S?bado, 29 de octubre de 2011

Puse los libros sobre la mesa de la cafetería. Por unos minutos el reflejo de los libros sobre la ventana se unió a las vías del tren, el techo en forma de arco de la estación y los edificios que cerraban el horizonte. Los libros, unas vías de tren, una estación, pura fugacidad. Pasaba los dedos por las hojas al azar, buscaba señales de otras miradas y letras, de vidas anteriores, anticipaba la emoción de la lectura, me sorprendía por los libros encontrados y pensé en el aleteo de una mariposa.

Las ferias del libro antiguo y de ocasión son aventura, segundas oportunidades, una búsqueda sin destino y el placer de confluir en libros con vidas pasadas, como las imágenes reflejadas en la ventana que forman un todo nuevo, un mundo diferente, como reencontrarse con un pasado amor que ya no esperábamos ver volver o encontrásemos una fotografía olvidada.

Esperé a que abrieran las casetas. Un pequeño grupo de curiosos paseaban alrededor del parque del Arenal, miraban confusos el reloj, fotografiaban las hojas otoñales bajo el cielo, las esculturas de la iglesia, la fachada del teatro Arriaga o el reflejo fronterizo del sol sobre los tejados. Leía Aunque tú no lo sepas de García Montero (Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo...) cuando me desperezó el ruido metálico de las casetas. En penumbra, los mostradores desordenados de libros y caras que he aprendido a reconocer año tras año. 

Me dejo llevar por esa sensación voluptuosa de perderse por las casetas como quien se pierde en una ciudad desconocida, sabiendo que a cada paso, a cada mirada, el futuro cambia y se desgaja en miles de posibilidades. Porque la vida no permanece igual si cruzamos una esquina a derecha o izquierda o si empiezas una búsqueda por la última caseta o la primera.

Me gusta esa sensación de libros acumulados sin orden. Abría libros al azar en busca de otras huellas, dedicatorias de amor o de amistad, frases subrayadas en rojo, marcapáginas olvidados. En los libros de segunda mano se unen varios tiempos, varios lectores, y eso da vértigo, te preguntas cómo llegaron esos libros a las casetas, qué pasó con sus antiguos dueños, lees una frase subrayada intentando ponerte en el lugar de un desconocido para saber qué le hizo marcarla, por qué le golpeó esa frase y no otra.

La primera sorpresa en mi búsqueda al azar fue reencontrarme con Alberto Laiseca. Hace años disfrutaba del programa televisivo de este cuentacuentos audaz. Sólo necesitaba una cámara, una luz dirigida, sombras, su voz profunda y un primer plano de su cara para dar vida a algunos de los mejores cuentos de terror, misterio y ciencia ficción. El libro de Laiseca me lleva a mi propio pasado, la ciudad que parecía interminable, la plaza donde comíamos helados, otro cielo, los cerros al final de la carretera, los parques cubiertos de las hojas violetas de los lapachos y ella que me decía ¿tienes miedo a morir, vasco?

La segunda sorpresa fue Tom Spanbauer y su descatalogado La ciudad de los cazadores tímidos. Spanbauer es melancolía y fuerza, es un grito desgarrador y el juego de teru-teru, es la búsqueda de la sexualidad y la creación de una comunidad utópica, es un adolescente que huye de su casa porque se había acabado la magia del mundo que le definía, Spanbauer es El hombre que se enamoró de la Luna y Ahora es el momento, dos historias que me noquearon.

Me perdí entre las casetas, elegí libros de Trapiello y Lobo Antunes, de Orejudo y Roncagliolo. Y, como final, Los aires difíciles de Almudena Grandes. Y lo hice por Clara. Para tenerla presente y sentirla dentro. Las ferias compartidas, las conversaciones sobre lecturas y pasado, las confidencias y las miradas perdidas en hileras inalcanzables de libros, la emoción por encontrar a Rutherfurd o Fuller. Es extraño andar por una feria sin la voz de Clara a mi lado.

Delante del café busqué dedicatorias y otros trazos en los libros comprados. Sólo encontré una en el libro de Roncagliolo. La dedicatoria apenas se lee, está tachada con rotulador negro. Madrid, junio 2006 y una extraña firma (escribo ésto como un mensaje dentro de una botella...). Los libros también tienen más de una vida posible.

(La feria del libro antiguo y de ocasión de Bilbao finalizará el 13 de noviembre. Es toda una aventura).


La ciudad de los cazadores tímidos, Tom Spanbauer. La mujer de la muralla, Alberto Laiseca. Abril rojo, Santiago Roncagliolio. Los confines, Andrés Trapiello. Ventajas de viajar en tren, Antonio Orejudo. Campo de cebollas, Joseph Wambaugh. Esplendor de Portugal, Antonio Lobo Antunes. Los aires difíciles, Almudena Grandes.

 

 

 

 

 

 

 


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Jueves, 20 de octubre de 2011

Ese otro, 
también te ama. 
Darío Jaramillo Agudelo 

Es que no eras el mismo, 
me dices con los ojos quemados de mirarme. 

Te dolía la casa, 
viajabas demasiado y sin motivo, 
rodabas por el humo de la noche 
igual que el sueño roto de la mesa. 
parecías amargo,
muy perdido,
tal vez por otros cuerpos
tal vez por una fecha
en la vida de nadie,
una cita sin año ni estación

El cuervo de la lluvia cruza por la ventana.

Cuando yo no era el mismo
te quería también
Luis García Montero
Nuevas confesiones (en Vista cansada. Visor libros)


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Martes, 18 de octubre de 2011

Uno de los puntos que más me atraen de la obra de Bolaño son sus personajes secundarios, seres siempre al límite que parecen van a irse al diablo en cualquier momento, prostitutas melancólicas, supervivientes de naufragios vitales, mujeres extrañas e inquietantes, poetas mediocres que engarzan trabajo temporal tras trabajo temporal. Todos ellos parecen vivir por inercia en un mundo definido por los recuerdos nostálgicos de tiempos no necesariamente mejores y un porvenir inexistente, personajes que parecen obrar el milagro de mantenerse en un equilibrio precario, de ir tirando, de saberse desterrados y fuera de su tiempo y patria.

