Martes, 29 de noviembre de 2011

Estaba detenido ante el escaparate de una librería. En un mismo punto del cristal, los libros, la calle, los edificios de la otra acera y yo. Era una imagen extraña, me sentía transparente, translúcido, como si mi pecho contuviese el mundo alrededor y a su vez no formase parte de él. Una imagen fantasmal. Pensé en el espacio y tiempo, no cuando confluyen en el presente, sino cuando son dos unidades independientes. Compartir espacio pero no tiempo, o estar con alguien en el mismo tiempo pero en diferente espacio. Mientras escribo se me ocurre una imagen tal vez poética, tal vez infantil. Vamos dejando una huella de nuestro ser allá por donde estamos (espacio) que se confunde con otras aunque pasen años (tiempo), entonces nos podríamos sentir en un mismo espacio pero en diferente tiempo, nuestras huellas en la misma librería o aeropuerto o catedral.

Hace años C me hablaba de varios relatos que quería escribir sobre el proceso de salir al mundo y vivir en otras ciudades y países. Quería explorar varias opciones, quienes consiguen una nueva vida, quienes sobreviven, quienes nunca se detienen en su viaje, quienes regresan a casa decepcionados. Hubo un momento donde le dije que le faltaba un relato por escribir. La historia de alguien que se queda en un mismo sitio y ve partir a sus amigos, un relato donde se sucediesen las despedidas y los abrazos en el aeropuerto y se centrarse en quien se queda y reanuda su rutina con un nuevo vacío. Recuerdo que C estaba sentada frente a la ventana de la cafetería, miraba a la calle mientras hablábamos, y yo estaba de espaldas a ese mundo intuido tras (¿en?) el cristal. De espaldas al horizonte. Podría ser una buena imagen de quien fui hace diez años antes de iniciar mi propio viaje.

Decía García Montero en uno de sus poemas que él prefería escoger sus derrotas. Tras el silencio, le confesé a A que me sentía perdido. Fue uno de esos extraños momentos donde hablo de lo que me habita. A me escuchaba en silencio, atenta. Era una noche de agosto. El haz de luz de un faro iluminaba el muelle y la iglesia. Sonaba el mar contra los barcos. Habíamos pasado un día en el mismo tiempo pero en diferente espacio, ella disfrutó de la playa y el mar, yo de los acantilados y el silencio. Es extraño sentirse perdido mientras un faro señala el camino en la noche. Sentirse perdido es vivir en la duda, es buscar nuevos caminos y horizontes, es intentar encontrar una luz permanente. Al día siguiente, A volvió a la playa y yo descubrí un camino de hierba y polvo junto al mar, otra forma de sentirse perdido. Miré al horizonte. Encontré Muskiz, la playa de La Arena donde paso algunas tardes invernales. Me sentí al otro lado del horizonte, como si fuese un reflejo. Sobre Muskiz se habían detenido las nubes grises y una tormenta se acercaba hasta donde me encontraba. Regresé poco a poco hasta que la lluvia me mojó por entero. ¿Tienes miedo a morir, vasco?

Sólo espero escoger mis derrotas, vivir, nunca sobrevivir.


Y a mí, ya que prefiero escoger mis derrotas,
quiero que me recuerdes derrotado,
como quien algo espera
más allá de los tiempos y los hechos.
Quizás porque haga falta haberlo presagiado
o porque, en todo caso, nadie sabe
dónde acaban los sueños.
Luis García Montero 

 

 


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Domingo, 27 de noviembre de 2011

Como aclaran los traductores Junichi Matsuura y Lourdes Porta, varias personas se reunían por la noche y encendían primero muchas luces que luego apagaban, una a una, a medida que iban contando historias. Al final, en la oscuridad más absoluta, decían que aparecía un fantasma. La narradora de N·P contaría esa historia número cien y a medida que avanzaba por el libro de Yoshimoto sentía que había una sombra, un fantasma que rodeaba al libro y que esperaba al silencio tras la última palabra para hacerse presente. Es una idea hermosa, sentir una presencia bosquejada al acabar una historia.

Yoshimoto posee una escritura delicada, queda, pausada, parece que escribe impresiones, nostalgias, sueños, sombras y silencios, me atrae menos la historia en sí que la voz con que se cuenta esa historia. Es lo que me gusta de sus libros, esa sensación de estar ante un mundo donde se funde lo real con lo onírico, la voz nostálgica con amores pasionales y físicos, la sensación de pérdida y de estar en el umbral a otro mundo con la muerte y el paso del tiempo.

Como en las muñecas rusas, N·P contiene otras historias y voces dentro de la historia principal. Está Kazami y su primera historia de amor con Shoji, un amor pasado cuyo eco sigue resonando en el presente y que llevará a Kazami hasta los hijos de un escritor desconocido, está un libro llamado N·P que contiene noventa y siete relatos, está el misterioso escritor de ese libro que se suicidó, están los hijos del escritor que guardan dos relatos inéditos y que influyen en quien trata de traducirlos, está la imagen de una mujer tras esos relatos, una imagen extraída de la realidad, está la relación incestuosa entre dos hermanos... En menos de doscientas páginas, Yoshimoto cruza a a los vivos con los muertos y las historias que arrastran consigo.

N·P es como esas muñecas rusas que guardan otras muñecas dentro de sí, una historia que contiene otras y cada historia contenida, una especie de sombra y misterio.



Lo que sabía era que aquel sombrío escritor llamado Sarao Takase había vivido en Estados Unidos y que, a lo largo de una vida oscura, había ido escribiendo algunos relatos.
Que se había suicidado a los cuarenta y ocho años.
Que había tenido dos hijos con su esposa, de la que luego se separaría.
Que sus relatos, reunidos en un volumen, habían sido publicados en Estados Unidos siendo, durante un breve periodo de tiempo, un éxito de ventas.
El título del libro era N.P.
Contenía noventa y siete relatos cortos. Al parecer, era un hombre poco constante, así que en el libro aparecían, uno tras otro, una serie de relatos breves, poco más que simples esbozos.
Todo esto me lo había cotado Shoji, un antiguo novio. Él había hallado la historia número noventa y ocho, aún inédita, y la estaba traduciendo.

En el juego de los cien cuentos, siempre ocurría algo cuando se terminaba de contar la historia número cien, pero fueron, sin duda, mis experiencias de aquel verano las que constituyeron esta historia número cien. Tengo la sensación de haberla vivido íntimamente. La sensación de haber sido absorbida por la intensa atmósfera del cielo del verano. Sí, todo lo ocurrido durante aquel brevísimo espacio de tiempo fue como un relato.
Banana Yoshimoto
N·P (traducción de Junichi Matsuura y Lourdes Porta. Tusquets editores)


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S?bado, 26 de noviembre de 2011

La primera regla del club de la lucha es que no se habla del club de la lucha... La segunda regla del club de la lucha es que no se habla del club de la lucha... Una vez aprendidas las reglas, un puñado de hombres grises se reúnen en bares y callejones para descargar su rutina, encabronamiento crónico, furia y desidia en combates con las manos desnudas. Cada golpe una forma de acercarse al abismo y sentirse libre y el dolor como sentimiento físico y emocional, una liberación de una parte reprimida y atada dentro de nosotros y las cicatrices como recuerdo de un momento de una extraña epifanía. 

