Martes, 21 de febrero de 2012

I


Una estela blanca de vapor salía de mi boca, se enroscaba en el aire y desaparecía delante de mí. De niño jugaba a fumar cigarrillos de aire o a intentar alcanzar las estrellas en las noches de invierno. Mi  mochila me golpeaba el costado al andar, su peso en mi hombro era tangible y real, algo que podía calibrar, tocar, cambiar. Observaba los parches de la acera, las cafeterías que abren las persianas, algunos chicos disfrazados de la familia Adams y los primeros rayos de sol sobre Madrid. En el cielo, un avión también dejaba una estela violácea que desaparecía a los pocos segundos, rastros que apenas duran una pequeña eternidad antes de desvanecerse. Como tú.

Una mujer paseaba nerviosa en la entrada de la cafetería. Era menuda. Acercó sus labios a mi oído, un susurro y un pequeño silencio. Pasó su mano por mi espalda, una caricia inesperada. En la mesa me cuenta que lleva durmiendo en su coche desde agosto. Se recuesta en la silla mientras  habla. Veo sus arrugas y sus ojos azules y vidriosos, y me sorprende su expresión dulce. Me habla de sus recuerdos de infancia en el norte de Navarra y el contrabando en la frontera francesa, asegura que no le gusta viajar, para eso están los libros y que no hay nada como España (pienso en los cerros de San Javier, en los campos de Pecinci, en el Castillo de San Jorge), sueña con un premio de la lotería para poder pintar y leer y me habla de un modesto proyecto, comprar ambientadores para coches a veinte céntimos y venderlos a dos euros. Antes de despedirnos me deja su número anotado en una carta del café. Es ahí donde descubro su nombre, Maribel. Guardé la carta en un bolsillo. Sé que durante unos días me sentiré culpable por mi silencio.

Las estaciones son lugares de paso, pura temporalidad, un punto indefinido dentro de un viaje. Me gusta esa sensación de tránsito de las estaciones, ese punto donde se confunde lo que dejamos atrás con lo que está por llegar, sueños por cumplir o desastres que sobrevivir, el peso de una mochila, un libro en las manos y un cruce de caminos. Sé que mi mirada es diferente, que mi cuerpo se mueve de forma segura, que no hay dudas o torpezas en mí. Me siento fuera del tiempo y el espacio cuando viajo. Nada ni nadie puede alcanzarme porque nada ni nadie sabe dónde estoy.

El cielo azul, las vías plateadas al amanecer y Madrid a mi espalda. A red kite ..hanging in the sky.


II


Miro el cielo bajo de la Mancha a través de la ventana. Mi imagen se funde con la tierra y las nubes, como si saliesen de mi pecho y llevase dentro de mí el universo entero. Estoy en silencio, sin la carga de mi mochila en el hombro, y me siento transparente. No pienso más que en el horizonte en movimiento y las casas solitarias. A veces siento que estoy de nuevo en Tucumán, la tierra llana y amarilla, los cerros lejos, muy lejos, o en aquel tren tan lento que cruzaba Serbia. Vivimos en un mundo de espejos y reflejos. Hay un momento donde soy consciente de que mi viaje tiene un destino, me muevo a Sonia, a Esther, a María. Entonces, sonrío con tranquilidad.

Me gusta hacer reír a Esther, porque la risa de Esther te envuelve y te hace creer que todo está en su sitio. Sacarle una de sus risas expansivas y luminosas me hace sentir bien, siento que he conseguido crear algo hermoso, deshacer por un instante amarguras y fracturas. Me gusta que María me reciba con un abrazo, ella pequeña, de azul y el pelo corto alza los brazos nada más verme en la estación, como un faro, sus locuras inesperadas y su sempiterna sonrisa (su sempiterno cigarrillo). Me gustan la complicidad y las conversaciones con Sonia, su humor puñetero, provocador y entrañable, hablar con ella en cuclillas en los pasillos de una librería e intercambiar recuerdos de lecturas y autores, el viaje a Santa Pola y la isla cerca de la costa que me hizo pensar en otras islas, la isla flotante de Gulliver o la impensable de Tsutsui, un lugar fantástico (“perdona si te miro fijamente, pero puedo ver la isla detrás de tus cansados y confundidos ojos” ).

Paseo bajo otro pedazo de cielo. Estoy solo. Estoy tranquilo.


III


El regreso es el caos de los recuerdos, las sonrisas que aparecen sin intuirlas, el cansancio acumulado, las despedidas en los andenes y los golpes en la ventana para un último adiós, las calles de Madrid en invierno, la mirada perdida en el metro en busca del azar y el viento del norte, la sensación de pérdida y, también, de que todo está bien, la sombra del autobús que baila entre las ramas de los árboles.






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