Jueves, 02 de febrero de 2012

Desde hace un par de años cada reencuentro con Raymond Carver es especial, intenso, inesperado. Terminé Si me necesitas, llámame con la sensación de haber llegado al final de algo, pero, desde entonces, he descubierto sus poemas y he regresado a sus cuentos gracias a Principiantes. Hay algo emocionante y triste en estos reencuentros, la tristeza de saber que sólo queda dar vueltas sobre un mismo punto, que no habrá la posibilidad de llegar a nuevos lugares en la obra de Carver, la emoción de andar con uno de sus libros de poemas por la calle, la cabeza gacha, el paso dubitativo y las palabras cazadas al azar que me hacen sentir en el límite de un acantilado, el vértigo y la belleza y una última frontera.

Principiantes es la versión original de De qué hablamos cuando hablamos de amor, uno de mis primeros libros de Carver, el que recuerdo más cercano junto con Catedral. Aquellos cuentos hablaban de parejas que se despedían tras su fracaso, de padres e hijos que no saben cómo mirar al otro, de mujeres que bailan en un jardín y hombres que recuerdan un pasado donde existía un mundo delimitado por un amor único. Esos cuentos me hicieron acercarme a Carver como a ningún otro escritor.

El editor Gordon Lish recortó los cuentos de Carver, borró párrafos y páginas enteras, cambió títulos y nombres de personajes. Y aún así, había magia y finitud y tristeza y tensión y un mundo cercano en De qué hablamos cuando hablamos de amor. Al final de Principiantes, las notas aclaran el porcentaje de poda de los cuentos, algunos llegaron a ser editados sin la mitad de lo escrito por Carver. A veces pasaba de los cuentos cortados a los originales, la curiosidad por saber qué era lo que faltaba. Entonces, la experiencia de leer Principiantes fue como estar ante algo ya conocido y, también, ante un puñado de espacios en blanco, dos lecturas en una.

Hay imágenes de estos cuentos de Carver que se han quedado dentro, los muebles de una casa expuestos en un jardín y una mujer que baila entre ellos, un hombre con ganchos por manos que saca fotografías de casas para venderlas luego, un hombre en un aeropuerto que intenta excusarse ante su hijo, una pareja de ancianos que intentan sobrevivir al desastre en una noche de bingo, una jornada de pesca que se trunca por un cadáver flotando en el río, la violencia desquiciada de un hombre casado, un teléfono que suena a medianoche, un hombre que recuerda un pasado donde había un amor que parecía único... “Pero sigue de pie en la ventana, recordando ese retazo de su vida pasada. Después de aquella mañana vendrían tiempos difíciles, otras mujeres para él y otros hombres para ella, pero aquella mañana, aquella mañana en particular, habían bailado. Habían bailado, y luego se habían abrazado el uno al otro como si aquella mañana fuera a durar siempre, y luego se habían reído con lo del gofre. Se habían apoyado el uno en el otro y se habían reído de ello hasta que los ojos se les llenaron de lágrimas, mientras fuera todo se helaba, al menos durante un tiempo”. Carver habla de pérdidas y abandonos, de algo que llega a su fin, de supervivencia, de seguir adelante a pesar del naufragio, a veces transmite tristeza, a veces tensión y ahogo, los objetos cotidianos como puntos de apoyo o como metáfora de algo que entrevemos difuminado.

Belvedere no sólo es uno de mis cuentos favoritos de Carver, también una de mis historias favoritas entre los libros leídos, una pareja que se encierra en la habitación de un motel para hablar y finalizar de su relación, grietas y fracturas y algo que se rompe para siempre. “Aquel sábado por la mañana nos despertamos con resaca, después de toda una noche de darle vueltas a aquella situación que no nos había llevado a ninguna parte. Abrimos los ojos y nos dimos la vuelta en la cama y nos miramos. Los dos lo supimos al mismo tiempo: supimos que habíamos llegado al final de algo. Nos levantamos y nos vestimos, tomamos café como de costumbre, y fue entonces cuando ella dijo que teníamos que hablar, que teníamos que hacerlo en aquel mismo momento, sin interrupciones, sin llamadas telefónicas, sin clientes. Y fue entonces cuando cuando me monté en el coche y fui a la tienda de licores. Cuando volví, cerramos la recepción y nos subimos aquí con la botella de Teacher´s, hielo y vasos. Nos acostamos en la cama y nos recostamos sobre las almohadas, y bebimos, y no hablamos de nada en absoluto. Vimos la televisión en color e hicimos el tonto y dejamos que el teléfono siguiera sonando abajo. Bebimos el whisky escocés y comimos chips de queso de la máquina del pasillo. Teníamos la sensación extraña de que, ahora que nos dábamos cuenta de que lo habíamos perdido todo, podía suceder cualquier cosa. Sabíamos, sin necesidad de decirlo, que algo había terminado, aunque ninguno de los dos acertaba a imaginar lo que estaba a punto de empezar para reemplazarlo”.

Como escribe Carver en el relato que da título al libro: Porque me da la impresión de que, en el amor, no somos más que unos completos principiantes. Es una buena manera de resumir los cuentos de Principiantes, a pesar de los años y las catástrofes, seguimos siendo unos principiantes, vidas que se desmoronan y un pequeño punto donde apoyarse para seguir adelante. La mirada y la voz de los relatos de Raymond Carver se han colado dentro de mis entrañas, me habitan.



