Mi?rcoles, 11 de enero de 2012

No sabía quién era Marisa Madieri cuando descubrí su libro Verde agua en la estantería. Fue un encuentro casual, fortuito, un libro pequeño y escondido entre otros mayores, no lo vi hasta después de tres o cuatro pasadas por la estantería. Y fue eso, que tardara tanto en descubrirlo, lo que hizo que me fijara en él y leyese la sinopsis y unos párrafos al azar.

En Verde agua, Madieri retorna a los momentos cruciales de su pasado para hablar de éxodo y hogar, de tiempos y espacios y rescatar personas, sensaciones, paisajes e historias que quedarían de otra manera en el olvido. Y lo hace con una ternura y delicadeza que te descomponen. Es lo primero que me deslumbró de Verde agua, la escritura preciosa y precisa de Madieri, su tono evocador, la capacidad para describir un momento concreto del pasado y hacértelo llegar como si fuese una fotografía limpia de borrones o sombras.

Madieri cruza presente y pasado en su diario, a pequeños gestos cotidianos le siguen la reflexión sobre el tiempo, el miedo y la incertidumbre por un futuro incontrolable, la mirada pausada sobre el presente, la nostalgia y la fuerza rescatada de las vivencias del pasado, o la reflexión sobre la dureza del éxodo y ese ser extranjero incluso en la propia tierra. Y lo que sorprende, lo que emociona, es que en las palabras de Madieri no hay ajuste de cuentas o dolor, sino una dulzura inesperada.

Tras la segunda guerra mundial, Fiume pasa a manos croatas. Los italianos afincados en la zona inician una lenta migración hacia Italia, dejan atrás sus hogares, sus recuerdos, sus vidas para empezar de cero. Madieri recuerda su infancia, aromas y paisajes de la tierra que abandona, la sensación de pérdida, de un gran cambio que convierte a la familia en metáfora de refugio y hogar, de ser la tierra a la que uno pertenece.

La nueva vida en Trieste es dura, las habitaciones asfixiantes del Silos, en una especie de gueto donde instalan a los exiliados, la pobreza y escasez, las ropas raídas, la vergüenza por no ser como sus compañeras de clases. Y aún así, el refugio que es la familia, los estudios o los libros. Es en ese éxodo, en esos años de cambios, donde Madieri descubre su lugar en el mundo. "Un día, mientras volvía de la playa antes que de costumbre, a causa de una breve y violenta tormenta de verano, y me encaminaba por la orilla a la parada del tranvía n.º 6, saltando de un charco a otro para no mojarme las sandalias, me paré de improviso y vi sobre mí un cielo dilatado, cruzado por grandes nubarrones que el viento deshilachaba en largos hilos azules, parecidos a las nervaduras de la mesa de mármol de mi abuela paterna, y transportaba hacia un horizonte transparente como el cristal. En el fondo, al final del golfo, se recortaban nítidos y cercanos los contornos de las casas y del campanario de Pirano. Un poco más lejos, más allá de Istria, pensé, está mi ciudad, sobre la cual aquellos nubarrones llegarían pronto. Pero no sentí añoranza. Aquí había las mismas olas, el mismo cielo, el mismo viento. De repente me encontré en casa. Volví a correr, saltando, con el corazón lleno de alegría".

Madieri teme al futuro, convive con el presente, resucita al pasado a través de sus palabras. En el diario aparecen pequeñas historias y personajes curiosos e inolvidables, la abuela Madieri y su cocina de leña, la malhumorada abuela Quarantotto, un soldado que regala bombones a la niña Marisa, la joven sor Giovanna, los amores truncados y los viajes donde se busca la supervivencia, las aguas del mar y las habitaciones kafkiana del Silos. Verde agua son retazos de recuerdos, olores y lugares.

Un libro encontrado por puro azar me ha regalado una historia desconocida y conmovedora, una escritora con una voz emocionante, pausado, tierna, diáfana, poética y sensible. Verde agua me ha dejado con ganas de seguir descubriendo la mirada de Marisa Madieri.



Yo soy aún aquel viento de las riberas, aquellos claroscuros de las calles, aquellos olores un poco putrefactos del mar y aquellos edificios grises. Durante muchos años, después del éxodo, no volví a ver mi ciudad y la había casi olvidado, pero cuando tuve otra vez ocasión de pasar por Fiume y por aquella franja de costa que lleva a Brestova, donde por lo general cogemos el transbordador para ir a Cherso y Lussino, experimenté la clara sensación de retornar a mi verdad. No recordaba nada, sin embargo, de Icici, Mucici, Laurana, Moschiena, y poco de Abbazia y del mismo Fiume. En realidad era a mí misma a quien encontraba, al mirar como en un espejo aquel paisaje cambiante de aspereas y encantos. «Me volví y vi mi sonrisa en sus labios», como Riobaldo, el protagonista de Gran Sertón, cuando divisa a Diadorim en una imprevista epifanía de identificación amorosa.
Marisa Madieri
Verde agua (traducción de Valeria Bergalli. Revisión de Marta Hernández. Minúscula)


Tags: Verde agua, Marisa Madieri, Valeria Bergalli, Marta Hernández, Minúscula

Publicado por elchicoanalogo @ 19:15  | Libros...
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Comentarios

Y ese párrafo que has transcrito, supongo que coincidirás conmigo, no sino uno de los muchísimos que merecen la pena. Porque Verde agua, además de historia autobiográfica, es una novela con una prosa radiante y evocadora. Delicadísa y muy emotiva. La pena, que sea tan corta. 

Publicado por Invitado
Domingo, 22 de enero de 2012 | 16:08

Tienes razón, cada página de Verde agua merece la pena, la forma que tiene de escribir Marisa Madieri te envuelve y te deshace, hacía tiempo que no leía algo una historia tan luminosa. Un saludo

Publicado por elchicoanalogo
Domingo, 22 de enero de 2012 | 19:55