En La pista de hielo tenemos a uno de esos poetas mediocres que apenas escribe en sus cuadernos y es vigilante nocturno de un camping de verano, una mujer madura que canta en bares y calles como medio de supervivencia, una muchacha que apenas habla y que esconde un cuchillo de cocina bajo la ropa, un extraño hombre al que apodan el recluta y que parece perdido de la realidad, ajeno a todo, un veterano vigilante que habla de guerras pasadas, un conjunto de seres que sobreviven en la calle, que son como sombras tras una cortina de niebla. “Soy un recluta en este pueblo del infierno, dijo el Recluta cuando pregunté por qué lo llamaban así. Un recluta, un novato a los 48 años, un pardillo que no conoce las trampas ni tiene amigos en quien afirmarse. La rebusca en contenedores le daba algo de dinero, el resto del día vagaba por algunos bares apartados de la playa, nada turísticos, en las salidas de Z, o bien se pegaba como una lapa a la sombra siempre imprevisible de Carmen. Ésta le había puesto el nombre de Recluta y en su voz era como mejor sonaba: Recluta haz esto, Recluta haz lo otro, Recluta cuéntame tus penas, Recluta vamos a beber. Cuando Carmen decía Recluta uno podía escuchar la música de fondo de una calle de Andalucía llena de pobres conscriptos de permiso, buscando una pensión barata o un tren para escapar del cataclismo tantas veces soñado; su silabeo arrastrado y luminoso, que al Recluta, por otra parte, le encantaba al grado de poner los ojos en blanco, tenía algo de baño colectivo de hombres con un agujerito en el techo por donde la hija pequeña del Capitán General observaba la tortura de cada mañana bajo las duchas frías.”

Conviven con otro poeta que no escribe pero que ha logrado construir un pequeño imperio de tiendas, hoteles y campings, una patinadora de belleza única que patina con la melodía de La danza del fuego en una pista construida dentro de un antiguo palacete y que lleva al desastre a un político catalán enamorado de ella, tres personajes que parecen la otra cara de la moneda pero que son igualmente supervivientes y perdedores.

La pista de hielo cuenta con tres narradores, sus voces se entrelazan para contar y avanzar en la historia de un asesinato, de amores frustrados o encontrados, de una ciudad que vive sólo en la temporada veraniega. Todo es temporalidad y fugacidad en esta historia. A veces, mientras avanzaba por los capítulos de esta novela de Bolaño, sentía puntos de unión con El tercer Reich: la ciudad costera, la temporada de verano y los seres extraños y límites. Tenemos las voces de Remo Morán, un poeta chileno que se ha instalado en Z y ha abierto varios negocios, Gaspar Heredia, poeta mexicano que llega a Z para trabajar como vigilante nocturno y se enamora de una muchacha extraña y que parece muda, y Enric Rosquelles, un turbio político que se deja llevar por el deseo y la pasión hacia Nuria, la celebridad local, una patinadora de belleza inquietante.

La novela avanza a un ritmo endiablado, los tres narradores parten de distintas partes para, a las pocas páginas, cruzar sus voces y sus vidas, enriqueciendo y agilizando con sus diferentes puntos de vista la historia. La lectura es rápida y engancha y tienes momentos inolvidables, como la imagen de una hermosa mujer patinando sobre una pista de hielo, la misma pista de hielo, escondida dentro de un palacio en ruinas, o los momentos donde el amor es posible, a pesar del dolor, y hay dos cuerpos y una habitación.

Una pista de hielo, un cuchillo escondido bajo la ropa, el amor silenciado y el amor doliente, media docena de personajes que se cruzan en un verano atípico, la sensación de un destino marcado del que es imposible escapar. Bolaño escribe una novela intensa en La pista de hielo.



Lo vi por primera vez en la calle Bucareli, en México, es decir en la adolescencia, en la zona borrosa y vacilante que pertenecía a los poetas de hierro, una noche cargada de niebla que obligaba a los coches a circular con lentitud y que disponía a los andantes a comentar, con regocijada extrañeza, el fenómeno brumoso, tan inusual en aquellas noches mexicanas, al menos hasta donde recuerdo. Antes de que me lo presentaran, en las puertas del Café La Habana, oí su voz, profunda, como de terciopelo, lo único que no ha cambiado con el paso de los años. Dijo: es una noche a la medida de Jack. Se refería a Jack el Destripador, pero su voz sonó evocadora de tierras sin ley, donde cualquier cosa era posible. Todos éramos adolescentes, adolescentes bragados, eso sí, y poetas, y nos reíamos. El desconocido se llamaba Gaspar Heredia, Gasparín para los amigos y enemigos gratuitos. Todavía recuerdo la niebla debajo de las puertas giratorias y los albures que iban y venían. Apenas se vislumbraban los rostros y las luces, y la gente envuelta en aquella estola parecía enérgica e ignorante, fragmentada e inocente, tal como realmente éramos. Ahora estamos a miles de kilómetros del Café La Habana y la niebla, hecha a la medida de Jack el Destripador, es más espesa que entonces. ¡De la calle Bucareli, en México, al asesinato!, pensarán… El propósito de este relato es intentar persuadirlos de lo contrario…
Roberto Bolaño
La pista de hielo (Anagrama)


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Domingo, 16 de octubre de 2011

Nunca consigo anticipar tu regreso. Desapareces durante semanas y cuando creo que ya no volverás a mi vida me encuentro con tus palabras, tus canciones y tus fotografías, una parte del mundo que forma tu mirada. Entonces, por unos días, me siento como un satélite que orbita alrededor de un planeta extraño, atraído por su fuerza gravitatoria, por el misterio que eres.

