S?bado, 21 de enero de 2012

Las novelas de Bukowski me recuerdan a un combate de boxeo, una pelea donde lo importante es mantenerse en pie, demostrar dureza, superar el miedo en los primeros golpes y sentir cómo ese miedo desaparece cuando los ojos vuelven a fijar el mundo alrededor. En las palabras de Bukowski hay sangre, heridas abiertas y dolor, hay abismos, sexo e indolencia, hay perdedores, buscavidas y supervivientes que intentan desmarcarse de una vida preestablecida y una sociedad anodina.

En La senda del perdedor no hay redención o un momento donde todo encaje y adquiera sentido, tampoco una visión romántica del amor o la camaradería, ni un instante de descanso o esperanza. Es lo que me gusta de Bukowski, retrata un mundo de supervivientes, de seres que se hacen a un lado de la sociedad, que se mantienen en posición de lucha aún sabiendo que la victoria y la derrota están separadas por una linea muy fina. Bukowski muestra las sombras en vez de las luces, una vida subterránea e invisible, habitaciones sórdidas, bares en penumbra, barrios pobres, colas de parados, combates de boxeo en los patios de colegio.

Bukowski retrata los primeros años de su anti héroe Henry Chinaski en La senda del perdedor, y lo hace con su habitual intensidad, frases cortas que te golpean con un ritmo implacable, una narración vertiginosa, una mirada al otro lado del sueño americano, una sociedad resquebrajada tras la depresión que ha dejado un país de gente pobre, desilusionada y sin fuerza. Es en esos barrios pobres y desempleados que aparentan tener un trabajo donde crece Chinaski, la ausencia de ilusiones y porvenir, la vida como un combate, la amistad como algo frágil y difícil y el sexo inalcanzable. Bukowski se detiene en los desarraigados y los perdedores.

Cada parcela de la vida de Chinaski parece un combate de boxeo, el padre y sus palizas inesperadas, una manera de calibrar la fuerza y la disminución del miedo en Chinaski hasta que cambian las tornas en su adolescencia; la lejanía de la madre y la falta de refugio, un combate perdido; las marcas y cicatrices de un acné salvaje que retraerá aún más al joven Chinaski y que le permiten ver todo a una distancia justa; los amigos que aparecen y desaparecen sin dejar un rastro palpable; el sexo como el gran combate a descubrir, faldas que dejan al descubierto la blancura de unas piernas y el vértigo de Chinaski ante algo desconocido; los primeros trabajos que le hacen ver cómo se reproducen los prejuicios clasistas de la sociedad en los grandes almacenes; la soledad como forma de mantenerse en pie en ese continuo combate. Y tal vez sea eso, seguir de pie sin importar el resultado final ni las cicatrices.

Hay dos momentos de especial intensidad. Chinaski descubre la literatura, y en cada libro, otros combates y una vía de escape. "Me leí todos los libros de D. H. y esos me condujeron a otros. A H. D., la poetisa. Y Huxley, el más joven de los Huxley y amigo de Lawrence. Todo me vino de golpe. Un libro me llevaba al siguiente. Así descubrí a Dos Passos. No era demasiado bueno, realmente, pero sí lo bastante. Su trilogía sobre los Estados Unidos me costó leerla más de un día. Dreiser no me gustaba. Sherwood Anderson sí. Y entonces vino Hemingway. ¡Qué subyugante! Sabía cómo escribir una línea. Era puro gozo. Las palabras no eran abstrusas sino cosas que hacían vibrar tu mente. Si las leías y permitías que su hechizo te embargara, podías vivir sin dolor, con esperanza, sin importarte lo que pudiera sucederte. ( … ) Turgueniev era un tipo muy serio, pero podía hacerme reír porque el encontrar una verdad por vez primera puede ser muy divertido. Cuando la verdad de alguien es la misma que la tuya y parece que la está contando sólo para ti... eso es fantástico. Leía libros por la noche, de ese modo, bajo las mantas y con la sobrecalentada lamparilla. Leer todos esos buenos párrafos mientras te sofocabas... era hechizante".

