S?bado, 31 de marzo de 2012

Tiempo atrás  
le pregunté a un viajero  
si lo mejor de huir era el reencuentro.  

Fueron claras sus palabras y el silencio
que aunque pude nunca quise recordar.

Hoy es tiempo de derrotas,
de asideros,
hoy recuerdo las palabras de aquel viejo.

Volver no es regresar,
dijo el viajero.

Volver no significa regresar.
Anay Sala Suberviola
Volver (en Ý (turno de réplica). Edición Torremozas)

 

http://www.goear.com/listen/4aa8909/volver-anay-sala-suberviola-en-voz-elena-sagredo-elena-sagredo-anay-sala-suberviola

 


Tags: Anay sala Suberviola, Ý (Turno de réplica), Edición Torremozas, Volver, Elena Sagredo

Publicado por elchicoanalogo @ 7:02  | Poes?a
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Viernes, 30 de marzo de 2012

Montedidio es la mirada de un niño de trece años que, en apenas unos meses, siente cómo cambia el mundo que le rodea, una mirada inquieta, tierna, escrutadora, aventurera y siempre sorprendida, una mirada que descubre el amor y la pérdida, la magia dentro de la realidad y las azoteas de Nápoles, los diferentes dialectos y las tierras al otro lado del mar, el primer trabajo y el primer amor, ese punto donde dejamos atrás la infancia y descubrimos los recovecos de la vida y el dolor y la alegría ante lo nuevo que significa entrar en el mundo adulto.

Erri De Luca construye una historia entrañable y cercana, poética y realista, una historia que imagino con el blanco y negro de Umberto D o Milagro en Milán de Vittorio De Sica, mezcla realidad y magia y las hace casar de forma sencilla, sin estridencias, crees que todo es posible, que una joroba contenga las alas de un ángel o que un bumerán marque el camino de un vuelo imposible. Montedidio es como un faro, la luz que te ilumina y la estela que deja tras desaparecer, la sensación de algo que te marca el camino, una pequeña hoguera dentro de las entrañas, la ternura y la tristeza.

El protagonista vive en un barrio humilde de Nápoles, un lugar donde apenas hay sitio para pisar, tiene un bumerán, regalo de su padre, un objeto que le habla de sueños y otras tierras, de su forma de sonrisa triste o alegre y que le lleva cada noche a la azotea para practicar con él, el bumerán siempre en sus manos, sin emprender vuelo, una imagen de los sueños por conquistar. Trabaja como aprendiz de un carpintero, conoce a un viejo zapatero con joroba que viene de otra tierra y otra lengua, ambos le hablan con las palabras justas de diferentes tiempos y sentimientos, está en el umbral de los sueños y la madurez, escribe en un rollo de papel sus reflexiones, sus descubrimientos, habla de las azoteas y los tendederos de ropa, del dialecto napolitano y del mar, del primer beso y las primeras caricias, de un volcán y del edificio humilde donde vive. El mundo se abre a él con otro significado y él lo mira para aprenderlo. 

Montedidio está formado por capítulos cortos, bosquejos de lo que ve y siente el protagonista, cada uno de ellos una pequeña pieza de su mirada, su curiosidad y su aprendizaje vital. Leía sorprendido la voz de Erri De Luca, esa forma tan cálida y entrañable de escribir, tan apegada a la realidad y, a la vez, con resquicios a la magia y los sueños, me preguntaba cómo podía escribir de esa forma sin caer en lo cursi y almibarado, su voz transmite realidad, verdad, bullicio, tiene el tono de los primeros recuerdos. Montedidio es una lectura entrañable, una historia susurrada en blanco y negro, un puñado de personajes inolvidables y las palabras de Erri De Luca.



Los niños no entienden la edad, para ellos cuarenta años u ochenta son el mismo problema. A María le he oído una vez en las escaleras preguntarle a su abuela si era vieja. La abuela le respondió que no, María le preguntó si su abuelo era viejo, y le respondió también que no. Entonces María preguntó: “Pero ¿los viejos no existen?”, y se llevó una bofetada. Yo entiendo los años de las personas, pero no los de don Rafaniello. En la cara tiene cien años; en las manos, cuarenta; en el pelo, rojo y largo, veinte. En las palabras no lo sé, habla poco, con voz muy fina. Canta en un idioma extranjero, cuando barro su rincón me sonríe y se mueven las arrugas y las pecas, parece el mar cuando caen gotas de lluvia.

( ... )

El bumerán está en la mesa de la cocina, lo tengo siempre a mi lado, lo llevo conmigo a todas partes, en el trabajo lo guardo bajo el mono. Abajo se hacen cosas nuevas, Rafaniello, Maria, la fuerza que me impulsa a los lavaderos. El bumerán procede del mar, tiene que volar, mientras hace crecer los músculos de un chaval que aún apesta a tinta de colegio, trabaja desde junio para un carpintero y escribe sobre su nueva vida con un lápiz en un rollo que le regaló el tipógrafo de Montedidio, un resto de bobina. Y el rollo gira y ya veo escritas cosas pasadas, que en seguida se enrolla.

