Lunes, 14 de noviembre de 2011

Los relatos de Tim O´Brien se centran en la compañía Alfa que combatió en la guerra de Vietnam, relatos directos, como latigazos, que se detienen una y otra vez en los mismos momentos, la muerte de algunos compañeros, la toma de un pueblo, el instante donde el autor mató por primera vez a un hombre en un camino polvoriento, la selva, los momentos de descanso entre la locura de la guerra, la camaradería entre los soldados y todo aquello que llevaban encima, objetos personales o militares y todo el miedo, la extrañeza, la nostalgia y el desarraigo de un grupo de muchachos lejos de su hogar y en mitad de una guerra sin sentido.

Lo relatos se suceden con los mismos protagonistas, dando la impresión de estar ante una novela más que ante una colección de cuentos. Hay intensos relatos bélicos de escaramuzas, muertes y sangre, otros descriptivos donde vemos la carga de cada soldado, una carga no sólo de los objetos que los anclan a una parte de su vida, también de emociones, pasado y distancia, unos objetos que actúan como frontera con otra vida; hay relatos donde la guerra no es más que un recuerdo y los supervivientes intentan volver a una realidad que sienten aún más extraña que una selva desconocida; hay relatos llenos de fantasmas y otros donde se explica que una buena historia bélica no tiene que ser verdad pero sí parecerlo y transmitir la realidad de una escaramuza, un disparo o el barro que se traga el cuerpo de un soldado; hay relatos donde han pasado veinte años de Vietnam y la hija pequeña de O´Brien le pregunta por qué siempre escribe sobre aquella guerra y por qué no puede olvidarla; hay relatos sobre el hombre que mató O´Brien y toda la carga moral y reflexiva que conlleva acabar con una vida. Y en cada relato, la sensación de verdad, suciedad, sangre, muerte, un pasado remoto, miedo y fotografías.

Entre todos los relatos de Tim O´Brien me quedo con La dulce novia del Song Tra Bong, un cuento con elementos de terror y que por momentos me recordó al opresivo El corazón de las tinieblas de Conrad. Es una historia que parece inverosímil, un soldado destinado lejos del frente que consigue llevar a su novia al campamento. Allí, en el umbral de la guerra, la adolescente se convertirá en un ser extraño, cruel, poderoso, una muchacha que pasará a ser una sombra, un fantasma sangriento, alguien que se funde con el alma más oscura del ser humano. Es un buen relato sobre el poder destructivo de la guerra en el ser humano y cómo puede existir el infierno en mitad del paraíso.

Las cosas que llevaban los hombres que lucharon es miedo, sangre, barro y la vida sin límites ni fronteras.



