Martes, 17 de enero de 2012

En mi sueño estábamos sentados en la acera. Me hablabas pero no distinguía el sentido de tus palabras, parecías una actriz de una película muda. La gente pasaba a nuestro lado, sin mirarnos. Tal vez para ellos no éramos más que dos mendigos sin pasado. Recuerdo la luz difuminada entre los edificios, los rayos de sol que acababan en nuestros pies. Dejaste de hablarme y te levantaste en un gesto brusco. Vi cómo te alejabas entre la multitud y te perdías dentro de ella. Pero no me moví de la acera, sólo veía cómo te perdías entre la gente y las calles y desaparecías para siempre. Grité tu nombre, un eco moribundo, el único sonido del sueño.

Recordé ese sueño la última vez que salí de tu casa. Fue un invierno de montaña rusa. Me quedaba por las noches en tu casa, los juegos bajo la ropa acababan antes de la medianoche, como en los cuentos, y nos despertábamos en la madrugada, abrazados y vestidos y con la luz azulada de la televisión sobre las paredes. Te levantabas con retazos de sueño en tu mirada, un sueño donde no podía entrar, como tampoco entraba en algunos recovecos de tu alma prohibidos para mí. En aquellos días no sabía traspasar una piel y habitar un cuerpo y que las entrañas y el resplandor de otros sentimientos fueran mi hogar. Llamabas a la centralita de taxis. Diez minutos de espera, de caricias y mimos con la lentitud de quien despierta, y subía a un taxi que recorría las doce cuadras de distancia entre nuestras habitaciones. Siempre te quedabas en la ventana, anotabas la matrícula y la licencia del taxi. “Por si acaso”, te excusabas con timidez. Dentro del coche miraba hacia tu sombra en la ventana y volvía la cabeza sólo cuando salía del pasaje. A veces se producía el milagro del efecto óptico que te acercaba cuanto más me alejaba de ti. El taxi cruzaba las calles oscuras, silenciosas, aquietadas, los lapachos en negro y las ventanas apagadas. Pasaba de una cama cálida a la soledad de la mía.

Esa última madrugada que pasamos juntos no llamaste a un taxi ni dijiste “por si acaso”. Salí a la vereda. La ventana no contenía la sombra de tu cuerpo. Miré al cielo indescifrable. Pequeños resplandores de estrellas distantes e inexistentes parpadeaban tras unas nubes finas. Sentí que el corazón se replegaba en mi pecho y se alejaba dentro de mí a una distancia mayor que esas estrellas del cielo desconocido. Me pregunté si los latidos de mi corazón se convertirían en resplandores que brillan desde el pasado, si el sonido de mi corazón sobrevivirá a mi cuerpo, boom, boom, boom, como un eco en el vacío.

Caminé perdido. A ras de suelo pude escuchar los sonidos apagados de los televisores, los susurros de madres que acunaban a niños destemplados, los movimientos inquietos de perros abandonados en las esquinas sobre cartones deshilachados. Me crucé con un hombre perdido en sí mismo, la ropa deshecha y las gafas sin patillas en un equilibrio imperfecto sobre su cara. Recogía las naranjas caídas al suelo y las metía en un saco. Detrás de él un caballo mirada dubitativo a los lados, enganchado en un sulki carcomido. Cada paso parecía nuevo, inédito, las calles nocturnas mostraban una cara nunca vista desde la ventana de un taxi.

Empezó a caer una fina lluvia de invierno, una lluvia que apenas dejaba marca y parecía esquivar mi cuerpo. Sentí que la vida quemaba. Y entonces quise arder, que una chispa prendiera en un hueco de mi estómago e iniciara un pequeño y lento fuego que tomara fuerza y fuera destruyendo mis entrañas y calcinando mis costillas y pulmones, un incendio que se desviara por mis venas y arterías, que asolara cada milímetro de mi piel, que arrugara mis ojos y mi cuero cabelludo, que me consumiera hasta convertirme en ceniza. Y que el viento me empujara y esparciera mi ceniza por las doce cuadras que nos separaban, como si fuese la estela de un naufragio.



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