Recuerdo las navidades de mi infancia, no los nervios y las noches en vela o las mañanas de magia y juegos o una bicicleta y el mundo que giraba sin orden. No. Recuerdo las navidades de mi infancia a través del cine, dos semanas de películas, de una luz blanquecina en la oscuridad y el silencio tras aquel misterioso “the end”, una especie de frontera que me hacía soñar con lo que pasaba tras la última imagen, un beso, una despedida, un vaquero cabalgando hacia el horizonte, un fundido a negro como un final abierto que iniciaba otra historia.
Me gustaban las películas de aventuras, la carrera de barcos entre el hombre de Boston y el portugués en “El mundo en sus manos”, los piratas aventureros y socarrones de “El temible burlón”, el desastre de la caballería en “Fort Apache”, la invasión extraterrestre de “Invasores de Marte”. La navidad era una sucesión de imágenes y de historias inalcanzables que intentábamos recrear en los parques de juegos, la vida como misterio, como una gran aventura donde todo era posible, la mayor hazaña y la muerte a cámara lenta en un gesto amplificado y teatral. Cuánto nos gustaba recrearnos en ese último gesto, el dramatismo en nuestra cara, la caída a trompicones, la respiración entrecortada y la mirada perdida en el cielo, la sensación de haber dado la vida por la mejor de las causas. Héroes en la memoria y “si la leyenda supera la realidad, publica la leyenda”.
Hay películas que veo cada navidad, la única tradición de estas fechas que me gusta mantener y una forma de entrar y salir de la vida en unos días que siento excesivos. Entonces, desempolvo “2001: una odisea espacial”, el poema matemático de Kubrick, un viaje más allá del espacio y el tiempo; la locura imparable de “La fiera de mi niña” y Cary Grant que se deja llevar por el caos; la aventura por la aventura y las batallas navales de “El hidalgo de los mares”. Y, sobre todo, “El apartamento”, un ascensor en un edificio de oficinas, un espejo roto, un bombín ridículo, un solitario que presta su apartamento para medrar en la empresa, una ascensorista soñadora y crédula, una historia de amor inesperada y uno de los finales más emocionantes e inteligentes que recuerde.
Creo que “El apartamento” de Billy Wilder es una buena forma de desear una feliz navidad y un próspero año nuevo. Zorionak esta urte berri on!
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