S?bado, 28 de enero de 2012

Había algo en el título de la novela de Alberto Olmos que me atraía, que me hacia pensar en notas de un viajero y horizontes en movimiento. Tras leer la sinopsis y las primeras páginas en una pequeña cafetería, pensé que estaba ante una novela hecha de ráfagas e impresiones, de detalles cazados al azar, de fotografías sobre la vida en Japón tomadas desde un punto de vista diferente, el punto de vista del que llega de fuera y lo ve todo con la distancia justa.

Trenes hacia Tokio complementa mis lecturas de Kawabata o Akutagawa, me ayuda a acercarme a otro Japón, Alberto Olmos no se detiene en las ceremonias ancestrales y tradiciones sino en la soledad y las estaciones de tren, en personas que se cruzan por un instante y desaparecen dejando un tenue estela tras de sí, en estudiantes de aspecto inesperado, la mirada de un extranjero dentro de una sociedad diferente a la que conoce.

Me atrapó la forma de escribir de Olmos, me fue ganando de a poco, retazos de vida escritos como un diario o un blog en capítulos cortos, las palabras directas, a veces irónicas, a veces melancólicas, que describen las colegialas en un vagón de tren y las guarderías en las que trabaja el narrador, las tiendas de alquiler de vídeos y las bibliotecarias, una china estrafalaria y las parejas en los restaurantes, las relaciones que se rompen y las que nunca llegan a nada. Leía los capítulos a pequeñas oleadas y cada uno de ellos me dejaba una impresión de silencio, misterio, armonía o inquietud.

Me gustan las novelas donde se detiene la acción para mirar alrededor y captar los detalles que se nos escapan y unirlos a las emociones y recuerdos y el presente que arrastramos. La escritura cercana de Trenes hacia Tokio me habla de un mundo desconocido, de una mirada que describe impresiones fugaces.



Le doy dos besos y me bajo del coche. Me pongo el abrigo en el paso de peatones. La miro. Le digo adiós con la mano. Ella levanta ambas manos del volante y las mueve como las niñas desde detrás de los cristales de un autobús escolar. Manos de pianista.
Luego todo acaba como siempre: ella desaparece y yo me quedo pensando que fue dulce, fue simple, fue latente, fue bonito, fue pueril, fue seminal, fue humano, fue elegante y fue mi vida.
Y que me gusta mi vida porque nunca pasa nada.
Alberto Olmos
Trenes hacia Tokio (Lengua de trapo)


Tags: Trenes hacia Tokio, Alberto Olmos, Lengua de trapo

Publicado por elchicoanalogo @ 9:57  | Libros...
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