Lunes, 27 de febrero de 2012

Que la vida acostumbre  
a ponernos el mundo del revés,  
a golpearnos y zarandearnos,  
o a sonreírnos mientras nos conforta, 
es algo propio de ella, y en el fondo  
hemos de agradecérselo. 
Tan sólo en el deseo o el temor  
de esa rara alternancia  
desigual y azarosa  
logramos ser nosotros, caminar,  
y hallar la rosa o el abismo,
la noche negra, el alba repentina.
En la seguridad sin amenaza
no hay movimiento, no hay respiración,
risa o gemido, y en el pecho yace
una quietud que en mucho
a la muerte se iguala.
La intemperie es la casa verdadera,
abierta por completo y para siempre
a lo posible y lo imposible,
a las cosas del hombre,
con su fascinación y sus espantos,
con todo su dolor
y toda su alegría.
Eloy Sánchez Rosillo
Intemperie


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Jueves, 23 de febrero de 2012

Hace un año me regalaron El mapa del tiempo, me decían que era una historia difícil de ubicar en un genero, que era original y diferente y que las páginas pasaban a un ritmo trepidante. No sabía nada de lo que me iba a encontrar dentro de El mapa del tiempo o cuál era el estilo de Palma. Y es hermoso cuando te acercas en blanco a un libro, sin prejuicios ni ideas preconcebidas. Recuerdo aquella lectura como una continua sorpresa, en cierta forma recuperé aquellas sesiones de cine de mi infancia repletas de piratas, espadachines y vaqueros solitarios.

A veces me da vértigo y miedo volver a un autor que me ha sorprendido y emocionado porque está la posible decepción o la quiebra con la anterior lectura. En cierta forma, no hay sorpresa en El mapa del cielo, están los mismos elementos que hacían de El mapa del tiempo una lectura entrañable y aventurera. Pero su lectura es igual de trepidante, te atrapa desde el primer instante, te reencuentras con viejos amigos y descubres nuevos personajes a los que seguir, te pierdes con una sonrisa por los decorados y los parajes que elige Palma para esta nueva aventura, un viaje continuo donde se combina el folletín, la novela clásica y primigenia de ciencia-ficción, las historias de amor tiernas y con un punto irónico, la barrera difusa entre ficción y realidad. La sensación de recuperar esas viejas películas de mi infancia seguía ahí.

Si en El mapa del tiempo Palma se detiene en La máquina del tiempo, en esta nueva aventura de H. G. Wells elige La guerra de los mundos, aquella historia de invasiones marcianas donde se criticaba el colonialismo de hace un par de siglos. Uno de los atractivos de estas historias es el personaje de Wells, cómo le coges cariño a lo largo de las páginas y sientes que, poco a poco, te va cautivando, un hombre serio y recto metido en las mayores locuras. Palma consigue algo hermoso, y es querer volver al mundo de H. G. Wells, releer sus historias como cuando era niño y me asustaba e inquietaba con los morlocks o soñaba con una máquina capaz de traspasar la cuarta dimensión. 

El mapa del cielo es un como una caja china, una historia que guarda otra que a su vez te conduce a una diferente hasta que todas confluyen en un punto. Palma te lleva lejos, muy lejos, de Londres a Nueva York, pasando por los parajes helados de la Antártida, combina la novela de terror con la aventura marina (los ecos de Poe y aquella añeja película de El enigma del otro mundo), los platillos volantes con un mapa donde se cartografía el universo de forma casi mágica. No hay respiro en esta novela y, como en El mapa del tiempo, hay momentos realmente hermosos, un intercambio de cartas hilarante, un mapa del cielo, un buque atrapado en el hielo, un museo con una habitación cerrada donde se guarda lo más extraño, un policía con una mano de metal que sabe que todo es posible, mundos escondidos, un puñado de historias de amor de una ternura inesperada, un escritor que ve el universo de una manera única.

La primera parte es un reencuentro con Wells y sus peleas con aquellos que quieren aprovecharse de sus éxitos, un museo extraño y un barco en la soledad de la Antártida. La segunda es para describir el intento de conquista amorosa más extravagante, loco y entrañable que recuerde, un hombre debe recrear nada más y nada menos que La guerra de los mundos para conseguir el corazón de una dama indomable. Y la tercera parte sientes que hay tantos mundos como posibilidades y que todos esos mundos posibles conviven entre sí. Me quedo con la entrañable y divertida segunda parte y el final de la novela donde se habla de esos mundos posibles.

Si algo define la lectura de El mapa del cielo es la aventura por la aventura, la capacidad de hacer soñar, la magia, las frases largas y pomposas de folletín y un ritmo endiablado. Tengo ganas de saber por dónde irá el tercer libro, si elegirá El hombre invisible de H. G. Wells como parece dejar caer en la novela o nos sorprende con otra historia, La isla del doctor Moreau, por ejemplo. Y, sobre todo, me gustará volver a sentirme como aquel niño que, a pesar del miedo, leía a Wells para sentir que había otros mundos fuera de éste.



¿Qué crees que es esa cosa, Peters? -preguntó entonces otro de los marineros, el tal Carlson, como si en aquella situación el indio fuera una autoridad mayor que el propio capitán.
El mestizo guardó unos segundos de silencio antes de responder, como si estuviese considerando si sus compañeros estaban preparados para la revelación de la que iba a hacerles partícipes.
- Un demonio -dijo en tono sombrío-. Y ha venido de las estrellas.

( … )

¿Sabe, señor Wells, que cuando una estrella muere, su luz sigue surcando el espacio durante miles y miles de años? El universo recuerda sus pérdidas durante mucho tiempo... pero no las llora. Las pérdidas también son necesarias.
Félix J. Palma
El mapa del cielo (Plaza & Janés)


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Martes, 21 de febrero de 2012

I


Una estela blanca de vapor salía de mi boca, se enroscaba en el aire y desaparecía delante de mí. De niño jugaba a fumar cigarrillos de aire o a intentar alcanzar las estrellas en las noches de invierno. Mi  mochila me golpeaba el costado al andar, su peso en mi hombro era tangible y real, algo que podía calibrar, tocar, cambiar. Observaba los parches de la acera, las cafeterías que abren las persianas, algunos chicos disfrazados de la familia Adams y los primeros rayos de sol sobre Madrid. En el cielo, un avión también dejaba una estela violácea que desaparecía a los pocos segundos, rastros que apenas duran una pequeña eternidad antes de desvanecerse. Como tú.

