Viernes, 20 de enero de 2012

Cerré “Principiantes” y sentí cercanía, una tenue tristeza, comprensión, los nervios y el silencio de las despedidas, la fragilidad y la pregunta “de qué hablamos cuando hablamos de amor”. La voz de Raymond Carver me noquea, hay párrafos que me dejan sin aliento, y no es una figura retórica, son unos segundos donde todo parece detenido, en suspenso. Pongo en mi estado de Facebook: “¿Qué sabemos cualquiera de nosotros del amor? -dijo Herb-. Y lo estoy diciendo completamente en serio, si me perdonáis la franqueza. Porque me da la impresión de que, en el amor, no somos más que unos completos principiantes”. Me recuerda a la película que comparte nombre con el libro de Carver, un puñado de personajes que se sienten principiantes, incluso el padre del protagonista, con setenta años y libre para explorar su sexualidad. Pienso que tal vez sea eso, que da igual la edad que tengamos, no sabemos cómo manejar el amor, siempre nos desborda y nos arrastra, crea magia e infiernos, miedos y monedas al aire, el sonido de una piel al ser reconocida por otra y ese extraño y fugaz momento donde nos sentimos habitados.

N. la habría llamado “la sesión de las butacas vacías”. Mientras esperaba a que empezase “Los descendientes” hojeaba los libros comprados en la librería Cámara. Hace unos meses descubrí esta pequeña y caótica librería. Los lectores dejan notas escritas a mano sobre la portada de los libros, recomendaciones que parecen mapas del tesoro o rutas a seguir. Hoy sonreí al encontrarme con “El intendente Shanso” en la estantería. Recordé las poéticas imágenes en blanco y negro de la versión de Mizoguchi, el drama de dos hermanos, el sacrificio de la hermana, las ondas sobre la superficie del agua. 

Por un instante sentí que la pantalla de cine formaba parte de un escenario, la pantalla rodeada por un marco acrobático y unas cortinas abiertas. Pensé en I. y en cómo me gustaría verla sobre un escenario con las palabras de Lorca o Valle Inclán. I. y yo nos conocimos en una plaza gaditana. Nos separan quince años. Hablamos de amor, de tácticas y estrategias, de recuerdos de noches locas o desquiciadas, de ese instante donde el amor nos devasta o se convierte en el motor de nuestra vida. Aun hoy I. y yo hablamos de aquella noche llena de palabras. Recuerdo su mirada frágil y cómo intentaba comprender. De nuevo, “de qué hablamos cuando hablamos de amor”.

Salí del cine con las imágenes de “Los descendientes” dentro de mí. No sé cómo lo hace Alexander Payne, consigue cruzar drama y comedia sin que chirríe y hace algo real, verdadero, emocionante. Caía un sirimiri constante. En las calles de Bilbao, una coreografía de paraguas. Me gusta el reflejo distorsionado de la luz de las farolas sobre las calles mojadas. Aún me quedaba llegar a casa y encontrarme con mi sobrino, leer juntos alguno de los viajes de Gerónimo Stilton, un correo de P. de una frase donde me decía que hacía tiempo que no sabía de mí y me preguntaba si todo iba bien, mi respuesta que le hablaba de una suave tristeza y de silencio y de cómo a veces necesito desaparecer (a veces unas semanas, a veces quince años, como con A.). Trap the spark saltó en el mp3 mientras regresaba en el tren. Sentí que tal vez a N. le gustaría alguna de sus estrofas, aquellas que hablaban de Inglaterra y un mapa. Un pensamiento de otro tiempo.








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