El club de la lucha empezó como un cuento de apenas siete páginas y creció hasta convertirse en un libro extremista y de éxito. Es lo primero que me descolocó de la novela de Palahniuk, una narración a veces seca, a veces con un ritmo musical (y en esto se parece a Spanbauer), que describe una violencia extrema y nihilista, la necesidad de destruir toda una vida, tocar fondo para volver a la superficie cambiado, “salvado” e intentar empezar de nuevo. Hay quien decide romper con su vida y perderse en un viaje sin destino, quien claudica ante una realidad que le destruye poco a poco, quien no hace nada y quien busca una nueva oportunidad. La idea de Palahniuk es centrarse en ese proceso de destrucción de todo lo que somos para ver en qué y quién nos convertimos. Y es en ese proceso donde se quedan detenidos los personajes de la novela, atraídos por el dolor, la descomposición y las emociones al límite que trae consigo.

La figura de Tyler Durden es el principal atractivo de la novela, una figura mitificada entre los hombres grises por su vida llevada al extremo, un camarero y proyeccionista de cine que primero organiza peleas ilegales y luego planea golpes que intentan subvertir el orden establecido. Su figura crece a lo largo de la novela, se convierte en una especie de mesías de la desesperación, la degradación, la anarquía y la destrucción, el camino para llegar hasta el fondo.

Un par de meses después de leer la novela me parece hueca, unos párrafos endiablados y febriles como oasis en mitad de un desierto, más ruido que otra cosa.





Tyler me dice que todavía estoy lejos de tocar fondo y que si no bajo hasta el fondo no conseguiré salvarme. Jesús hizo lo mismo con su historia de la crucifixión. No debería limitarme a renunciar al dinero, la propiedad y el conocimiento. No es sólo un refugio para el fin de semana. Debería dejar de intentar mejorar y labrarme un desastre. Ya no puedo seguir jugando sobre seguro.
Esto no es un seminario.
—Si pierdes el temple antes de tocar fondo —dice Tyler— nunca lo conseguirás.
Sólo después del desastre podemos resucitar.
—Sólo después de haberlo perdido todo —dice Tyler— eres libre para hacer cualquier cosa.
Lo que he experimentado es una iluminación prematura.
—Y sigue removiendo —dice Tyler.
Cuando la grasa haya hervido lo suficiente y ya no salga más sebo, tira el agua hirviendo. Limpia la cacerola y llénala otra vez de agua.
Le pregunto cuánto me falta para tocar fondo.
—Desde donde estás —dice Tyler— jamás conseguirás ni imaginarte cómo es el fondo.
Chuck Palahniuk
El club de la lucha (traducción de Pedro González del Campo. Debolsillo)


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Hace tiempo me hablabas de tus paseos por una ciudad desconocida, tu mirada quebrada en dos mitades, una que aún miraba al pasado y todas las dudas iniciales que arrastrabas y otra que descubría nuevas calles y esquinas, edificios extraños y los parques de árboles invernales. Era como pasear por el lado oscuro de la Luna, pisadas ingrávidas y la sensación de estar al otro lado de un umbral nunca antes cruzado. Eras una astronauta en tierra. Llevabas música en tus paseos sin destino y sentías que las canciones escogidas transformaban la vida que te rodeaba.

Tus palabras escritas hace unos meses seguían en forma de eco dentro de mí (eres como un eco o como las olas de un mar interno, me golpeas cada poco tiempo).

Intenté imitarte en esta pequeña ciudad de provincias donde el misterio se desvaneció tiempo atrás, donde conozco sus recovecos y no puedo perderme o sentir que estoy ante algo nuevo y lejano. Somos lo suficientemente estúpidos como para convertir los cuerpos, las ciudades, los escritores, los edificios, los sentimientos en inercia y rutina.

Llegué a un cruce de calles. Saltó una instrumental de Hammock. Cerré los ojos mientras la música ascendía y tomaba cuerpo, una melodía nostálgica y lánguida que a veces siento una declaración de amor. Al abrir los ojos, una pequeña fractura. No estaba delante de la ciudad tal como la había dejado segundos atrás. La música se adecuaba a los edificios y la gente. O tal vez fuera la gente quien, sin quererlo, tomaba el paso de la música.

Cada gesto y cada mirada parecían haberse ralentizado, las voces apagadas, las caras tras los cristales, los cambios en los semáforos, las terrazas y las maletas arrastradas por la acera, los besos de despedida y el humo del tabaco en las puertas de los bares, las nubes reflejadas en los edificios de cristal y los mendigos sentados en el suelo de una plaza. Me sentí rodeado por cientos de historias anónimas,  puntos que se cruzan sin tocarse antes de perderse para siempre. Las sonrisas se acentuaban, los edificios parecían espejos que reflejaban otra realidad y las avenidas promesas de un inicio. Pensé en cómo sería ver en un mismo plano todas las ciudades vividas, que se mezclasen y transparentasen unas sobre las otras. Hay una vida subterránea.

Durante un instante te colaste entre las nuevas imágenes. Un árbol invernal, las piedras de una costa desconocida, una bicicleta. Qué canción podría definir tu mirada...



Dark Beyond the Blue (Hammock)




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Lunes, 21 de noviembre de 2011

Si en Una mujer en Berlín seguíamos los diarios escritos por una mujer durante los últimos meses de la guerra en Europa (la vida en los refugios, las cartillas de racionamiento, los bombardeos, las violaciones con la llegada de los soldados rusos, el lento regreso de una extraña normalidad tras el horror), en El humo de Birkenau Liana Millu habla de las mujeres y su superviviencia en los campos de concentración nazis. Hay algo que une a ambas autoras, una mirada atenta, intensa e incisiva y una forma de describir la realidad sin aspavientos ni metáforas, como si tomasen fotografías de la vida que les rodea.

La chimenea y el humo es una imagen constante entre las mujeres encerradas en Birkenau, un recordatorio permanente de su incierto futuro, del horror que están viviendo y de la deshumanización de la vida. El humo se eleva hacia el cielo o envuelve la tierra y siempre aprisiona el corazón de las mujeres. La única forma de escapar de esa realidad e intentar sobrevivir no sólo física sino también emocionalmente es la esperanza de que todo acabará por navidad y regresarán a sus casas, un espejismo que les sirve de protección y les de fuerza para seguir de pie un día más.