Una mujer paseaba nerviosa en la entrada de la cafetería. Era menuda. Acercó sus labios a mi oído, un susurro y un pequeño silencio. Pasó su mano por mi espalda, una caricia inesperada. En la mesa me cuenta que lleva durmiendo en su coche desde agosto. Se recuesta en la silla mientras  habla. Veo sus arrugas y sus ojos azules y vidriosos, y me sorprende su expresión dulce. Me habla de sus recuerdos de infancia en el norte de Navarra y el contrabando en la frontera francesa, asegura que no le gusta viajar, para eso están los libros y que no hay nada como España (pienso en los cerros de San Javier, en los campos de Pecinci, en el Castillo de San Jorge), sueña con un premio de la lotería para poder pintar y leer y me habla de un modesto proyecto, comprar ambientadores para coches a veinte céntimos y venderlos a dos euros. Antes de despedirnos me deja su número anotado en una carta del café. Es ahí donde descubro su nombre, Maribel. Guardé la carta en un bolsillo. Sé que durante unos días me sentiré culpable por mi silencio.

Las estaciones son lugares de paso, pura temporalidad, un punto indefinido dentro de un viaje. Me gusta esa sensación de tránsito de las estaciones, ese punto donde se confunde lo que dejamos atrás con lo que está por llegar, sueños por cumplir o desastres que sobrevivir, el peso de una mochila, un libro en las manos y un cruce de caminos. Sé que mi mirada es diferente, que mi cuerpo se mueve de forma segura, que no hay dudas o torpezas en mí. Me siento fuera del tiempo y el espacio cuando viajo. Nada ni nadie puede alcanzarme porque nada ni nadie sabe dónde estoy.

El cielo azul, las vías plateadas al amanecer y Madrid a mi espalda. A red kite ..hanging in the sky.


II


Miro el cielo bajo de la Mancha a través de la ventana. Mi imagen se funde con la tierra y las nubes, como si saliesen de mi pecho y llevase dentro de mí el universo entero. Estoy en silencio, sin la carga de mi mochila en el hombro, y me siento transparente. No pienso más que en el horizonte en movimiento y las casas solitarias. A veces siento que estoy de nuevo en Tucumán, la tierra llana y amarilla, los cerros lejos, muy lejos, o en aquel tren tan lento que cruzaba Serbia. Vivimos en un mundo de espejos y reflejos. Hay un momento donde soy consciente de que mi viaje tiene un destino, me muevo a Sonia, a Esther, a María. Entonces, sonrío con tranquilidad.

Me gusta hacer reír a Esther, porque la risa de Esther te envuelve y te hace creer que todo está en su sitio. Sacarle una de sus risas expansivas y luminosas me hace sentir bien, siento que he conseguido crear algo hermoso, deshacer por un instante amarguras y fracturas. Me gusta que María me reciba con un abrazo, ella pequeña, de azul y el pelo corto alza los brazos nada más verme en la estación, como un faro, sus locuras inesperadas y su sempiterna sonrisa (su sempiterno cigarrillo). Me gustan la complicidad y las conversaciones con Sonia, su humor puñetero, provocador y entrañable, hablar con ella en cuclillas en los pasillos de una librería e intercambiar recuerdos de lecturas y autores, el viaje a Santa Pola y la isla cerca de la costa que me hizo pensar en otras islas, la isla flotante de Gulliver o la impensable de Tsutsui, un lugar fantástico (“perdona si te miro fijamente, pero puedo ver la isla detrás de tus cansados y confundidos ojos” ).

Paseo bajo otro pedazo de cielo. Estoy solo. Estoy tranquilo.


III


El regreso es el caos de los recuerdos, las sonrisas que aparecen sin intuirlas, el cansancio acumulado, las despedidas en los andenes y los golpes en la ventana para un último adiós, las calles de Madrid en invierno, la mirada perdida en el metro en busca del azar y el viento del norte, la sensación de pérdida y, también, de que todo está bien, la sombra del autobús que baila entre las ramas de los árboles.






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Viernes, 17 de febrero de 2012

Es el cielo de Muskiz en el atardecer del diecisiete de diciembre, la tierra en penumbra y el cielo que parece las dunas de un desierto, una imagen hipnótica, el mundo transformado en algo diferente. Mientras Juanjo captaba esa imagen, yo me encontraba bajo otro cielo, mi mochila roja al hombro y la mirada perdida en las calles de Madrid. Buscaba una boca de metro y una confluencia del espacio y el tiempo. Pienso en esos momentos donde todo está en su sitio antes de desordenarse y de que todo cambie, ese último segundo donde reconoces el lugar que pisas, luego todo se desajusta y sientes que has perdido el apoyo, te sientes aturdido, atascado. Dos meses después vuelvo a hacer mi mochila, la ropa de invierno, los regalos de cumpleaños de S., la música de Hammock y Hogarth/Barbieri, El frío de Marta Sanz como lectura de este viaje, el horizonte en movimiento y yo fuera del espacio y el tiempo.

En mi mochila confluyen etiquetas de Lufthansa, un parque serbio con madera apilada en una esquina, las tiras negras de los campos de azúcar que caían sobre mí en Tucumán, la soledad de Lisboa, las horas de espera en aeropuertos y estaciones de tren y autobús, las asépticas habitaciones de hotel, las calles de Valladolid, las miles de palabras nunca escritas, el sonido quebradizo y de mar  de otra piel, una ventana que da a la curva de una vía de tren y el mundo visto a miles de metros de altura. Abro la mochila y veo las partes rotas, la base desencajada, las cremalleras que se encasquillan por momentos. Dicen que es como mi corazón. Lleno ese espacio vacío, y es ahí donde se inicia mi viaje, la elección de ropa y libros, lo que está por llegar, los reencuentros y una soledad diferente, la sensación de estar desaparecido fuera del mundo ( “cuando me vaya no sé qué encontraré, cuando me vaya no sé qué dejaré atrás” ). Y yo cargo ese peso en mi hombro, siento un punto de apoyo, y siento que me desvanezco, que soy transparente, que todo es posible y que no sé qué me espera. Que no sé donde estoy o qué soy.