( ... )

Hablo con Rafaniello, hoy tenemos tiempo, no siente nostalgia de su país, pregunto. Su país ya no existe, no han quedado ni los vivos ni los muertos, a todos los hicieron desaparecer. "Lo que siento no es nostalgia, sino presencia. En los pensamientos, o cuando canto, cuando reparo un zapato, siento la presencia de mi país. Viene a verme a menudo, ahora que ya no tiene un lugar propio. Y en los gritos del aguador que sube con la carreta hasta Montedidio para vender agua sulfurosa en tinajas, también me llegan algunas sílabas de mi país." Se queda callado un rato, con los clavitos en la boca y la cabeza inclinada sobre una suela. Ve que sigo a su lado y continúa: "Sentir nostalgia no es echar de menos. Es tener una presencia, una visita, llegan personas, pueblos de lejos, y te hacen un poco de compañía." Entonces, Don Rafaniè, cuando eche de menos algo, ¿debo pensar que es una presencia? "Sí, de ese modo cada vez que eches de menos darás la bienvenida. acogerás." ¿O sea, que cuando usted se haya ido volando, no tengo por qué echarlo de menos? "Así es", dice, "porque cuando pienses en mí yo estaré presente." Escribo en el rollo esas palabras de Rafaniello que invierten el sentido de la nostalgia y la mejora. Rafaniello hace con los pensamientos lo mismo que con los zapatos, les da la vuelta en su banco y los repara.
Erri De Luca
Montedidio (traducción de César Palma Hunt. Seix Barral)


Tags: Montedidio, Erri De Luca, César Palma Hunt, Seix Barral

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Mi?rcoles, 28 de marzo de 2012

1.
Apoyo las manos contra la pared, el peso de mi cuerpo recae sobre ellas, mi mirada fijada en el suelo de la habitación y la sensación de repetir la postura con la que Sísifo cargaba su roca por la eternidad. Estiro los músculos de las piernas, respiro tranquilo, siento leves sacudidas de electricidad, como si mi piel se abriera en pequeños surcos. La carga de mi peso en las palmas de mis manos, la respiración pausada, la mirada perdida, estoy creando un vacío. Salgo a la calle con una sudadera vieja, pantalón corto y las zapatillas de deporte. Delante de mí, las nubes compactas, sombrías, con un extraño tono azulado. Detrás de mí, el cielo dividido, retazos de cielo azul entre las nubes. Corro hacia la tormenta.

2. Horizonte de sucesos. Bgc
No ves a las personas, las piensas. Idealizas su forma de ser, crees que se rigen por los mismos códigos que te definen, lealtad, belleza, un mundo en orden, pero acabas descubriendo que hay quien se mete en tu vida sin prever los sentimientos que puedan generar en ti, desarman tu mirada y echan mierda sobre ti. Entonces, hay dos líneas que nunca llegan a cruzarse, una, la imagen que has creado dentro de ti de la otra persona, otra, la realidad. Cuando se hace patente la fractura me llamas para desahogarte, la voz quebradiza, una montaña rusa de emociones, soy capaz de adivinar por tu voz los gestos de tu cara y tu mirada. Intento contenerte y compartir tu carga, a veces te digo que es mejor el dolor de la bondad que convertirse en alguien amargado o cínico. No siempre estoy convencido de mis palabras. Porque yo también pienso a las personas. Conozco ese dolor.

3.
Mis músculos despiertan en los primeros metros de la carrera. La sudadera baila sobre mi cuerpo, a cada paso el frío alrededor, los charcos en el camino, las manos cerradas. Dejo atrás el ruido de los coches y las conversaciones, las correas extendidas de los perros y los coches de bebé. Las piernas entran en calor, las manos aún tardarán un par de kilómetros en hacerlo. El vacío empieza a crecer. Sólo queda el sonido de mi respiración y mis pisadas, se complementan, un ritmo tranquilo, casi musical. Clac, clac, clac. Siento mi cuerpo, soy consciente de él, de sus músculos y articulaciones, siento el aire entrar y salir de mi pecho, siento que me quito capas de encima, una tras otra. Siento crecer el vacío. Siento. Quedan retazos de pensamientos y recuerdos, una música de fondo. Miro a las nubes de tormenta. Me pregunto cuándo sentiré la primera gota, la que abre el camino a las otras.

4.
Mi reflejo en el escaparate de una librería de tipos infames. Dentro de mi pecho se confundían el reflejo de la calle anochecida, los libros y mi propio cuerpo, como si el mundo entero confluyera en mi corazón. Durante una veintena de segundos recuerdo que son el tiempo y el espacio quienes convergen tras la puerta de la librería. Entonces, una pequeña roca en mi espalda que se irá agrandando con el paso de los segundos. Miro los libros sin distinguir sus títulos o portadas. Soy consciente de mis latidos, bum bum bum, y a cada latido se difuminan la calle anochecida, los libros y mi propio cuerpo. Doy un paso, abro la puerta de la librería, entro y el espacio/tiempo se desvanece, lo pierdo.

5.
Sigo el camino rojo. Como Dorothy con su camino de baldosas amarillas. Ella busca a un mago para volver a casa, yo el vacío. Me quedan pocas capas encima para quedar desnudo. Conozco cada recta, cada quiebro, las subidas donde debo acelerar el ritmo y las bajadas donde puedo descansar y recobrar las fuerzas. Es sencillo, podría hacerlo con los ojos cerrados. Mis pisadas suenan a agua. Cuando era niño cazaba charcos, el agua subía a cámara lenta a mi alrededor y reía despreocupado. Miro el reflejo de las nubes en los charcos, cuando piso los charcos, cuando los cazo, las nubes se convierten en ondas. Paso por el kilómetro once. Los rascacielos aparecen en la distancia, entre los montes. Siento que necesito cansarme, llevar mi cuerpo al límite, y acelero el ritmo. El temblor sube de la planta de mis pies hasta mi cabeza.

6.
Está en silencio. Mira hacia la ventana. Como si soñara que podía salir por ella y volar lejos de la habitación. Sólo existen su silencio, su cuerpo desnudo. El calor de su piel aún no se ha desprendido de mí. Pienso que tal vez esté intentando atrapar algún recuerdo, una imagen huidiza de un momento donde se sentía a salvo. Entran unos pequeños rayos de sol por la persiana. Miro su espalda desnuda, las piernas recogidas, el pecho que parece un mar que intenta calmarse. Las motas de polvo parecen pequeñas luciérnagas, traspasan su cuerpo y se posan en el mío. No consigo ver su cara, ella sentada, replegada sobre sí, yo tumbado, lejos, muy lejos.

