Jueves, 26 de enero de 2012

Reparé en el libro en la tercera o cuarta pasada por la estantería. Era un libro pequeño, encogido entre otros más grandes y llamativos, el lomo blanco y una diminuta figura que me recordó la imagen de un astronauta o un buzo. El título, Verde agua, encabezaba una fotografía pausada y de un gris suave, dos sombras en la costa, la tranquilidad del agua, una pequeña barca al fondo, la sensación de algo que se posa y deja una leve estela de nostalgia.

Leí el inicio y algunas páginas al azar. Un diario y una voz cálida que hablaba de pasado y recuerdos y emociones quedas. Hubo un momento donde Verde agua parecía hablar de mi propio pasado. En un momento, Marisa Madieri evocaba aquellas añejas cocinas de leña, una pequeña descripción que me llevó a mi infancia, a aquellas tardes de tormenta y niebla y un inesperado frío en mitad del verano, a un papel de periódico arrugado y una llama que empezaba modesta pero que tomaba fuerza al caer dentro del agujero de la cocina, a una hoguera que quería alcanzar el techo y desaparecía al cerrar el agujero con pequeños círculos de metal. A veces levantaba la vista de la llama hacia la ventana y descubría a mi padre por el camino de tierra con su caña y su cesta de pescar, la cesta con laurel y truchas de río que luego destripaban mi tía y mi madre para la cena.

Leo mis recuerdos en otras palabras y voces, las piezas caóticas de mi vida se mezclan en docenas de libros.



26 de noviembre de 1981

Vuelvo a encontrar, pues, en la memoria el vestíbulo luminoso de la abuela, al cual daban, dispuestas con regularidad las puertas de las otras habitaciones. A la izquierda, al fondo, estaba la cocina, blanca y extraordinariamente ordenada. El "spahert", es decir, la cocina económica de leña, tenía los bordes esmerilados y los fogones con muchos anillos concéntricos que, para mi estupefacción, se podían levantar para crear unas aberturas más o menos grandes. En brazos de la abuela contemplaba con frecuencia en esos orificios el fuego rojo y tumultuoso, presa de un mágico aturdimiento. También la mesa, de un mármol claro, ejercía sobre mí una fascinación singular. La atravesaba una herida negra e irregular que contrastaba con las nervaduras ligeras y azules de la superficie. Me gustaba seguir con la mirada aquellos arabescos sombreados, aquellos dibujos siempre nuevos como nubes fugitivas en un cuelo de primavera. la cocina tenía también un gran balcón que daba a un patio de tierra, triste y polvoriento.
A este se encuentra ligado uno de los episodios que mejor recuerdo de mis primeros años. Después de que nos trasladáramos a la calle Angheben, la abuela alquiló una habitación a un joven oficial de figura esbelta y rasgos amables. Un día, mientras la abuela me tenía en sus brazos, el oficial me regaló una caja de bombones, que representaban para mí una golosina irresistible. No dije nada, pero le hice entender a la abuela que deseaba que me pusiera en el suelo. Con la preciosa caja en la mano me dirigí hacia el balcón de la cocina y sin pronunciar palabra la arrojé al patio. Mi madre y mi abuela me reprendieron con dureza por la inexplicable y obtusa gratuidad del episodio y por mi falta absoluta de educación. Nadie comprendió, ni siquiera el joven oficial, que aquel gesto había sido, en cambio, una torpe maniobra de coquetería femenina. Haciéndome la desdeñosa quería demostrar que no era una conquista fácil y que me declaraba dispuesta a la escaramuza amorosa.
Después, durante mucho tiempo, en cada visita corría hacia ese balcón para tratar de encontrar, allá abajo, la caja sacrificada inútilmente y perdida para siempre junto con aquel apuesto oficial, al que no volví a ver jamás.
Pero las llamadas más seductoras y misteriosas en casa de la abuela provenían del comedor que servía también de sala de estar y del que se me seguía excluyendo rigurosamente cuando era ya algo mayor. La abuela lo mantenía cerrado con llave y lo abría, como un sagrario, sólo en circunstancias especiales, visitas de personas importantes o algunas comidas de celebración. Por el ojo de la cerradura intentaba, curiosa, averiguar sus secretos. Allí reinaba la penumbra, como si también la luz pudiese perturbar el decoro y el recogimiento. la decoración era sobrecargada, pero a mis ojos nada era más fascinante que el trofeo de fruta de vidrio de colores que adornaba el centro de la gran mesa. La escasa luz que lograba filtrarse por las ventanas parecía concentrarse en las transparencias elusivas, en las reverberaciones, ora sanguíneas ora lánguidas, de los rojos oscuros, de los violetas, de los carmesíes y de los azules de aquellas formas. Las manzanas, las ciruelas, las peras y los rebosantes racimos de uvas me sugerían lejanas y fabulosas opulencias. Aquella habitación será siempre una tierra mítica e inexplorada, la Atlántida de mi infancia.
Marisa Madieri
Verde agua (traducción de Valeria Bergalli. Revisión de Marta Hernández. Minúscula)


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:11  | Libros...
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