Lunes, 05 de diciembre de 2011

Levanté la vista del libro de Askildsen. Los primeros rayos del sol me cegaron por un momento. Miré alrededor, los trenes detenidos junto a los andenes, el sonido nervioso de los zapatos de quienes llegaban tarde, las conversaciones susurradas y somnolientas en la cafetería cercana, un hombre que sacaba fotografías al amanecer, la luz que se alargaba sobre el suelo de la estación y creaba sombras imposibles, la mochila roja en la silla de al lado. Y yo, solo y en silencio, me sentía entre dos tiempos, el libro en mi mano como prueba del presente, los trenes como metáfora de lo que estaba por llegar.

La chica cerró el libro de Espinosa que tenía entre las manos. Tenía los ojos llorosos (un mar azul) y repitió un par de veces cómo le había emocionado la última frase. Luego se quedó en silencio y miró al horizonte en movimiento, las nubes grises que parecían descansar sobre la tierra rojiza y las casas solitarias que se intuían al final del horizonte. Me reconocí en ese gesto, la necesidad de callarse y mirar alrededor mientras una historia se queda dentro. Pensé que me gustaría escribir una historia hecha de imágenes cazadas al azar, sin conexión, como una sucesión de fotografías de mis viajes, porque hay gestos y miradas que encierran un mundo entero.

La mochila roja en mi hombro y el libro en mi mano y, alrededor, abrazos de bienvenida, lágrimas de alegría, los silencios antes de un beso dulce o intenso, las maletas que cambiaban de mano, ese momento donde todo es mirada y reconocimiento y un momento de pura felicidad (vértigo en el estómago y una sonrisa nerviosa e imparable). Asentí, tranquilo y cansado.

Las canciones saltaban sin un orden concreto. Las ciudades se andan. La música se colaba en la realidad y transformaba las cafeterías y los parques y el palmeral y las calles estrechas en mundos posibles. Cuando estás perdido todo es inesperado. No había hojas otoñales sobre la acera, tuve que esperar a volver a Madrid para sentir su crepitar bajo mis pies. En una papelería abierta encontré El cielo a medio hacer y leí alguno de sus haikus en una cafetería. En el cielo, la luz temblorosa de una pequeña estrella. Me pregunté si alguien más estaba observando esa estrella en otra parte, dos miradas que se cruzan en un espacio infinito. Entonces, sentí ese vértigo del azar, de los cruces de caminos, cómo cada paso cambia tu futuro.

Escribí una postal a mi sobrino, un gesto habitual en mis últimos viajes. En ese pequeño espacio le hablé del mar Mediterráneo y de un tren que viajaba a 250 kilómetros por hora, una forma de iniciar una conversación, de que sienta curiosidad por el mundo y la aventura que es viajar. No pude hablarle de Sonia en el andén de Elche y la conversación sobre amores y desamores en un restaurante turco, de mi paseo solitario por la ciudad y cómo me gusta sentirme perdido, de la entrañable Señora Molina y su sempiterna sonrisa, y la risa expansiva de Esther que llena vacíos y reconforta.

Encontré las hojas otoñales en las calles de Madrid. Salí de la estación para respirar aire frío, recordar las horas en Elche, ver la ciudad adormecida en domingo y tomar fuerzas para el último tramo de mi viaje. Las calles de Madrid me hacen pensar en espacio y tiempo dividido.

Saqué la ropa y los libros de la mochila roja y la dejé en una esquina de la habitación. La mochila estaba empequeñecida, vacía. Me sentía cansado, feliz, aún de viaje y fuera de mi vida y de mí mismo.

 

 



Publicado por elchicoanalogo @ 17:37  | Great White Way
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