7.
Llego a la ciudad de los rascacielos y doy la vuelta. En el regreso veo el horizonte desde otro punto de vista. Estoy en ese punto donde me siento cansado y corro por inercia. Ya no hay capas, estoy desnudo. He creado el vacío, nada ni nadie puede alcanzarme. Sonrío, sé que sonrío. Suena el primer trueno y siento que retumba dentro de mí. Detrás de mí, las nubes compactas, sombrías, con un extraño tono azulado. Delante de mí, el cielo dividido, retazos de cielo azul entre las nubes. La primera gota de lluvia moja mi cara.

 

 


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Martes, 27 de marzo de 2012

Hay artistas que asumen riesgos y se salen del camino marcado, que buscan otras formas de acercar sus creaciones al público para tener la libertad de hacer aquello que aman. Mayte Martín ha decidido grabar su nuevo disco sin contar con las casas discográficas, quiere hacer aquello que le gusta sin más presión que la que ella se imponga. Puede parecer un salto mortal, pero, ante todo, es un gesto de integridad, compromiso y pureza. En su página web explica cómo colaborar en este sueño:

http://www.mayte-martin.com/

Y en una entrevista publicada en el Diario Sur asegura: Toda mi vida he hecho lo que me ha pedido el corazón y jamás me he arrepentido. ( ... ) Jamás me he movido en términos de rentabilidad. No soy ni seré un producto. No me muevo en los parámetros que interesan a la industria porque no soy manipulable ni me ciño a las modas. Me muevo por impulsos y sigo los dictados de mis vísceras, que me señalan qué hacer en cada momento. Ni negocio mi libertad ni me presto a ese circo en que se ha convertido el arte, algo que debería ser sagrado. 

http://www.diariosur.es/rc/20120326/cultura/mayte-martin-vuela-201203262058.html

Mayte tiene una voz portentosa, no sólo canta flamenco o boleros clásicos, también los hace suyos, los reinterpreta para hacer algo nuevo y emocionante. Su voz en Algo contigo me deja del revés...



Algo Contigo (Mayte Martín)




Hace falta que te diga
que me muero por tener algo contigo
Es que no te has dado cuenta
de lo mucho que me cuesta ser tu amigo

Ya no puedo acercarme a tu boca
sin deseártela de una manera loca.
Necesito controlar tu vida
saber quién te besa,
quién te abriga

Hace falta que te diga
que me muero por tener algo contigo
Es que no te has dado cuenta
de lo mucho que me cuesta ser tu amigo

Ya me quedan muy pocos caminos
y aunque pueda parecerte un desatino
no quisiera yo morirme sin tener algo contigo

Ya no puedo continuar espiando
tus llegadas día y noche adivinando,
ya no sé con qué inocente excusa
pasar por tu casa

Ya me quedan muy pocos caminos
y aunque pueda parecerte un desatino
no quisiera yo morirme sin tener algo contigo...

algo contigo...

algo contigo...


Tags: Algo contigo, Mayte Martín

Publicado por elchicoanalogo @ 20:10  | Canciones
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Lunes, 26 de marzo de 2012

Anay aparece con su correo donde nos deja una cita, un poema y una canción. Pienso en las palabras de Machado (y en las películas de Bergman), anoto el nombre de María Sanz junto a Sin heroísmos, por favor, para la próxima tarde de librerías porque hay algo que me desestabiliza en su poema (ya no tengo regreso...), escucho la canción de U2. Es lunes y es diferente porque hay otras palabras, otra voz.


Los lunes de Anay. Esloras...

A Ventura Camacho.

"El autor de mis días... He aquí una metáfora de segundo grado, realmente ingeniosa y de un barroquismo encantador. Meditad sobre ella"
                                                               
JUAN DE MAIRENA, Antonio Machado


EN LA MORADA DE LA LUZ ESCRIBO...

En la morada de la luz escribo
con una transparencia contenida
que me hace hueco, que me desenvuelve
de tanta noche cruel y su amenaza.
Voy de camino, siempre voy, a solas
por las estancias donde iba antes
de saber que ya no tengo regreso.
En la morada de la luz, del cálido
perfume que conforta mis poemas
escribo hacia delante, como vivo.

                                           MARÍA SANZ




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 9:01  | Los lunes de Anay
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Viernes, 23 de marzo de 2012

A veces dedico un par de horas a buscar autores desconocidos entre las estanterías de una librería, una manera de encontrar una lectura sin prejuicios ni expectativas y de adentrarme en una nueva voz. El chico del periódico me atrajo por el inicio y los párrafos leídos al azar, había una voz que parecía íntima y directa, que me hablaba de recuerdos y aprendizajes. Sin saberlo, había elegido la lectura de este año (por ahora).

El chico del periódico es Jack, un hombre que echa la vista atrás para hablar de la época en la que su hermano mayor fue un famoso periodista, una época donde aprendió el dolor de madurar, los claroscuros que hay en la vida, que nada es lo que parece a primera vista. Jack habla de forma pausada de sus recuerdos, de su padre y hermano, toma la distancia justa para desnudar y comprender su pasado y las acciones de las personas que le rodeaban. Eso fue lo primero que me gustó de la escritura de Dexter, las frases precisas, las palabras justas y certeras, sin imágenes rebuscadas o extrañas, para narrar una historia iniciática, el paso a la madurez de un chaval que aún no sabía de las dobleces de la vida y las personas y lo duro que es intentar ser alguien honesto.

El inicio de la novela es extraordinario, un par de párrafos donde Jack habla del silencio de su padre con respecto a su hermano mayor, cómo en ese silencio, en esa omisión de los momentos dolorosos busca la perfección de sus recuerdos, borrar la tormenta del pasado para adecuarla a la tranquilidad del presente y dejar de lado las heridas.

