Lunes, 12 de marzo de 2012

1. Horizonte de sucesos. A.F.C. II
Nos detuvimos en un semáforo en rojo. Hablábamos de aquellos que se fueron. Su estela marca nuestros reencuentros. La ciudad vacía, los faros del coche sobre el asfalto y nuestras palabras que se sucedían sin descanso. A veces tu voz se quebraba al hablar de tu madre. Entonces, me quedaba en silencio, la mirada perdida en unas calles desconocidas y la sensación de estar habitado por otras presencias. Recordaba cuando ella dejó un hámster en mis manos o me preguntaba por Argentina. Pensé que, dentro de mí, hay una pequeña constelación de huellas extranjeras, de gestos, músicas, recuerdos e historias que no nacen de mí, y que es precisamente esa mezcla de presencias lo que me hace distinto a otro.


2. Rayuela
Me pidió que no hiciera trampas, que fuera paciente y no abriera los ojos. La miré confundido antes de obedecer y cerrar los ojos. Tenía Rayuela en mis manos, pasaba el libro de una mano a otra, la única guía que me ataba a la realidad en esa inesperada negrura. Entonces, sentí sus labios entre los míos, al inicio de forma queda, como si estuviese ante el umbral de algo desconocido, el miedo, las dudas y la pasión. El mundo orbitaba alrededor de sus labios, fuera de ellos el vértigo del vacío.

A veces me leía fragmentos de Rayuela por teléfono. Me decía, te vas a enamorar de La maga. Escogía un capítulo donde apareciese La maga y me leía con voz queda, como su primer beso. Yo, en silencio y en la otra parte del mundo, me sentía habitado a cada palabra, se confundía su voz con la de Cortázar, un inusual juego de ilusionismo. Cerraba los ojos y volvía a aquel momento donde el mundo se definía por sus labios y el peso de Rayuela en mi mano.

Le gustaba leer en las tardes de tormenta. Se sentaba en el balcón y miraba los naranjos, las antenas en las azoteas, el cielo ennegrecido, la lluvia que caía oblicua sobre la vereda. Como si el mundo estuviese por desaparecer. Entonces, abría Rayuela y leía algunos capítulos. Me decía que avanzaba despacito, una docena de páginas por día. Una vez la vi reír bajo la lluvia. Estábamos sentados en los escalones cubiertos de su casa. Ella se levantó al empezar la lluvia y se quedó en mitad de la vereda. Daba vueltas feliz, despreocupada, parecía de nuevo una niña, la inocencia y la falta de responsabilidad y la sensación de que todo es posible, como si la lluvia limpiase el rastro de sus cicatrices. Yo sonreía, pensaba en las gotas que se colaban entre su ropa y su piel, un camino en el que me había perdido con mis manos y había delimitado con mis labios, un camino que sonaba a rumor de mar y al crepitar del viento. Me miró bajo la lluvia, alegre, y me preguntó ¿tienes miedo a morir, vasco?

Una tarde apoyé mi cabeza en sus rodillas mientras me leía Rayuela. Observaba el movimiento de su pecho, el dibujo de sus labios, el sonido de su voz. A veces paraba en alguna palabra que no entendía y me explicaba su significado, a veces bajaba su cabeza para besarme antes de reanudar la lectura. Entonces, sentía que las palabras de Cortázar pasaban de su boca a la mía, que se desplegaban dentro de mí. 

Nunca he leído Rayuela. Está en mi estantería con su letra en la primera página y una nota donde dice cuánto me quería (en aquel espacio, en aquel tiempo), tiene su voz y su acento, sus quiebros y su sonrisa inquieta, no consigo poner mi voz a las palabras de Cortázar. Será siempre una lectura inconclusa.


3. Estelas de vapor
Miro la estela de un avión. Es extraña. Es diferente. Entonces descubro que no es una, sino dos estelas, un avión que sigue a otro a distinta altura. Hace años el sonido de un avión y su estela en el cielo azul me daban una abrumadora sensación de soledad. La doble estela se desvanece poco a poco. Por un momento parecía parte del cielo, ocupaba un espacio y un tiempo, era algo real antes de desaparecer. Siento que soy una estela de vapor.


4. Desnudo
Para mí Dellwood Barker no sólo es el hombre que se enamoró de la luna, sino aquel que me descubrió que el ojo derecho sólo ve los que queremos ver, y el ojo izquierdo es el ojo del alma. Desde entonces, cuando tengo a alguien enfrente, trato de mirarle a su ojo izquierdo, a ver qué me desvela.
Tom Spanbauer (El hombre que se enamoró de la luna, traducción de Claudio López de Lamadrid)

 

 


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Comentarios (4)  | Enviar
Comentarios

aja! y asi que seguis sin leer Rayuela? Se me hace que asi vas a seguir por mucho tiempo. Perdon por los "no acentos", pero es que no esta bien configurado el idioma en al compu.

Publicado por Morleena
Martes, 13 de marzo de 2012 | 5:26

Me parece que, o me lo lees hasta el final, y de las dos formas que se puede leer, o no voy a poder terminarlo nunca. Si es que tiene tu voz...

Publicado por elchicoanalogo
Martes, 13 de marzo de 2012 | 8:03

Me comprometo a leerte Rayuela!Lo digo muy en serio. Mañana estoy saliendo para Tucumán nuevamente! besotes!

Publicado por Morleena
Martes, 20 de marzo de 2012 | 21:06

Mira que queda grabado... Espero que lo hayas pasado muy lindo por la ciduad de la furia. ¡Cariños!

Publicado por elchicoanalogo
Martes, 20 de marzo de 2012 | 21:28