And all our worlds subside
With everything inside
And always wonder why (we carry on)
And always wonder why (we sing this song)
And always wonder why (we carry on)
And always wonder why (now you are gone)

We'll carry on
We'll sing this song
To carry on.





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Mi?rcoles, 15 de febrero de 2012

La primera vez que tuve Diario de invierno en mis manos y leí algún fragmento al azar pensé en aquellas historias de Yasunari Kawabata sobre la vejez y el paso del tiempo, paisajes nevados y algo que desacelera y se acerca a su fin. En los primeros párrafos, Paul Auster de la clave para leer Diario de invierno: “Quizá sea mejor que de momento dejes tus historias a un lado y trates de indagar lo que ha sido vivir en el interior de este cuerpo desde el primer día que recuerdas estar vivo hasta hoy”. Una mirada interior en medio del invierno, un diario que recoge recuerdos, habitaciones, amores, sexo, reflexiones, cine, muertos, los fragmentos de una vida, páginas a veces apasionantes, a veces tediosas, a veces reflexivas y profundas. No hay una historia detrás, hay docenas de ellas, la voz de Auster como punto de unión y anclaje, un escritor que se acerca al invierno y que necesita mirar atrás y alrededor para ubicarse, para saber verse, para hablar de aquello que lo conforma interna y externamente.

Diario de invierno es un regreso y una ampliación de A salto de mata, el anterior libro de memorias de Auster, pero en esta ocasión Auster decide tomar la distancia justa escribiendo sobre sí mismo en segunda persona, una manera de ver su vida desde otro ángulo, tal vez con mayor precisión y sin caer en el sentimentalismo o las heroicidades, los recuerdos se transforman con el tiempo, sí, pero el tono es el de alguien que mira atrás sorprendido y curioso. Lo que me gusta de este libro es que Auster habla de las sombras y luces de su vida sin querer demostrar nada, una desnudez donde se se ven las heridas y el paso del tiempo, los errores y los momentos de triunfo, cómo ha llegado su cuerpo y su mente al invierno de su vida.

Lo primero es el cuerpo. Auster habla de sus heridas y cicatrices, los accidentes y el paso del tiempo, la niñez inmaculada y las marcas que se han acumulado en su piel hasta el presente, una forma de introducir otras marcas y heridas más profundas, invisibles piel adentro. Continente y contenido. El cuerpo como arranque de unas memorias en la que los recuerdos del pasado no tienen un orden cronológico, se cruza el invierno desde donde escribe Auster con su infancia, un accidente de tráfico o su iniciación al sexo.

Mis partes favoritas de estas memorias están dedicadas a las veintiuna habitaciones donde ha vivido Auster, un repaso febril, nostálgico a veces, realista otras de los cuartos en París, las casas en Nueva York o cómo desemboca en Brooklyn, los objetos y los vacíos de cada habitación, las casas compartidas y los silencios, el estudio donde trabaja y lo que se ve a través de la ventana, las casas vividas como resumen y mapa de una vida. También me sorprendieron las páginas dedicadas al inicio en el amor y el sexo, las diferentes parejas, los problemas y las separaciones, su experiencia con prostitutas para calmar sus momentos de soledad y aislamiento, la llegada de Siri Hustvedt, los párrafos donde la llama “la única”, un amor que parece rodea al escritor y se posa sobre él, constantemente. Y me emocionó la parte que Auster dedica a su madre, desde la inicial idealización del niño hasta el descubrimiento de la persona en sí, con sus derrotas y pérdidas, con su intento de encontrar un lugar en el mundo donde sentirse a salvo y acompañada, un recorrido que me recordó a Mi madre, de Richard Ford.

Como en sus últimas novelas, hay un momento donde Auster detiene la acción para hablar de cine, en esta ocasión de una película de Rudolph Maté, Con las horas contadas, una historia detectivesca donde un hombre debe encontrar a su asesino antes de morir envenenado. Entonces, las imágenes en blanco y negro de la película de Maté se confunden con otras de una máquina de escribir, los ataques de pánico de Auster tras la muerte de su madre, las calles de Nueva York, los cuartos de París, los amores truncados.

Me ha gustado este Diario de invierno, me ha permitido asomarme a Auster piel adentro, y preguntarme si aún le quedan nuevas historias por contar.



Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro.

( … )

Habitaban en ella tres mujeres, tres personas distintas que no parecían guardar relación entre sí, y a medida que te hacías mayor y empezabas a mirarla con otros ojos, a verla como alguien que no era sólo tu madre, nunca sabías qué máscara llevaba en un día concreto. A un lado estaba la diva, la persona encantadora, suntuosamente engalanada, que embelesaba al mundo en público, la joven con el obtuso y negligente marido que anhelaba que la encasillaran -ya no- en el papel de la tradicional ama de casa. En medio, que era con mucho el espacio más amplio que ocupaba, había una mujer seria y responsable, una persona inteligente y humana, la mujer que emprendió pequeños negocios a lo largo de muchos años, la insuperable contadora de chistes y un as de los crucigramas, una persona con los pies firmemente plantados en la tierra: competente, generosa, observadora del mundo que la rodeaba, ferviente progresista en política, sabia dispensadora de consejos. Al otro lado, en el extremo de su personalidad, estaba la débil y asustadiza neurótica, la desamparada criatura presa de virulentos ataques de ansiedad, la mujer llena de fobias cuyas incapacidades fueron creciendo con el paso de los años, de un incipiente miedo a las alturas a una propagación metastásica de múltiples formas de parálisis: miedo a las escaleras mecánicas, miedo a los aviones, a los ascensores, a conducir un coche, a acercarse a las ventanas de las plantas más altas de un edificio, a quedarse sola, a los espacios abiertos, miedo a ir andando a cualquier sitio (creía que iba a perder el equilibrio o el conocimiento), y a una omnipresente hipocondría que poco a poco alcanzó las más exaltadas cumbres del terror. En otras palabras, miedo a la muerte, que en el fondo no es probablemente distinto de decir: miedo a vivir. De pequeño no eras consciente de nada de eso. Te parecía perfecta, e incluso a raíz de su primer ataque de vértigo, que por casualidad presenciaste cuando tenías seis años (los dos subiendo por la escalera interior de la Estatua de la Libertad), no te alarmaste, porque era una buena y aplicada madre, y logró ocultarte su miedo y convertir la bajada en un juego: sentándoos juntos en un escalón y descendiendo peldaño a peldaño, sin levantar el culo, riendo todo el tiempo hasta llegar abajo. Cuando envejeció, ya no hubo risas. Sólo el vacío que giraba en su cabeza, el nudo en su viente, los sudores fríos, unas manos invisibles que apretaban su garganta.
Paul Auster
Diario de invierno (traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama)