Millu no necesita adornarse en los seis relatos que componen El humo de Birkenau, su mirada es directa y abarca la vida en el campo, las relaciones que se crean entre mujeres de diferentes países, los estallidos de odio y crueldad, las familias desmembradas, los diferentes comandos de trabajo, los extraños momentos de calma donde hay confidencias entre las mujeres y un hueco a la esperanza, los distintos modos de sobrevivir. Son imágenes del abismo. Mientras avanzaba por El humo de Birkenau sentía un mundo en descomposición y cómo, incluso en las situaciones más extremas, hay quien saca fuerzas de flaqueza para intentar sobrevivir y hablarnos de ello.

En El humo de Birkenau, Liana Millu coloca ante nuestra mirada distanciada fotografías del horror: una mujer enviada al crematorio por celos, una chica intenta que su embarazo pase desapercibido atándose mantas alrededor de su vientre, dos hermanas eligen caminos opuestos, una se decide por el burdel del campo de los hombres, la otra por los comandos de trabajo... La vida llevada al límite, a la crueldad extrema.

Escribía Primo Levi en el prólogo: La autora aparece rara vez en primer plano: es un ojo que penetra, una conciencia admirablemente alerta que registra y transcribe, en un lenguaje siempre digno y medido, estos acontecimientos que escapan a toda medida humana. Cada relato se cierra con una nota atenuada, con un toque fúnebre, el de una vida que se apaga. Y resulta significativo cómo estás muertes individuales, personales, todas trágicas, pero distintas, pesan mucho más, influyen mucho más en nuestra sensibilidad que los millones de muertos anónimos reflejados por las estadísticas.

Un libro duro y necesario.



-¡Y pensar que nos queríamos! ¿Cómo es posible que dos personas que vivieron juntas, la una para la otra, se encuentren de pronto más alejadas que si fueran extrañas o enemigas? ¿Te acuerdas cuando te conté que nos cogieron juntas en una redada, que no pudimos volver a ver a nadie y que en el camión lleno de gente muerta de miedo, trastornada, deshecha, sólo nos teníamos la una a la otra, que era lo único que nos quedaba en este mundo? Durante todo el viaje, durante toda la cuarentena estuvimos siempre juntas, porque teníamos pánico de que nos separaran.
» Y después, ya lo sabes, fuimos juntas a trabajar a ese terrible comando de los canales; todo el día con los pies metidos en el agua y el cieno, cavábamos cerca de los crematorios las fosas donde echaban el exceso de cenizas y, además del cansancio, sentíamos el olor de aquel humo. Lo veíamos tan negro, tan pesado, que le costaba disolverse para siempre en la nada; y lo miras cada vez que levantas la cabeza de la zapa y piensas: “Dentro de una semana, dentro de un mes, me tocará a mí.” Y entonces me parecía que ya estaba saliendo por la chimenea, sobre los tejados del Lager, y sentía que me esfumaba poco a poco, hasta que no quedaba ningún rastro de mi paso por la tierra.
» Me acordaba de los sermones del pastor, cuando comentaba la Biblia, creo que era el libro de Job, cuando Job tampoco pudo más y se rebeló ante la idea de que ¿como nube que se desvanece y pasa, así el que desciende al Seol no subirá allí; no volverá más a su casa”. No quería desvanecerme como la nube que pasa, quería volver a casa.
Liana Millu
El humo de Birkenau (traducción de Celia Filipetto. Acantilado)


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Domingo, 20 de noviembre de 2011

Mi manera de amarte es sencilla:  
te aprieto a mí  
como si hubiera un poco de justicia en mi corazón  
y yo te la pudiese dar con el cuerpo.  

Cuando revuelvo tus cabellos  
algo hermoso se forma entre mis manos.  

Y casi no sé más. Yo sólo aspiro
a estar contigo en paz y a estar en paz
con un deber desconocido
que a veces pesa también en mi corazón.
Antonio Gamoneda
Amor (en Blues castellano. Esta luz, poesía reunida. Galaxia Gutenberg)


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S?bado, 19 de noviembre de 2011

Los números rojos del reloj digital formaron la palabra “stop”. Fuera, la ciudad se alejaba y la oscuridad alrededor del autobús parecía moverse a nuestro paso. Pensé en aquel faro que dividía la noche mientras yo le decía a A. que me sentía perdido y que la decepción era una presencia predominante al mirar dentro y fuera de mí.

En el viaje de vuelta a casa llevaba conmigo el recuerdo de una mirada desconocida, una librería de “tipos infames”, un matadero, un libro dedicado, un puñado de reencuentros, el pequeño despertar de una nostalgia perdida y una conversación a medianoche.

C.B. me llevó a una librería-cafetería desconocida. Alrededor de las mesas, las estanterías parecían arroparte y llamar tu atención. En una mirada rápida, Richard Ford, Roberto Bolaño, Stefan Zweig o Nicole Krauss. Era un territorio amigo. C.B. me habló de su vida y sus recuerdos, de amores, desamores y nuevos inicios, de lecturas y otras ciudades, de finales de mundo y extremos que se tocan. Su mirada atenta, abarcadora y directa. Yo, que soy un tipo tímido y gris de provincias y que en los últimos meses me encierro en mí y no hablo de aquello que me habita, preferí escuchar, aprender, dejar que otra vida entrase en la mía y la llenase de nuevas palabras e imágenes. Siempre encuentra un mayor atractivo en la mirada del otro. (Nota la margen, si alguna vez descubro tu mirada revolucionada intentaré captar cada imagen detenida dentro de ella, buscaré sombras y horizontes. Me buscaré en ti).

El humo de un cigarro y la entrada a un matadero me hizo recordar a Kurt Vonnegut. En la segunda guerra mundial, Vonnegut sobrevivió al bombardeo que destrozó Dresde encerrado en un matadero. Aquello le hizo escribir uno de los libros más febriles, locos, intensos, desesperados y al limite que recuerde, Matadero cinco, donde el espacio y el tiempo se convierten en cajas chinas. Entonces sentí por un momento que cada parte de mi vida tenía una conexión con mi pasado o una lectura o unas imágenes difusas de películas casi olvidadas, como si avanzase a través de reflejos, el aleteo de una mariposa y una tormenta.

Un par de personas preparaban la sala de calderas para la presentación del libro “Perdidos para la Literatura”. Todo sucedió deprisa. Los reencuentros y los abrazos y las palabras fugaces, las pruebas de sonido y la sala llena, mi mano, la mirada atenta y divagadora que pasaba las hojas de “Perdidos para la Literatura” y se encontraba con Bartleby o Claus y Lucas, las palabras sobrias y académicas de José Luis Porta, la mirada oblicua y brillante de Ángel Gabilondo, el corazón de Aurora. Y en ese corazón (como en el de Elisa), el humor de su padre y la curiosidad atenta de su madre.

La nostalgia argentina apareció en el reencuentro con la Gabriela porteña que fue como un prólogo a la Gabriela tucumana. Me habló con su voz sedosa años después de nuestra última conversación en Bilbao. Me sentí nostálgico y dividido. Piel afuera, un tipo distraído y cansado por las horas de viaje y las pocas horas de sueño. Piel adentro, olores, músicas y voces, el sonido de una piel y su cara de abandono, los caminos de tierra y la nieve negra, las caricias furtivas y Rayuela, una tormenta y ella bajo la lluvia.