Hace tiempo un hombre salió de una caverna para descubrir que la vida no era una pared donde se reflejaban extrañas sombras sino bosques, cielo abierto y luz. Cuando regresó a la caverna para contar su verdad lo tomaron por loco, como si sólo fuera posible un mundo y una mirada y todo lo que se desvíe de lo aprendido un sueño inútil. A veces te veo como ese hombre, tú te aventuras fuera de la caverna y cada cierto tiempo regresas para hablarme de otros mundos posibles.

Cuando reapareces me hablas de pequeñas revoluciones, de cambios y viajes, de ganas de partir y encontrar tu lugar en el mundo fuera de los caminos marcados por otros. Porque no quieres dejarte llevar por la corriente, por las miradas grises de otros, por todos aquellos deseos que nos imponen y son extranjeros y lejanos. Buscas la libertad de desmarcarte y es ahí, en esa valentía, donde me sorprendes y te siento cercana.

A veces me enseñas fotografías de aquella ciudad donde armaste tu mirada revolucionaria, imágenes que se detienen en la nostalgia y dureza de los primeros días del otoño, las laberínticas ramas de los árboles y las líneas rectas de los edificios, la quietud blanca del invierno, la nieve y el cielo inmaculado, la expectación de la primavera, el reflejo de las nubes en los cristales, unas zapatillas sobre el asfalto y tú. Por un instante se desvanece tu misterio y siento que formo parte de tu mirada, que las imágenes no son fotografías tuyas sino recuerdos míos.

Entonces, yo te hablo de las bandadas de pájaros grises en el cielo y la sensación de cambio que me transmiten, como si anticipasen el final de una época y el inicio de otra, de las gotas de lluvia que resbalan sobre los cristales y los paraguas, de las personas que no tienen nada que decirse en las cafeterías, transparentes para el otro, su mirada fija y cegada en el frente, de una canción de Talking Heads y cómo a veces el hogar es una ciudad, una persona, un sentimiento, una palabra, una canción o un atardecer.

 

 


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Mi?rcoles, 12 de octubre de 2011

Los poemas de Los perros románticos reavivaron mi interés por Bolaño y me acercaron de nuevo a su universo literario y personal, un mundo que reconozco, que me engancha, me descoloca y me emociona. Hace unos días terminé Tres, otro de sus libros de poemas y la sensación fue de libertad y melancolía.

En Tres, Bolaño rompe los límites entre realidad y sueño. La primera parte, Prosa de otoño en Gerona, es melancólica y onírica, un hombre invisible y una desconocida, habitaciones cerradas y literatura, un autor y su personaje que podrían ser intercambiables. Prosa de otoño es ruptura y nostalgia. 

“«Esto podría ser el infierno para mí.» El caleidoscopio se mueve con la serenidad y el aburrimiento de los días. Para ella, al final, no hubo infierno. Simplemente evitó vivir aquí. Las soluciones sencillas guían nuestros actos. La educación sentimental sólo tiene una divisa: no sufrir. Aquello que se aparta puede ser llamado desierto, roca con apariencia de hombre, el pensador tectónico."

La tercera parte, Un paseo por la literatura, está formada por fragmentos febriles y oníricos donde se cruzan la literatura, los sueños, un mundo en suspensión y permanente cambio, cierta sensación de finitud e intensidad.

“17. Soñé que era un detective viejo y enfermo y que buscaba a gente perdida hace tiempo. A veces me miraba casualmente en un espejo y reconocía a Roberto Bolaño.

31. Soñé que la Tierra se acababa. Y que el único ser humano que contemplaba el final era Franz Kafka. En el cielo los Titanes luchaban a muerte. Desde un asiento de hierro forjado del parque de Nueva York, Kafka veía arder el mundo.”

Los neochilenos ocupa la parte central de Tres, un viaje tanto interior como exterior por desiertos, carreteras polvorientas, poblados aislados, historias y personajes fronterizos.


