Mi?rcoles, 16 de noviembre de 2011

La cálida voz de mi amiga Mariola ha ganado el primer premio en el Certamen de Relatos Cortos “SEMANA DE LA RADIO DE SALDAÑA”


“Para estar bien situado en este mundo, hay que despertarse escuchando las noticias”. Esa es una de las frases lapidarias de Ernesto. No es literal, pues cuando a las siete suena la radio con el parte del día, el reloj biológico de Ernesto ya lo ha despertado. Con la voz neutra del periodista se levanta (sin pensárselo ni un minuto en el calor de la cama), se ducha (para lo cual emplea seis minutos exactos), se viste (tiene preparada la ropa desde el día anterior), despierta a los chicos (más vale que se levanten a la primera) y prepara el desayuno. No hay grandes cosas que decir en la cocina a esas horas cuando además la radio está contando cómo cerró el IBEX en la última jornada o cuándo será la enésima reunión europea para resolver la crisis. Ernesto no escucharía, y sus hijos lo saben.

Ana palpa a tientas la radio de la mesilla de su marido y conecta el canal clásico. Remolonea entre las sábanas un rato largo, pues ella no trabaja hasta más tarde, como profesora de música en un instituto. Las prisas no van con ella, nunca lo fueron. Nunca tuvo prisa por terminar el conservatorio, ni por casarse, ni por tener hijos, ni por comprar una casa, así que mucho menos por levantarse… Lo hace pausadamente, se despereza, recoge el vendaval de la cocina, toma un café saboreando cada sorbo, ahora con Bach, ahora con Chopin. Prefiere no seleccionar las piezas y por eso conecta la radio: sabe que van a gustarle todas. Y no cambiaría por nada del mundo ese espacio suyo, a solas con su café, su cocina y su música. Esos son su licencia y respiro del día.

Con los auriculares puestos, Ana saluda al conductor del autobús que la lleva al trabajo. Como ya los conoce a todos, sabe que con éste toca subir el volumen de los cascos, o bien rendirse a la emisora que él tiene puesta. Luis, que así que llama, se distrae por las mañanas con un programa animado en el que hacen bromas telefónicas. Las horas monótonas dando vueltas por la ciudad se hacen menos largas con la radio. Además, como tiene mal despertar, elige esta opción para quitarse las malas pulgas. A él le funciona, porque consigue saludar a todas las personas con una sonrisa en los labios.

Y Luis a veces comprueba, satisfecho, que a alguien más la radio consigue arrancarle una sonrisa. Una mirada por el retrovisor le sirve para ver el gesto de Manuel. Manuel sube diariamente al autobús para ir al centro a entregar curriculums o hacer entrevistas de trabajo. Luis lo sabe porque a veces han charlado cuando el autobús va más vacío. Manuel es contable y acaba de cumplir cincuenta y dos años. Llevaba quince en su empresa, hasta que quebró y le dejaron en la calle con un finiquito ridículo. Lo que le convierte en un parado con un porvenir espectacular. Una piltrafa más mendigando trabajo. Las miradas de los que recogen sus curriculums les delatan: “infeliz, ¿dónde piensas conseguir empleo?”. Aunque prefiere esa mirada a la de lástima. No hay más que esas dos opciones: ninguna mirada de esperanza, ninguna de comprensión. Así que, a veces, Manuel no saluda. A veces sólo asiente. A veces busca el final del autobús y fija la mirada en la ventana. Pensando en letras, en hipotecas, en minutos infinitos por llenar, o pensando en nada. Hoy Manuel sonríe con la radio y luego sonríe a Luis. Por un minuto menos de congoja.

Cuando termina la primera ronda por las empresas, Manuel suele tomarse un respiro a media mañana en una pequeña cafetería del centro. Saluda a Armando, el camarero dominicano que ya le va preparando su café solo con dos azucarillos. Si el jefe no está, seguro que en la radio suena salsa. Mientras sirve cafés y pinchos de tortilla, a Armando se le van los pies. Después del bar se gana unas perras dando clases de baile. Le relaja, y le hace recordar su país. Los días de sol y playa, la sonrisa de su negra, las trenzas de su niña, los majaretes que prepara su abuela y la ausencia absoluta de prisas para todo. Armando coge por la cintura a Sandra, su compañera tras la barra, que tiene diez años menos, el pelo de colores y un piercing en la ceja. Sandra se ríe: “¡No conseguirás jamás que baile!”. Pero Armando no se rinde: “Aunque seas delgada y tiesa como un palo, conseguiré que bailes salsa…” y la hace girar entre las mesas.

Sandra se deshace como puede de Armando, entre risas, para cambiar de emisora. Armando le guiña el ojo: “hoy seguro que sale, amor”. Ella mantiene la esperanza de que algún día lean su relato en algún concurso de la radio. No tiene grandes pretensiones como escritora, pero sólo escuchar su cuento de los labios de un desconocido, a la vez que lo escucha medio país, sería suficiente para darle la razón. De porqué ha empezado una carrera de letras, aunque todos digan que morirá de hambre. De porqué su mejor compañía son los libros y no los calimochos. Algo, un pálpito, una señal, una palmada en la espalda que le diga que no se equivocó de camino.

