Hace un par de años una mendiga de labios de fuego me dio un beso en la mejilla, un encuentro que describí en El beso magma. Fue algo extraño, curioso, me descolocó. En aquellos días escribía cuentos para la revista de una amiga, algunos fueron publicados con el tiempo, otros se quedaron en el cajón o los borré. El encuentro con la mendiga revoloteaba a cada instante y decidí darle una vuelta de tuerca. Escribí Tara para transformar la realidad. Me gusta este cuento no por cómo está escrito sino por esa hora donde me dejé llevar por mi parte más sensiblera (margarita), y sentí dentro de mí las palabras más entrañables y dulces, que todo era posible.
Tara
La primera postal de Tara llegó desde un pueblo desconocido de la costa. Hacía mes y medio que no sabía de ella, desde aquella noche donde me dijo que estaba enamorada de mi alma. Miré las ventanas encendidas de Madrid, sin saber qué contestar. Tara se levantó y me tendió la mano. Cubrió su cuerpo con el mío y con suavidad me guió en unos pasos tímidos y cercanos. Orbitamos el uno alrededor del otro en un baile silencioso mientras de fondo nos llegaba apagado el runrún del tráfico y las últimas conversaciones de la calle. Apoyó su cabeza en mi hombro y sentí la caricia de sus rizos en mis labios. Sabía que no la volvería a ver.
Tara surgió de la nada, como un hechizo. Acababa de comprar un libro de Carver y lo hojeaba en mitad de la calle. Ella se colocó delante de mí y me impidió avanzar. Luego cerró los ojos y me ofreció sus labios de magma con una ternura inusitada. Me sorprendieron los labios tan rojos e incendiarios de la desconocida. No la besé, sentía miedo. Entonces ella abrió los ojos, señaló el libro, y me preguntó si no quería saber la respuesta a la pregunta de Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor. Sonreí y le besé la mejilla. Vaya, un tímido…
Era un espíritu libre, así le gustaba describirse, un espíritu libre que sólo buscaba el amor puro, sin fronteras ni egoísmos. En nuestras noches de azotea me hablaba de la Atlántida , de sirenas lejanas que se escondían dentro de los ojos de una mujer, de la naturaleza como un dios amable al que hemos dejado de lado. Aseguraba que era más de mar que de tierra, y siempre me decía que ahí, en mitad de la ciudad, escuchaba el rumor del oleaje, incluso en los días de lluvia era capaz de sentir su sabor salado en la piel.
Le gustaba abrazarme y decirme, relámpago, eres hermoso. Una mañana me enseñó un truco, algo simbólico para propiciar un cambio en mi vida. Quería que eligiera una foto y que sobre ella colocara un reloj que encarnaría el nuevo tiempo. Encontré un reloj desterrado en un armario. Ahora, en la cómoda de mi habitación hay una foto mía de 1993 y, a su lado, el reloj, y cuando me preguntan les digo que es la magia de Tara. Desde aquel día siento que mis días son mejores, más tranquilos, sin nubarrones, como si Tara se hubiera colado por mi garganta y escondido en mis entrañas para iluminarme y deshacer los pensamientos y sentimientos más oscuros. Tara está ahí, entre las costillas de mi pecho.
Nunca hicimos el amor. Nos abrazábamos y nos acariciábamos, era un amor sin posesión, sin sexo, el amor de dos seres antagónicos que necesitan de una presencia que los equilibre. Ella me daba su locura impulsiva, yo, la melancolía y los pies en el suelo. Me acostumbré a las mañanas donde se metía en mi cama, con gesto somnoliento y perezoso, y se dormía con su cabeza en mi pecho. Acariciaba sus rizos, la piel de su nuca, observaba cómo su cabeza subía y bajaba al compás de mi respiración.
Los domingos paseábamos por la ciudad dormida. Nos levantábamos con la primera luz y disfrutábamos de la tranquilidad de las calles y el silencio del asfalto. Uno de nuestros lugares favoritos era la cuesta de Moyano. Paseábamos entre viejos libros que llevaban huellas de otras presencias, de miles de historias fuera de sus páginas. Cada vez que se daba la vuelta y me veía comprar un libro se acercaba a mí, me abrazaba y gritaba, entusiasmada, ¡relámpago, te quiero! Sólo compraba libros que tuvieran una dedicatoria de amores pasados o amistades imperecederas o buenos deseos por un cumpleaños. Sabía que a Tara le gustaba leer esas dedicatorias, averiguar el significado de cada una de ellas, preguntarse por qué ese libro acabó en un puesto de antigüedades, incluso en una ocasión buscó al primer dueño de “El tesoro de Sierra Madre”. Era un hombre apagado, sordo, de cejas pobladas y mirada acuosa. Tan amarillento y desgajado como el libro que nos llevó hasta él. Hablaron toda una tarde sobre la historia detrás de esa dedicatoria. Tara se despidió con una caricia y un beso en la mejilla y la gratitud por escuchar una historia de amor de las de antes.