Los neochilenos

El viaje comenzó un feliz día de noviembre
Pero de alguna manera el viaje ya había terminado
Cuando lo empezamos.
Todos los tiempos conviven, dijo Pancho Ferri,
El vocalista. O confluyen,
Vaya uno a saber.
Los prolegómenos, no obstante,
Fueron sencillos:
Abordamos con gesto resignado
La camioneta
Que nuestro mánager en un rapto
De locura
Nos había obsequiado
Y enfilamos hacia el norte,
El norte que imanta los sueños
Y las canciones sin sentido
Aparente
De los Neochilenos,
Un norte, ¿cómo te diría?,
Presentido en el pañuelo blanco
Que a veces cubría
Como un sudario
Mi rostro.
Un pañuelo blanco impoluto
O no
En donde se proyectaban
Mis pesadillas nómadas
Y mis pesadillas sedentarias.
Y Pancho Ferri
Preguntó
Si sabíamos la historia
Del Caraculo
Y el Jetachancho
Asiendo con ambas manos
El volante
Y haciendo vibrar la camioneta
Mientras buscábamos la salida
De Santiago,
Haciéndola vibrar como si fuera
El pecho
Del Caraculo
Que soportaba un peso terrible
Para cualquier humano.
Y recordé entonces que el día
Anterior a nuestra partida
Habiámos estado
En el Parque Forestal
De visita en el monumento
A Rubén Darío.
Adiós, Rubén, dijimos borrachos
Y drogados.
Ahora los hechos banales
Se confunden
Con los gritos anunciadores
De sueños verdaderos.
Pero así éramos los Neochilenos,
Pura inspiración
Y nada de método.
Y al día siguiente rodamos
Hasta Pilpilco y Llay Llay
Y pasamos sin detenernos
Por La Ligua y Los Vilos
Y cruzamos el río Petorca
Y el río
Quilimari
Y el Choapa hasta llegar
A La Serena
Y el río Elqui
Y finalmente Copiapó
Y el río Copiapó
En donde nos detuvimos
Para comer empanadas
Frías
Y Pancho Ferri
Volvió con las aventuras
Intercontinentales
Del Caraculo y del Jetachancho,
Dos músicos de Valparaíso
Perdidos
En el barrio chino de Barcelona.
Y el pobre Caraculo, dijo
El vocalista,
Estaba casado y tenía que
Conseguir plata
Para su mujer y sus hijos
De la estirpe Caraculo,
De tal forma que se puso a traficar
Con heroína
Y un poco de cocaína
Y los viernes algo de éxtasis
Para los súbditos de Venus.
Y poco a poco, obstinadamente,
Empezó a progresar.
Y mientras el Jetachancho
Acompañaba a Aldo Di Pietro
¿Lo recuerdan?
En el Café Puerto Rico
El Caraculo veía crecer
Su cuenta corriente
Y su autoestima.
¿Y qué lección podíamos
Sacar los Neochilenos
De la vida criminal
De aquellos dos sudamericanos
Peregrinos?
Ninguna, salvo que los límites
Son tenues, los límites
Son relativos: gráfilas
De una realidad acuñada
En el vacío.
El horror de Pascal
Mismamente.
Ese horror geométrico
Y oscuro
Y Frío
Dijo Pancho Ferri
Al volante de nuestro bólido,
Siempre hacia el
Norte, hasta
Toco
En donde descargamos
La megafonía
Y dos horas después
Estábamos listos para actuar:
Pancho Relámpago
Y los Neochilenos.
Un fracaso pequeño
Como una nuez.
Aunque algunos adolescentes
Nos ayudaron
A volver a meter en la camioneta
Los instrumentos: niños
De Toco
Transparentes como
Las figuras geométricas
de Blaise Pascal.
Y después de Toco, Quillagua,
Hilaricos, Soledad, Ramaditas,
Pintados y Humberstone,
Actuando en salas de fiestas vacías
Y burdeles reconvertidos
En hospitales de Liliput,
Algo muy raro, muy raro que tuvieran
Electricidad, muy
Raro que las paredes
Fueran semi sólidas, en fin,
Locales que nos daban
Un poco de miedo
Y en donde los clientes
Estaban encaprichados con
El fist-fucking y el
Feet-fucking,
Y los gritos que salían
De las ventanas y
Recorrían el patio encementado
Y las letrinas al aire libre,
Entre almacenes llenos
De herramientas oxidadas
Y galpones que parecían
Recoger toda la luz lunar,
Nos ponían los pelos
De punta.
¿Cómo puede existir
Tanta maldad
En un país tan nuevo,
Tan poquita cosa?
¿Acaso es éste
El Infierno de las Putas?
Se preguntaba en voz alta,
Pancho Ferri
Y los Neochilenos no sabíamos
Qué responder.
Yo más bien reflexionaba
Cómo podían progresar
Esas variantes neoyorquinas del sexo
En aquellos andurriales
Provincianos.
Y con los bolsillos pelados
Seguimos subiendo:
Mapocho, Negreiros, Santa
Catalina, Tana,
Cuya y
Arica,
En donde tuvimos
Algo de reposo -e indignidades.
Y tres noches de trabajo
En el Camafeo de
Don Luis Sánchez Morales, oficial
Retirado.
Un lugar lleno de mesitas redondas
Y lamparitas barrigonas
Pintadas a mano
Por la mamá de Don Luis,
Supongo.
Y la única cosa
Verdaderamente divertida
Que vimos en Arica
Fue el sol de Arica:
Un sol como una estela de
Polvo.
Un sol como arena
O como cal
Arrojada ladinamente
Al aire inmóvil.
El resto: rutina.
Asesinos y conversos
Mezclados en la misma discusión
De sordos y de mudos,
De imbéciles sueltos
Por el Purgatorio.
Y el abogado Vivanco,
un amigo de don Luis Sánchez,
Preguntó qué mierdas queríamos decir
con esa huevada de los Neochilenos.
Nuevos patriotas, dijo Pancho,
Mientras se levantaba
De la reunión
Y se encerraba en el baño.
Y el abogado Vivanco
Volvió a enfundar la pistola
En una sobaquera
De cuero italiano,
Un fino detalle de los chicos
De Ordine Nuovo,
Repujada con primor y pericia.
Blanco como la luna
Esa noche tuvimos que meter
Entre todos
A Pancho Ferri en la cama.
Con cuarenta de fiebre
Empezó a delirar:
Ya no quería que nuestro grupo
Se llamara Pancho Relámpago
Y los Neochilenos,
sino Pancho Misterio
Y los Neochilenos:
El terror de Pascal,
El terror de los vocalistas
El terror de los viajeros,
Pero jamás el terror
De los niños.
Y un amanecer,
Como una banda de ladrones,
Salimos de Arica
Y cruzamos la Frontera
De la República.
Por nuestros semblantes
Hubiérase dicho que cruzábamos
La frontera de la Razón.
Y el Perú legendario
Se abrió ante nuestra camioneta
Cubierta de polvo
E inmundicias
Como una fruta sin cáscara,
Como una fruta quimérica
Expuesta a las inclemencias
Y a las afrentas.
Una fruta sin piel
Como una adolescente desollada.
Y Pancho Ferri, desde
Entonces llamado Pancho
Misterio, no salía
De la fiebre,