Camino de la estación Aurora y yo hablamos de libros y viajes (otros mundos posibles), de la mirada egocéntrica de Occidente y del horror, de lecturas y planes futuros. La ciudad se desvanecía por momentos, sólo quedaban las palabras y los recuerdos. Dick y Vonnegut hablaban de diferentes realidades que se cruzaban y se confundían entre sí y de un número indeterminado de mundos posibles. Hay un lugar que contiene cientos de realidades y mundos. Y está dentro de nosotros. Somos cruces de caminos.

 

 


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Mi?rcoles, 16 de noviembre de 2011

La cálida voz de mi amiga Mariola ha ganado el primer premio en el Certamen de Relatos Cortos “SEMANA DE LA RADIO DE SALDAÑA”


“Para estar bien situado en este mundo, hay que despertarse escuchando las noticias”. Esa es una de las frases lapidarias de Ernesto. No es literal, pues cuando a las siete suena la radio con el parte del día, el reloj biológico de Ernesto ya lo ha despertado. Con la voz neutra del periodista se levanta (sin pensárselo ni un minuto en el calor de la cama), se ducha (para lo cual emplea seis minutos exactos), se viste (tiene preparada la ropa desde el día anterior), despierta a los chicos (más vale que se levanten a la primera) y prepara el desayuno. No hay grandes cosas que decir en la cocina a esas horas cuando además la radio está contando cómo cerró el IBEX en la última jornada o cuándo será la enésima reunión europea para resolver la crisis. Ernesto no escucharía, y sus hijos lo saben.

Ana palpa a tientas la radio de la mesilla de su marido y conecta el canal clásico. Remolonea entre las sábanas un rato largo, pues ella no trabaja hasta más tarde, como profesora de música en un instituto. Las prisas no van con ella, nunca lo fueron. Nunca tuvo prisa por terminar el conservatorio, ni por casarse, ni por tener hijos, ni por comprar una casa, así que mucho menos por levantarse… Lo hace pausadamente, se despereza, recoge el vendaval de la cocina, toma un café saboreando cada sorbo, ahora con Bach, ahora con Chopin. Prefiere no seleccionar las piezas y por eso conecta la radio: sabe que van a gustarle todas. Y no cambiaría por nada del mundo ese espacio suyo, a solas con su café, su cocina y su música. Esos son su licencia y respiro del día.

Con los auriculares puestos, Ana saluda al conductor del autobús que la lleva al trabajo. Como ya los conoce a todos, sabe que con éste toca subir el volumen de los cascos, o bien rendirse a la emisora que él tiene puesta. Luis, que así que llama, se distrae por las mañanas con un programa animado en el que hacen bromas telefónicas. Las horas monótonas dando vueltas por la ciudad se hacen menos largas con la radio. Además, como tiene mal despertar, elige esta opción para quitarse las malas pulgas. A él le funciona, porque consigue saludar a todas las personas con una sonrisa en los labios.

Y Luis a veces comprueba, satisfecho, que a alguien más la radio consigue arrancarle una sonrisa. Una mirada por el retrovisor le sirve para ver el gesto de Manuel. Manuel sube diariamente al autobús para ir al centro a entregar curriculums o hacer entrevistas de trabajo. Luis lo sabe porque a veces han charlado cuando el autobús va más vacío. Manuel es contable y acaba de cumplir cincuenta y dos años. Llevaba quince en su empresa, hasta que quebró y le dejaron en la calle con un finiquito ridículo. Lo que le convierte en un parado con un porvenir espectacular. Una piltrafa más mendigando trabajo. Las miradas de los que recogen sus curriculums les delatan: “infeliz, ¿dónde piensas conseguir empleo?”. Aunque prefiere esa mirada a la de lástima. No hay más que esas dos opciones: ninguna mirada de esperanza, ninguna de comprensión. Así que, a veces, Manuel no saluda. A veces sólo asiente. A veces busca el final del autobús y fija la mirada en la ventana. Pensando en letras, en hipotecas, en minutos infinitos por llenar, o pensando en nada. Hoy Manuel sonríe con la radio y luego sonríe a Luis. Por un minuto menos de congoja.

Cuando termina la primera ronda por las empresas, Manuel suele tomarse un respiro a media mañana en una pequeña cafetería del centro. Saluda a Armando, el camarero dominicano que ya le va preparando su café solo con dos azucarillos. Si el jefe no está, seguro que en la radio suena salsa. Mientras sirve cafés y pinchos de tortilla, a Armando se le van los pies. Después del bar se gana unas perras dando clases de baile. Le relaja, y le hace recordar su país. Los días de sol y playa, la sonrisa de su negra, las trenzas de su niña, los majaretes que prepara su abuela y la ausencia absoluta de prisas para todo. Armando coge por la cintura a Sandra, su compañera tras la barra, que tiene diez años menos, el pelo de colores y un piercing en la ceja. Sandra se ríe: “¡No conseguirás jamás que baile!”. Pero Armando no se rinde: “Aunque seas delgada y tiesa como un palo, conseguiré que bailes salsa…” y la hace girar entre las mesas.

Sandra se deshace como puede de Armando, entre risas, para cambiar de emisora. Armando le guiña el ojo: “hoy seguro que sale, amor”. Ella mantiene la esperanza de que algún día lean su relato en algún concurso de la radio. No tiene grandes pretensiones como escritora, pero sólo escuchar su cuento de los labios de un desconocido, a la vez que lo escucha medio país, sería suficiente para darle la razón. De porqué ha empezado una carrera de letras, aunque todos digan que morirá de hambre. De porqué su mejor compañía son los libros y no los calimochos. Algo, un pálpito, una señal, una palmada en la espalda que le diga que no se equivocó de camino.

Sandra se encoge de hombros: hoy tampoco fue el día. Pero quizás esta noche lo lean en otra emisora; por eso no pierde la sonrisa mientras sirve unos cafés en la mesa del fondo. Cruza una mirada socarrona con Armando, que está al otro lado del bar. La pareja de la mesa ni siquiera se ha dado cuenta de su presencia, mientras, con los ojos cerrados, agotan lentamente el enésimo morder de bocas. Javier besa a Elena en la frente y se recuesta apoyando la cabeza en su pecho. Ella le revuelve los cabellos. Durante unos minutos no dicen nada, sólo piensan. Suena en la radio una canción sencilla. Y Elena siente un vértigo infinito y mataría por retener ese momento. Piensa, desde sus quince años, que aquel amor se estirará en el tiempo sin fisuras. Y que si no fuera así, probablemente recordaría el día en que se conocieron, o el del primer beso, pero está segura de que ese justo momento sería el que más asaltaría su memoria. Y que ésta que suena, una canción sencilla y sin pretensiones, quedaría guardada en su caja de recuerdos como su canción, la de los dos.

