Viernes, 11 de noviembre de 2011

Conservo una imagen de ti. Estás sentada en una cafetería, con los ojos entrecerrados, una sonrisa tranquila y la mano cerrada en la mejilla. En la mesa se mezclan tus libros con los míos, las historias de la guerra de Corea con las calles de Nueva York, los mundos habitados por hechiceros y los moteles y carreteras secundarias. Te observo y eso me basta para sentir toda la vida que te ha llevado hasta esa tarde en la cafetería.

Pasas de un libro a otro, párrafos al azar que anticipan la futura lectura, esas tardes de sofá y manta en las que desapareces de la vida y reapareces horas después llena de palabras y fotografías desconocidas. Hace años que llevas dentro de ti historias extranjeras, amores extraviados, segundas oportunidades, pequeños momentos de magia donde todo es posible. Yo me decanto por los perdedores, los caminos de tierra, las habitaciones asépticas de los hoteles, la melancolía de quien siempre se detiene en el umbral de un nuevo mundo. Cuando me regalas un libro tu mundo penetra en el mío, siento otra mirada, una luz incierta, una realidad renovada, aire.

Te quedas con un libro en la mano. Le das la vuelta y me lo pasas. Me dices que nunca lo han leído, dudas incluso de que lo hayan abierto, está inmaculado, sin arrugas en el lomo ni el canto del libro. Hemos pasado la tarde en una feria del libro antiguo. En algunas casetas te subías a un peldaño para llegar hasta el último libro. El azar y la búsqueda, la curiosidad y el misterio. Hablamos sobre dónde terminarán nuestros libros, si nos encontraremos con nuestra letra en una dedicatoria en alguna de las ferias a las que vamos. También intentamos adivinar cómo era el antiguo dueño de los libros comprados o por qué descubrimos un libro inmaculado entre otros amarillentos y retorcidos.

Te cuento que voy dejando pequeños rastros entre las hojas, billetes de tren y metro, algún calendario, facturas, mi nombre, hojas otoñales, marcapáginas, una forma de construir un recuerdo futuro ajeno a mí, y que los libros de segunda mano me hacen sentir dividido, por un lado mis huellas se confunden con las de un desconocido, las vidas que se tocan pero que nunca se encuentran y todas las voces que guardan dentro, por otro la sensación de abandono y vejez, como en las novelas de Kawabata.

Sonríes con mis desvaríos, con el tiempo te has acostumbrado a dejarme hablar de ideas y mundos peregrinos porque es la forma de entrar a quien soy, porque mi vida es anodina y yo me dejo llevar por pura inercia. Tú, en cambio, eres transparente, te acercas con sencillez y me hablas de tus últimos amores y desamores, de la vida en la ciudad, de esfuerzos y dudas. Esa tarde me contaste una historia de amor que podría estar en cualquiera de esos libros desordenados sobre la mesa de la cafetería. Tu voz tomaba miles de caminos diferentes, te detenías en las ilusiones y la desesperanza, los viajes y un encuentro en un aeropuerto, la despedida y la soledad, te preguntabas por qué tú no. Entonces, te acercaste a mí para buscar mi abrazo. En ese instante me sentí embarcadero e intenté protegerte, que nada externo a nosotros penetrase en ti y te hiciese daño. Porque tu mundo es de luz y el mío de sombra y no podían intercambiarse. Te susurré una frase leída libros atrás, lo que importa es ser el último amor de otra persona, no el primero.

Ha pasado un mes de este encuentro. Te despediste con un vuelve pronto. Y hoy, en esta mañana otoñal, siento que mi salvación es escribir.


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Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

guauu!!!! Sencillamente precioso.

Publicado por Invitado
S?bado, 25 de febrero de 2012 | 11:31

Es que fue un día muy lindo y con la mejor compañía posible. Escribir es mi forma de sacar fotos...

Publicado por elchicoanalogo
S?bado, 25 de febrero de 2012 | 12:07