Musitando como un cura
En la parte de atrás
De la camioneta
Los avatares -palabra india-
Del Caraculo y del Jetachancho.
Una vida delgada y dura
Como soga y sopa de ahorcado,
La del Jetachancho y su
Afortunado hermano siamés:
Una vida o un Estudio
De los Caprichos del Viento.
Y los Neochilenos
Actuaron en Tacna,
En Mollendo y Arequipa
Bajo el patrocinio de la Sociedad
Para el Fomento del Arte
Y la Juventud.
Sin vocalista, tarareando
Nosotros mismos las canciones
O haciendo mmm, mmm, mmmmh,
Mientras Pancho se fundía
En el fondo de la camioneta,
Devorado por las quimeras
Y por las adolescentes desolladas.
Nadir y cénit de un anhelo
Que el Caraculo supo intuir
A través de las lunas
De los narcotraficantes
De Barcelona: un fulgor
Engañoso,
Un espacio diminuto y vacío
Que nada significa,
Que nada vale, y que
Sin embargo se te ofrece
Gratis.
¿Y si no estuviéramos
En el Perú?, nos
Preguntamos una noche
Los Neochilenos.
¿Y si este espacio
Inmenso
Que nos instruye
Y limita
Fuera una nave intergaláctica,
Un objeto volador
No identificado?
¿Y si la fiebre
De Pancho Misterio
Fuera nuestro combustible
O nuestro aparato de navegación?
Y después de trabajar
Salíamos a caminar por
las calles del Perú:
Entre patrullas militares, vendedores
Ambulantes y desocupados,
Oteando
En las colinas
Las hogueras de Sendero Luminoso,
Pero nada vimos.
La oscuridad que rodeaba los
Núcleos Urbanos
Era total.
Esto es como una estela
Escapada de la Segunda
Guerra Mundial
Dijo Pancho acostado
En el fondo de la camioneta.
Dijo: filamentos
De generales nazis como
Reichenau o Model
Evadidos en espíritu
Y de forma involuntaria
Hacia las Tierras Vírgenes
De Latinoamérica:
Un hinterland de espectros
Y fantasmas.
Nuestra casa
Instalada en la geometría
De los crímenes imposibles.
Y por las noches solíamos
Recorrer algunos cabaretuchos:
Las putas quinceañeras
Descendientes de aquellos bravos
De la Guerra del Pacífico
Gustaban escucharnos hablar
Como ametralladoras.
Pero sobre todo
Les gustaba ver a Pancho
Envuelto en varias y coloridas mantas
Y con un gorro de lana
Del altiplano
Encasquetado hasta las cejas
Aparecer y desaparecer
Como el caballero
Que siempre fue,
Un tipo con suerte,
El gran amante enfermo del Sur de Chile,
El padre de los Neochilenos
Y la madre del Caraculo y el Jetachancho,
Dos pobres músicos de Valparaíso,
Como todo el mundo sabe.
Y el amanecer solía encontrarnos
En una mesa del fondo
Hablando del kilo y medio de materia gris
Del cerebro de una persona
Adulta.
Mensajes químicos, decía
Pancho Misterio ardiendo de fiebre,
Neuronas que se activan
Y neuronas que se inhiben
En las vastedades de un anhelo.
Y las putitas decían
Que un kilo y medio de materia
Gris
Era bastante, era suficiente, para qué
Pedir más.
Y a Pancho se le caían
Las lágrimas cuando las escuchaba.
Y luego llegó el diluvio
Y la lluvia trajo el silencio
Sobre las calles de Mollendo,
Y sobre las colinas,
Y sobre las calles del barrio
De las putas,
Y la lluvia era el único
Interlocutor.
Extraño fenómeno: los Neochilenos
Dejamos de hablarnos
Y cada uno por su lado
Visitamos los basurales de
La Filosofía, las arcas, los
Colores americanos, el estilo inconfundible
de Nacer y Renacer.
Y una noche nuestra camioneta
Enfiló hacia Lima, con Pancho
Ferri al volante, como en
Los viejos tiempos,
Salvo que ahora una puta
Lo acompañaba.
Una puta delgada y joven
De nombre Margarita,
Una adolescente sin par,
Habitante de la tormenta
Permanente.
También hubiérase podido
Llamar Sombra
Ágil,
La ramada oscura
Donde curar sus heridas
Pancho pudiera.
Y en Lima leímos a los poetas
Peruanos:
Vallejo, Martín Adán y Jorge Pimentel
Y Pancho Misterio salió
Al escenario y fue convincente
Y versátil.
Y luego, aún temblorosos
Y sudorosos
Nos contó la historia
De una novela
De un viejo escritor chileno.
Un tragado por el olvido.
Un nec spes nec metus
Dijimos los Neochilenos.
Y Margarita dijo:
Un novelista.
Y el fantasma,
El hoyo doliente
En que todo esfuerzo
Se convierte,
Escribió -parece ser-
Una novela llamada Kundalini,
Y Pancho apenas la recordaba,
Hacía esfuerzos, sus palabras
Hurgaban en una infancia atroz
Llena de amnesia, de pruebas
Gimnásticas y mentiras,
Y así nos la fue contando,
Fragmentada,
El grito Kundalini,
El nombre de una yegua turfista
Y la muerte colectiva en el hipódromo.
Un hipódromo que ya no existe.
Un hueco anclado
En un Chile inexistente
Y feliz.
Y aquella historia tuvo
La virtud de iluminar
Como un paisajista inglés
Nuestro miedo y nuestros sueños
Que marchaban de Este a Oeste
Y de Oeste a Este,
Mientras nosotros, los Neochilenos
Reales
Viajábamos de Sur
A Norte.
Y tan lentos
Que parecía que no nos movíamos.
Y Lima fue un instante
De felicidad,
Breve pero eficaz.
¿Y cuál es la relación, dijo Pancho,
Entre Morfeo, dios
Del sueño
Y morfar, vulgo
Comer?
Sí, eso dijo,
Abrazado por la cintura
De la bella Margarita,
Flaca y casi desnuda
En un bar de Lince, una noche
Leída y partida y
Poseída
Por los relámpagos
De la quimera.
Nuestra necesidad.
Nuestra boca abierta
Por la que entra
La papa
Y por la que salen
Los sueños: estelas
Fósiles
Coloreadas con la paleta
Del apocalipsis.
Sobrevivientes, dijo Pancho
Ferri.
Latinoamericanos con suerte.
Eso es todo.
Y una noche antes de partir
Vimos a Pancho
Y a Margarita
De pie en medio de un lodazal
Infinito.
Y entonces supimos
Que los Neochilenos
Estarían para siempre
Gobernados
Por el azar.
La moneda
Saltó como un insecto
Metálico
De entre sus dedos:
Cara, al sur,
Cruz, al norte,
Y luego nos subimos todos
A la camioneta
Y la ciudad
De las leyendas
Y del miedo
Quedó atrás.
Un día feliz de enero
Cruzamos
Como hijos del Frío,
Del Frío Inestable
O del Ecce Homo,
La frontera con Ecuador.
Por entonces Pancho tenía
28 ó 29 años
Y pronto moriría.
Y 17 Margarita.
Y ninguno de los Neochilenos
Pasaba de los 22.
Roberto Bolaño
Tres (Acantilado)