En ¿Quieres ver una cosa?: Empecé a decirle todo lo que iba a decirle diciéndole que lo amaba. Le dije que siempre lo había amado y siempre lo amaría. Eran cosas que había que decir antes de decir las otras. Y empecé a hablar. Poco importaba que él estuviera en otro lugar y no pudiera oír nada de lo que le estaba diciendo. Además, a media frase, se me ocurrió que Cliff sabía ya todo lo que le estaba diciendo, e incluso quizá mejor que yo, y que lo sabía desde hacía mucho tiempo. Cuando pensé en esto, dejé de hablar durante un par de minutos, y lo miré con un interés nuevo. Sin embargo, quería terminar lo que había empezado. Y seguí diciéndole, sin rencor o encono de ningún tipo, todo lo que tenía en la cabeza. Acabé diciéndoselo todo, lo peor y lo terminal, que sentía que no íbamos a ninguna parte, y que ya era hora de admitirlo, por mucho que quizá no hubiera ninguna manera de remediarlo.

( ... )

En Tanta agua tan cerca de casa: Dos cosas son seguras: 1) a la gente ya no le importa lo que les sucede a los demás, y, 2) ya nada importa gran cosa. Basta con ver lo que ha pasado. Sin embargo, nada va a cambiar entre Stuart y yo. Cambiar de verdad, me refiero. Nos haremos mayores, los dos, se nos puede ver ya en la cara, en el espejo del cuarto de baño, por ejemplo, por la mañana, cuando utilizamos el cuarto de baño al mismo tiempo. Algunas de las cosas que nos rodean cambiarán, se harán más fáciles o difíciles, esta cosa o aquella, pero nada llegará a ser realmente diferente. Lo creo. Hemos tomado decisiones, nuestras vidas se han puesto en movimiento, y entonces, ¿qué? Es decir, qué ocurre si crees esto que estoy diciendo pero lo mantienes oculto, hasta que un día sucede algo que debería cambiar algo, pero al cabo ves que nada va a cambiar después de todo. Entonces, ¿qué? Entretanto, la gente que te rodea sigue hablando y actuando como si fueras la misma persona de ayer, o de anoche, o de hace cinco munitos, pero tú estás atravesando una crisis, y tu corazón se siente lesionado...

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En Principiantes: -¿Qué sabemos cualquiera de nosotros del amor? —dijo Herb—. Y lo estoy diciendo completamente en serio, si me perdonáis la franqueza. Porque me da la impresión de que, en el amor, no somos más que unos completos principiantes. Decimos que nos amamos, y nos amamos, no lo dudo. Nos amamos y nos amamos con intensidad, todos nosotros. Yo amo a Terri y Terri me ama a mí, y vosotros también os amáis. Ya sabéis a qué clase de amor me estoy refiriendo ahora. Al amor sexual, a esa atracción que ejerce sobre ti la otra persona, tu pareja, y también a ese amor normal y corriente, de todos los días, el amor hacia el ser de la otra persona, el amor de estar con ella, las pequeñas cosas que hacen el amor cotidiano. El amor carnal, pues, y el amor... llamémoslo sentimental, el amoroso cuidado del otro en el día a día. Pero a veces me cuesta explicar el hecho de que también debí de amar a mi primera mujer. Pero la amé, sé que la amé. Así que imagino que antes de que podáis decirme nada, habré de decir que soy igual que Terri a ese respecto. Terri y Carl... —Pensó en ello unos segundos y luego prosiguió—: Pero en un tiempo creí que amaba a mi primera mujer más que a la vida misma, y tuvimos hijos juntos. Pero ahora la odio con todas mis fuerzas. De verdad. ¿Cómo se explica eso? ¿Qué fue de ese amor? ¿Simplemente se borró del gran tablón, como si nunca hubiera estado en él, como si nunca hubiera sucedido? Lo que fue de él es lo que yo querría saber. Me gustaría que alguien pudiera decírmelo. Luego está Carl. De acuerdo, volvemos a Carl. Amaba tanto a Terri que trató de matarla y acabó matándose a sí mismo. —Dejó de hablar, y sacudió la cabeza—. Vosotros dos lleváis juntos dieciocho meses, y os amáis, se os nota en todo, sencillamente resplandecéis de amor, pero también amasteis a otras personas antes de encontraros. Los dos habéis estado casados antes, como nosotros, Y probablemente amasteis a otra gente antes de eso. Terri y yo llevamos juntos cinco años, y casados cuatro. Y lo terrible, lo terrible (aunque también lo bueno), la gracia que nos salva, podríamos decir, es que si algo nos pasara a alguno de nosotros, y perdonadme que lo diga, si algo nos sucediera a alguno de nosotros mañana, creo que el otro, el otro miembro de la pareja, guardaría duelo durante un tiempo, claro, pero el superviviente seguirá con su vida y volverá a amar, encontrará a alguien muy pronto, y todo ese..., todo ese amor..., Dios, ¿cómo hacernos a la idea?, no acabará siendo sino un recuerdo. Y puede que ni siquiera un recuerdo.
Raymond Carver
Principiantes (traducción de Jesús Zulaika. Anagrama)


Tags: Principiantes, Raymond Carver, Jesús Zulaika, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 21:14  | Libros...
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

Creo que la mayoría de los que nos gustan los relatos, nos sucede lo mismo leyendo a Carver.

Con Principiantes, también tuve la sensación de estar caminando por un lugar conocido al que le han puesto una luces de feria.

Gracias.

Saludos.

Publicado por Zoe
Jueves, 02 de febrero de 2012 | 21:46

Hola, Zoe. Principiantes ha sido toda una experiencia, había emoción, tristeza y sorpresa, siempre me quedo en silencio y sin aliento en sus páginas. Un abrazo

Publicado por elchicoanalogo
Viernes, 03 de febrero de 2012 | 21:50