Llevaban papel, sobres, lápices y estilográficas que les proporcionaba el Ejército. Llevaban imperdibles, bengalas, cohetes de señales, rollos de alambre, hojas de afeitar, tabaco para mascar, llevaban varillas de incienso y sonrientes estatuillas de Buda que habían arrebatado al enemigo, llevaban velas, lápices pastel, banderas con barras y estrellas, cortaúñas, folletos con consejos sanitarios, sombreros, machetes y mucho más. Dos veces por semana, cuando llegaban los helicópteros de abastecimiento, llevaban rancho caliente en marmitas verdes y holgadas bolsas de lona llenas de cervezas y gaseosas heladas. Llevaban bidones de plástico con agua, que tenían una capacidad de nueve litros. Mitchell Sanders llevaba un uniforme de camuflaje almidonado para ocasiones especiales. Henry Dobbins llevaba insecticida Black Flag. Dave Jensen llevaba sacos terreros vacíos que podían ser llenados por las noches para mayor protección. Lee Strunk llevaba loción bronceadura. Algunas cosas las llevaban en común. Se turnaban para llevar la potente emisora PRC-77 para enviar mensajes cifrados, que pesaba quince kilos con la batería. Compartían el peso de los recuerdos. Cargaban lo que otros ya no podían soportar. A menudo, se llevaban unos a otros, heridos o débiles. Llevaban infecciones. Llevaban juegos de ajedrez, pelotas de baloncesto, diccionarios vietnamita-inglés, divisas para indicar la graduación, condecoraciones como la Estrella de Bronce o el Corazón de Púrpura, tarjetas de plástico que llevaban impreso el Código de Conducta. Llevaban enfermedades, entre ellas la malaria y la disentería. Llevaban liendres y tiña, y sanguijuelas y algas de arrozal, y diversas clases de hongos y musgos. Llevaban la propia tierra —el Vietnam, el país, el suelo—, un fino polvo rojo-anaranjado que les cubría las botas y los uniformes y las caras. Llevaban el cielo. La atmósfera entera llevaban: la humedad, los monzones, el hedor del musgo y la putrefacción, todo; llevaban la gravedad. Marchaban como las muías. A la luz del día soportaban el fuego de los francotiradores, por la noche el de los morteros, pero no era una batalla, sino sólo una marcha sin fin, de aldea en aldea, sin propósito, sin nada que perder ni ganar. Marchaban sólo por marchar. Avanzaban con pasos pesados, lentamente, aturdidos, inclinados hacia adelante contra el calor, sin pensar, simples acumulaciones de sangre y huesos, simples soldados rasos que hacían la guerra con las piernas, afanándose colina arriba y bajando hacia los arrozales y cruzando los ríos y volviendo a subir y bajar, siempre marchando, un paso y después el siguiente y después otro, pero sin volición, sin voluntad, porque era algo automático, era pura anatomía, y la guerra se reducía por entero a una cuestión de actitud y porte personal; la marcha lo era todo, una especie de inercia o de vacío, un oscurecimiento del deseo y el intelecto y la conciencia y la esperanza y la sensibilidad humanas. Llevaban los principios en los pies. Sus cálculos eran biológicos. No tenían el menor sentido de la estrategia o la misión. Registraban las aldeas sin saber qué buscar, al desgaire, pateando los recipientes llenos de arroz, cacheando a niños y ancianos, haciendo volar túneles, a veces incendiando y a veces no, para formar después y pasar a la próxima aldea, y luego a otras aldeas, donde siempre ocurría lo mismo. Llevaban sus propias vidas. Las presiones eran enormes. En el calor del comienzo de la tarde se quitaban los cascos y las guerreras y caminaban descalzos, lo que era peligroso pero ayudaba a aflojar la tensión. A menudo descartaban cosas a lo largo de la marcha. Puramente por comodidad, tiraban raciones de campaña, hacían estallar las Claymores y las granadas; no importaba, porque al caer la noche los helicópteros de abastecimiento llegaban con más, y un día o dos después con más aún, sandías y cajas de munición y gafas de sol y jerséis de lana. Los recursos eran asombrosos: fuegos artificiales para el Cuatro de Julio, huevos coloreados por Pascua; era el gran ajuar de guerra norteamericano: los frutos de la ciencia, las chimeneas fabriles, las industrias conserveras, los arsenales de Hartford, los bosques de Minnesota, los talleres mecánicos, los vastos campos de maíz y de trigo... Iban cargados como trenes de mercancías, lo llevaban sobre la espalda y los hombros, y a pesar de todas las ambigüedades de Vietnam, de todos los misterios y cosas desconocidas, al menos les quedaba una permanente seguridad: la de que nunca les faltarían cosas que llevar.

( … )

Recuerdo estas cosas, también.
El aroma húmedo, a hongos, de una bolsa para cadáveres vacía.
La luna creciente alzándose de noche sobre los arrozales.
Henry Dobbins sentado a la luz del crepúsculo, cosiéndose los flamantes galones de sargento, cantando con calma: «Un brillo, un anillo, un cesto verde y amarillo.»
Un campo de hierba doblada por el viento, inclinada a causa del remolino causado por las palas de la hélice de un helicóptero; la hierba, oscura y servil, se inclinaba mucho, pero volvía a alzarse en cuanto el helicóptero se iba.
Un sendero de arcilla roja en las afueras de la aldea de My Khe.
Una granada de mano.
El cadáver de un hombre delgado, bien parecido, de unos veinte años.
Kiowa diciendo: «No tuviste más remedio, Tim. ¿Qué otra cosa podías hacer?»
Kiowa diciendo: «¿De acuerdo?»
Kiowa diciendo: «Háblame.»
Tim O´Brien
Las cosas que llevaban los soldados que lucharon (traducción de Elvio E. Gandolfo. Anagrama)


Tags: Elvio E. Gandolfo, Las cosas que llevaban, Tim O´Brien, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 16:29  | Libros...
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

Qué alegría que se siga leyendo a Tim O'Brien Sonrisa Saludillos!

Publicado por Invitado
Lunes, 14 de noviembre de 2011 | 23:28

Aproveché que apareció en la colección de anagrama "otra vuelta de tuerca" para hacerme con él. Tiene momentos relamente buenos. Un saludo

Publicado por elchicoanalogo
Martes, 15 de noviembre de 2011 | 8:33