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Martes, 11 de octubre de 2011

Me gusta que haya otras voces en este blog, que no sea un monólogo rutinario y mis amigos aparezcan cada cierto tiempo, a veces con sus cuentos y sus canciones favoritas, a veces con pequeños artículos sobre ellos. Esta vez es el turno de una querida amiga que ha iniciado una nueva aventura empresarial, Irish World (Servicios profesionales de inmersión en inglés en Irlanda), como me dice es un pequeño sueño que poco a poco va tomando forma real.

Conociendo a quien está tras Irish World, sé que la empresa se definirá por la seriedad, el trabajo duro, la inteligencia y el saber hacer, la mejor manera de aprender inglés, de dar los primeros pasos en un lugar desconocido. Y una de las aventuras más atractivas que podemos vivir es esa, adentrarse en lo desconocido, un nuevo lugar y un nuevo idioma, ser testigo de otras vidas y costumbres y ampliar nuestra mirada.

Patricia, mucha suerte en este nuevo camino.

http://www.irishworld.es/


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S?bado, 08 de octubre de 2011

A veces sueño que Mario Santiago  
Viene a buscarme con su moto negra.  
Y dejamos atrás la ciudad y a medida  
Que las luces van desapareciendo  
Mario Santiago me dice que se trata  
De una moto robada, la última moto  
Robada para viajar por las pobres tierras  
Del norte, en dirección a Texas, 
Persiguiendo un sueño innombrable, 
Inclasificable, el sueño de nuestra juventud,
Es decir el sueño más valiente de todos
Nuestros sueños. Y de tal manera
Cómo negarme a montar la veloz moto negra
Del norte y salir rajados por aquéllos caminos
Que antaño recorrieran los santos de México,
Los poetas mendicantes de México,
Las sanguijuelas taciturnas de Tepito
O la colonia Guerrero, todos en la misma senda,
Donde se confunden y mezclan los tiempos:
Verbales y físicos, el ayer y la afasia.

Y a veces sueño que Mario Santiago
Viene a buscarme, o es un poeta sin rostro,
Una cabeza sin ojos, ni boca, ni nariz,
Sólo piel y voluntad, y yo sin preguntar nada
Me subo a la moto y partimos
Por los caminos del norte, la cabeza y yo,
Extraños tripulantes embarcados en una ruta
Miserable, caminos borrados por el polvo y la lluvia,
Tierra de moscas y lagartijas, matorrales resecos
Y ventiscas de arena, el único teatro concebible
Para nuestra poesía

Y a veces sueño que el camino
Que nuestra moto o nuestro anhelo recorre
No empieza en mi sueño sino en el sueño
De otros: los inocentes, los bienaventurados,
Los mansos, los que para nuestra desgracia
Ya no están aquí. Y así Mario Santiago y yo
Salimos de la ciudad de México que es la prolongación
De tantos sueños, la materialización de tantas
Pesadillas, y remontamos los estados
Siempre hacia el norte, siempre por el camino
De los coyotes, y nuestra moto entonces
Es del color de la noche. Nuestra moto
Es un burro negro que viaja sin prisa
Por las tierras de la Curiosidad. Un burro negro
Que se desplaza por la humanidad y la geometría
De estos pobres paisajes desolados.
Y la risa de Mario o de la cabeza
Saluda a los fantasmas de nuestra juventud,
El sueño innombrable e inútil
De la valentía.

Y a veces creo ver una moto negra
Como un burro alejándose por los caminos
De tierra de Zacatecas y Coahuila, en los límites
Del sueño, y sin alcanzar a comprender
Su sentido, su significado último,
Comprendo no obstante su música:
Una alegre canción de despedida.

Y acaso son los gestos de valor los que
Nos dicen adiós, sin resentimiento ni amargura,
En paz con su gratuidad absoluta y con nosotros mismos.
Son los pequeños desafíos inútiles -o que
Los años y la costumbre consintieron
Que creyéramos inútiles- los que nos saludan,
Los que nos hacen señales enigmáticas con las manos,
En medio de la noche, a un lado de la carretera,
Como nuestros hijos queridos y abandonados,
Criados solos en estos desiertos calcáreos,
Como el resplandor que un día nos atravesó
Y que habíamos olvidado.

Y a veces sueño que Mario llega
Con su moto negra en medio de la pesadilla
Y partimos rumbo al norte,
Rumbo a los pueblos fantasmas donde moran
Las lagartijas y las moscas.
Y mientras el sueño me transporta
De un continente a otro
A través de una ducha de estrellas frías e indoloras,
Veo la moto negra, como un burro de otro planeta,
Partir en dos las tierras de Coahuila.
Un burro de otro planeta
Que es el anhelo desbocado de nuestra ignorancia,
Pero que también es nuestra esperanza
Y nuestro valor.

Un valor innombrable e inútil, bien cierto,
Pero reencontrado en los márgenes
Del sueño más remoto,
En las particiones del sueño final,
En la senda confusa y magnética
De los burros y de los poetas.
Roberto Bolaño
El burro (en Los perros románticos. Acantilado)


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Jueves, 06 de octubre de 2011

A veces escojo un libro corto y pequeño y lo leo sin pausa, una forma de adentrarme en una historia sin interrupciones a veces incómodas, de ver la literatura como una ventana por la que mirar hasta que ya has aprehendido el mundo que te enseña. En esta ocasión me decidí por La nieta del señor Lihn para pasar un par de horas ante otra mirada y otra historia.