 

 


Tags: Diario de invierno, Paul Auster, Benito Gómez Ibáñez, Anagrama

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Martes, 14 de febrero de 2012

La primera escucha de un disco hace que me sienta ante algo indefinido, sombras borrosas que no consigo ubicar en un sitio concreto, el vértigo de encontrar una canción que me golpea con fuerza o una melodía en mitad de una canción que hace que me quede en un silencio reflexivo. Es un momento extraño, mágico, das un paso y te adentras en lo desconocido. Durante una hora te sientes en un lugar en el que nunca antes habías estado.

Hace unos meses decidí volver a comprar discos y, como hace años, dedicarles tiempo y atención (porque vivimos en un mundo de ventanas donde parece que tenemos que hacer varias cosas a la vez, pasar por cada ventana sin realmente fijar lo que hay en cada una de ellas). Hoy, al recibir “Not the weapon but the hand”, inicié un pequeño ritual, rompí el plástico para sentir el olor del papel, hojeé las letras y curioseé por las imágenes y los músicos que colaboran en el proyecto de Steve Hogarth y Richard Barbieri. Luego, me tumbe en la cama con el disco y me dejé sorprender.

Lo primero que me atrajo de “Not the weapon but the hand” es que no es un disco sencillo o accesible, que tiene varias capas y que necesitaré varias escuchas para hacerme con él. Me gusta eso en la música, que a cada escucha haya nuevos descubrimientos. Tras la primera escucha, el disco de Hogarth y Barbieri es un juego de sombras, la voz de Hogarth que susurra o recita las canciones, el piano y los teclados de Barbieri misteriosos e indagadores, las pequeñas apariciones de la guitarra de Dave Gregory. Hay algo la música de Hogarth y Barbieri que me intriga y me atrapa.

Nada más terminar el disco en mi cabeza revoloteaban el inicio hipnótico de Red Kite, el estribillo de Naked, los sonidos electrónicos de Crack, la cercanía por momentos a Marillion de Only love will make you free, destellos de un disco que, con el tiempo, tomará cuerpo y dejará de ser algo indefinido.

Página de Steve Hogarth y Richard Barbieri



Red Kite (Steve Hogarth/Richard Barbieri)

 

A red kite ..hanging in the sky
Motionless against the wind.
A red kite is hanging in the sky
A red kite.

A red kite is hanging in the wind
A red kite is hanging in the sky
Motionless against the wind
While below, the suicides rush by

The red light waits ahead for me
While te red kite is hanging in the sky

Motionless against the wind
Motionless against the scudding cumuli

Golden cylinder of hay
In the low Autumn sunlight
Surrela alien´s trigonometry against the fields
Waiting patiently foro for flying saucers

The red kite is hanging on the air
As the traffic hurries everywhere
As you and I go running here and there
Below the red kite´s emotionless unending stare

Oh my God, the cars..
Oh my God, the cars..
Turning left and right
In and out of towm
What goes in..
What goes up..

The red kite is dancing in the sky
Fixing her steady eye
On some little thing
About to die.

 

 

 


Tags: Not the weapon, But the hand, Steve Hogarth, Richard Barbieri

Publicado por elchicoanalogo @ 20:45  | Canciones
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Formo parte
del Club de Visionarios
que van por la vida
Dando en el clavo.

Vaticinando infalibles resultados
sobre indicios de índole sentimental.

Sospecho
que empezamos a pagar
los rigores de tal clarividencia.

Porque lo hemos acertado.
Ahora qué hacemos.

De qué nos sirve
Tanta puta lucidez.
Anay Sala Suberviola
El Club de los Visionarios. En Ý (turno de réplica). Torremozas

 


Tags: Anay Sala Suberviola, club de los visionarios, Ý (turno de réplica), Torremozas

Publicado por elchicoanalogo @ 18:15  | Poes?a
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Lunes, 13 de febrero de 2012

I

“¿A que faltan seis días para San Valentín?” Miré sorprendido a mi sobrino. Arrastraba su mochila de ruedas, un cloc cloc cloc que se confundía con nuestras palabras y pasos. Hablábamos de su día en el colegio, de sus deberes, de los pases imposibles de Magic Johnson que luego intentaríamos imitar. Avanzábamos poco a poco, la cuesta, el viento que parecía mover los copos de nieve como diminutas marionetas, las cumbres nevadas y el gris sin quiebra del cielo. Le pregunté si sabía que significaba San Valentín. Movió la cabeza, despistado. Para él San Valentín era como el Olentzero o los Reyes magos. Por un instante recordé el patio de colegio, los juegos del escondite y el corre que te pillo, las niñas que dejaron de ser compañeras de juegos o enemigos para convertirse en algo diferente y extraño, planetas sobre los que orbitar y la pérdida de la inocencia. 

Pienso en cómo explicar a mi sobrino qué significa el día de los enamorados, algo tan complicado como intentar describir el amor. Le hablaría de cartas, ramos de rosas, febriles o torpes declaraciones de amor, canciones dedicadas en la radio, la luz de las velas que ilumina un camino a seguir, las frases hechas sobre centros comerciales y el amor como celebración o como algo espontáneo. También le hablaría de soledad, de inercia y rutina, de “no hay nada más duro que el amor”, de algo que se acaba y se pierde, de cómo a veces el amor adquiere una tonalidad gris parecida a la que nos rodea en esa tarde de nieve y viento. Le sonrío y le cojo de la mano, los dos juntos avanzamos contra la nevada.