La voz de Jack es tranquila, triste, íntima, se acerca al pasado desde un presente donde lo comprende todo y siente que todo encaja, desenrolla la madeja de aquellos días donde trabajó junto a su hermano Ward en un reportaje donde les cambió la vida, Ward se convertiría, a su pesar, en un periodista famoso, Jack descubriría a personas y gestos que le harán crecer, madurar. Dexter consigue transmitir esa sensación de estar ante algo nuevo, de sentirse perdido, de no acabar de comprender las acciones y los sentimientos que habitan en las personas. Jack ha dejado atrás la adolescencia y ayuda a su hermano Ward y su compañero Acheman en un reportaje para esclarecer el asesinato de un sheriff e intentar salvar a un hombre que creen inocente. En El chico del periódico está la historia iniciática, está el pasado y sus sombras, está la diferente manera de ver el periodismo, la integridad de Ward, el todo vale de Acheman (que la verdad no te estropee un buen titular), está una pequeña comunidad sacudida por la investigación, está una mujer que se enamora de presos que esperan su ejecución, están los primeros pasos en el amor, está ese amor que nunca acaba por cerrarse, que provoca miedos y dolor (físico, espiritual), está un padre y sus dos hijos que no saben cómo formar una familia.

Me sorprendió desde un inicio la fuerza de la escritura de Pete Dexter. El chico del periódico será una de las grandes lecturas de este año.



Mi hermano Ward fue famoso una vez.
Nadie menciona eso ahora, y supongo que a ninguno le interesa sacarlo a relucir..., y menos que a ninguno a mi padre, a pesar de que en otros asuntos lo que más le encanta son las cosas que ya no puede tocar ni ver: cosas limpias de ambigüedad e imperfecciones por los años que las ha conservado en su memoria, rehaciéndolas una y otra vez en cada ocasión que las evoca al contar sus historias, hasta que finalmente estas historias, y los hechos que las componen, son tan perfectas y precisas como el filo de la navaja que guarda en el bolsillo.
En sus historias las percas son todas más grandes que las que uno haya visto jamás, y cuando saltan al agua, siempre centellean con el sol que se refleja en sus escamas.
Y siempre las deja escapar.
Con todo y con eso, no tiene historias que contar acerca de mi hermano. Cuando alguien menciona su nombre, se produce un cambio en él -un cambio perceptible, que pasa inadvertido a quien no lo conozca- y mi padre, sin mover un músculo de su rostro, se ausenta; y yo diría que va a refugiarse en el coto donde conserva sus historias.
Tal vez tengamos todos nuestros propios cotos.
Luego, pasada una hora, te das cuenta de que no había dicho ni una palabra
Pete Dexter
El chico del periódico (traducción de Javier Calzada. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 8:50  | Libros...
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Mi?rcoles, 21 de marzo de 2012

Hubo algo diferente en la lectura de El intendente Sansho, se cruzaban las palabras precisas de Ogai Mori con las imágenes en blanco y negro de la película de Kenji Mizoguchi. La primera vez que vi El intendente Sansho me emocionó la forma tan sutil y pausada de narrar de Mizoguchi, aún hoy recuerdo un puñado de escenas (las ondas sobre la superficie de un río, una vieja solitaria, un hombre despótico y tirano). Sin ningún grado de separación, a cada página el recuerdo de la correspondiente escena.

Me conmueve la escritura de Ogai Mori, alcanza una precisión sorprendente. En El intendente Sansho habla de un amor absoluto, de la capacidad de sacrificio y la valentía de las mujeres. La palabra precisa, la extensión adecuada. El cuento se inicia con el viaje de una familia en busca del padre. Cruzan una región peligrosa y extraña, hay tensión y un tono de fatalidad que hace que la lectura encoja el estómago. Esa tensión alcanza su máximo en  una escena dolorosa, la separación de la madre y los hijos, raptados para ser vendidos como esclavos. Dos barcas que se separan, los gritos de madre e hijos, un intento de suicidio como manera de escapar al destino. Los niños trabajarán como esclavos para el intendente Sansho, buscarán la forma de escapar y buscar a la madre. Es ahí donde se cruzan de forma nítida las imágenes de Mizoguchi, en el sacrificio de la hermana, en los años donde el hermano vive solo, en un encuentro años después con una mujer ciega. Cada párrafo, cada página de El intendente Sansho, era revisitar la película de Mizoguchi, tiempo y espacio divididos (el adolescente que fui, el hombre que soy, los diferentes puntos de mi vida). Palabras en blanco y negro.

La tensión que se adivinaba en El intendente Sansho reaparece en El barco del río Takase. La lectura de Mori se convirtió en una sucesión de imágenes en blanco y negro, de sombras y claroscuros, como las novelas de Hammett y Chandler. Un barco traslada a los delincuentes de la prisión a una isla donde serán desterrados En ese último viaje, los delincuentes hablan y se despiden de los familiares, sacan todo lo que llevan dentro antes de iniciar su destierro (la imagen del barco surcando las aguas, la tranquilidad del mundo alrededor y la quiebra en la voz de los personajes). El cuento se detiene en un asesino que viaja solo en el barco, con una extraña expresión de tranquilidad, algo que asombra a su guardián. Mori habla sobre el sentido de la justicia, cómo calibrar los actos del ser humano.

El sacrificio de una niña vuelve a ser protagonista de Las últimas palabras. Una hija intenta ocupar el lugar de su padre en una ejecución. El cuento tiene imágenes asombrosas, el cartel con la orden de ejecución, tres niños que inician la búsqueda de la casa del magistrado, el encuentro donde le dan la carta pidiendo morir en lugar del padre. Las últimas palabras es un relato corto, intenso, de una emoción inusitada.

Sakazuki habla del otro, del extranjero, lo hace de una forma sencilla, la excursión de un puñado de niñas, cómo paran a beber y refrescarse en una fuente, la sorpresa por la aparición de una niña occidental (la imagen de sus cabellos rubios y sus labios levemente rojos).

El inicio de La señora Yasui es extraordinario, Mori se centra en Chuhei, un hombre tuerto, feo, un estudioso al que intentan encontrar esposa, sus primeros años donde debe soportar las habladurías de sus vecinos, sus años de estudio, la búsqueda de una esposa.