Lamentablemente, piensa María, las canciones de la radio no transportan a todos al mismo estado de ánimo, y lamentablemente, los amores que perduran sin fisuras nunca son. Los mira desde la barra con recelo, donde pide un café para llevar. La que suena no es su canción, pero cuando a una le rompen el corazón, todas las canciones parecen escritas para recordarnos nuestra miseria. A nadie le explican al comenzar una relación lo que tiene que hacer con todo ese amor cuando el otro le da la patada. Cuando te dicen, con esa indolencia demoledora y sanguinaria, que se acabó el amor, o que ha empezado otro, o que esto no es lo que esperaban de ti. Qué mierda se hace con eso, dónde invertir ese amor, dónde canjearlo, cómo venderlo. Últimamente todas las canciones le recuerdan eso: la inutilidad del amor. Y sin darse cuenta, sorbe su café mientras camina por la calle, con el rostro encendido en lágrimas.

Alberto hace unos años que no llora. Cree que no sabe, o lo ha olvidado. Vuelve de entrenar escuchando el partido por la radio. Menos mal, porque éste no lo retransmiten por la tele. Siempre le llama la atención la capacidad de los locutores para enfatizar cada pase, cada movimiento, para hacerte sentir lo que ocurre en el campo; parece incluso que puedes oler el césped, ver el balón volar sobre el portero. Huuuuuuy, casi gol. Hoy, sin embargo, su cabeza está en otro sitio, en unos labios sorbiendo café, en unas lágrimas. Nunca se le dio bien hablar. No se expresa bien. Y si uno no sabe expresarse, parece que no siente las cosas. No es cierto. Cómo explicar a alguien que el amor no es suficiente. Aunque sea infinito, no siempre es suficiente. Porque hay amores que son cárceles, que son pozos, que no nos dejan crecer. Cómo explicar que un amor puede ser infinito, pero no hacerte feliz. Cómo decir esto cuando el amor todavía es infinito, cómo despedirse y hacer entender que esa despedida te causa la mayor de las tristezas, pero que tienes la certeza de que este es el menor dolor que os haréis si no seguís juntos. Ese día Alberto no lloró cuando terminó con María, y por eso se queda perplejo cuando se descubre llorando, mientras su equipo ha marcado gol.

El partido ha terminado cuando llega a casa. Sus padres charlan animadamente mientras preparan la cena. Ernesto no deja de hablar del banco, del jefe, de los depósitos, los fondos, los morosos y las pensiones, mientras Ana asiente batiendo un huevo. Cristina, la enana, está haciendo los deberes en su habitación. Alberto dice que no cena, que no tiene hambre. Mira a sus padres de reojo y se pregunta qué vio su madre en su padre, una persona con tanta sensibilidad hacia las cosas atraída por otra tan cuadriculada y aburrida. Y cómo pueden seguir juntos, cuál es la receta, piensa. Ana voltea la tortilla mientras sigue escuchando a su marido hablar de cifras y dividendos, comentando cada noticia de la radio. A veces ella también se pregunta qué será eso que los une. Entonces sonríe. Posa la tortilla en la encimera. Calla a Ernesto con un beso. Cambia la emisora, que sigue disparando noticias como una ametralladora, y busca al azar. Se detiene cuando están leyendo un relato de una tal Sandra Domínguez, que habla de viajes y de afectos y de desconocidos que se encuentran y conocen, sobre una música suave y dócil de fondo. Toma de la mano a su marido y bailan agarrados, muy despacio, sin decirse nada. Allí está el motivo por el que siguen juntos: porque ella sabe cómo apaciguarlo, porque sólo él sabe mirarla con aquellos ojos llenos de amor y abnegación.
Mariola Hernández Herrero
Enlazados


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Lunes, 14 de noviembre de 2011

Los relatos de Tim O´Brien se centran en la compañía Alfa que combatió en la guerra de Vietnam, relatos directos, como latigazos, que se detienen una y otra vez en los mismos momentos, la muerte de algunos compañeros, la toma de un pueblo, el instante donde el autor mató por primera vez a un hombre en un camino polvoriento, la selva, los momentos de descanso entre la locura de la guerra, la camaradería entre los soldados y todo aquello que llevaban encima, objetos personales o militares y todo el miedo, la extrañeza, la nostalgia y el desarraigo de un grupo de muchachos lejos de su hogar y en mitad de una guerra sin sentido.

Lo relatos se suceden con los mismos protagonistas, dando la impresión de estar ante una novela más que ante una colección de cuentos. Hay intensos relatos bélicos de escaramuzas, muertes y sangre, otros descriptivos donde vemos la carga de cada soldado, una carga no sólo de los objetos que los anclan a una parte de su vida, también de emociones, pasado y distancia, unos objetos que actúan como frontera con otra vida; hay relatos donde la guerra no es más que un recuerdo y los supervivientes intentan volver a una realidad que sienten aún más extraña que una selva desconocida; hay relatos llenos de fantasmas y otros donde se explica que una buena historia bélica no tiene que ser verdad pero sí parecerlo y transmitir la realidad de una escaramuza, un disparo o el barro que se traga el cuerpo de un soldado; hay relatos donde han pasado veinte años de Vietnam y la hija pequeña de O´Brien le pregunta por qué siempre escribe sobre aquella guerra y por qué no puede olvidarla; hay relatos sobre el hombre que mató O´Brien y toda la carga moral y reflexiva que conlleva acabar con una vida. Y en cada relato, la sensación de verdad, suciedad, sangre, muerte, un pasado remoto, miedo y fotografías.

Entre todos los relatos de Tim O´Brien me quedo con La dulce novia del Song Tra Bong, un cuento con elementos de terror y que por momentos me recordó al opresivo El corazón de las tinieblas de Conrad. Es una historia que parece inverosímil, un soldado destinado lejos del frente que consigue llevar a su novia al campamento. Allí, en el umbral de la guerra, la adolescente se convertirá en un ser extraño, cruel, poderoso, una muchacha que pasará a ser una sombra, un fantasma sangriento, alguien que se funde con el alma más oscura del ser humano. Es un buen relato sobre el poder destructivo de la guerra en el ser humano y cómo puede existir el infierno en mitad del paraíso.

Las cosas que llevaban los hombres que lucharon es miedo, sangre, barro y la vida sin límites ni fronteras.