II

Hace tiempo mi sobrino me propuso en juego. Debía decir “mora” sin preguntar nada. Entonces, dije “mora”. Mi sobrino, con una sonrisa pícara y rápida respondió “¡mañana te enamoras!”

Mora...


III

Busco una canción que poner en el blog para ambientar el día de los enamorados. Tras escuchar media docena de canciones (Moody Blues, Marillion, Regina Spektor, Porcupine Tree, Gustavo Cerati), me fijo en This modern love. Es una buena canción, me gusta.


This modern love (Bloc Party)





To be lost in the forest
To be cut adrift
You've been trying to reach me
You bought me a book
To be lost in the forest
To be cut adrift
I've been paid
I've been paid
Don't get offended
If I seem absent minded
Just keep telling me facts
And keep making me smile
Don't get offended
If I seem absent minded
I get tongue-tied
Baby, you've got to be more discerning
I've known never known what's good for me
I will be yours
I'll pay for you anytime
You told me you wanted to eat up my sadness
Well jump on, enjoy, you can gorge away
You told me you wanted to eat up my sadness
Jump right on
Baby, you've got to be more discerning
I've known never known what's good for me
Baby, you've got to be more demanding
I will be yours
What are you holding out for?
What's always in the way?
Why so damn absent-minded?
Why so scared of romance?
This modern love breaks me
This modern love wastes me
Do you wanna come over and kill some time?
Tell me facts, tell me facts, tell me facts
Tell me facts
Throw your arms around me


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:08  | Great White Way
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S?bado, 11 de febrero de 2012

Incapaz de regular ausencias aumenta el frío
temperatura de huesos entre sábanas desnudas
y la esfinge dormida congela la noche
sin acertijos
Beatriz Freijo
La falta de amor nos está matando (en Pájaro de tinta)


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Jueves, 09 de febrero de 2012

Dalton Trumbo trabajaba como guionista en Hollywood cuando publicó Johnny cogió su fusil. Finalizaba la década de los treinta y Trumbo se sacó de la manga una dolorosa y cruel historia antibelicista. Unos años más tarde fue perseguido y acallado por la caza de brujas de McCarthy, su nombre no aparecía en los títulos de crédito de las películas en las que participaba y tenía que escribir sus guiones en la sombra. Una voz sin cuerpo. En los años setenta pudo  dirigir la versión  cinematográfica de su novela, una película tan extraña y dolorosa como la novela, con escenas que te golpean con rabia y te dejan mudo ante la tragedia que se narra, un soldado que pierde sus brazos, piernas y rostro en una explosión, un pedazo de carne para los médicos pero que sigue lúcido piel adentro. Siento la vida de Trumbo como la de alguien que siempre está al otro lado de la frontera.

Lo primero que llama la atención en Johnny cogió su fusil es la ausencia de comas, las frases se suceden de forma rápida, sin respiración, es el lector quien debe poner las pausas. Y esa ausencia de comas viene dada por un protagonista que vive entre el sueño, sus recuerdos y la conciencia en un mundo cerrado, sin tiempo y de silencio absoluto. Como en la película, hay un momento estremecedor, incluso hace daño leerlo, Joe intenta delimitar su cuerpo y descubre, poco a poco, que no tiene brazos ni piernas ni un rostro que lo identifique, el encierro y la incomunicación llevados al extremo, sólo un pensamiento continuo y el mundo en la oscuridad absoluta.

Joe es un muchacho normal, un chico que sale de pesca con su padre, que se adentra poco a poco en el amor y el cuerpo femenino, que cruza la barrera de la adolescencia para asentarse en el mundo que le rodea, que trabaja doce horas y sólo piensa en construir una vida. Todo eso se hace añicos en la primera guerra mundial. Joe se convertirá en un ser mutilado, un experimento, una mente encerrada que necesita volver a ubicarse y comunicarse con el mundo, saber cuándo amanece, dónde está, cuándo sueña y cuándo está despierto. Son conmovedores los párrafos donde Joe intenta saber cuándo amanece a través del calor y el sudor de su piel. Es el dolor de los extremos, la calidez de los recuerdos pasados, la pesadilla del presente en el que vive, la guerra como transición entre esos dos extremos, cómo aguantar una vida de incomunicación, de voz interior, de inmovilidad y soledad, de saber qué y quién eres pero incapaz de salir de los límites de tu mente, la cabeza que golpea constantemente contra la almohada S.O.S. en lenguaje Morse en un último intento de Joe por hacerse entender, por mostrar que vive y que le duele su presente, una petición de ayuda desatendida.

Dalton Trumbo escribe una de las historias más duras que he leído, cruza los recuerdos cálidos o tristes de Joe con la toma de conciencia de su situación, pasa del recuerdo una noche con una chica o un fin de semana de pesca con su padre a largos monólogos sobre el sinsentido de las guerras y los políticos. No hay pausa, todo avanza como una locomotora en Johnny cogió su fusil, la locura de quienes están detrás de un escritorio, de quienes han perdido parte de sus emociones y sentimientos y solo ven cifras en los muchachos que mandan al frente, todo lo que se pierde en una guerra, la razón y los recuerdos hechos añicos, el encierro absoluto de Joe, preso en su propio cuerpo, que se convierte en la voz de los muertos en vida. Todo lo que se pierde...



Madre ¿dónde estás?
Apresúrate madre apresúrate apresúrate apresúrate y despiértame. Tengo una pesadilla madre. Estoy aquí. Aquí madre. Aquí en la oscuridad. Cógeme en tus brazos. Arrorró mi niño. Ahora me acuesto a dormir. Oh madre apresúrate porque no puedo despertar. Aquí madre. Cuando sople el viento se mecerá la cuna. Álzame en tus brazos alto muy alto.
Te has ido madre y me has olvidado. Aquí estoy. No puedo despertar madre. Despiértame. No puedo moverme. Cógeme en tus brazos. Tengo miedo. Oh madre madre cántame frótame báñame péiname y límpiame las orejas y juega con los dedos de mis pies y hazme golpear las manos y sonarme la nariz y bésame los ojos y la boca como te he visto hacer con Elizabeth como seguramente has hecho conmigo. Entonces me despertaré y me quedaré contigo y no me volveré a ir ni a tener miedo ni a soñar.
Oh no.
No puedo. No puedo aguantarlo. Grita. Muévete. Sacude algo. Haz un ruido cualquier ruido. No puedo soportarlo. Oh no no no.
Por favor no puedo. Por favor no. Que alguien venga. Ayúdame. No puedo quedarme así para siempre tal vez durante años antes de morir. No puedo. Nadie puede. No es posible.
No puedo respirar pero respiro. Tengo tanto miedo que no puedo pensar y sin embargo pienso. Oh por favor por favor no. No no. No soy yo. Ayudadme. No puedo ser yo. Yo no. No no no.
Oh por favor oh por favor. No no no por favor no. Por favor.
Yo no.
Dalton Trumbo
Johnny cogió su fusil (traducción de Marta Susana Eguía. El Aleph)