Y este fragmento, como un pequeño relato corto dentro de La senda del perdedor, resume la mirada de Bukowski, uno de mis favoritos dentro de su obra:
Un día yo estaba por ahí, esperando como de costumbre, sin mantener relaciones de amistad con la pandilla y sin querer volver a tenerlas, cuando Gene se acercó corriendo.
—¡Eh, Henry, ven!
—¡VEN!
Gene empezó a correr y yo corrí detrás suyo. Bajamos hasta el jardín trasero de los Gibson. Los Gibson tenían un gran muro de ladrillos que rodeaba el jardín.
—¡MIRA! ¡TIENE ARRINCONADO AL GATO! ¡LO VA A MATAR!
Había un gatito blanco arrinconado en una esquina del muro. No podía subir ni podía huir en ninguna dirección. Estaba encorvado con el pelo erizado y bufaba, con las uñas sacadas. Pero era muy pequeño y Barney, el bulldog de Chuck, gruñía y se acercaba cada vez más. Tuve la sensación de que los chicos habían puesto ahí al gato y luego habían traído al bulldog. Me parecía casi seguro por la forma en que Chuck, Eddie y Gene miraban la escena: tenían un aspecto culpable.
—Lo habéis puesto ahí vosotros —dije.
—No —dijo Chuck—, es culpa del gato. Se ha metido ahí. Que luche para escapar.
—Sois odiosos, so bestias.
—Barney va a matar al gato —dijo Gene.
—Barney lo va a hacer pedazos —dijo Eddie—. Le dan miedo las garras, pero cuando ataque, se acabó.
Barney era un gran bulldog marrón con unas fauces flaccidas y babeantes. Era gordo y estúpido, con ojos inexpresivos. Su gruñido era constante y cada vez se acercaba más, con los pelos del cuello y el lomo erizados. Tuve ganas de darle una patada en su estúpido culo, pero supuse que me arrancaría la pierna de un mordisco. Estaba totalmente decidido a consumar el asesinato. El gato blanco todavía no había crecido del todo. Bufaba y aguardaba, apretado contra la pared, era una hermosa criatura, tan limpio.
El perro se movía lentamente hacia delante. ¿Para qué necesitaban esto los chicos? No era algo donde tuviese cabida el valor, era sólo juego sucio. ¿Dónde estaba la gente mayor? ¿Dónde estaban las autoridades? Siempre estaban en todas partes acusándome. ¿Y ahora, dónde estaban?
Pensé en acercarme corriendo, coger el gato y salir volando de allí, pero no tuve valor. Tenía miedo de que el bulldog me atacara. El saber que no tenía el valor de hacer lo que era necesario me hacía sentir horriblemente. Empecé a sentirme físicamente enfermo. Me sentía débil. No quería que ocurriese hasta que pensase en algo para impedirlo.
—Chuck —dije—, deja al gato que se vaya, por favor. Llama a tu perro.
Chuck no contestó. Sólo siguió mirando.
Entonces dijo:
—¡Barney, ve a por él! ¡Coge a ese gato!
Barney se fue hacia delante y, de repente, el gato pegó un salto. Era una furiosa mancha blanca, toda bufidos, uñas y dientes. Barney retrocedió y el gato volvió a pegarse a la pared.
—Ve a por él, Barney —dijo de nuevo Chuck.
—¡Maldita sea, cállate! —le dije yo.
—No me hables de ese modo —dijo Chuck.
Barney empezó a moverse de nuevo.
—¡Parad ya con esto! —dije.
Oí un ligero sonido detrás nuestro y me volví a mirar. Vi al viejo señor Gibson mirando desde detrás de la ventana de su dormitorio. También quería que mataran al gato, igual que los chicos. ¿Por qué?
El señor Gibson era nuestro cartero. Llevaba dientes postizos. Tenía una mujer que se pasaba todo el día dentro de casa. La señora Gibson siempre llevaba una red en el pelo e iba vestida con un camisón, bata y zapatillas.
Entonces apareció la señora Gibson, vestida como siempre, y se puso al lado de su marido, esperando a que se cometiese el crimen. El viejo Gibson era uno de los pocos hombres del vecindario que tenían trabajo, pero aún así necesitaba ver cómo mataban al gato. Gibson era simplemente igual que Chuck, Eddie y Gene.
Eran demasiados.
El bulldog se acercó más. Yo no podía presenciar el asesinato. Me avergonzaba enormemente abandonar al gato así. Siempre había una posibilidad de que el gato escapara, pero sabía que no lo permitirían. El gato no estaba enfrentado solamente al bulldog, estaba enfrentándose a la humanidad entera.
Me di la vuelta y me alejé, saliendo del jardín hasta la acera. Subí por la acera hasta mi casa y allí, esperando de pie en el jardín, estaba mi padre.
—¿Dónde has estado? —me preguntó.
Yo no contesté.
—¡Entra —dijo—, y deja de poner esa cara de desgraciado o te daré algo que te hará sentir de verdad desgraciado!
Charles Bukowski
La senda del perdedor (traducción de Jorge G. Berlanga y Ernesto Giménez-Caballero Alba. Anagrama)



Tags: La senda del perdedor, Charles Bukowski, Jorge G. Berlanga, Anagrama, Ernesto Giménez

Publicado por elchicoanalogo @ 9:26  | Libros...
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Comentarios

“Estábamos todos metidos en lo mismo. Todos apilados en un inmenso retrete lleno de mierda. No había escapatoria, íbamos a desaparecer con una cascada de agua cuando tiraran de la cadena.”

Era yo bastante reticente con respecto a empezar a leer a Bukowski, empecé con este... y ganas no me faltan de seguir en su...Senda.

 

Me gusta el blog(por eso me coléGui?o.

Publicado por dulcesangrar
Viernes, 04 de mayo de 2012 | 9:40

A veces Bukowski me aburre, a veces me noquea, éste es de los que noquean. Me gustan sus libros de relatos cortos y poemas, esa intensidad en un par de páginas. Puedes colarte cada vez que quieras. Un abrazo

Publicado por elchicoanalogo
Viernes, 04 de mayo de 2012 | 9:58