Martes, 29 de noviembre de 2011

Estaba detenido ante el escaparate de una librería. En un mismo punto del cristal, los libros, la calle, los edificios de la otra acera y yo. Era una imagen extraña, me sentía transparente, translúcido, como si mi pecho contuviese el mundo alrededor y a su vez no formase parte de él. Una imagen fantasmal. Pensé en el espacio y tiempo, no cuando confluyen en el presente, sino cuando son dos unidades independientes. Compartir espacio pero no tiempo, o estar con alguien en el mismo tiempo pero en diferente espacio. Mientras escribo se me ocurre una imagen tal vez poética, tal vez infantil. Vamos dejando una huella de nuestro ser allá por donde estamos (espacio) que se confunde con otras aunque pasen años (tiempo), entonces nos podríamos sentir en un mismo espacio pero en diferente tiempo, nuestras huellas en la misma librería o aeropuerto o catedral.

Hace años C me hablaba de varios relatos que quería escribir sobre el proceso de salir al mundo y vivir en otras ciudades y países. Quería explorar varias opciones, quienes consiguen una nueva vida, quienes sobreviven, quienes nunca se detienen en su viaje, quienes regresan a casa decepcionados. Hubo un momento donde le dije que le faltaba un relato por escribir. La historia de alguien que se queda en un mismo sitio y ve partir a sus amigos, un relato donde se sucediesen las despedidas y los abrazos en el aeropuerto y se centrarse en quien se queda y reanuda su rutina con un nuevo vacío. Recuerdo que C estaba sentada frente a la ventana de la cafetería, miraba a la calle mientras hablábamos, y yo estaba de espaldas a ese mundo intuido tras (¿en?) el cristal. De espaldas al horizonte. Podría ser una buena imagen de quien fui hace diez años antes de iniciar mi propio viaje.

Decía García Montero en uno de sus poemas que él prefería escoger sus derrotas. Tras el silencio, le confesé a A que me sentía perdido. Fue uno de esos extraños momentos donde hablo de lo que me habita. A me escuchaba en silencio, atenta. Era una noche de agosto. El haz de luz de un faro iluminaba el muelle y la iglesia. Sonaba el mar contra los barcos. Habíamos pasado un día en el mismo tiempo pero en diferente espacio, ella disfrutó de la playa y el mar, yo de los acantilados y el silencio. Es extraño sentirse perdido mientras un faro señala el camino en la noche. Sentirse perdido es vivir en la duda, es buscar nuevos caminos y horizontes, es intentar encontrar una luz permanente. Al día siguiente, A volvió a la playa y yo descubrí un camino de hierba y polvo junto al mar, otra forma de sentirse perdido. Miré al horizonte. Encontré Muskiz, la playa de La Arena donde paso algunas tardes invernales. Me sentí al otro lado del horizonte, como si fuese un reflejo. Sobre Muskiz se habían detenido las nubes grises y una tormenta se acercaba hasta donde me encontraba. Regresé poco a poco hasta que la lluvia me mojó por entero. ¿Tienes miedo a morir, vasco?

Sólo espero escoger mis derrotas, vivir, nunca sobrevivir.


Y a mí, ya que prefiero escoger mis derrotas,
quiero que me recuerdes derrotado,
como quien algo espera
más allá de los tiempos y los hechos.
Quizás porque haga falta haberlo presagiado
o porque, en todo caso, nadie sabe
dónde acaban los sueños.
Luis García Montero 

 

 


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Comentarios

Espacio y tiempo, el eterno episodio irresoluto.

Gracias por los guiños: la foto difusa, los lugares, el poeta.

"Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,
acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma." LGM

Publicado por Invitado
Martes, 29 de noviembre de 2011 | 22:22

Cuando terminé de escribir este desvarío me pregunté cómo sería una vida donde realmente se pudiesen cruzar personas en diferentes tiempos, alguien que estuviese en santiago en 2008 con alguien que lo hiciese en 2011, y que la persona de 2008 y de 2011 pudiesen hablar con tranquilidad, como espejos. Un abrazo reconfortante

 

 

Publicado por elchicoanalogo
Mi?rcoles, 30 de noviembre de 2011 | 16:39