S?bado, 29 de octubre de 2011

Puse los libros sobre la mesa de la cafetería. Por unos minutos el reflejo de los libros sobre la ventana se unió a las vías del tren, el techo en forma de arco de la estación y los edificios que cerraban el horizonte. Los libros, unas vías de tren, una estación, pura fugacidad. Pasaba los dedos por las hojas al azar, buscaba señales de otras miradas y letras, de vidas anteriores, anticipaba la emoción de la lectura, me sorprendía por los libros encontrados y pensé en el aleteo de una mariposa.

Las ferias del libro antiguo y de ocasión son aventura, segundas oportunidades, una búsqueda sin destino y el placer de confluir en libros con vidas pasadas, como las imágenes reflejadas en la ventana que forman un todo nuevo, un mundo diferente, como reencontrarse con un pasado amor que ya no esperábamos ver volver o encontrásemos una fotografía olvidada.

Esperé a que abrieran las casetas. Un pequeño grupo de curiosos paseaban alrededor del parque del Arenal, miraban confusos el reloj, fotografiaban las hojas otoñales bajo el cielo, las esculturas de la iglesia, la fachada del teatro Arriaga o el reflejo fronterizo del sol sobre los tejados. Leía Aunque tú no lo sepas de García Montero (Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo...) cuando me desperezó el ruido metálico de las casetas. En penumbra, los mostradores desordenados de libros y caras que he aprendido a reconocer año tras año. 

Me dejo llevar por esa sensación voluptuosa de perderse por las casetas como quien se pierde en una ciudad desconocida, sabiendo que a cada paso, a cada mirada, el futuro cambia y se desgaja en miles de posibilidades. Porque la vida no permanece igual si cruzamos una esquina a derecha o izquierda o si empiezas una búsqueda por la última caseta o la primera.

Me gusta esa sensación de libros acumulados sin orden. Abría libros al azar en busca de otras huellas, dedicatorias de amor o de amistad, frases subrayadas en rojo, marcapáginas olvidados. En los libros de segunda mano se unen varios tiempos, varios lectores, y eso da vértigo, te preguntas cómo llegaron esos libros a las casetas, qué pasó con sus antiguos dueños, lees una frase subrayada intentando ponerte en el lugar de un desconocido para saber qué le hizo marcarla, por qué le golpeó esa frase y no otra.

La primera sorpresa en mi búsqueda al azar fue reencontrarme con Alberto Laiseca. Hace años disfrutaba del programa televisivo de este cuentacuentos audaz. Sólo necesitaba una cámara, una luz dirigida, sombras, su voz profunda y un primer plano de su cara para dar vida a algunos de los mejores cuentos de terror, misterio y ciencia ficción. El libro de Laiseca me lleva a mi propio pasado, la ciudad que parecía interminable, la plaza donde comíamos helados, otro cielo, los cerros al final de la carretera, los parques cubiertos de las hojas violetas de los lapachos y ella que me decía ¿tienes miedo a morir, vasco?

La segunda sorpresa fue Tom Spanbauer y su descatalogado La ciudad de los cazadores tímidos. Spanbauer es melancolía y fuerza, es un grito desgarrador y el juego de teru-teru, es la búsqueda de la sexualidad y la creación de una comunidad utópica, es un adolescente que huye de su casa porque se había acabado la magia del mundo que le definía, Spanbauer es El hombre que se enamoró de la Luna y Ahora es el momento, dos historias que me noquearon.

Me perdí entre las casetas, elegí libros de Trapiello y Lobo Antunes, de Orejudo y Roncagliolo. Y, como final, Los aires difíciles de Almudena Grandes. Y lo hice por Clara. Para tenerla presente y sentirla dentro. Las ferias compartidas, las conversaciones sobre lecturas y pasado, las confidencias y las miradas perdidas en hileras inalcanzables de libros, la emoción por encontrar a Rutherfurd o Fuller. Es extraño andar por una feria sin la voz de Clara a mi lado.

Delante del café busqué dedicatorias y otros trazos en los libros comprados. Sólo encontré una en el libro de Roncagliolo. La dedicatoria apenas se lee, está tachada con rotulador negro. Madrid, junio 2006 y una extraña firma (escribo ésto como un mensaje dentro de una botella...). Los libros también tienen más de una vida posible.

(La feria del libro antiguo y de ocasión de Bilbao finalizará el 13 de noviembre. Es toda una aventura).


La ciudad de los cazadores tímidos, Tom Spanbauer. La mujer de la muralla, Alberto Laiseca. Abril rojo, Santiago Roncagliolio. Los confines, Andrés Trapiello. Ventajas de viajar en tren, Antonio Orejudo. Campo de cebollas, Joseph Wambaugh. Esplendor de Portugal, Antonio Lobo Antunes. Los aires difíciles, Almudena Grandes.

 

 

 

 

 

 

 


Tags: Bilbao

Publicado por elchicoanalogo @ 21:19  | Libros...
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Comentarios

¡Preciosa entrada, Fernando! Sé que sonará repetitivo, pero me encanta tu manera de contar las cosas, más cuando hay literatura entre las palabras. ¡Anímate a tomarte esto de la escritura en serio, vales para ello! En cuanto a la feria, fantástica. Ojalá pueda visitarla algún año (ya sabes que tenemos pendientes unos pintxos). Tengo en casa, desde el pasado mes de enero, "Los aires difíciles", así que con toda probabilidad compartiremos impresiones a lo largo del próximo año. ¡Un abrazo desde Cádiz! (Los naranjos de San Francisco aún preguntan por ti).

Publicado por Jesus
Martes, 01 de noviembre de 2011 | 23:56

Gaditano lindo, ya sabes que esto e escribir es una afición, si me lo tomara en serio no sacaría ni una palabra de mis dedos. Merece la pena venir a Bilbao por los pintxos, ¡una locura! Aunque las tapas de Cádiz son extraordinarias, aún salivo al recordarlas... Recuerdos a los naranjos, al o´connells, a la plaza mina, al pescaíto frito...

Publicado por elchicoanalogo
Mi?rcoles, 02 de noviembre de 2011 | 12:38