El último cuento de la colección, La historia de Iori y Run, es extraño y atractivo, un matrimonio que se reúne tras más de treinta años de separación, la sensación de paz que transmiten a pesar del destierro de él y los años de separación. En cada cuento Mori combina tensión y pausa, precisión y lirismo, sacrificio y valentía. El intendente Sansho ha sido una hermosa lectura, se han cruzado los recuerdos de una vieja y querida película con nuevas palabras e imágenes.

Ogai Mori
El intendente Sansho (traducción de Elena Gallego. Contraseña editorial)



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Publicado por elchicoanalogo @ 9:27  | Libros...
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Lunes, 19 de marzo de 2012

Cada persona que llega a mi vida me descubre una emoción, una historia, nuevas palabras y otros puntos de vista, deja una pequeña estela dentro de mí, me lleva a lugares inexplorados y me ayuda a crecer, a sentir el dolor de la lucidez del que hablaban los personajes de una película de Aristarain  Me siento habitado por otras presencias y otras vidas y me da vértigo pensar en todo lo que dos personas tienen que vivir hasta cruzarse y coincidir.

Hace un mes Elena me habló de una escritora que desconocía, me dejó el enlace a algunos de sus poemas y, ahí, en la primera lectura, me enganchó la voz queda de Anay Sala Suberviola, sus palabras de ausencias, (des)amores, vacíos. lucha. Cuando me descubren una nueva voz siento que estoy en el umbral de un nuevo mundo, que hay otra mirada y otras palabras posibles, cómo la literatura se acerca al infinito.

Aquellas palabras de Elena trajeron las de Anay. Cada lunes recibo un correo colectivo donde deja una cita, un poema y una canción. Los correos de Anay han transformado los lunes, ya no son esos días aletargados, ahora hay algo diferente, algo nuevo y, es extraño, otra emoción. Hay personas así, son capaces de, con un pequeño gesto, transformar miradas y días.

No sé cuánto cuánto tiempo recibiré estos correos, también me habitan ausencias y pérdidas y sé de la fragilidad de todo esto, pero, mientras tanto, disfruto de unos lunes que tienen otra luz y otras voces.

“Voy a hacer / de esta quiebra el horizonte.”



Los lunes de Anay...


"Han repartido las fichas,
piensa cómo moverlas
para que tu juego sea digno."

                             Catalina González Restrepo


Líneas de fuga

Voy a hacer del silencio una contrata
que reclame promesas
en mi nombre.

Voy a hacer del cinismo una hojarasca.
Voy a hacer un hangar con ilusiones.

Voy a hacer del invierno,
la esperanza.

Voy a hacer del futuro un Gran Pronombre.

Voy a hacer
de esta quiebra el horizonte.

La palma de mi mano
dice así.

                                              Anay Sala



Tags: Anay sala Suberviola, Catalina González, Coldplay

Publicado por elchicoanalogo @ 9:14  | Los lunes de Anay
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Viernes, 16 de marzo de 2012

Fue por la foto de portada. A pesar de ser una imagen detenida, siento la velocidad y el movimiento en la fotografía, un hombre blanco en silla de ruedas y, detrás de él, un hombre negro que hace de guía. Ambos sonríen de forma abierta, liberadora, divertida. Me pregunté por el motivo de esa risa, la relación entre ambos hombres, el sentido del título, Intocable. Mi curiosidad por una u otra historia aparece de diferente manera.

Hace unas semanas leí Johnny cogió su fusil, el aislamiento, la soledad y el encierro llevados al extremo de un muchacho convertido en un pedazo de carne. Aquella era una historia desgarradora, dolorosa, difícil de leer. Intocable tiene páginas así, desgarradoras, que te hacen colocarte en la mirada del otro, estar ante el mundo como nunca antes lo habías pensado. Philippe Pozzo Di Borgo quedó tetrapléjico en un accidente de parapente, de cuello a los pies la ausencia de sentidos, pero tiene la cabeza lúcida, puede comunicarse, no tiene que luchar con el encierro absoluto. Y se agarra a esa posibilidad. La mente, la mirada y el olfato como punto de unión con su pasado, como cruce de emociones, recuerdos y voluptuosidades, como forma de captar aromas y sentir.

Philippe Pozzo Di Borgo habla a un magnetófono, la necesidad de comunicarse con el otro, de mostrar aquello que se le pasa por la cabeza, de atestiguar cuánto ha cambiado su vida y las emociones que le recorren. A lo largo de los dos libros que forman Intocable, deambula por su pasado, algo que parece lejano, ajeno, que se borra poco a poco dejándole un vacío extraño, por el momento de su accidente (las dudas, las preguntas que empiezan por y si...), por el estado febril de los primeros meses de su invalidez, por su amor bondadoso y absoluto por su mujer Béatrice, por Abdel, ese demonio de la guardia que le muestra otra mirada y otras vidas. Como dice en el prólogo, “una autobiografía está constelada de olvidos y mentiras, deliberadas o por omisión”.

En El nuevo aliento hay una hermosa declaración de amor. Más allá del accidente, Philippe Pozzo Di Borgo se centra en el amor a su mujer, en los primeros años donde buscan su lugar en el mundo, donde pasan las noches desnudos, donde se afianzan en la vida hasta que aparecen el cáncer de ella, el accidente de él. Es ahí donde el libro me deja del revés, para Philippe Pozzo Di Borgo el calor de una piel es un recuerdo. “Lamento las sensaciones que me mostraban mis límites. Este cuerpo, de fronteras inciertas, ya no me pertenece. En adelante, la mano que me acaricia ya no me toca. Pero esas imágenes me siguen emocionando, en la quemadura omnipresente”. Pozzo Di Borgo escribe sin dramatismos, expone su historia y muestra sus dudas, miedos, anhelos y recuerdos de forma diáfana, cruza la luz con las sombras, habla sobre los excluidos, los intocables, los invisibles, los que se salen de la norma, intenta recomponer y ubicarse de nuevo en la vida, ver aquello que se nos escapa.