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Domingo, 05 de febrero de 2012

Lo primero fue el nombre, Yo maldigo el río del tiempo, porque pasaba un momento en mi vida donde el tiempo y el espacio parecían separarse y cruzarse de una manera casi mágica e inesperada. Lo segundo, la portada, una mujer en equilibrio y con los brazos abiertos que me hacía pensar en una historia de fragilidades y tristezas. Lo tercero fueron las palabras de Richard Ford alabando la escritura de Petterson. Y lo cuarto, no sabía quién era Per Petterson hasta que tuve el libro en mis manos. A veces escojo los libros al azar.

Yo maldigo el río del tiempo es una historia intimista contada con un tono que parece susurrado, un hombre que vuelve la vista atrás para contar aquellos días donde convivió con su madre, enferma de cáncer, en una pequeña localidad costera de Dinamarca, una época de pérdida y derrotas: su matrimonio, sus ideales políticos, la enfermedad de su madre. El tiempo se cruza una y otra vez en la novela de Petterson, el narrador está en un presente lejano del que sólo sabemos el final de su matrimonio y desde donde habla de los diferentes momentos de su pasado, una vida que parece hecha de oportunidades perdidas, de algo difuso que nunca acaba de concretarse, de ver cómo los ideales y los planes y los amores se deshacen poco a poco. Una vida en derrumbe.

El narrador, Arvid, se detiene en su relación con su madre, en los primeros tiempos del amor con su mujer, en su abandono de los estudios en busca de un ideal comunista que lo dejará al otro lado de la realidad. Los recuerdos de Arvid se inician con el regreso a Dinamarca de su madre al saber que tiene cáncer, una visita misteriosa, solitaria, extraña, una forma de buscar un punto de apoyo. La madre de Arvid es el gran personaje de esta novela, una danesa en Noruega, siempre extranjera, el desarraigo en todos los sentidos, dentro y fuera de sí. Arvid, en medio de su naufragio personal, va en su busca, quiere tomar distancia con su vida y acompañar a su madre. La relación entre madre e hijo está deteriorada, demasiadas expectativas y frustraciones.

Y en esos días juntos, Arvid recuerda su infancia y su paso a la madurez, los primeros escarceos amorosos y la toma de conciencia política, el abandono de sus estudios para trabajar en una línea de producción y las diferentes habitaciones donde vive, el encuentro con una estudiante de instituto que aparece y desaparece bajo su edredón y el momento donde esa mujer, sin nombre, ya no quiere estar con él. En esa mirada atrás se confunde la luz con las sombras, los primeros síntomas de la quiebra en la vida y en el alma de Arvid, las derrotas futuras.

Hay algo que me gusta de Petterson, y es su escritura intimista, su forma de narrar una vida, no necesita completar los espacios en blanco ni explicar cada momento y sentimiento de los personajes, Petterson escribe sobre naufragios y esperanzas y oportunidades perdidas, sobre personas que están en una misma habitación pero que se encuentran a una gran distancia entre sí. Es como la luz de invierno, una luz gris y apagada. Yo maldigo el río del tiempo está construida a base de recuerdos, y los recuerdos siempre aparecen de forma desordenada, una linea discontinua.

En los últimos meses he llegado a un puñado de escritores y libros noruegos estimables. Askildsen, Saabye Christensen y ahora Petterson. Tengo curiosidad por seguir investigando en esa literatura.



Y luego pasé a la entrada, al recibidor, seguí hasta el salón y acabé en la cocina, donde todo estaba como llevaba casi diez años estando, los mismos pósters en las paredes, las mismas alfombras en el suelo, los mismos espantosos sillones rojos, y a la vez no estaba en absoluto como antes, no como al principio, cuando éramos nosotros dos contra el mundo, ella y yo, hombro con hombro, mano a mano, «somos solo tú y yo», nos deciamos, «solo tú y yo», decíamos. Pero algo había pasado. Ya nada se mantenía unido, todas las cosas guardaban distancias entre ellas, separaciones entre ellas, como satélites, se atraían y se repelían en el mismo instante, y hacía falta una gran fuerza de voluntad para superar aquellas distancias, aquellas separaciones, mucha más de la que tenía yo a mi disposición, mucha más de la que nunca osaría emplear. Y tampoco nada estaba como cuando cruzamos aquellas tres o cuatro comarcas de Romerike, al este de Noruega, al este de Oslo. Allí tenía el cuerpo del coche pegado a mí en todas las direcciones por las que avanzábamos, pero ahora, en el piso, las cosas se desenfocaban y se dispersaban en cualquier dirección. Era como un virus en el nervio del equilibrio. Cerré los ojos para que el mundo recuperara su horizontalidad y en ese momento oí cómo ella abría la puerta del baño y sus pasos por el pasillo. Los habría reconocido en cualquier sitio del mundo, sobre cualquier superficie, adoquines, grava, losas, parquet. Se detuvo justo delante de mí. Oía su respiración, pero no tan cerca como para sentirla en la cara. Ella esperó. Yo esperé. Las niñas se rieron de algo gracioso en una de las habitaciones. Había algo en su respiración. Antes nunca sonaba así. Yo seguía con los ojos cerrados, tenía los párpados apretados. Y luego la oí suspirar.
Per Petterson
Yo maldigo el río del tiempo (traducción de Cristina Gómez Baggethun. Debolsillo)


Tags: maldigo el rio del tiempo, Per Petterson, Cristina Gómez Baggethun, Debolsillo

Publicado por elchicoanalogo @ 17:58  | Libros...
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Jueves, 02 de febrero de 2012

Desde hace un par de años cada reencuentro con Raymond Carver es especial, intenso, inesperado. Terminé Si me necesitas, llámame con la sensación de haber llegado al final de algo, pero, desde entonces, he descubierto sus poemas y he regresado a sus cuentos gracias a Principiantes. Hay algo emocionante y triste en estos reencuentros, la tristeza de saber que sólo queda dar vueltas sobre un mismo punto, que no habrá la posibilidad de llegar a nuevos lugares en la obra de Carver, la emoción de andar con uno de sus libros de poemas por la calle, la cabeza gacha, el paso dubitativo y las palabras cazadas al azar que me hacen sentir en el límite de un acantilado, el vértigo y la belleza y una última frontera.