Hace unos meses Claudel me sorprendió con aquella melancólica y triste novela de Almas grises. En La nieta del señor Lihn persiste esa melancolía y tristeza, pero con un trazo más suave y llevadero, y salpicado de ternura y esperanza. Por un lado, Claudel habla del dolor del exilio, por otro, del entrañable encuentro entre dos seres solitarios.

El señor Lihn escapa de su país en guerra, deja atrás su aldea donde apenas vivía una docena de personas, y tras varias semanas en barco llega a un país distante y extraño donde no reconoce ningún olor, palabra o paisaje. Consigo lleva una pequeña maleta, un puñado de tierra, una fotografía amarillenta y a su nieta en brazos. Extranjero no sólo en el nuevo país, también de sí mismo, el señor Lihn deberá aprender a mitigar su dolor en una casa para refugiados. Sólo la presencia de su nieta, apenas un bebé, le da las fuerzas suficientes para seguir adelante e intentar sobrevivir en el país de acogida.

La mirada del señor Lihn se sorprende ante el paisaje que ve, el muelle y el mar (el primero olor que reconoce y diferencia en su nueva tierra), las calles que parecen extenderse sin fin, un laberinto peligroso y diferente a las casas y los caminos de tierra de su aldea, la gente que siempre anda deprisa y no sabe de la vida de quienes tienen a su lado. El señor Lihn experimenta la soledad del exilio, la vida que se convierte en pasado, en recuerdos lejanos. Claudel escribe con sencillez esos momentos donde el señor Lihn siente su vida pasada como algo inasible y descubre que no le queda nada tangible a lo que aferrarse más que su nieta, ha perdido su patria y su familia en una guerra absurda y sabe que el regreso es imposible. Sólo su nieta le da fuerzas para continuar y tiende un puente hacia la vida que ha dejado atrás.

Claudel no sólo habla sobre esa soledad y miedos del exiliado, también de amistad. El señor Lihn conoce al señor Bark en uno de sus paseos, un hombre bonachón que ha perdido a su mujer. Lihn y Bark no hablan el idioma del otro, pero, aún así, consiguen entenderse y acercarse al otro. Para el señor Lihn, el señor Bark es una presencia y un tono de voz amistoso. Para el señor Bark, Lihn es un interlocutor al que hablar de su esposa desaparecida. Comparten la pérdida de algo precioso.

El sorprendente giro final hace que retrocedas y encuentres un sentido más hondo a esa soledad y extrañeza del señor Lihn y sientas cómo, incluso en los momentos más dolorosos, intentamos sobrevivir.



Un coche los lleva por calles que el anciano nunca ha visto. Es la primera vez que sube a un coche. Está asustado. Se acurruca en la esquina del asiento y rodea a su nieta con los brazos. Ella no parece inquieta. Su hermoso vestido brilla a la luz del sol. ¿Por qué van tan deprisa? ¿De qué sirve correr tanto? El señor Lihn recuerda el ritmo de las carretas tiradas por búfalos, su parsimonioso y pronunciado balanceo, que a veces te hace adormecer y a veces soñar despierto, y el paisaje, que cambia con serena lentitud, una lentitud que permite mirar el mundo realmente y ver los campos, los bosques, los ríos, y hablar con quienes te encuentras, escuchar su voz, intercambiar noticias... el coche es como un baúl arrojado desde lo alto de un puente, en cuyo interior uno se ahoga y no oye más que un rumor sordo y amenazador. El paisaje se mueve y da vueltas. Es imposible contemplarlo. El señor Lihn tiene la sensación de que van a estrellarse en cualquier momento.
Philippe Claudel
La nieta del señor Lihn (traducción de José Antonio Soriano. Salamandra)


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Martes, 04 de octubre de 2011

Anónima. Fue lo que hizo resaltar Una mujer en Berlín entre las estanterías. Hojeé el argumento y el prólogo y descubrí que se trataba del diario escrito por una mujer alemana entre abril y junio del cuarenta y cinco, en los últimos días de asedio de los aliados y la derrota final del régimen nazi. Tras leer este diario entendí ese anonimato, su mirada es certera, realista, cruda, dolorosa y no exenta de humor negro. Describe la guerra desde el punto de vista de las mujeres, una mirada que se detiene en aquellos que se quedaron en las ciudades derruidas y los refugios y que vivieron una época de locura y horror.

El inicio es demoledor, la vida cotidiana se ha convertido en una sucesión de truenos de bombas sobre Berlín, edificios en ruinas, sirenas inesperadas y los refugios donde se construyen pequeñas comunidades en la oscuridad, una vida sin el transcurrir del tiempo ni noticias. La autora describe la vida en el refugio con realismo. Sobre ellos, una casa medio derruida, el sonido apagado de las bombas, la sensación de que todo está detenido y, a la vez, la espera de la llegada de las tropas rusas y con ellas el miedo y el horror. La rutina se rompe con las colas en las pocas tiendas abiertas, la cartilla de racionamiento y los pocos alimentos disponibles, los camiones con soldados que vuelven del frente irreconocibles. Las primeras páginas me ayudaron a olvidar mis iniciales prejuicios y recordar que las barbaridades no entiende de bandos en una guerra, que existió Auschwitz y, también, Dresde o Hirshima.

Los refugios se convierten en el centro de la comunidad, se improvisan en sótanos y allí cada vecino atesora parte de sus recuerdos y pertenencias, una manera de mantener cierto apego con el pasado, con una vida distinta. Se mezclan los ancianos que apenas pueden moverse con los seguidores del régimen nazi esperanzados por una victoria final, los niños que no recuerdan otra vida que el presente que les toca vivir, las mujeres que tienen a su marido en el frente y los enfermos que no pudieron combatir. Todos tienen en común una vida en suspenso, un pasado que ya no existe, una vida semiderruida, como Berlín.

