Viernes, 30 de diciembre de 2011

Llamas a mis relatos margaritadas y pronuncias sílaba a sílaba con una sonrisa. A veces me preguntas qué hay de verdad en lo que escribo, si cada palabra es real y existe aquella mendiga que me dio un beso magma en la mejilla, una imagen que has guardado y modificado en tu memoria. Te respondo que no sé inventar situaciones o personajes, que todo lo escrito es un recuerdo, un cruce de miradas, el azar a la deriva y mi forma de sacar fotografías desde que cambié la imagen por la palabra. Sonríes, y no sabes si creerme. Entonces, te cuento una pequeña historia.

Hace tiempo escribí el encuentro entre una mujer y una estrella solitaria. La mujer pasaba por una ruptura amorosa y no conseguía emerger a la superficie ni agarrarse a algún resto del naufragio para llegar a una playa salvadora como en aquellas historias de Dafoe o Swift. Pasaba las noches insomne, escarbaba en sus recuerdos e intentaba encontrar la primera huella de la fractura. En una de esas noches de dudas y preguntas descubrió una luz de luciérnaga en la oscuridad, una estrella solitaria entre el caos de su cielo de ciudad. Y se sintió acompañada y protegida por esa única luz que brillaba y viajaba desde el pasado, una luz que brillaba por ella, que nadie más podía ver, que iluminaba un camino que hasta entonces había estado oculto entre cicatrices y lágrimas.

La mujer vivía en una montaña rusa emocional, no acababa de encontrar la estabilidad, un asidero, un momento de descanso. El desamor es desgarrador. A veces buscaba la luz de la estrella en su corazón para calmar la herida y sentirse contenida. Le puso un nombre, Marina, y la elección de ese nombre esconde una historia que sólo ella puede contar. Aquel gesto de levantar la mirada y descubrir una débil luz le recordó que la magia existía, sólo había que tener los ojos abiertos y atentos.

Marina cuidaba de la mujer en su distancia de estrella, mujer y estrella pequeñitos haces de luz que se buscaban y que existían para la otra. La estrella necesitaba alguien que la confirmase y supiera valorar su viaje a través del espacio y el tiempo y la mujer la promesa de un cambio y dejar de ser un cristalito. Los cambios llegaron de a poco, un nuevo trabajo y viajes a otros cielos y libros y carreras bajo la lluvia. Pero la mujer no llegaba a emerger del todo, la herida se reabría una y otra vez y dejaba al desnudo la estela de soledad y vacío que queda tras una ruptura.

Cuando todo parecía perdido, Marina se inventó un truco de prestidigitador. Creó un reflejo en el cielo de ciudad de la mujer. De repente, la mujer veía dos luces de luciérnaga, dos estrellas en un cielo que hasta entonces sólo había tenido una pequeña luz. Marina estaba anticipando un cruce de caminos, y en ese cruce, el final de una herida abierta y el inicio de una posibilidad. La mujer sintió vértigo. Porque los cruces inesperados son aventura y locura y desbordamiento. Pura magia.

Me miras y me dices que te acabo de contar uno de esos cuentos que invento para que se duerma mi sobrino. Tal vez.


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Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

Precioso!! Me he emocionado...

Yolanda

Publicado por Invitado
S?bado, 31 de diciembre de 2011 | 13:59

Eres la única que sabe qué hay de realidad en este artículo, Yolanda... Muchos mimos a ti y Marina

Publicado por elchicoanalogo
S?bado, 31 de diciembre de 2011 | 20:01