Sandra se encoge de hombros: hoy tampoco fue el día. Pero quizás esta noche lo lean en otra emisora; por eso no pierde la sonrisa mientras sirve unos cafés en la mesa del fondo. Cruza una mirada socarrona con Armando, que está al otro lado del bar. La pareja de la mesa ni siquiera se ha dado cuenta de su presencia, mientras, con los ojos cerrados, agotan lentamente el enésimo morder de bocas. Javier besa a Elena en la frente y se recuesta apoyando la cabeza en su pecho. Ella le revuelve los cabellos. Durante unos minutos no dicen nada, sólo piensan. Suena en la radio una canción sencilla. Y Elena siente un vértigo infinito y mataría por retener ese momento. Piensa, desde sus quince años, que aquel amor se estirará en el tiempo sin fisuras. Y que si no fuera así, probablemente recordaría el día en que se conocieron, o el del primer beso, pero está segura de que ese justo momento sería el que más asaltaría su memoria. Y que ésta que suena, una canción sencilla y sin pretensiones, quedaría guardada en su caja de recuerdos como su canción, la de los dos.

Lamentablemente, piensa María, las canciones de la radio no transportan a todos al mismo estado de ánimo, y lamentablemente, los amores que perduran sin fisuras nunca son. Los mira desde la barra con recelo, donde pide un café para llevar. La que suena no es su canción, pero cuando a una le rompen el corazón, todas las canciones parecen escritas para recordarnos nuestra miseria. A nadie le explican al comenzar una relación lo que tiene que hacer con todo ese amor cuando el otro le da la patada. Cuando te dicen, con esa indolencia demoledora y sanguinaria, que se acabó el amor, o que ha empezado otro, o que esto no es lo que esperaban de ti. Qué mierda se hace con eso, dónde invertir ese amor, dónde canjearlo, cómo venderlo. Últimamente todas las canciones le recuerdan eso: la inutilidad del amor. Y sin darse cuenta, sorbe su café mientras camina por la calle, con el rostro encendido en lágrimas.

Alberto hace unos años que no llora. Cree que no sabe, o lo ha olvidado. Vuelve de entrenar escuchando el partido por la radio. Menos mal, porque éste no lo retransmiten por la tele. Siempre le llama la atención la capacidad de los locutores para enfatizar cada pase, cada movimiento, para hacerte sentir lo que ocurre en el campo; parece incluso que puedes oler el césped, ver el balón volar sobre el portero. Huuuuuuy, casi gol. Hoy, sin embargo, su cabeza está en otro sitio, en unos labios sorbiendo café, en unas lágrimas. Nunca se le dio bien hablar. No se expresa bien. Y si uno no sabe expresarse, parece que no siente las cosas. No es cierto. Cómo explicar a alguien que el amor no es suficiente. Aunque sea infinito, no siempre es suficiente. Porque hay amores que son cárceles, que son pozos, que no nos dejan crecer. Cómo explicar que un amor puede ser infinito, pero no hacerte feliz. Cómo decir esto cuando el amor todavía es infinito, cómo despedirse y hacer entender que esa despedida te causa la mayor de las tristezas, pero que tienes la certeza de que este es el menor dolor que os haréis si no seguís juntos. Ese día Alberto no lloró cuando terminó con María, y por eso se queda perplejo cuando se descubre llorando, mientras su equipo ha marcado gol.

El partido ha terminado cuando llega a casa. Sus padres charlan animadamente mientras preparan la cena. Ernesto no deja de hablar del banco, del jefe, de los depósitos, los fondos, los morosos y las pensiones, mientras Ana asiente batiendo un huevo. Cristina, la enana, está haciendo los deberes en su habitación. Alberto dice que no cena, que no tiene hambre. Mira a sus padres de reojo y se pregunta qué vio su madre en su padre, una persona con tanta sensibilidad hacia las cosas atraída por otra tan cuadriculada y aburrida. Y cómo pueden seguir juntos, cuál es la receta, piensa. Ana voltea la tortilla mientras sigue escuchando a su marido hablar de cifras y dividendos, comentando cada noticia de la radio. A veces ella también se pregunta qué será eso que los une. Entonces sonríe. Posa la tortilla en la encimera. Calla a Ernesto con un beso. Cambia la emisora, que sigue disparando noticias como una ametralladora, y busca al azar. Se detiene cuando están leyendo un relato de una tal Sandra Domínguez, que habla de viajes y de afectos y de desconocidos que se encuentran y conocen, sobre una música suave y dócil de fondo. Toma de la mano a su marido y bailan agarrados, muy despacio, sin decirse nada. Allí está el motivo por el que siguen juntos: porque ella sabe cómo apaciguarlo, porque sólo él sabe mirarla con aquellos ojos llenos de amor y abnegación.
Mariola Hernández Herrero
Enlazados


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Publicado por elchicoanalogo @ 22:00  | Voces amigas
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