Principiantes es la versión original de De qué hablamos cuando hablamos de amor, uno de mis primeros libros de Carver, el que recuerdo más cercano junto con Catedral. Aquellos cuentos hablaban de parejas que se despedían tras su fracaso, de padres e hijos que no saben cómo mirar al otro, de mujeres que bailan en un jardín y hombres que recuerdan un pasado donde existía un mundo delimitado por un amor único. Esos cuentos me hicieron acercarme a Carver como a ningún otro escritor.

El editor Gordon Lish recortó los cuentos de Carver, borró párrafos y páginas enteras, cambió títulos y nombres de personajes. Y aún así, había magia y finitud y tristeza y tensión y un mundo cercano en De qué hablamos cuando hablamos de amor. Al final de Principiantes, las notas aclaran el porcentaje de poda de los cuentos, algunos llegaron a ser editados sin la mitad de lo escrito por Carver. A veces pasaba de los cuentos cortados a los originales, la curiosidad por saber qué era lo que faltaba. Entonces, la experiencia de leer Principiantes fue como estar ante algo ya conocido y, también, ante un puñado de espacios en blanco, dos lecturas en una.

Hay imágenes de estos cuentos de Carver que se han quedado dentro, los muebles de una casa expuestos en un jardín y una mujer que baila entre ellos, un hombre con ganchos por manos que saca fotografías de casas para venderlas luego, un hombre en un aeropuerto que intenta excusarse ante su hijo, una pareja de ancianos que intentan sobrevivir al desastre en una noche de bingo, una jornada de pesca que se trunca por un cadáver flotando en el río, la violencia desquiciada de un hombre casado, un teléfono que suena a medianoche, un hombre que recuerda un pasado donde había un amor que parecía único... “Pero sigue de pie en la ventana, recordando ese retazo de su vida pasada. Después de aquella mañana vendrían tiempos difíciles, otras mujeres para él y otros hombres para ella, pero aquella mañana, aquella mañana en particular, habían bailado. Habían bailado, y luego se habían abrazado el uno al otro como si aquella mañana fuera a durar siempre, y luego se habían reído con lo del gofre. Se habían apoyado el uno en el otro y se habían reído de ello hasta que los ojos se les llenaron de lágrimas, mientras fuera todo se helaba, al menos durante un tiempo”. Carver habla de pérdidas y abandonos, de algo que llega a su fin, de supervivencia, de seguir adelante a pesar del naufragio, a veces transmite tristeza, a veces tensión y ahogo, los objetos cotidianos como puntos de apoyo o como metáfora de algo que entrevemos difuminado.

Belvedere no sólo es uno de mis cuentos favoritos de Carver, también una de mis historias favoritas entre los libros leídos, una pareja que se encierra en la habitación de un motel para hablar y finalizar de su relación, grietas y fracturas y algo que se rompe para siempre. “Aquel sábado por la mañana nos despertamos con resaca, después de toda una noche de darle vueltas a aquella situación que no nos había llevado a ninguna parte. Abrimos los ojos y nos dimos la vuelta en la cama y nos miramos. Los dos lo supimos al mismo tiempo: supimos que habíamos llegado al final de algo. Nos levantamos y nos vestimos, tomamos café como de costumbre, y fue entonces cuando ella dijo que teníamos que hablar, que teníamos que hacerlo en aquel mismo momento, sin interrupciones, sin llamadas telefónicas, sin clientes. Y fue entonces cuando cuando me monté en el coche y fui a la tienda de licores. Cuando volví, cerramos la recepción y nos subimos aquí con la botella de Teacher´s, hielo y vasos. Nos acostamos en la cama y nos recostamos sobre las almohadas, y bebimos, y no hablamos de nada en absoluto. Vimos la televisión en color e hicimos el tonto y dejamos que el teléfono siguiera sonando abajo. Bebimos el whisky escocés y comimos chips de queso de la máquina del pasillo. Teníamos la sensación extraña de que, ahora que nos dábamos cuenta de que lo habíamos perdido todo, podía suceder cualquier cosa. Sabíamos, sin necesidad de decirlo, que algo había terminado, aunque ninguno de los dos acertaba a imaginar lo que estaba a punto de empezar para reemplazarlo”.

Como escribe Carver en el relato que da título al libro: Porque me da la impresión de que, en el amor, no somos más que unos completos principiantes. Es una buena manera de resumir los cuentos de Principiantes, a pesar de los años y las catástrofes, seguimos siendo unos principiantes, vidas que se desmoronan y un pequeño punto donde apoyarse para seguir adelante. La mirada y la voz de los relatos de Raymond Carver se han colado dentro de mis entrañas, me habitan.



En ¿Quieres ver una cosa?: Empecé a decirle todo lo que iba a decirle diciéndole que lo amaba. Le dije que siempre lo había amado y siempre lo amaría. Eran cosas que había que decir antes de decir las otras. Y empecé a hablar. Poco importaba que él estuviera en otro lugar y no pudiera oír nada de lo que le estaba diciendo. Además, a media frase, se me ocurrió que Cliff sabía ya todo lo que le estaba diciendo, e incluso quizá mejor que yo, y que lo sabía desde hacía mucho tiempo. Cuando pensé en esto, dejé de hablar durante un par de minutos, y lo miré con un interés nuevo. Sin embargo, quería terminar lo que había empezado. Y seguí diciéndole, sin rencor o encono de ningún tipo, todo lo que tenía en la cabeza. Acabé diciéndoselo todo, lo peor y lo terminal, que sentía que no íbamos a ninguna parte, y que ya era hora de admitirlo, por mucho que quizá no hubiera ninguna manera de remediarlo.

