S?bado, 31 de diciembre de 2011

… entonces dejé los libros sobre la mesa de la cafetería, una pequeña torre formada por una autobiografía, un libro de viajes, una novela negra y los poemas de Isabel Bono. Pasaba de un libro a otro, leía páginas al azar, a veces la número noventa y nueve, como decía Maugahm, a veces el párrafo inicial, esa primera palabra que inicia un torrente y un viaje, una fuga hacia un destino difuso y lejano. Escoger párrafos aleatorios es una forma de sacar de contexto una historia y ver las piezas de un puzzle que ahora es desconocido pero que cobrarán sentido cuando cierre la última pagina.

Llegué a los poemas de Isabel Bono. Las palabras se desenrollaban de su libro Pan comido y parecían envolverme y jugar con mis entrañas, sentía que me encontraba ante una de las lecturas del próximo año, un libro que, creo, me dejará el corazón del revés y la mirada perdida y ampliada. Versos caóticos y heridas al descubierto, instantes detenidos y la pérdida, amores al extremo y pequeñas extinciones. Pequeñas piezas del puzzle cazadas al azar.

Las luces navideñas se encendieron fuera de la cafetería. La oleada azul y silenciosa de la gran vía y las sombras de los paseantes, la rapidez con que pasan las últimas horas de un año, como si tomasen una velocidad inverosímil y suicida. Dentro de mí, un caos y un laberinto, los recuerdos de este año y lo que está por llegar, los deseos de un abrazo y un viaje lejos, muy lejos para el  nuevo año y las imágenes como fotografías de lo vivido en los últimos meses (nota al margen: cómo fotografiar emociones, cómo elegir la palabra adecuada que describa un sentimiento, cómo hacer tangible un recuerdo que se modifica con el paso de los días).

Se sucedían los recuerdos, los espacios y tiempos divergentes y convergentes, las tardes de librerías, las lecturas en un parque, la luz a través de los ventanales de una cafetería, las meteduras de pata y las pequeñas victorias. Intenté fijar los recuerdos de este año. Entonces, aparecieron los días de manifestaciones y movilizaciones de inicios de año, una cuestión de dignidad y la convicción de que había que luchar aún anticipando la derrota; los viajes y otros trozos de cielo, las esperas y los cafés en los aeropuertos y estaciones de tren, las conversaciones y las habitaciones asépticas de hotel, las despedidas y estar en contenido en el otro, la luz gaditana y las sonrisas de Elche, el abrazo inesperado de Clara donde me convertí en refugio por una pequeña eternidad y una presentación literaria en un antiguo matadero que acabó con un cola-cao compartido a medianoche con Aurora, el espacio-tiempo colapsado y derruido, una plaza de toros reconvertida en un centro comercial donde se improvisan bailes y músicas y pasear bajo la lluvia solo e invisible, el horizonte en movimiento y yo libre; Lucia dentro de Diana y un puñados de tarde donde Arantza, Sergio, Diana, Carolina y yo retrocedimos media vida (exactamente media vida); los paseos improvisados con Iñaki, la mirada infinita de Blanca y los capones de Mariola; Verka en las calles de Bilbao, tomando fotos de las fachadas de los edificios y ayudándome a redescubrir la ciudad a través de su mirada; los diferentes matices de la voz de Gabriela a través del teléfono, la tristeza, la rabia o los susurros, cómo aún soy capaz de descubrir su estado de ánimo por la forma de decirme “hola”; un verano donde todo volvió a estar en su sitio antes de fracturarse de nuevo (pero eso es la vida, una montaña rusa); los silencios y mis errores, las noches de insomnio y los actos detenidos, la distancia que pongo con los demás y esos momentos donde necesito desaparecer de mí y ser transparente, como la imagen reflejada en un cristal.

Se acerca el final del año, las sensaciónes de frontera y nuevo inicio que aún mantengo dentro de mí, como si el domingo todo volviera a empezar y la expresión “última vez” se transformara en “primera vez” en un inusual juego de ilusionismo. No sé qué o quiénes están por llegar.

Salí a la calle, los libros en mi mano y el frío que salía de mi boca en minúsculas estelas de vapor. Un final es un inicio...


He de recordar aquí que nada de lo que cuente
ha de ser tenido en cuenta puesto que mis recuerdos
en el momento de ser vividos
ya estaban siendo falseados por mi propia imaginación.
Nunca creas una sola palabra.
No soy más que una mente colapsada
un cerebro comprimido
por tormentas y aguaceros que nunca tuvieron lugar.
Soy el historiador perfecto.
(Fragmento de Coloca un pájaro en la mesa y cierra las puertas, de Isabel Bono. En Pan comido. Bartleby editores).






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