Mi?rcoles, 14 de diciembre de 2011

Hace unas semanas me sorprendió la imagen de dos mujeres sentadas juntas en la mesa de una cafetería. Removían sus tazas y daban pequeños sorbos al café. Miraban al frente, en silencio. Era una imagen extraña. La quietud de sus miradas, el gesto inamovible, el silencio que parecía palpable. Parecían una isla en medio de las conversaciones alrededor.

Me siento en las mesas que dan a los ventanales. Levanto la vista de un libro y veo un cruce de calles, una pareja que se abraza, la sincronía de los semáforos, los pasajeros que salen de la estación, un carguero que se desliza bajo el puente colgante o el reflejo del atardecer sobre la torre de cristal, y dentro de la cafetería, reuniones de estudiantes, caricias al azar, gente que espera y mira a cada esquina, ese momento donde descubren a la otra persona y sonríen sin límite y con nervios, jubilados que se apoyan con fuerza en su bastón y en ese gesto parecen agarrarse a la vida. Leo Contra el viento del norte o El hombre ilustrado, y se mezcla la ficción con la realidad y el ruido de fondo, a veces veo las caras de los personajes en quienes me rodean o siento que soy transparente, que estoy entre dos dimensiones y no acabo de hacerme corpóreo.

Hay ocasiones donde escribo pequeñas frases en un cuaderno o en las servilletas de papel, estar perdido significa encontrarse con lo inesperado, frases que uso en el blog o que siento estúpidas fuera de una cafetería. O describo en tiempo real lo que veo, como aquella cafetería atravesada por el voluminoso tronco de un lapacho, el hueco en el suelo y el techo, las mesas alrededor del árbol, las ramas que tapan un tejado de hojas violetas, una imagen espectral, o aquella librería con una cafetería en la entrada, las estanterías con pequeñas telarañas y unos parroquianos que me preguntaron por mi extraño acento. 

Me gustan las cafeterías de las estaciones y aeropuertos. Pura transitoriedad. Ser quien espera o hacer tiempo antes de embarcar, la conversación con una familia argentina tras el mundial de Alemania, la mujer que imitaba los gestos de quien pasaba a su lado (un espejo), el cruce entre quienes llegan y quienes se marchan, la cafetería de Lerma, camino de Madrid y su café sin sabor alguno, las mesas asépticas, la tienda en la entrada, las caras cansadas, los precios inflados. Pero hay algo en esas cafeterías que me atrae, una carretera o un avión que se dirige a la pista de despegue, saberme fuera del tiempo y el espacio, ser yo quien los burle por una vez.

Empecé Todo como antes en una estación de tren. Leí dos veces un pequeño relato sobre cafés, un relato desolador, desértico, una soledad y un silencio hirientes. Askildsen y su minimalismo y su pesimismo y amargura y aún así me atrapa su forma de escribir y ver el mundo. Porque es diferente y me muestra otra cara, aunque no me sienta identificado. La literatura es eso, mirar a través de otros ojos y descubrir mundos posibles.



En el café...
Una de las últimas veces que estuve en un café fue un domingo de verano, lo recuerdo bien, porque casi todo el mundo iba en mangas de camisa y sin corbata, y pensé: tal vez no sea domingo, como yo creía, y el hecho de que pensara exactamente eso hace que me acuerde. Me senté en una mesa en medio del local, a mi alrededor había mucha gente tomando canapés y bollos, pero casi todas las mesas estaban ocupadas por una sola persona. Daba una gran impresión de soledad, y como llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie, no me hubiera importado intercambiar unas cuantas palabras con alguien. Estuve meditando un buen rato sobre cómo hacerlo, pero cuanto más estudiaba las caras a mi alrededor, más difícil me parecía, era como si nadie tuviera mirada, desde luego el mundo se ha vuelto muy deprimente. Pero ya había tenido la idea de que sería agradable que alguien me dirigiera un par de palabras, de modo que seguí pensando, pues es lo único que sirve. Al cabo de un rato supe lo que haría. Dejé caer mi cartera al suelo fingiendo que no me daba cuenta. Quedó tirada junto a mi silla, completamente visible a la gente que estaba sentada cerca, y vi que muchos la miraban de reojo. Yo había pensado que tal vez una o dos personas se levantarían a recogerla y me la darían, pues soy un anciano, o al menos me gritarían, por ejemplo: “Se le ha caído la cartera”. Si uno dejara de albergar esperanzas, se ahorraría un montón de decepciones. Estuve unos cuantos minutos mirando de reojo y esperando, y al final hice como si de repente me hubiera dado cuenta de que se me había caído. No me atreví a esperar más, pues me entró miedo de que alguno de aquellos mirones se abalanzara de pronto sobre la cartera y desapareciera con ella. Nadie podía estar completamente seguro de que no contuviera un montón de dinero, pues a veces los viejos no son pobres, incluso puede que sean ricos, así es el mundo, el que roba en la juventud o en los mejores años de su vida tendrá recompensa en su vejez.

Así se ha vuelto la gente de los cafés, eso sí que lo aprendí, se aprende mientras se vive, aunque no sé de qué sirve, así, justo antes de morir.
Kjell Askildsen
En el café (en Todo como antes. traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Lengua de trapo, Debolsillo)


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Publicado por elchicoanalogo @ 16:53  | Libros...
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