( ... )

En Tanta agua tan cerca de casa: Dos cosas son seguras: 1) a la gente ya no le importa lo que les sucede a los demás, y, 2) ya nada importa gran cosa. Basta con ver lo que ha pasado. Sin embargo, nada va a cambiar entre Stuart y yo. Cambiar de verdad, me refiero. Nos haremos mayores, los dos, se nos puede ver ya en la cara, en el espejo del cuarto de baño, por ejemplo, por la mañana, cuando utilizamos el cuarto de baño al mismo tiempo. Algunas de las cosas que nos rodean cambiarán, se harán más fáciles o difíciles, esta cosa o aquella, pero nada llegará a ser realmente diferente. Lo creo. Hemos tomado decisiones, nuestras vidas se han puesto en movimiento, y entonces, ¿qué? Es decir, qué ocurre si crees esto que estoy diciendo pero lo mantienes oculto, hasta que un día sucede algo que debería cambiar algo, pero al cabo ves que nada va a cambiar después de todo. Entonces, ¿qué? Entretanto, la gente que te rodea sigue hablando y actuando como si fueras la misma persona de ayer, o de anoche, o de hace cinco munitos, pero tú estás atravesando una crisis, y tu corazón se siente lesionado...

( ... )

En Principiantes: -¿Qué sabemos cualquiera de nosotros del amor? —dijo Herb—. Y lo estoy diciendo completamente en serio, si me perdonáis la franqueza. Porque me da la impresión de que, en el amor, no somos más que unos completos principiantes. Decimos que nos amamos, y nos amamos, no lo dudo. Nos amamos y nos amamos con intensidad, todos nosotros. Yo amo a Terri y Terri me ama a mí, y vosotros también os amáis. Ya sabéis a qué clase de amor me estoy refiriendo ahora. Al amor sexual, a esa atracción que ejerce sobre ti la otra persona, tu pareja, y también a ese amor normal y corriente, de todos los días, el amor hacia el ser de la otra persona, el amor de estar con ella, las pequeñas cosas que hacen el amor cotidiano. El amor carnal, pues, y el amor... llamémoslo sentimental, el amoroso cuidado del otro en el día a día. Pero a veces me cuesta explicar el hecho de que también debí de amar a mi primera mujer. Pero la amé, sé que la amé. Así que imagino que antes de que podáis decirme nada, habré de decir que soy igual que Terri a ese respecto. Terri y Carl... —Pensó en ello unos segundos y luego prosiguió—: Pero en un tiempo creí que amaba a mi primera mujer más que a la vida misma, y tuvimos hijos juntos. Pero ahora la odio con todas mis fuerzas. De verdad. ¿Cómo se explica eso? ¿Qué fue de ese amor? ¿Simplemente se borró del gran tablón, como si nunca hubiera estado en él, como si nunca hubiera sucedido? Lo que fue de él es lo que yo querría saber. Me gustaría que alguien pudiera decírmelo. Luego está Carl. De acuerdo, volvemos a Carl. Amaba tanto a Terri que trató de matarla y acabó matándose a sí mismo. —Dejó de hablar, y sacudió la cabeza—. Vosotros dos lleváis juntos dieciocho meses, y os amáis, se os nota en todo, sencillamente resplandecéis de amor, pero también amasteis a otras personas antes de encontraros. Los dos habéis estado casados antes, como nosotros, Y probablemente amasteis a otra gente antes de eso. Terri y yo llevamos juntos cinco años, y casados cuatro. Y lo terrible, lo terrible (aunque también lo bueno), la gracia que nos salva, podríamos decir, es que si algo nos pasara a alguno de nosotros, y perdonadme que lo diga, si algo nos sucediera a alguno de nosotros mañana, creo que el otro, el otro miembro de la pareja, guardaría duelo durante un tiempo, claro, pero el superviviente seguirá con su vida y volverá a amar, encontrará a alguien muy pronto, y todo ese..., todo ese amor..., Dios, ¿cómo hacernos a la idea?, no acabará siendo sino un recuerdo. Y puede que ni siquiera un recuerdo.
Raymond Carver
Principiantes (traducción de Jesús Zulaika. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 21:14  | Libros...
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Eran las seis y media de la mañana. Todo estaba en silencio. Y nevaba. Parecía que andaba por otras calles, “como si el mundo hubiese sido hecho de nuevo”. Los copos de nieve brillaban en la oscuridad, caían ingrávidos sobre mi ropa. Sonreía. La nieve me hace recuperar el niño que fui, la inocencia y la sensación de que todo era posible.

Cuatro años atrás, en otro dos de febrero, no había nieve pero sí un naufragio, una madrugada desbocada e insomne y la sensación de perder la cabeza. Necesitaba apagar un eco. Entonces, pensé en abrir un blog, una manera de mantener mi mente y mis manos ocupadas. Este blog se inició con un cuento y un final. El cuento, La hechicera. El final, una ruptura. 


En estos cuatro años he escrito sobre naufragios y montañas rusas, diez pasos en la cuerda floja y una nueva percepción del espacio y el tiempo, he hablado sobre horizontes de sucesos y desapariciones entre dos cielos y dos tiempos, he divagado sobre sueños, recuerdos y viajes, y, de vez en cuando, he tenido la sorpresa de un cruce de palabras con quienes llegaban a esta página. El eco se apagó de a poco y el blog pasó a ser mi lugar para hablar de libros y miradas. Después del naufragio encontré una vida distinta, otras personas, horizontes, palabras, sueños, recuerdos y desvaríos.

Los artículos del blog son pequeñas migas de pan que señalan el camino de una vida. Este blog tiene un final, terminará con una canción y un nuevo inicio en otro lugar. Al final quedará un silencio blanco, como el de los copos al caer sobre mí. Cuatro años de blog...



Shipwrecked. Flat On Your Back (Hammock)


On a cold night
We lay down
Under starlight
We breakdown

Spend our whole life
Seeking shelter
Til the last time,
Gone forever...


Publicado por elchicoanalogo @ 17:44  | Great White Way
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