El segundo libro de Intocable, El demonio de la guarda, se centra en su amistad con Abdel, un aristócrata y un emigrante, ambos el extremo de una línea que descubren en el otro una fuerza y un apoyo para seguir adelante. El demonio de la guarda es una hermosa y divertida historia de amistad, una forma de romper muros y prejuicios, hay picaresca y ternura, hay dos amigos que se encuentran en la frontera de la sociedad y construyen una propia.

Philippe Pozzo Di Borgo
Intocable (traducción de Jaime Zulaika. Anagrama)


Tags: Philippe Pozzo Di Borgo, Intocable, Jaime Zulaika, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 7:21  | Libros...
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Jueves, 15 de marzo de 2012

Estás alicaído, estás dudando,
no te alcanzan las pruebas ni las preces,
cada Dónde te ofusca, y cada Cuándo.

Recorres el confort, las estrecheces
que quedaron atrás y es razonable
que reclames la vida que mereces,

las ventanas de paz, el techo estable.
Pero yo, te confieso, prefería
(cómo querés, hermano, que te hable?)

cuando tu vieja angustia estaba al día
con la angustia del mundo, cuando todos
éramos parte en tu melancolía.

Sé qué polvos trajeron estos lodos
pero saberlo no es la mejor suerte.
Inventaré quién sos. De todos modos,

inventarte es mi forma de creerte.
Mario Benedetti
Mejor te invento (en A ras de sueño)


 


Tags: Mejor te invento, Mario Benedetti, A ras de sueño

Publicado por elchicoanalogo @ 8:07  | Mario Benedetti
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Martes, 13 de marzo de 2012

A veces ocurre que cierro un libro y siento que necesito más. Entonces, salgo a una librería para adentrarme de nuevo en la mirada de un escritor, descubrir si ocurrirá de nuevo esa comunión, esa sensación de sentirse habitado por otras palabras. Me pasó con Carver y Kawakami. Y, ahora, con Isabel Bono. Pan comido fue una lectura inquieta, un poemario donde se cruzaban imágenes de ausencias, gatos y vacíos. Quería más. Y encargué Algo de invierno.

Me sorprendió la desnudez de este Algo de invierno, sus poemas cortos, despejados y directos. La primera lectura fue para habituarme a los nuevos poemas y encontrar el ritmo adecuado de lectura. En la segunda, me dejé llevar por los deseos, ausencias, incendios y (des)amores que lo habitan, por la sensación de tristeza, de algo inconcluso, por las palabras que, como dice una amiga, a veces acuchillaban. Aunque siento que sólo me muevo por la superficie, hay algo en los poemas de Isabel Bono que me descoloca, la nitidez de sus imágenes, las palabras que hablan de lo que pudo ser, de tiempos divididos, de cicatrices y piel.

Sigo con ganas de más.



Los días que me quedan

las veces sin final feliz
siguen boca arriba como una tortuga

ya no me dan tanto miedo

puestos a elegir, prefiero
las veces que te he esperado
y la vez que me dijiste que no

puestos a elegir, prefiero
liebres que pierdan todas las carreras
a este tropel de tortugas carnívoras
que me come por dentro

-------

deseo decir no
como dicen las cigarras al invierno

deseo no hacerme preguntas
ni qué identidad me aprieta
ni a cuál desaloja

no deseo la verdad
sino una tregua

-------

deseo tener pájaros en la cabeza
tempestad y verano

lo no dicho

deseo dudas cicatrices tu boca
piedras y desierto

que entre raíces crezca la hierba

deseo otra piel arena sueños
abismo memoria vida

el comienzo sin final

-------

el gris del cielo
me ha recordado tus ojos

durante un segundo
he creído ver un rayo
y he pensado en ti
no en tus ojos

en ti
abriéndote paso
a través de la tormenta

-------

No necesito ser salvada
no dejaré que nadie me condene

-------

no he fracasado

no lucho
no olvido
no me detengo
Isabel Bono
Algo de invierno (Luces de Gálibo)


Tags: Algo de invierno, Isabel Bono, Luces de Gálibo

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Lunes, 12 de marzo de 2012

1. Horizonte de sucesos. A.F.C. II
Nos detuvimos en un semáforo en rojo. Hablábamos de aquellos que se fueron. Su estela marca nuestros reencuentros. La ciudad vacía, los faros del coche sobre el asfalto y nuestras palabras que se sucedían sin descanso. A veces tu voz se quebraba al hablar de tu madre. Entonces, me quedaba en silencio, la mirada perdida en unas calles desconocidas y la sensación de estar habitado por otras presencias. Recordaba cuando ella dejó un hámster en mis manos o me preguntaba por Argentina. Pensé que, dentro de mí, hay una pequeña constelación de huellas extranjeras, de gestos, músicas, recuerdos e historias que no nacen de mí, y que es precisamente esa mezcla de presencias lo que me hace distinto a otro.


2. Rayuela
Me pidió que no hiciera trampas, que fuera paciente y no abriera los ojos. La miré confundido antes de obedecer y cerrar los ojos. Tenía Rayuela en mis manos, pasaba el libro de una mano a otra, la única guía que me ataba a la realidad en esa inesperada negrura. Entonces, sentí sus labios entre los míos, al inicio de forma queda, como si estuviese ante el umbral de algo desconocido, el miedo, las dudas y la pasión. El mundo orbitaba alrededor de sus labios, fuera de ellos el vértigo del vacío.

A veces me leía fragmentos de Rayuela por teléfono. Me decía, te vas a enamorar de La maga. Escogía un capítulo donde apareciese La maga y me leía con voz queda, como su primer beso. Yo, en silencio y en la otra parte del mundo, me sentía habitado a cada palabra, se confundía su voz con la de Cortázar, un inusual juego de ilusionismo. Cerraba los ojos y volvía a aquel momento donde el mundo se definía por sus labios y el peso de Rayuela en mi mano.

Le gustaba leer en las tardes de tormenta. Se sentaba en el balcón y miraba los naranjos, las antenas en las azoteas, el cielo ennegrecido, la lluvia que caía oblicua sobre la vereda. Como si el mundo estuviese por desaparecer. Entonces, abría Rayuela y leía algunos capítulos. Me decía que avanzaba despacito, una docena de páginas por día. Una vez la vi reír bajo la lluvia. Estábamos sentados en los escalones cubiertos de su casa. Ella se levantó al empezar la lluvia y se quedó en mitad de la vereda. Daba vueltas feliz, despreocupada, parecía de nuevo una niña, la inocencia y la falta de responsabilidad y la sensación de que todo es posible, como si la lluvia limpiase el rastro de sus cicatrices. Yo sonreía, pensaba en las gotas que se colaban entre su ropa y su piel, un camino en el que me había perdido con mis manos y había delimitado con mis labios, un camino que sonaba a rumor de mar y al crepitar del viento. Me miró bajo la lluvia, alegre, y me preguntó ¿tienes miedo a morir, vasco?

Una tarde apoyé mi cabeza en sus rodillas mientras me leía Rayuela. Observaba el movimiento de su pecho, el dibujo de sus labios, el sonido de su voz. A veces paraba en alguna palabra que no entendía y me explicaba su significado, a veces bajaba su cabeza para besarme antes de reanudar la lectura. Entonces, sentía que las palabras de Cortázar pasaban de su boca a la mía, que se desplegaban dentro de mí. 

Nunca he leído Rayuela. Está en mi estantería con su letra en la primera página y una nota donde dice cuánto me quería (en aquel espacio, en aquel tiempo), tiene su voz y su acento, sus quiebros y su sonrisa inquieta, no consigo poner mi voz a las palabras de Cortázar. Será siempre una lectura inconclusa.


3. Estelas de vapor
Miro la estela de un avión. Es extraña. Es diferente. Entonces descubro que no es una, sino dos estelas, un avión que sigue a otro a distinta altura. Hace años el sonido de un avión y su estela en el cielo azul me daban una abrumadora sensación de soledad. La doble estela se desvanece poco a poco. Por un momento parecía parte del cielo, ocupaba un espacio y un tiempo, era algo real antes de desaparecer. Siento que soy una estela de vapor.


4. Desnudo
Para mí Dellwood Barker no sólo es el hombre que se enamoró de la luna, sino aquel que me descubrió que el ojo derecho sólo ve los que queremos ver, y el ojo izquierdo es el ojo del alma. Desde entonces, cuando tengo a alguien enfrente, trato de mirarle a su ojo izquierdo, a ver qué me desvela.
Tom Spanbauer (El hombre que se enamoró de la luna, traducción de Claudio López de Lamadrid)

 

 


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Uno: piensa en lo que necesitas,
en eso que te hace feliz, la pinceladita.

(Piénsalo sólo una vez
y luego ya no lo pienses más).

Dos: piensa el paisaje completo,
hasta donde te den los ojos.

(Piensa una pincelada junto a otra,
y un nombre y otro nombre
y tantos esfuerzos.)

Tres: regresa al pedazo de lienzo
que parezca depender de tu mano
y haz que en ese espacio suceda
todo lo que querías que el mundo fuera.
Patricia Fernández-Pacheco
Instrucciones


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Viernes, 09 de marzo de 2012

La señora Rosa es una vieja judía que vive en un sexto piso sin ascensor. Su peso, su salud y el no tener ascensor la separan del mundo, una barrera invisible y una forma de encierro. Teme sus recuerdos de Auschwitz y llegar a tener cáncer. Sonríe cuando le recuerdan que fue joven y bonita, aún es coqueta y se maquilla y usa pelucas pelirrojas para tapar su calvicie. La señora Rosa se encarga de cuidar y hospedar a los hijos de las prostitutas que viajan a provincias para hacer dinero. Está en el umbral de la senilidad y el colapso, parece un edificio en proceso de derrumbe, uno de esos edificios que fueron únicos, extraños y hermosos y que, con el paso del tiempo, sólo guardan pequeños rastros de esa belleza.

Momo es un niño musulmán hospedado en la casa de la señora Rosa, no sabe quiénes son sus padres ni su edad, otra barrera invisible, otra forma de encierro. Momo se abre al mundo desde ese sexto piso en el que convive con la señora Rosa y otros niños sin madre, mira alrededor, a los suburbios de París para descubrir el mundo que habita y las personas que le rodean. Ya en sus primeros años descubre las aristas del amor (el amor familiar, el amor romántico, la amistad). Posee una rara inteligencia y lucidez, busca un inicio, una forma de hacerse visible y estar en el mundo.

La vida ante sí es una entrañable e irónica historia de amistad, un libro que se cuela dentro y crece a cada página, que te hace sentir calidez suave, una carcajada inesperada, una sonrisa que se quiebra con un giro inesperado, una mirada sobre los seres invisibles y los lugares en sombra, sobre aquellos rincones y personas de las ciudades que pasan desapercibidos. Es una historia hermosa, aúna dolor y el placer por descubrir la vida, el miedo y una amistad inquebrantable, las decepciones y el seguir adelante a pesar de ellas, la ironía salvaje y la ternura. Momo y la señora Rosa se cuidan el uno al otro, son el único hogar y familia que tienen, un espacio y un tiempo compartidos, un secreto y un amor ilimitado.

