Mi?rcoles, 21 de diciembre de 2011

Leía Érase una vez en el parque, acomodaba mi voz al ritmo pausado de los cuentos de Atwood y construía imágenes de infancias, jardines, casas y abandonos. A veces el sonido de unos pasos me hacía levantar la vista, y en ese camino de las hojas a la realidad: la estela blanca del libro que irrumpía en la realidad, la sensación de estar entre dos dimensiones, de empujar a los personajes fuera del libro y encontrarlos en una mujer de melena rizada, una anciana que caminaba con andador o un adolescente que esperaba sentado en un banco cercano.

Volví al libro, sentía su cuerpo entre mis manos, las palabras que se convertían en imágenes, el mundo exterior que entraba a trompicones en los cuentos. Sonreí por sentirme desubicado, dentro y, también, fuera del mundo, en una tierra de nadie. Ahora Érase una vez pertenece a otra biblioteca, la tercera que encuentra, tal vez la definitiva, quién sabe. Como libro contiene media docena de historias de Atwood, como objeto guarda la suya propia, la convergencia del espacio y el tiempo en un punto. Su mirada.

Es extraño ese momento de transición entre la lectura y la vida, cuando cierras la última página y descubres el mundo circundante transformado, ya no te encuentras en el mismo lugar, dentro de ti te habitan otras palabras e imágenes que cambian tu mirada. Sales tambaleante del parque y tienes que detenerte porque, en un golpe de viento, las hojas se desprenden con fuerza de los árboles de la gran vía, una coreografía caótica que te recuerda a una gran nevada, tú en medio de las simétricas hojas otoñales y regresas a los campos de caña de azúcar y su nevada negra, o aquellas nevadas reales donde te desplomabas sobre la nieve y los copos caían sobre tu cara de forma lenta, tapando tus gafas y tú que te sentías un explorador perdido en la Antártida. Ya no sabes si eres real, si las hojas que vuelan alrededor de ti son hojas o la idea de algo nuevo y fugaz. Te agarras al libro como único punto de apoyo de la realidad.

Dos días después alargué el libro de Atwood hacia ti. No sabía qué decir, qué palabras sacar, nunca ensayo discursos, me cuesta mostrarme y descubrir quién soy, los naufragios y las derrotas, las locuras y los inicios en la otra punta del mundo, las palabras escritas y mis silencios, los miedos y saberme incompleto, los recuerdos de docenas de trozos de cielo donde busco la misma estrella, los momentos de lucidez y los sueños, las palabras que me habitan y un horizonte de sucesos. En una estación de metro y el espacio y el tiempo recuperaron su forma original pero, por una pequeña eternidad, se unieron en los límites de tu mirada.



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