Miércoles, 15 de febrero de 2012

La primera vez que tuve Diario de invierno en mis manos y leí algún fragmento al azar pensé en aquellas historias de Yasunari Kawabata sobre la vejez y el paso del tiempo, paisajes nevados y algo que desacelera y se acerca a su fin. En los primeros párrafos, Paul Auster de la clave para leer Diario de invierno: “Quizá sea mejor que de momento dejes tus historias a un lado y trates de indagar lo que ha sido vivir en el interior de este cuerpo desde el primer día que recuerdas estar vivo hasta hoy”. Una mirada interior en medio del invierno, un diario que recoge recuerdos, habitaciones, amores, sexo, reflexiones, cine, muertos, los fragmentos de una vida, páginas a veces apasionantes, a veces tediosas, a veces reflexivas y profundas. No hay una historia detrás, hay docenas de ellas, la voz de Auster como punto de unión y anclaje, un escritor que se acerca al invierno y que necesita mirar atrás y alrededor para ubicarse, para saber verse, para hablar de aquello que lo conforma interna y externamente.

Diario de invierno es un regreso y una ampliación de A salto de mata, el anterior libro de memorias de Auster, pero en esta ocasión Auster decide tomar la distancia justa escribiendo sobre sí mismo en segunda persona, una manera de ver su vida desde otro ángulo, tal vez con mayor precisión y sin caer en el sentimentalismo o las heroicidades, los recuerdos se transforman con el tiempo, sí, pero el tono es el de alguien que mira atrás sorprendido y curioso. Lo que me gusta de este libro es que Auster habla de las sombras y luces de su vida sin querer demostrar nada, una desnudez donde se se ven las heridas y el paso del tiempo, los errores y los momentos de triunfo, cómo ha llegado su cuerpo y su mente al invierno de su vida.

Lo primero es el cuerpo. Auster habla de sus heridas y cicatrices, los accidentes y el paso del tiempo, la niñez inmaculada y las marcas que se han acumulado en su piel hasta el presente, una forma de introducir otras marcas y heridas más profundas, invisibles piel adentro. Continente y contenido. El cuerpo como arranque de unas memorias en la que los recuerdos del pasado no tienen un orden cronológico, se cruza el invierno desde donde escribe Auster con su infancia, un accidente de tráfico o su iniciación al sexo.

Mis partes favoritas de estas memorias están dedicadas a las veintiuna habitaciones donde ha vivido Auster, un repaso febril, nostálgico a veces, realista otras de los cuartos en París, las casas en Nueva York o cómo desemboca en Brooklyn, los objetos y los vacíos de cada habitación, las casas compartidas y los silencios, el estudio donde trabaja y lo que se ve a través de la ventana, las casas vividas como resumen y mapa de una vida. También me sorprendieron las páginas dedicadas al inicio en el amor y el sexo, las diferentes parejas, los problemas y las separaciones, su experiencia con prostitutas para calmar sus momentos de soledad y aislamiento, la llegada de Siri Hustvedt, los párrafos donde la llama “la única”, un amor que parece rodea al escritor y se posa sobre él, constantemente. Y me emocionó la parte que Auster dedica a su madre, desde la inicial idealización del niño hasta el descubrimiento de la persona en sí, con sus derrotas y pérdidas, con su intento de encontrar un lugar en el mundo donde sentirse a salvo y acompañada, un recorrido que me recordó a Mi madre, de Richard Ford.

Como en sus últimas novelas, hay un momento donde Auster detiene la acción para hablar de cine, en esta ocasión de una película de Rudolph Maté, Con las horas contadas, una historia detectivesca donde un hombre debe encontrar a su asesino antes de morir envenenado. Entonces, las imágenes en blanco y negro de la película de Maté se confunden con otras de una máquina de escribir, los ataques de pánico de Auster tras la muerte de su madre, las calles de Nueva York, los cuartos de París, los amores truncados.

Me ha gustado este Diario de invierno, me ha permitido asomarme a Auster piel adentro, y preguntarme si aún le quedan nuevas historias por contar.



Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro.

( … )

Habitaban en ella tres mujeres, tres personas distintas que no parecían guardar relación entre sí, y a medida que te hacías mayor y empezabas a mirarla con otros ojos, a verla como alguien que no era sólo tu madre, nunca sabías qué máscara llevaba en un día concreto. A un lado estaba la diva, la persona encantadora, suntuosamente engalanada, que embelesaba al mundo en público, la joven con el obtuso y negligente marido que anhelaba que la encasillaran -ya no- en el papel de la tradicional ama de casa. En medio, que era con mucho el espacio más amplio que ocupaba, había una mujer seria y responsable, una persona inteligente y humana, la mujer que emprendió pequeños negocios a lo largo de muchos años, la insuperable contadora de chistes y un as de los crucigramas, una persona con los pies firmemente plantados en la tierra: competente, generosa, observadora del mundo que la rodeaba, ferviente progresista en política, sabia dispensadora de consejos. Al otro lado, en el extremo de su personalidad, estaba la débil y asustadiza neurótica, la desamparada criatura presa de virulentos ataques de ansiedad, la mujer llena de fobias cuyas incapacidades fueron creciendo con el paso de los años, de un incipiente miedo a las alturas a una propagación metastásica de múltiples formas de parálisis: miedo a las escaleras mecánicas, miedo a los aviones, a los ascensores, a conducir un coche, a acercarse a las ventanas de las plantas más altas de un edificio, a quedarse sola, a los espacios abiertos, miedo a ir andando a cualquier sitio (creía que iba a perder el equilibrio o el conocimiento), y a una omnipresente hipocondría que poco a poco alcanzó las más exaltadas cumbres del terror. En otras palabras, miedo a la muerte, que en el fondo no es probablemente distinto de decir: miedo a vivir. De pequeño no eras consciente de nada de eso. Te parecía perfecta, e incluso a raíz de su primer ataque de vértigo, que por casualidad presenciaste cuando tenías seis años (los dos subiendo por la escalera interior de la Estatua de la Libertad), no te alarmaste, porque era una buena y aplicada madre, y logró ocultarte su miedo y convertir la bajada en un juego: sentándoos juntos en un escalón y descendiendo peldaño a peldaño, sin levantar el culo, riendo todo el tiempo hasta llegar abajo. Cuando envejeció, ya no hubo risas. Sólo el vacío que giraba en su cabeza, el nudo en su viente, los sudores fríos, unas manos invisibles que apretaban su garganta.
Paul Auster
Diario de invierno (traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama)

 

 


Tags: Diario de invierno, Paul Auster, Benito Gómez Ibáñez, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 21:31  | Libros...
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

Lo sigo a Auster hace mucho. Creo que a excepción de una novela, las he leído todas. Admiro su capacidad para las historias. Y también he renegado por esos finales atropellados que a veces tiene en sus libros. Este que reseñas ahora, lo espero con ansiedad. En cualquier momento me paso a buscarlo.

Gracias.

Saludos.

Publicado por Zoe
Miércoles, 15 de febrero de 2012 | 22:27

También es uno de los autores que más sigo y del que más libros tengo. Me gustan estas memorias, y de susúltimos libros me quedo con Sunset Park, aunque reconozco que en los últimos años su trayectoria es de montaña rusa. Espero que puedas leerlo pronto, Zoe. Un saludo

Publicado por elchicoanalogo
Jueves, 16 de febrero de 2012 | 18:34