A veces se sentaba para verme leer. Me decía que me convertía en una sombra, como un fantasma indeciso entre dos dimensiones, y que le gustaba ver cómo cambiaba la expresión de mi rostro a la vez que pasaba las páginas. Aseguraba que no necesitaba leer ese libro, que mis gestos cambiantes contaban su historia, la tristeza de algún amor imposible, la alegría de la aventura por la aventura, la melancolía de otros recuerdos. Todo, decía ella, se reflejaba en mis ojos. Nunca le dije que me gustaba leer con ella al lado, que si no desaparecía por completo dentro del libro era para que ella no me perdiese, que necesitaba su presencia y su mirada tras la última página para agarrarme a la vida y la realidad, para abrazarla tras un final triste o besar sus labios de magma influenciado por una historia eufórica.
En las tardes de lluvia fina nos sentábamos en una cafetería. Seguíamos el camino de las gotas en el cristal mientras mirábamos a la gente caminar bajo sus paraguas o las parejas que entraban a resguardarse de la lluvia. Figuras borrosas y difusas. En una de esas tardes de lluvia me habló de su primer amor, el amor de mi vida. Su mirada se tornó apagada, silenciosa, una pequeña nube que pasó rápida y que dio paso a la Tara sonriente de siempre. En la calle dijo no entiendo a las personas que no viven intensamente, y se puso a saltar para sortear a algunos tímidos caracoles. Si en alguna ocasión escuchaba el crujido de un caparazón roto me acercaba a ella y secaba sus lágrimas.
En uno de nuestros paseos escuchamos un lamento lejano y apagado. Tara rebuscó por las esquinas y los huecos de la callejuela hasta que vio moverse un par de cartones. Bajo ellos encontró un cachorro de pelo negro y raído, un mil-leches, un perro sin raza, me aclaró Tara. Lo escondió dentro de su gabardina en el camino de regreso a casa. El perro sacaba su hocico de los pliegues de la gabardina para lamer el cuello de su salvadora. Ahora Tornado tiene dos años y sigue esperando el regreso de Tara. No sé cómo explicarle que todo lo que tendrá de ella serán sus postales y sus fotografías.
Tara quería que encontrase el amor, una mujer que me amase por cómo era y que me diese la paz y la pasión que mi vida necesitaba. A veces íbamos en la parte trasera del autobús y me señalaba a alguna mujer que podía dar un vuelco a mi vida y borrar el rastro de las cicatrices pasadas con sus besos. Siempre se fijaba en la mirada, en los gestos, nunca en el cuerpo. Tara me buscaba una mujer especial, voladora, una prestidigitadora. Ella no se daba cuenta de que me sentía a gusto con su presencia, que no necesitaba una mujer, que era ella la que había borrado cualquier atisbo de las pasadas heridas con sus bailes en la azotea y sus abrazos inesperados y las mañanas agazapada en mi pecho.
Las postales de Tara llegaban a impulsos. Cuando me di cuenta de que cada postal estaba escrita desde una dirección diferente compré un mapa para seguir sus pasos. Intentaba anticipar su destino final, si es que lo hubiera. Pero Tara se salió del mapa, del país. A las postales de barcos pesqueros, estaciones de tren y cuadros de Hopper le siguieron otras de Elvis o la pirámide egipcia de Las Vegas. Postales escritas mientras esperaba a embarcar o en el desayuno después de un paseo por San Francisco. Algunas postales eran fotos que ella tomaba, una casa elevada sobre cuatro pivotes de madera en Toronto, el tráiler en el que vivió en Carolina del Norte, el Monument Valley al atardecer, cuando los fantasmas de los personajes de John Ford cabalgaban de nuevo para desaparecer con las primeras luces. La pared de mi habitación estaba decorada con docenas de mapas unidos en un todo, mi propio mapamundi con chinchetas de colores que seguían el rastro caótico de Tara. Sus postales eran puro optimismo, palabras que recorrían mi cuerpo como un pequeño fuego cálido y acogedor. Siempre se despedía con un te quiero de “o” alargadas. Así fue ella conmigo, un vendaval que cruzó mi vida.
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