Llevaban papel, sobres, lápices y estilográficas que les proporcionaba el Ejército. Llevaban imperdibles, bengalas, cohetes de señales, rollos de alambre, hojas de afeitar, tabaco para mascar, llevaban varillas de incienso y sonrientes estatuillas de Buda que habían arrebatado al enemigo, llevaban velas, lápices pastel, banderas con barras y estrellas, cortaúñas, folletos con consejos sanitarios, sombreros, machetes y mucho más. Dos veces por semana, cuando llegaban los helicópteros de abastecimiento, llevaban rancho caliente en marmitas verdes y holgadas bolsas de lona llenas de cervezas y gaseosas heladas. Llevaban bidones de plástico con agua, que tenían una capacidad de nueve litros. Mitchell Sanders llevaba un uniforme de camuflaje almidonado para ocasiones especiales. Henry Dobbins llevaba insecticida Black Flag. Dave Jensen llevaba sacos terreros vacíos que podían ser llenados por las noches para mayor protección. Lee Strunk llevaba loción bronceadura. Algunas cosas las llevaban en común. Se turnaban para llevar la potente emisora PRC-77 para enviar mensajes cifrados, que pesaba quince kilos con la batería. Compartían el peso de los recuerdos. Cargaban lo que otros ya no podían soportar. A menudo, se llevaban unos a otros, heridos o débiles. Llevaban infecciones. Llevaban juegos de ajedrez, pelotas de baloncesto, diccionarios vietnamita-inglés, divisas para indicar la graduación, condecoraciones como la Estrella de Bronce o el Corazón de Púrpura, tarjetas de plástico que llevaban impreso el Código de Conducta. Llevaban enfermedades, entre ellas la malaria y la disentería. Llevaban liendres y tiña, y sanguijuelas y algas de arrozal, y diversas clases de hongos y musgos. Llevaban la propia tierra —el Vietnam, el país, el suelo—, un fino polvo rojo-anaranjado que les cubría las botas y los uniformes y las caras. Llevaban el cielo. La atmósfera entera llevaban: la humedad, los monzones, el hedor del musgo y la putrefacción, todo; llevaban la gravedad. Marchaban como las muías. A la luz del día soportaban el fuego de los francotiradores, por la noche el de los morteros, pero no era una batalla, sino sólo una marcha sin fin, de aldea en aldea, sin propósito, sin nada que perder ni ganar. Marchaban sólo por marchar. Avanzaban con pasos pesados, lentamente, aturdidos, inclinados hacia adelante contra el calor, sin pensar, simples acumulaciones de sangre y huesos, simples soldados rasos que hacían la guerra con las piernas, afanándose colina arriba y bajando hacia los arrozales y cruzando los ríos y volviendo a subir y bajar, siempre marchando, un paso y después el siguiente y después otro, pero sin volición, sin voluntad, porque era algo automático, era pura anatomía, y la guerra se reducía por entero a una cuestión de actitud y porte personal; la marcha lo era todo, una especie de inercia o de vacío, un oscurecimiento del deseo y el intelecto y la conciencia y la esperanza y la sensibilidad humanas. Llevaban los principios en los pies. Sus cálculos eran biológicos. No tenían el menor sentido de la estrategia o la misión. Registraban las aldeas sin saber qué buscar, al desgaire, pateando los recipientes llenos de arroz, cacheando a niños y ancianos, haciendo volar túneles, a veces incendiando y a veces no, para formar después y pasar a la próxima aldea, y luego a otras aldeas, donde siempre ocurría lo mismo. Llevaban sus propias vidas. Las presiones eran enormes. En el calor del comienzo de la tarde se quitaban los cascos y las guerreras y caminaban descalzos, lo que era peligroso pero ayudaba a aflojar la tensión. A menudo descartaban cosas a lo largo de la marcha. Puramente por comodidad, tiraban raciones de campaña, hacían estallar las Claymores y las granadas; no importaba, porque al caer la noche los helicópteros de abastecimiento llegaban con más, y un día o dos después con más aún, sandías y cajas de munición y gafas de sol y jerséis de lana. Los recursos eran asombrosos: fuegos artificiales para el Cuatro de Julio, huevos coloreados por Pascua; era el gran ajuar de guerra norteamericano: los frutos de la ciencia, las chimeneas fabriles, las industrias conserveras, los arsenales de Hartford, los bosques de Minnesota, los talleres mecánicos, los vastos campos de maíz y de trigo... Iban cargados como trenes de mercancías, lo llevaban sobre la espalda y los hombros, y a pesar de todas las ambigüedades de Vietnam, de todos los misterios y cosas desconocidas, al menos les quedaba una permanente seguridad: la de que nunca les faltarían cosas que llevar.

( … )

Recuerdo estas cosas, también.
El aroma húmedo, a hongos, de una bolsa para cadáveres vacía.
La luna creciente alzándose de noche sobre los arrozales.
Henry Dobbins sentado a la luz del crepúsculo, cosiéndose los flamantes galones de sargento, cantando con calma: «Un brillo, un anillo, un cesto verde y amarillo.»
Un campo de hierba doblada por el viento, inclinada a causa del remolino causado por las palas de la hélice de un helicóptero; la hierba, oscura y servil, se inclinaba mucho, pero volvía a alzarse en cuanto el helicóptero se iba.
Un sendero de arcilla roja en las afueras de la aldea de My Khe.
Una granada de mano.
El cadáver de un hombre delgado, bien parecido, de unos veinte años.
Kiowa diciendo: «No tuviste más remedio, Tim. ¿Qué otra cosa podías hacer?»
Kiowa diciendo: «¿De acuerdo?»
Kiowa diciendo: «Háblame.»
Tim O´Brien
Las cosas que llevaban los soldados que lucharon (traducción de Elvio E. Gandolfo. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 16:29  | Libros...
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Viernes, 11 de noviembre de 2011

Conservo una imagen de ti. Estás sentada en una cafetería, con los ojos entrecerrados, una sonrisa tranquila y la mano cerrada en la mejilla. En la mesa se mezclan tus libros con los míos, las historias de la guerra de Corea con las calles de Nueva York, los mundos habitados por hechiceros y los moteles y carreteras secundarias. Te observo y eso me basta para sentir toda la vida que te ha llevado hasta esa tarde en la cafetería.

Pasas de un libro a otro, párrafos al azar que anticipan la futura lectura, esas tardes de sofá y manta en las que desapareces de la vida y reapareces horas después llena de palabras y fotografías desconocidas. Hace años que llevas dentro de ti historias extranjeras, amores extraviados, segundas oportunidades, pequeños momentos de magia donde todo es posible. Yo me decanto por los perdedores, los caminos de tierra, las habitaciones asépticas de los hoteles, la melancolía de quien siempre se detiene en el umbral de un nuevo mundo. Cuando me regalas un libro tu mundo penetra en el mío, siento otra mirada, una luz incierta, una realidad renovada, aire.

Te quedas con un libro en la mano. Le das la vuelta y me lo pasas. Me dices que nunca lo han leído, dudas incluso de que lo hayan abierto, está inmaculado, sin arrugas en el lomo ni el canto del libro. Hemos pasado la tarde en una feria del libro antiguo. En algunas casetas te subías a un peldaño para llegar hasta el último libro. El azar y la búsqueda, la curiosidad y el misterio. Hablamos sobre dónde terminarán nuestros libros, si nos encontraremos con nuestra letra en una dedicatoria en alguna de las ferias a las que vamos. También intentamos adivinar cómo era el antiguo dueño de los libros comprados o por qué descubrimos un libro inmaculado entre otros amarillentos y retorcidos.

