Martes, 18 de octubre de 2011

Uno de los puntos que más me atraen de la obra de Bolaño son sus personajes secundarios, seres siempre al límite que parecen van a irse al diablo en cualquier momento, prostitutas melancólicas, supervivientes de naufragios vitales, mujeres extrañas e inquietantes, poetas mediocres que engarzan trabajo temporal tras trabajo temporal. Todos ellos parecen vivir por inercia en un mundo definido por los recuerdos nostálgicos de tiempos no necesariamente mejores y un porvenir inexistente, personajes que parecen obrar el milagro de mantenerse en un equilibrio precario, de ir tirando, de saberse desterrados y fuera de su tiempo y patria.

En La pista de hielo tenemos a uno de esos poetas mediocres que apenas escribe en sus cuadernos y es vigilante nocturno de un camping de verano, una mujer madura que canta en bares y calles como medio de supervivencia, una muchacha que apenas habla y que esconde un cuchillo de cocina bajo la ropa, un extraño hombre al que apodan el recluta y que parece perdido de la realidad, ajeno a todo, un veterano vigilante que habla de guerras pasadas, un conjunto de seres que sobreviven en la calle, que son como sombras tras una cortina de niebla. “Soy un recluta en este pueblo del infierno, dijo el Recluta cuando pregunté por qué lo llamaban así. Un recluta, un novato a los 48 años, un pardillo que no conoce las trampas ni tiene amigos en quien afirmarse. La rebusca en contenedores le daba algo de dinero, el resto del día vagaba por algunos bares apartados de la playa, nada turísticos, en las salidas de Z, o bien se pegaba como una lapa a la sombra siempre imprevisible de Carmen. Ésta le había puesto el nombre de Recluta y en su voz era como mejor sonaba: Recluta haz esto, Recluta haz lo otro, Recluta cuéntame tus penas, Recluta vamos a beber. Cuando Carmen decía Recluta uno podía escuchar la música de fondo de una calle de Andalucía llena de pobres conscriptos de permiso, buscando una pensión barata o un tren para escapar del cataclismo tantas veces soñado; su silabeo arrastrado y luminoso, que al Recluta, por otra parte, le encantaba al grado de poner los ojos en blanco, tenía algo de baño colectivo de hombres con un agujerito en el techo por donde la hija pequeña del Capitán General observaba la tortura de cada mañana bajo las duchas frías.”

Conviven con otro poeta que no escribe pero que ha logrado construir un pequeño imperio de tiendas, hoteles y campings, una patinadora de belleza única que patina con la melodía de La danza del fuego en una pista construida dentro de un antiguo palacete y que lleva al desastre a un político catalán enamorado de ella, tres personajes que parecen la otra cara de la moneda pero que son igualmente supervivientes y perdedores.

La pista de hielo cuenta con tres narradores, sus voces se entrelazan para contar y avanzar en la historia de un asesinato, de amores frustrados o encontrados, de una ciudad que vive sólo en la temporada veraniega. Todo es temporalidad y fugacidad en esta historia. A veces, mientras avanzaba por los capítulos de esta novela de Bolaño, sentía puntos de unión con El tercer Reich: la ciudad costera, la temporada de verano y los seres extraños y límites. Tenemos las voces de Remo Morán, un poeta chileno que se ha instalado en Z y ha abierto varios negocios, Gaspar Heredia, poeta mexicano que llega a Z para trabajar como vigilante nocturno y se enamora de una muchacha extraña y que parece muda, y Enric Rosquelles, un turbio político que se deja llevar por el deseo y la pasión hacia Nuria, la celebridad local, una patinadora de belleza inquietante.

La novela avanza a un ritmo endiablado, los tres narradores parten de distintas partes para, a las pocas páginas, cruzar sus voces y sus vidas, enriqueciendo y agilizando con sus diferentes puntos de vista la historia. La lectura es rápida y engancha y tienes momentos inolvidables, como la imagen de una hermosa mujer patinando sobre una pista de hielo, la misma pista de hielo, escondida dentro de un palacio en ruinas, o los momentos donde el amor es posible, a pesar del dolor, y hay dos cuerpos y una habitación.

Una pista de hielo, un cuchillo escondido bajo la ropa, el amor silenciado y el amor doliente, media docena de personajes que se cruzan en un verano atípico, la sensación de un destino marcado del que es imposible escapar. Bolaño escribe una novela intensa en La pista de hielo.



Lo vi por primera vez en la calle Bucareli, en México, es decir en la adolescencia, en la zona borrosa y vacilante que pertenecía a los poetas de hierro, una noche cargada de niebla que obligaba a los coches a circular con lentitud y que disponía a los andantes a comentar, con regocijada extrañeza, el fenómeno brumoso, tan inusual en aquellas noches mexicanas, al menos hasta donde recuerdo. Antes de que me lo presentaran, en las puertas del Café La Habana, oí su voz, profunda, como de terciopelo, lo único que no ha cambiado con el paso de los años. Dijo: es una noche a la medida de Jack. Se refería a Jack el Destripador, pero su voz sonó evocadora de tierras sin ley, donde cualquier cosa era posible. Todos éramos adolescentes, adolescentes bragados, eso sí, y poetas, y nos reíamos. El desconocido se llamaba Gaspar Heredia, Gasparín para los amigos y enemigos gratuitos. Todavía recuerdo la niebla debajo de las puertas giratorias y los albures que iban y venían. Apenas se vislumbraban los rostros y las luces, y la gente envuelta en aquella estola parecía enérgica e ignorante, fragmentada e inocente, tal como realmente éramos. Ahora estamos a miles de kilómetros del Café La Habana y la niebla, hecha a la medida de Jack el Destripador, es más espesa que entonces. ¡De la calle Bucareli, en México, al asesinato!, pensarán… El propósito de este relato es intentar persuadirlos de lo contrario…
Roberto Bolaño
La pista de hielo (Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 16:29  | Libros...
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