S?bado, 03 de diciembre de 2011

Cuando llevas un tiempo detenido, desempolvas la mochila roja y te vas de viaje. Y es en ese gesto donde te sientes por primera vez en movimiento. Escoges ropa y libros y música y llenas la mochila. A veces tardas cinco minutos, cuando haces uno de esos viajes relámpago de menos de cuarenta y ocho horas, a veces te pasas media hora con la ropa y los libros sobre la cama, jugando a ocupar todo el espacio posible. 

La mochila te acompaña desde hace ocho años, ha estado contigo en cada uno de tus últimos viajes, cuando vivías el mundo del revés y te sentías entre dos cielos, cuando te ibas solo a descubrir que una ciudad existía o aparecías para dar un abrazo a un amigo, cuando sentías la ilusión de la ida e intuías el horizonte de forma diferente en el regreso. La mochila tiene atada una etiqueta de Lufthansa en una de sus asas, como aquellas maletas de las películas clásicas repletas de pegatinas de hoteles, países y aduanas. Te gusta imaginar que aún lleva el polvo de cada uno de tus viajes, una forma de hacer coincidir en un mismo punto cada viaje y persona. La base está rota y sobresalen algunos hilos. Pero sigues llevándola contigo, es parte inseparable de ti, de tu pasado y presente.

Te han tomado fotos en aeropuertos con la mochila roja al hombro y algún amigo la ha llevado para que descansases tras el viaje. Cuando regresas a casa la vacías y la dejas en una esquina de la habitación, parece como si soltase una última respiración y se plegase sobre sí. Y durante meses pasa desapercibida y en silencio. Hasta que sientes esa inquietud de sentir el paisaje en movimiento, de tomar distancia con tu rutina y vivir el tiempo a otro ritmo.

Hay quien te ha dicho que la mochila es una metáfora de tu corazón. Y tal vez sea así.


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Publicado por elchicoanalogo @ 7:05  | Espacios en blanco
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