Te cuento que voy dejando pequeños rastros entre las hojas, billetes de tren y metro, algún calendario, facturas, mi nombre, hojas otoñales, marcapáginas, una forma de construir un recuerdo futuro ajeno a mí, y que los libros de segunda mano me hacen sentir dividido, por un lado mis huellas se confunden con las de un desconocido, las vidas que se tocan pero que nunca se encuentran y todas las voces que guardan dentro, por otro la sensación de abandono y vejez, como en las novelas de Kawabata.

Sonríes con mis desvaríos, con el tiempo te has acostumbrado a dejarme hablar de ideas y mundos peregrinos porque es la forma de entrar a quien soy, porque mi vida es anodina y yo me dejo llevar por pura inercia. Tú, en cambio, eres transparente, te acercas con sencillez y me hablas de tus últimos amores y desamores, de la vida en la ciudad, de esfuerzos y dudas. Esa tarde me contaste una historia de amor que podría estar en cualquiera de esos libros desordenados sobre la mesa de la cafetería. Tu voz tomaba miles de caminos diferentes, te detenías en las ilusiones y la desesperanza, los viajes y un encuentro en un aeropuerto, la despedida y la soledad, te preguntabas por qué tú no. Entonces, te acercaste a mí para buscar mi abrazo. En ese instante me sentí embarcadero e intenté protegerte, que nada externo a nosotros penetrase en ti y te hiciese daño. Porque tu mundo es de luz y el mío de sombra y no podían intercambiarse. Te susurré una frase leída libros atrás, lo que importa es ser el último amor de otra persona, no el primero.

Ha pasado un mes de este encuentro. Te despediste con un vuelve pronto. Y hoy, en esta mañana otoñal, siento que mi salvación es escribir.


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Jueves, 10 de noviembre de 2011

¿Me extravié en la fiebre?  
¿Detrás de las sonrisas?  
¿Entre los alfileres?  
¿En la duda?  
¿En el rezo?  
¿En medio de la herrumbre?  
¿Asomado a la angustia,  
al engaño,  
a lo verde?...  

No estaba junto al llanto,
junto a lo despiadado,
por encima del asco,
adherido a la ausencia,
mezclado a la ceniza,
al horror, al delirio.

No estaba con mi sombra,
no estaba con mis gestos,
más allá de las normas,
más allá del misterio,
en el fondo del sueño,
del eco,
del olvido.

No estaba.
¡Estoy seguro!
No estaba.
Me he perdido.
Oliverio Girondo
¿Dónde? (en Persuasión de los días)


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Publicado por elchicoanalogo @ 7:26  | Oliverio Girondo
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Martes, 08 de noviembre de 2011

¿Dónde termina la tarde dónde comienza la ciudad 
dónde termina la ciudad dónde comienzas tú
dónde termino yo dónde comienzo?
(Nazim Hikmet)



Aparté la cortina a un lado. La ciudad anochecida, el rojo y azul de las farolas que parecían estrellas binarias al reflejarse en los charcos de la calle, los viajeros que arrastraban maletas fuera de la estación del tren, que se escondían de la lluvia bajo un paraguas, pura fugacidad, el horizonte desconocido. Detrás de mí, una anónima habitación de hotel y los libros de Vonnegut, Levi y Millu, cientos de imágenes, sonidos y olores, recuerdos aún intactos y la sensación de estar perdido al otro lado del horizonte. La ciudad, tú y yo.

Durante unas horas revolucioné mi mirada. No estabas a mi lado para guiarme y llevarme entre las calles y la gente y ejercer así de faro que ilumina un camino oscuro y desconocido. Paseé bajo la lluvia de la mañana. Las gotas se colaban bajo mi ropa y por unos instantes volví a ser aquel crío que disfrutaba al mojarse camino del colegio. Estuve perdido, no tenía puntos de referencia, una esquina o un edificio amigos. Y me gustaba. Era como estar desaparecido, sin nada ni nadie que me alcanzase, que supiese dónde estaba, qué era de mí, qué sentía o pensaba.

Todo era nuevo, todo era diferente. Necesitaba recolectar imágenes, aprender (aprehender) las fachadas y las esquinas, sentir que estaba en otra ciudad posible, que cada paso abría docenas de posibilidades inéditas, que podía ocurrir cualquier cosa. Las nubes bajas sobre los montes, los mendigos dormidos dentro de los cajeros, las colas en las pastelerías, los kioscos cubiertos por un plástico, los cafés somnolientos, una avenida tomada por mujeres vestidas de rosa, los cruces de calles y una moneda mental que elegía si seguir adelante o torcer a derecha o izquierda, mis pisadas que esquivaban o saltaban los charcos, el silencio. Me sentía fuera del tiempo.

La ciudad...

Las ciudades se andan (como se habitan los cuerpos y se convive con los vacíos). Y andamos kilómetros de calles matemáticamente alineadas y paseos donde debíamos sortear a otros paseantes. Improvisamos el camino a seguir, una plaza de toros reconvertida en centro comercial, un baile inesperado, una rambla que daba a un paseo que terminaba en una librería, un libro con las hojas en blanco, un barrio que parecía un pueblo escondido dentro de una ciudad, y tú a mi lado, dejándote llevar por recuerdos y emociones pasadas.

Hablamos de desamor y distancias, de dolores y pasado, hablamos de ese vacío que dejan las ausencias y cómo ese vacío pesa y nos hace zozobrar y nos deja sin dirección. Nuestras caras son como ciudades y horizontes. Miraba tus manos, la expresión de tu cara, los diferentes tonos de tu mirada, cada palabra tenía un gesto diferente, la mirada profunda y apagada para el dolor, la sonrisa abierta, sencilla y acogedora para los viajes y los libros y los buenos momentos, las manos nerviosas bajo los ojos para recuerdos y ausencias, la voz alegre y desenfadada para los pequeños triunfos. La última vez que te vi te dirigías a un andén de metro y tu cara era puro cansancio. Desapareciste al otro lado del horizonte.

Tú...

El tren vacío, el cielo bajo, los viñedos rojizos, los trenes en la dirección contraria, las gotas de lluvia que resbalaban por el cristal, las curvas y los valles. Pensaba en la primera mirada sobre la ciudad y sobre ti y cómo aprendí a estar junto a las dos, saltaba por los recuerdos que con el tiempo dejarán de ser exactos pero que siempre serán reales, volví a ver tu pequeña cara cansada, los edificios con balcones que parecían melenas de león, la azoteas y tejados de la ciudad vistos desde el tejado de una antigua plaza de toros. Y reviví la sensación de estar perdido.

Yo...

 

 




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Viernes, 04 de noviembre de 2011

Como la luz de un sueño,  
que no raya en el mundo pero existe,  
así he vivido yo  
iluminando  
esa parte de ti que no conoces,  
la vida que has llevado junto a mis pensamientos.  

