Domingo, 05 de febrero de 2012

Lo primero fue el nombre, Yo maldigo el río del tiempo, porque pasaba un momento en mi vida donde el tiempo y el espacio parecían separarse y cruzarse de una manera casi mágica e inesperada. Lo segundo, la portada, una mujer en equilibrio y con los brazos abiertos que me hacía pensar en una historia de fragilidades y tristezas. Lo tercero fueron las palabras de Richard Ford alabando la escritura de Petterson. Y lo cuarto, no sabía quién era Per Petterson hasta que tuve el libro en mis manos. A veces escojo los libros al azar.

Yo maldigo el río del tiempo es una historia intimista contada con un tono que parece susurrado, un hombre que vuelve la vista atrás para contar aquellos días donde convivió con su madre, enferma de cáncer, en una pequeña localidad costera de Dinamarca, una época de pérdida y derrotas: su matrimonio, sus ideales políticos, la enfermedad de su madre. El tiempo se cruza una y otra vez en la novela de Petterson, el narrador está en un presente lejano del que sólo sabemos el final de su matrimonio y desde donde habla de los diferentes momentos de su pasado, una vida que parece hecha de oportunidades perdidas, de algo difuso que nunca acaba de concretarse, de ver cómo los ideales y los planes y los amores se deshacen poco a poco. Una vida en derrumbe.

El narrador, Arvid, se detiene en su relación con su madre, en los primeros tiempos del amor con su mujer, en su abandono de los estudios en busca de un ideal comunista que lo dejará al otro lado de la realidad. Los recuerdos de Arvid se inician con el regreso a Dinamarca de su madre al saber que tiene cáncer, una visita misteriosa, solitaria, extraña, una forma de buscar un punto de apoyo. La madre de Arvid es el gran personaje de esta novela, una danesa en Noruega, siempre extranjera, el desarraigo en todos los sentidos, dentro y fuera de sí. Arvid, en medio de su naufragio personal, va en su busca, quiere tomar distancia con su vida y acompañar a su madre. La relación entre madre e hijo está deteriorada, demasiadas expectativas y frustraciones.

Y en esos días juntos, Arvid recuerda su infancia y su paso a la madurez, los primeros escarceos amorosos y la toma de conciencia política, el abandono de sus estudios para trabajar en una línea de producción y las diferentes habitaciones donde vive, el encuentro con una estudiante de instituto que aparece y desaparece bajo su edredón y el momento donde esa mujer, sin nombre, ya no quiere estar con él. En esa mirada atrás se confunde la luz con las sombras, los primeros síntomas de la quiebra en la vida y en el alma de Arvid, las derrotas futuras.

Hay algo que me gusta de Petterson, y es su escritura intimista, su forma de narrar una vida, no necesita completar los espacios en blanco ni explicar cada momento y sentimiento de los personajes, Petterson escribe sobre naufragios y esperanzas y oportunidades perdidas, sobre personas que están en una misma habitación pero que se encuentran a una gran distancia entre sí. Es como la luz de invierno, una luz gris y apagada. Yo maldigo el río del tiempo está construida a base de recuerdos, y los recuerdos siempre aparecen de forma desordenada, una linea discontinua.

En los últimos meses he llegado a un puñado de escritores y libros noruegos estimables. Askildsen, Saabye Christensen y ahora Petterson. Tengo curiosidad por seguir investigando en esa literatura.



Y luego pasé a la entrada, al recibidor, seguí hasta el salón y acabé en la cocina, donde todo estaba como llevaba casi diez años estando, los mismos pósters en las paredes, las mismas alfombras en el suelo, los mismos espantosos sillones rojos, y a la vez no estaba en absoluto como antes, no como al principio, cuando éramos nosotros dos contra el mundo, ella y yo, hombro con hombro, mano a mano, «somos solo tú y yo», nos deciamos, «solo tú y yo», decíamos. Pero algo había pasado. Ya nada se mantenía unido, todas las cosas guardaban distancias entre ellas, separaciones entre ellas, como satélites, se atraían y se repelían en el mismo instante, y hacía falta una gran fuerza de voluntad para superar aquellas distancias, aquellas separaciones, mucha más de la que tenía yo a mi disposición, mucha más de la que nunca osaría emplear. Y tampoco nada estaba como cuando cruzamos aquellas tres o cuatro comarcas de Romerike, al este de Noruega, al este de Oslo. Allí tenía el cuerpo del coche pegado a mí en todas las direcciones por las que avanzábamos, pero ahora, en el piso, las cosas se desenfocaban y se dispersaban en cualquier dirección. Era como un virus en el nervio del equilibrio. Cerré los ojos para que el mundo recuperara su horizontalidad y en ese momento oí cómo ella abría la puerta del baño y sus pasos por el pasillo. Los habría reconocido en cualquier sitio del mundo, sobre cualquier superficie, adoquines, grava, losas, parquet. Se detuvo justo delante de mí. Oía su respiración, pero no tan cerca como para sentirla en la cara. Ella esperó. Yo esperé. Las niñas se rieron de algo gracioso en una de las habitaciones. Había algo en su respiración. Antes nunca sonaba así. Yo seguía con los ojos cerrados, tenía los párpados apretados. Y luego la oí suspirar.
Per Petterson
Yo maldigo el río del tiempo (traducción de Cristina Gómez Baggethun. Debolsillo)


Tags: maldigo el rio del tiempo, Per Petterson, Cristina Gómez Baggethun, Debolsillo

Publicado por elchicoanalogo @ 17:58  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios