Viernes, 30 de marzo de 2012

Montedidio es la mirada de un niño de trece años que, en apenas unos meses, siente cómo cambia el mundo que le rodea, una mirada inquieta, tierna, escrutadora, aventurera y siempre sorprendida, una mirada que descubre el amor y la pérdida, la magia dentro de la realidad y las azoteas de Nápoles, los diferentes dialectos y las tierras al otro lado del mar, el primer trabajo y el primer amor, ese punto donde dejamos atrás la infancia y descubrimos los recovecos de la vida y el dolor y la alegría ante lo nuevo que significa entrar en el mundo adulto.

Erri De Luca construye una historia entrañable y cercana, poética y realista, una historia que imagino con el blanco y negro de Umberto D o Milagro en Milán de Vittorio De Sica, mezcla realidad y magia y las hace casar de forma sencilla, sin estridencias, crees que todo es posible, que una joroba contenga las alas de un ángel o que un bumerán marque el camino de un vuelo imposible. Montedidio es como un faro, la luz que te ilumina y la estela que deja tras desaparecer, la sensación de algo que te marca el camino, una pequeña hoguera dentro de las entrañas, la ternura y la tristeza.

El protagonista vive en un barrio humilde de Nápoles, un lugar donde apenas hay sitio para pisar, tiene un bumerán, regalo de su padre, un objeto que le habla de sueños y otras tierras, de su forma de sonrisa triste o alegre y que le lleva cada noche a la azotea para practicar con él, el bumerán siempre en sus manos, sin emprender vuelo, una imagen de los sueños por conquistar. Trabaja como aprendiz de un carpintero, conoce a un viejo zapatero con joroba que viene de otra tierra y otra lengua, ambos le hablan con las palabras justas de diferentes tiempos y sentimientos, está en el umbral de los sueños y la madurez, escribe en un rollo de papel sus reflexiones, sus descubrimientos, habla de las azoteas y los tendederos de ropa, del dialecto napolitano y del mar, del primer beso y las primeras caricias, de un volcán y del edificio humilde donde vive. El mundo se abre a él con otro significado y él lo mira para aprenderlo. 

Montedidio está formado por capítulos cortos, bosquejos de lo que ve y siente el protagonista, cada uno de ellos una pequeña pieza de su mirada, su curiosidad y su aprendizaje vital. Leía sorprendido la voz de Erri De Luca, esa forma tan cálida y entrañable de escribir, tan apegada a la realidad y, a la vez, con resquicios a la magia y los sueños, me preguntaba cómo podía escribir de esa forma sin caer en lo cursi y almibarado, su voz transmite realidad, verdad, bullicio, tiene el tono de los primeros recuerdos. Montedidio es una lectura entrañable, una historia susurrada en blanco y negro, un puñado de personajes inolvidables y las palabras de Erri De Luca.



Los niños no entienden la edad, para ellos cuarenta años u ochenta son el mismo problema. A María le he oído una vez en las escaleras preguntarle a su abuela si era vieja. La abuela le respondió que no, María le preguntó si su abuelo era viejo, y le respondió también que no. Entonces María preguntó: “Pero ¿los viejos no existen?”, y se llevó una bofetada. Yo entiendo los años de las personas, pero no los de don Rafaniello. En la cara tiene cien años; en las manos, cuarenta; en el pelo, rojo y largo, veinte. En las palabras no lo sé, habla poco, con voz muy fina. Canta en un idioma extranjero, cuando barro su rincón me sonríe y se mueven las arrugas y las pecas, parece el mar cuando caen gotas de lluvia.

( ... )

El bumerán está en la mesa de la cocina, lo tengo siempre a mi lado, lo llevo conmigo a todas partes, en el trabajo lo guardo bajo el mono. Abajo se hacen cosas nuevas, Rafaniello, Maria, la fuerza que me impulsa a los lavaderos. El bumerán procede del mar, tiene que volar, mientras hace crecer los músculos de un chaval que aún apesta a tinta de colegio, trabaja desde junio para un carpintero y escribe sobre su nueva vida con un lápiz en un rollo que le regaló el tipógrafo de Montedidio, un resto de bobina. Y el rollo gira y ya veo escritas cosas pasadas, que en seguida se enrolla.

( ... )

Hablo con Rafaniello, hoy tenemos tiempo, no siente nostalgia de su país, pregunto. Su país ya no existe, no han quedado ni los vivos ni los muertos, a todos los hicieron desaparecer. "Lo que siento no es nostalgia, sino presencia. En los pensamientos, o cuando canto, cuando reparo un zapato, siento la presencia de mi país. Viene a verme a menudo, ahora que ya no tiene un lugar propio. Y en los gritos del aguador que sube con la carreta hasta Montedidio para vender agua sulfurosa en tinajas, también me llegan algunas sílabas de mi país." Se queda callado un rato, con los clavitos en la boca y la cabeza inclinada sobre una suela. Ve que sigo a su lado y continúa: "Sentir nostalgia no es echar de menos. Es tener una presencia, una visita, llegan personas, pueblos de lejos, y te hacen un poco de compañía." Entonces, Don Rafaniè, cuando eche de menos algo, ¿debo pensar que es una presencia? "Sí, de ese modo cada vez que eches de menos darás la bienvenida. acogerás." ¿O sea, que cuando usted se haya ido volando, no tengo por qué echarlo de menos? "Así es", dice, "porque cuando pienses en mí yo estaré presente." Escribo en el rollo esas palabras de Rafaniello que invierten el sentido de la nostalgia y la mejora. Rafaniello hace con los pensamientos lo mismo que con los zapatos, les da la vuelta en su banco y los repara.
Erri De Luca
Montedidio (traducción de César Palma Hunt. Seix Barral)


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Publicado por elchicoanalogo @ 2:02  | Libros...
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