S?bado, 19 de noviembre de 2011

Los números rojos del reloj digital formaron la palabra “stop”. Fuera, la ciudad se alejaba y la oscuridad alrededor del autobús parecía moverse a nuestro paso. Pensé en aquel faro que dividía la noche mientras yo le decía a A. que me sentía perdido y que la decepción era una presencia predominante al mirar dentro y fuera de mí.

En el viaje de vuelta a casa llevaba conmigo el recuerdo de una mirada desconocida, una librería de “tipos infames”, un matadero, un libro dedicado, un puñado de reencuentros, el pequeño despertar de una nostalgia perdida y una conversación a medianoche.

C.B. me llevó a una librería-cafetería desconocida. Alrededor de las mesas, las estanterías parecían arroparte y llamar tu atención. En una mirada rápida, Richard Ford, Roberto Bolaño, Stefan Zweig o Nicole Krauss. Era un territorio amigo. C.B. me habló de su vida y sus recuerdos, de amores, desamores y nuevos inicios, de lecturas y otras ciudades, de finales de mundo y extremos que se tocan. Su mirada atenta, abarcadora y directa. Yo, que soy un tipo tímido y gris de provincias y que en los últimos meses me encierro en mí y no hablo de aquello que me habita, preferí escuchar, aprender, dejar que otra vida entrase en la mía y la llenase de nuevas palabras e imágenes. Siempre encuentra un mayor atractivo en la mirada del otro. (Nota la margen, si alguna vez descubro tu mirada revolucionada intentaré captar cada imagen detenida dentro de ella, buscaré sombras y horizontes. Me buscaré en ti).

El humo de un cigarro y la entrada a un matadero me hizo recordar a Kurt Vonnegut. En la segunda guerra mundial, Vonnegut sobrevivió al bombardeo que destrozó Dresde encerrado en un matadero. Aquello le hizo escribir uno de los libros más febriles, locos, intensos, desesperados y al limite que recuerde, Matadero cinco, donde el espacio y el tiempo se convierten en cajas chinas. Entonces sentí por un momento que cada parte de mi vida tenía una conexión con mi pasado o una lectura o unas imágenes difusas de películas casi olvidadas, como si avanzase a través de reflejos, el aleteo de una mariposa y una tormenta.

Un par de personas preparaban la sala de calderas para la presentación del libro “Perdidos para la Literatura”. Todo sucedió deprisa. Los reencuentros y los abrazos y las palabras fugaces, las pruebas de sonido y la sala llena, mi mano, la mirada atenta y divagadora que pasaba las hojas de “Perdidos para la Literatura” y se encontraba con Bartleby o Claus y Lucas, las palabras sobrias y académicas de José Luis Porta, la mirada oblicua y brillante de Ángel Gabilondo, el corazón de Aurora. Y en ese corazón (como en el de Elisa), el humor de su padre y la curiosidad atenta de su madre.

La nostalgia argentina apareció en el reencuentro con la Gabriela porteña que fue como un prólogo a la Gabriela tucumana. Me habló con su voz sedosa años después de nuestra última conversación en Bilbao. Me sentí nostálgico y dividido. Piel afuera, un tipo distraído y cansado por las horas de viaje y las pocas horas de sueño. Piel adentro, olores, músicas y voces, el sonido de una piel y su cara de abandono, los caminos de tierra y la nieve negra, las caricias furtivas y Rayuela, una tormenta y ella bajo la lluvia.

Camino de la estación Aurora y yo hablamos de libros y viajes (otros mundos posibles), de la mirada egocéntrica de Occidente y del horror, de lecturas y planes futuros. La ciudad se desvanecía por momentos, sólo quedaban las palabras y los recuerdos. Dick y Vonnegut hablaban de diferentes realidades que se cruzaban y se confundían entre sí y de un número indeterminado de mundos posibles. Hay un lugar que contiene cientos de realidades y mundos. Y está dentro de nosotros. Somos cruces de caminos.

 

 


Tags: Aurora Freijo Corbeira, Perdidos para Literatura, Elisa Freijo Corbeira

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