Mi?rcoles, 28 de marzo de 2012

1.
Apoyo las manos contra la pared, el peso de mi cuerpo recae sobre ellas, mi mirada fijada en el suelo de la habitación y la sensación de repetir la postura con la que Sísifo cargaba su roca por la eternidad. Estiro los músculos de las piernas, respiro tranquilo, siento leves sacudidas de electricidad, como si mi piel se abriera en pequeños surcos. La carga de mi peso en las palmas de mis manos, la respiración pausada, la mirada perdida, estoy creando un vacío. Salgo a la calle con una sudadera vieja, pantalón corto y las zapatillas de deporte. Delante de mí, las nubes compactas, sombrías, con un extraño tono azulado. Detrás de mí, el cielo dividido, retazos de cielo azul entre las nubes. Corro hacia la tormenta.

2. Horizonte de sucesos. Bgc
No ves a las personas, las piensas. Idealizas su forma de ser, crees que se rigen por los mismos códigos que te definen, lealtad, belleza, un mundo en orden, pero acabas descubriendo que hay quien se mete en tu vida sin prever los sentimientos que puedan generar en ti, desarman tu mirada y echan mierda sobre ti. Entonces, hay dos líneas que nunca llegan a cruzarse, una, la imagen que has creado dentro de ti de la otra persona, otra, la realidad. Cuando se hace patente la fractura me llamas para desahogarte, la voz quebradiza, una montaña rusa de emociones, soy capaz de adivinar por tu voz los gestos de tu cara y tu mirada. Intento contenerte y compartir tu carga, a veces te digo que es mejor el dolor de la bondad que convertirse en alguien amargado o cínico. No siempre estoy convencido de mis palabras. Porque yo también pienso a las personas. Conozco ese dolor.

3.
Mis músculos despiertan en los primeros metros de la carrera. La sudadera baila sobre mi cuerpo, a cada paso el frío alrededor, los charcos en el camino, las manos cerradas. Dejo atrás el ruido de los coches y las conversaciones, las correas extendidas de los perros y los coches de bebé. Las piernas entran en calor, las manos aún tardarán un par de kilómetros en hacerlo. El vacío empieza a crecer. Sólo queda el sonido de mi respiración y mis pisadas, se complementan, un ritmo tranquilo, casi musical. Clac, clac, clac. Siento mi cuerpo, soy consciente de él, de sus músculos y articulaciones, siento el aire entrar y salir de mi pecho, siento que me quito capas de encima, una tras otra. Siento crecer el vacío. Siento. Quedan retazos de pensamientos y recuerdos, una música de fondo. Miro a las nubes de tormenta. Me pregunto cuándo sentiré la primera gota, la que abre el camino a las otras.

4.
Mi reflejo en el escaparate de una librería de tipos infames. Dentro de mi pecho se confundían el reflejo de la calle anochecida, los libros y mi propio cuerpo, como si el mundo entero confluyera en mi corazón. Durante una veintena de segundos recuerdo que son el tiempo y el espacio quienes convergen tras la puerta de la librería. Entonces, una pequeña roca en mi espalda que se irá agrandando con el paso de los segundos. Miro los libros sin distinguir sus títulos o portadas. Soy consciente de mis latidos, bum bum bum, y a cada latido se difuminan la calle anochecida, los libros y mi propio cuerpo. Doy un paso, abro la puerta de la librería, entro y el espacio/tiempo se desvanece, lo pierdo.

5.
Sigo el camino rojo. Como Dorothy con su camino de baldosas amarillas. Ella busca a un mago para volver a casa, yo el vacío. Me quedan pocas capas encima para quedar desnudo. Conozco cada recta, cada quiebro, las subidas donde debo acelerar el ritmo y las bajadas donde puedo descansar y recobrar las fuerzas. Es sencillo, podría hacerlo con los ojos cerrados. Mis pisadas suenan a agua. Cuando era niño cazaba charcos, el agua subía a cámara lenta a mi alrededor y reía despreocupado. Miro el reflejo de las nubes en los charcos, cuando piso los charcos, cuando los cazo, las nubes se convierten en ondas. Paso por el kilómetro once. Los rascacielos aparecen en la distancia, entre los montes. Siento que necesito cansarme, llevar mi cuerpo al límite, y acelero el ritmo. El temblor sube de la planta de mis pies hasta mi cabeza.

6.
Está en silencio. Mira hacia la ventana. Como si soñara que podía salir por ella y volar lejos de la habitación. Sólo existen su silencio, su cuerpo desnudo. El calor de su piel aún no se ha desprendido de mí. Pienso que tal vez esté intentando atrapar algún recuerdo, una imagen huidiza de un momento donde se sentía a salvo. Entran unos pequeños rayos de sol por la persiana. Miro su espalda desnuda, las piernas recogidas, el pecho que parece un mar que intenta calmarse. Las motas de polvo parecen pequeñas luciérnagas, traspasan su cuerpo y se posan en el mío. No consigo ver su cara, ella sentada, replegada sobre sí, yo tumbado, lejos, muy lejos.

7.
Llego a la ciudad de los rascacielos y doy la vuelta. En el regreso veo el horizonte desde otro punto de vista. Estoy en ese punto donde me siento cansado y corro por inercia. Ya no hay capas, estoy desnudo. He creado el vacío, nada ni nadie puede alcanzarme. Sonrío, sé que sonrío. Suena el primer trueno y siento que retumba dentro de mí. Detrás de mí, las nubes compactas, sombrías, con un extraño tono azulado. Delante de mí, el cielo dividido, retazos de cielo azul entre las nubes. La primera gota de lluvia moja mi cara.

 

 


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