros...
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