Jueves, 09 de febrero de 2012

Dalton Trumbo trabajaba como guionista en Hollywood cuando publicó Johnny cogió su fusil. Finalizaba la década de los treinta y Trumbo se sacó de la manga una dolorosa y cruel historia antibelicista. Unos años más tarde fue perseguido y acallado por la caza de brujas de McCarthy, su nombre no aparecía en los títulos de crédito de las películas en las que participaba y tenía que escribir sus guiones en la sombra. Una voz sin cuerpo. En los años setenta pudo  dirigir la versión  cinematográfica de su novela, una película tan extraña y dolorosa como la novela, con escenas que te golpean con rabia y te dejan mudo ante la tragedia que se narra, un soldado que pierde sus brazos, piernas y rostro en una explosión, un pedazo de carne para los médicos pero que sigue lúcido piel adentro. Siento la vida de Trumbo como la de alguien que siempre está al otro lado de la frontera.

Lo primero que llama la atención en Johnny cogió su fusil es la ausencia de comas, las frases se suceden de forma rápida, sin respiración, es el lector quien debe poner las pausas. Y esa ausencia de comas viene dada por un protagonista que vive entre el sueño, sus recuerdos y la conciencia en un mundo cerrado, sin tiempo y de silencio absoluto. Como en la película, hay un momento estremecedor, incluso hace daño leerlo, Joe intenta delimitar su cuerpo y descubre, poco a poco, que no tiene brazos ni piernas ni un rostro que lo identifique, el encierro y la incomunicación llevados al extremo, sólo un pensamiento continuo y el mundo en la oscuridad absoluta.

Joe es un muchacho normal, un chico que sale de pesca con su padre, que se adentra poco a poco en el amor y el cuerpo femenino, que cruza la barrera de la adolescencia para asentarse en el mundo que le rodea, que trabaja doce horas y sólo piensa en construir una vida. Todo eso se hace añicos en la primera guerra mundial. Joe se convertirá en un ser mutilado, un experimento, una mente encerrada que necesita volver a ubicarse y comunicarse con el mundo, saber cuándo amanece, dónde está, cuándo sueña y cuándo está despierto. Son conmovedores los párrafos donde Joe intenta saber cuándo amanece a través del calor y el sudor de su piel. Es el dolor de los extremos, la calidez de los recuerdos pasados, la pesadilla del presente en el que vive, la guerra como transición entre esos dos extremos, cómo aguantar una vida de incomunicación, de voz interior, de inmovilidad y soledad, de saber qué y quién eres pero incapaz de salir de los límites de tu mente, la cabeza que golpea constantemente contra la almohada S.O.S. en lenguaje Morse en un último intento de Joe por hacerse entender, por mostrar que vive y que le duele su presente, una petición de ayuda desatendida.

Dalton Trumbo escribe una de las historias más duras que he leído, cruza los recuerdos cálidos o tristes de Joe con la toma de conciencia de su situación, pasa del recuerdo una noche con una chica o un fin de semana de pesca con su padre a largos monólogos sobre el sinsentido de las guerras y los políticos. No hay pausa, todo avanza como una locomotora en Johnny cogió su fusil, la locura de quienes están detrás de un escritorio, de quienes han perdido parte de sus emociones y sentimientos y solo ven cifras en los muchachos que mandan al frente, todo lo que se pierde en una guerra, la razón y los recuerdos hechos añicos, el encierro absoluto de Joe, preso en su propio cuerpo, que se convierte en la voz de los muertos en vida. Todo lo que se pierde...



Madre ¿dónde estás?
Apresúrate madre apresúrate apresúrate apresúrate y despiértame. Tengo una pesadilla madre. Estoy aquí. Aquí madre. Aquí en la oscuridad. Cógeme en tus brazos. Arrorró mi niño. Ahora me acuesto a dormir. Oh madre apresúrate porque no puedo despertar. Aquí madre. Cuando sople el viento se mecerá la cuna. Álzame en tus brazos alto muy alto.
Te has ido madre y me has olvidado. Aquí estoy. No puedo despertar madre. Despiértame. No puedo moverme. Cógeme en tus brazos. Tengo miedo. Oh madre madre cántame frótame báñame péiname y límpiame las orejas y juega con los dedos de mis pies y hazme golpear las manos y sonarme la nariz y bésame los ojos y la boca como te he visto hacer con Elizabeth como seguramente has hecho conmigo. Entonces me despertaré y me quedaré contigo y no me volveré a ir ni a tener miedo ni a soñar.
Oh no.
No puedo. No puedo aguantarlo. Grita. Muévete. Sacude algo. Haz un ruido cualquier ruido. No puedo soportarlo. Oh no no no.
Por favor no puedo. Por favor no. Que alguien venga. Ayúdame. No puedo quedarme así para siempre tal vez durante años antes de morir. No puedo. Nadie puede. No es posible.
No puedo respirar pero respiro. Tengo tanto miedo que no puedo pensar y sin embargo pienso. Oh por favor por favor no. No no. No soy yo. Ayudadme. No puedo ser yo. Yo no. No no no.
Oh por favor oh por favor. No no no por favor no. Por favor.
Yo no.
Dalton Trumbo
Johnny cogió su fusil (traducción de Marta Susana Eguía. El Aleph)



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Publicado por elchicoanalogo @ 14:06  | Libros...
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