Y sobre el ambiente cerrado de los refugios, la espera de los rusos. Una de las partes más duras de este diario es ver cómo las mujeres intentan aceptar la crueldad que vivirán en manos de los soldados rusos, hacerse a la idea de las violaciones y vejaciones que sufrirán, una forma de fortalecerse ante lo que estaba por llegar. Y la autora sorprende con las descripciones de sus días anteriores al desastre, el miedo ante lo que le espera pero, a la vez, la asunción de ese dolor como una forma de pagar el horror desatado por el nazismo. En ese momento se borra la barrera temporal, recuerdas que estás leyendo algo real, algo que la autora vivió, y que tú eres su interlocutor.

La llegada de los rusos es brutal. Por mucho que se anticipe el horror, las mujeres sufren violaciones salvajes delante de sus maridos silenciosos. Todo es barbarie. Soldados que buscan entre las ruinas de la guerra y sacan de los refugios a cualquier mujer que encuentren para violarla, el derrumbe de todo atisbo de humanidad. Y la autora escribe con fuerza y dureza esos momentos de salvajismo, y lo hace sin necesidad de detallar cada instante de una violación. Las palabras justas. Y es curioso cómo cambia el tono al escribir sobre las violaciones a medida que avanza el relato, de la crudeza inicial a algo parecido a humor negro de las últimas páginas en un intento de cicatrizar las heridas.

Hay un detalle que te deja boquiabierto. Y es cómo la autora decide elegir a un oficial con el que compartir cama para que los soldados rusos la dejen en paz. Busca el poder de un oficial para soportar el caos y las humillaciones, para no ser violada tres o cuatro veces cada noche por hombres distintos. En los peores momentos surge la idea de sobrevivir, de intentar seguir adelante, de adaptarse al momento que se vive.

En La tregua, Levi hablaba de la vuelta a la vida de los supervivientes de los campos de concentración. Algo de esa vuelta a la vida hay en Una mujer en Berlín. Tras los primeros días de salvajismo y confusión se inicia una nueva vida para los ciudadanos de Berlín. Hay que reconstruir la ciudad, el mando pasa de los alemanes a los rusos, vuelve a haber agua y cartillas de racionamiento y trabajo, un lento despertar.

Hay tanto de lo que hablar de estos diarios... El papel del hombre ha cambiado, se resquebraja su masculinidad. La autora escribe sobre ese cambio: “Una y otra vez voy notando en estos días cómo se transforma mi percepción de los hombres, la percepción que tenemos las mujeres en relación con los hombres. Nos dan pena, nos parecen tan pobres, tan débiles. El sexo debilucho. Una especie de decepción colectiva se está cuajando bajo la superficie entre las mujeres. El mundo nazi de glorificación del hombre fuerte, el mundo dominado por los hombres... se tambalea y con él se viene abajo también el mito del «hombre». En las guerras de antaño, los hombres podían reclamar el privilegio exclusivo de matar y morir por la patria. En los tiempos actuales, las mujeres también participamos. Este hecho nos modifica, hace que nos volvamos descaradas. Cuando acabe esta guerra tendrá lugar, junto a otras muchas derrotas, también la derrota de los hombres en su masculinidad”.

Hace años que leo ensayos o novelas sobre la segunda guerra mundial, no me interesan las descripciones minuciosas de las batallas sino las vivencias de los hombres y mujeres que tuvieron que afrontar una época tan extraña. Una mujer en Berlín se ha unido a las palabras de Levi sobre los campos de concentración, los soldados de Norman Mailer, las bombas nucleares de Akiyuki Nosaka, la locura de Vonnegut, las imágenes de la barbarie en Masacre, ven y mira, de Klimov. Una mujer en Berlín es una mirada inteligente y brutal sobre la guerra.



El otro invitado ruso es un tipo joven, de diecisiete años, partisano y luego enrolado en las tropas combatientes que avanzaban hacia el oeste. Me mira con la frente arrugada, en un gesto serio y grave, y me pide que traduzca que unos soldados alemanes asesinaron a los niños de su pueblo natal, acuchilándolos o estrellándoles el cráneo contra los muros. Antes de traducir, le pregunto: «¿ De oídas? ¿ O lo presenció con sus propios ojos?». Él, serio, agachando la cabeza: «Sí, lo vi yo mismo dos veces». Traduzco.
«No me lo creo», replica la señora Lehmann. «¿Nuestros soldados¿ ¿Mi marido? ¡Jamás!» Y la señorita Behn me pide que le pregunte al ruso si esos soldados llevaban el «pájaro» aquí (señalando al brazo) o el «pájaro» aquí (señalando la gorra), es decir, si eran del ejército o de las SS. El ruso comprende inmediatamente el sentido de la pregunta: han aprendido en los pueblos rusos a distinguirlos. Sin embargo, aun cuando en este caso, y en otros similares, se tratara de miembros de las SS, ahora nuestros vencedores pasarán factura al «pueblo», es decir a todos nosotros. Ya circulan esos rumores. En la cola del agua escuché varias veces la frase: «Los nuestros no lo hicieron de manera muy diferentes allí.»
silencio. Todos tenemos la mirada clavada. Hay una sombra en la habitación. El bebé no sabe nada. Chupa el dedo índice del desconocido, berrea y chilla. A mí se me hace un nudo en la garganta. El bebé me parece un milagro, rosado y blanquito. Con sus ricitos cobrizos es como una flor en medio de esta habitación desolada, medio amueblada, entre nosotros, personas llenas de suciedad. De repente entiendo por qué al combatiente le atraen los críos.
Anónima
Una mujer en Berlín (traducción de Jorge Seca. Quinteto, Anagrama)


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Domingo, 02 de octubre de 2011

Vives ya en la estación del tiempo rezagado:
lo has llamado el otoño de las rosas.
Aspíralas y enciéndete. Y escucha,
cuando el cielo se apague, el silencio del mundo.
Francisco Brines
(El otoño de las rosas, en El otoño de las rosas)  


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:38  | Poes?a
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