Jueves, 22 de diciembre de 2011

Hace años busqué mi nombre tallado en una antigua puerta de madera. Había regresado a un punto de mi pasado tras años de ausencia. Fueron unos días extraños, entre dos tiempos, cada paso me descubría los cambios en las casas y en las caras y me traía recuerdos olvidados. En cierta forma me sentí como un fantasma, como una sombra transparente, miradas que intentaban ubicarme en la memoria, darme una forma y un nombre. Porque cuando no tienes un nombre, cuando nada te define, eres inasible, pura abstracción...

Ella talló nuestro nombre dentro de un corazón, los unió en el espacio y en el tiempo en la puerta de madera de un cobertizo. La primera vez que vi aquel corazón pensé que nada borraría nuestros nombre, que aquel símbolo quedaría grabado por siempre, como la eternidad. Aún creía en los sueños, la máquina del tiempo y Tom Sawyer, los horizontes sin límite de las películas del oeste y la vida como un lugar donde todo era posible, sin miedos ni heridas. La puerta se transformó en un pequeño altar, en un secreto susurrado.

Recuerdo que me gustaba sentarme en el camino y ver la estela de tierra que dejaban tras de sí los tractores y los coches, sentía que en aquella estela que borraba el mundo por unos minutos había aventura y misterio, un truco de magia imposible de descubrir. A veces entraba en los campos de maíz para perderme entre los largos tallos o andaba por los límites del bosque para escuchar el viento más puro y brillante mientras mi corazón amplificaba cada ruido y me hacía creer en aparecidos, la santa campaña o las meigas. Por la noche me tumbaba en la hierba para sentir el movimiento del universo sobre mi cabeza, el sonido de una maquinaria lenta y traviesa, alguna estrella fugaz (algún sueño fugaz), la sensación de infinitud, la luz blanquecina de la luna sobre los montes y la imagen del corazón tallado y los dos nombres unidos dentro de él. No conseguía enfocar la realidad, se unían los nervios y la incredulidad: está pasando..., me está pasando.

Salí de casa con paso tranquilo. Era una sombra, un hombre adulto, alguien que regresa tras años de ausencia, con miedos y heridas que restañar. El camino ya no era de tierra, estaba asfaltado y había farolas cada pocos metros. Pero seguían los campos y el bosque como última frontera conocida. El cobertizo estaba en una curva del camino, frente a la casa de la costurera. Me acercaba a la puerta y aparecieron pequeñas fotografías, la tarde sentados en el tejado de la ermita y los cruces mudos de miradas, las sonrisas tímidas y el sonido del río al atardecer.

Podría escribir que encontré nuestro corazón en la puerta y que pasé los dedos por nuestros nombres y que volví a verla. Sería un buen final para un cuento (si esto fuese un cuento).


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