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.
También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuanto te marchas.

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.

Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.

Luis García Montero
Aunque tú no lo sepas (en Habitaciones separadas. Visor libros)


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:24  | Poes?a
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Recuerdo a Quique González en silencio en el sofá blanco del plató. Le ayudaba a ponerse el micrófono. Parecía retraído, pensativo. En la mesa, su disco Salitre 48. Fue una entrevista interesante, reflexiva, una de las pocas entrevistas en las que atendí a lo que decía el invitado. 

Recuerdo un pasaje y un cielo vuelto del revés, un día de lluvia y los dos sentados en las escaleras de su casa. Ella se levantó y se quedó bajo la lluvia. Las pequeñas gotas de lluvia caían por su cara y pegaba la ropa a su cuerpo, un camino de curvas y ensoñaciones, de espacios en blanco y embarcaderos. Sonreía, traviesa. Y yo miraba las gotas en su piel e imaginaba que eran mis dedos quienes recorrían cada parte de su cuerpo. Entonces, ella se dio la vuelta, me miró y me dijo ¿tienes miedo a morir, vasco?

Hace unos días compartieron conmigo Bajo la lluvia. Las canciones como disparadores de recuerdos y, también, creadores de recuerdos futuros. Porque esta canción contiene tres momentos de mi vida, tres personas que se cruzaron en mi camino por un instante o, quién sabe, toda una vida. Los recuerdos aparecieron de a poco, primero Quique González, luego ella y la lluvia. Dos momentos que parecen sacados de otras vidas, que parecen ajenos a mí, tan extranjero me siento de mi propio pasado. Ya no estoy tras una cámara, ya no la veo sonreír bajo la lluvia.

Pero ahora esta canción es, sobre todo, el sonido de una mirada revolucionaria.



Bajo La Lluvia (Quique González)




Y te vi bailar bajo la lluvia,
y saltar sobre un charco de estrellas.
Te vi bailar bajo la lluvia,
esperando la luna llena.

Volverás a reírte de veras,
cuando creas que estaba perdido;
volverás a reírte de veras,
si te quedas conmigo.

Te vi bailar bajo la lluvia,
esperando la luna llena.
Te vi llorar bajo la lluvia,
¿quién te hubiera quitao la pena ?

Volverás a reírte de veras,
cuando creas que estaba perdido;
volverás a reírte de veras,
si te quedas conmigo,
si te quedas conmigo.

Te vi bailar bajo la lluvia,
te limpié el corazón de arena.
Tu sexo es carne de aceituna,
de un olivo en la carretera.

Volverás a reírte de veras,
cuando creas que estaba perdido;
volverás a reírte de veras,
si te quedas conmigo,
si te quedas conmigo.

Te vi llorar, te vi llorar,
bajo la lluvia.
¿ quién te hubiera quitao la pena ?

Esperando la luna llena,
esperando la luna llena.


Tags: Bajo la lluvia, Salitre 48, Quique González

Publicado por elchicoanalogo @ 2:02  | Canciones
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Mi?rcoles, 02 de noviembre de 2011

La última conversación que tuve con Aurora fue delante de su biblioteca (docenas de libros ordenados en dobles filas, escritores amigos como Auster o Ford con otros por conocer, la idea de que cada estantería es un camino y una forma de conocer a una persona). Buscaba nuevos autores y libros y ella me aconsejó Claus y Lucas de Agota Kristof, una de las lecturas más intensas, crudas y valientes de este año, y Todo lo que tengo lo llevo conmigo, de Herta Müller, que espera su turno en mi estantería.

Aurora es inteligente, cercana, entrañable y con una pizca de ironía que me recuerda a su padre. Hablar con ella es cruzar recuerdos, compartir lecturas y películas, indagar en las huellas que nos precedieron, también es ampliar la propia mirada y ver la realidad desde otro punto de vista fuera del rutinario o marcado. Por eso me gusta hablar con Aurora, me hace pensar y me recuerda que hay otros mundos y realidades posibles.

Plaza y Valdés acaba de editar su ensayo Perdidos para la literatura. Ahora también podré hablar con Aurora como lector, como lo hago con Vonnegut o Carver, porque toda lectura es una conversación íntima entre autor y lector.



Perdidos para la Literatura

Tomemos el camino iniciado por Ricœur, quien, de la mano de Aristóteles, reconoce en el Mythos, en la trama, la estructura lingüística más conveniente para decir aquello en lo que consiste “devenir un sí mismo”. ¿Caben relatos que digan más pertinentemente qué es un sí mismo? La aparición, cada vez más insistente, de otros modos de narrar -extraños y peculiares por su falta de estructura y por su condición de narraciones decepcionantes- cuestionan que la trama sea el modo narrativo que más le pertenece a la identidad personal. Tal sería el caso de P. Handke, J. Winkler, H. Müller, T. Bernhard, C. Lispector, E. Jelineck, D. Kis o W.G Sebald. Entonces cabría la posibilidad de relatarnos no ya para sostenernos, para apacentarnos con viento -en palabras de Sánchez Ferlosio- sino para decir más verdaderamente lo que somos: ruido y furia.
«Es significativo que la relación que aquí se aprecia entre nuestra lectora y la literatura sea tan radicalmente filosófica. La lectora ha escrito un texto en el que destellan los aspectos más nodales del pensar contemporáneo, que en su realidad no deja de ser clásico. No se trata de que haya escudriñado asuntos filosóficos en los textos literarios, es que lo que resulta filosófico es su propia lectura, su mirada, su consideración, porque trata a los textos como la literatura se trata a sí misma». (Ángel Gabilondo)

http://www.plazayvaldes.es/libro/perdidos-para-la-literatura/1446/



Aurora Freijo Corbeira

Licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid y Master en Estudios Avanzados de Filosofía, especialidad en Ontología y Mundo Contemporáneo, por la Universidad Complutense de Madrid.
Ha publicado artículos en la revista de psicoanálisis Quipu, en la revista digital Bandeàpart (de la que ha formado parte de la dirección), así como en la colección de educación Actuar es Posible. Para la editorial Akal ha traducido los Ensayos de Teodicea de Leibniz (en espera de publicación).
Comenzó trabajando en documentación (becaria en la Residencia de Estudiantes); ha sido profesora de filosofía y asesora de Formación de Profesorado. Formada en Gestión cultural y en Edición en la Escuela de las Artes de la Universidad Carlos III de Madrid, en la actualidad coordina el departamento de Publicaciones del Centro Regional de Innovación y Formación CRIF.

http://www.plazayvaldes.es/autor/aurora-freijo-corbeira/1428/

 

Presentación del libro, 17 de noviembre en "Matadero", Madrid.

 

 


Tags: Aurora Freijo Corbeira, Perdidos para literatura, Plaza y Valdés

Publicado por elchicoanalogo @ 12:22  | Libros...
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