Gary no sólo describe dos inolvidables personajes principales, los rodea de una galería de secundarios entrañables, seres desarraigados, emigrantes y prostitutas, cada uno con una pizca de sabiduría, humanidad y valentía, con una historia que cargan a sus espaldas, con una forma de ver el mundo distinta a la rutinaria, caminos que se desmarcan de lo establecido. La historia avanza de forma febril, poética, con la mirada cálida y escrutadora de Momo, sus palabras intentan desentrañar la maquinaria de la vida y lo hace con esa inocencia, lógica y estupefacción de la infancia. Cada página una pincelada de su lucidez y desparpajo, de su intento de entender el mundo de los adultos y su tolerancia hacia el otro, de sentirse dentro de un grupo y descubrir que la familia va más allá de la sangre.

Hay un momento extraordinario dentro de La vida ante sí. Momo sigue a una mujer, encarna la idea de un hogar, seguridad, otra familia. Entra en una sala a oscuras y ocurre un milagro, un truco de magia inverosímil: “Después tuvo que trabajar. Me explicó que aquello era una sala de doblaje. Los de la pantalla abrían la boca para hablar, pero eran los de la sala los que ponían la voz. Hacían lo mismo que los pájaros: les metían directamente la voz en el buche. Cuando la voz no entraba en el momento justo, había que volver a empezar. Y entonces venía lo bueno: todo iba hacia atrás. Los muertos volvían a la vida y ocupaban otra vez su puesto en la sociedad andando hacia atrás. Apretaban un botón y todo se alejaba. Los coches circulaban al revés, los perros retrocedían y las casas que habían sido derruidas volvían a levantarse de repente. Las balas salían del cuerpo y se metían en las metralletas y los asesinos se retiraban y salían de espaldas por la ventana. El agua subía otra vez al vaso. La sangre volvía a entrar en el cuerpo sin dejar rastro y la herida se cerraba. Uno que había escupido se tragaba el salivazo. Los caballos galopaban hacia atrás y uno que se caía de un séptimo piso volvía a entrar por la ventana. Era el mundo al revés, lo mejor que he visto en mi puñetera vida. Hubo un momento en que vi a la señora Rosa joven y fresca con sus piernas. La hice retroceder un poco más y se puso aún más guapa. Se me saltaban las lágrimas. Me quedé un buen rato porque no me esperaban en ningún sitio, y lo que me divertí. Lo mejor era cuando mataban a la mujer, que se quedaba muerta un momento para dar lástima y luego se levantaba del suelo, como si una mano invisible tirase de ella, retrocedía y volvía a la vida. El tío a quien ella llamaba “amor mío, pobre amor mío” tenía cara de cerdo, pero allá ellos. Los presentes vieron que aquello me gustaba y me explicaron que se podía ir para atrás desde el final hasta el principio, y uno con barba me dijo guaseándose: “Hasta el paraíso terrenal”. Luego añadió: “Lo malo es que cuando vuelves a empezar todo es lo mismo”. La rubia me dijo que se llamaba Nadine y que su trabajo consistía en hacer hablar a la gente del cine con voz humana. Yo estaba tan a gusto que no tenía ganas de nada. Figúrense, una casa que se incendia y se hunde y que luego se levanta y se apaga. Uno tiene que verlo con sus propios ojos para creerlo, porque si lo ve otro no es lo mismo.”

Hay docenas de párrafos tan cuidados e inesperados como el de la sala de doblaje a lo largo del libro, pequeñas sorpresas que te esperan al pasar una hoja, una lectura hermosa que emociona y te muestra esos rincones que pocas veces se iluminan y con páginas inolvidables...

 

Lo primero que puedo decirles es que vivíamos en un sexto sin ascensor y que para la señora Rosa, con los kilos que llevaba encima y solo dos piernas, aquello era toda una fuente de vida cotidiana, con todas las penas y los sinsabores. Así nos lo recordaba ella cuando no se quejaba de otra cosa, porque, además, era judía. Su salud tampoco era buena, y también puedo decirles que esa mujer merecía un ascensor.
La primera vez que vi a la señora Rosa tendría yo tres años. Antes de esa edad, uno no tiene memoria y vive en la ignorancia. Yo dejé de ignorar con tres o cuatro años y a veces lo echo de menos.
En Belleville había otros muchos judíos, árabes y negros, pero la señora Rosa tenía que subir los seis pisos ella sola. Decía que el día menos pensado se moriría en la escalera, y todos los chiquillos se echaban a llorar, que es lo que se hace cuando se muere alguien. Unas veces éramos seis o siete los que estábamos allí y otras veces puede que más.
Al principio, yo no sabía que la señora Rosa solamente me cuidaba para cobrar un dinero que recibía a fin de mes. Cuando me enteré, tenía ya seis o siete años y, para mí, saber que era de pago fue un golpe. Creía que la señora Rosa me quería sin más y que éramos algo el uno para el otro. Estuve llorando toda una noche. Fue mi primer desengaño.
Al verme tan triste, la señora Rosa me explicó que la familia no significa nada y que incluso hay gente que se marcha de vacaciones dejando a sus perros atados a un árbol y que cada año tres mil perros mueren así, privados del cariño de los suyos. Me sentó sobre su regazo y me juró que yo era lo más valioso que tenía en el mundo. Pero entonces me acordé del dinero que llegaba todos los meses y me fui llorando.
Bajé al café del señor Driss y me senté delante del señor Hamil, que era vendedor ambulante de alfombras en Francia y había visto de todo. El señor Hamil tiene unos ojos tan bonitos que da gusto verlos. Cuando lo conocí era ya muy viejo, y desde entonces no ha hecho más que envejecer.
- ¿Por qué sonríe siempre, señor Hamil?
- Para dar gracias a Dios todos los días por mi buena memoria, mi pequeño Momo.
Yo me llamo Mohamed, pero todos me llaman Momo porque es más corto.
- Hace sesenta años, cuando era joven, conocí a una muchacha que me quería y a la que yo también quería. Aquello duró ocho meses, hasta que ella se mudó de casa, y ahora, al cabo de sesenta años, todavía me acuerdo. Yo le decía: No te olvidaré nunca. Pasaban los años y no la olvidaba. A veces tenía miedo, porque aún me quedaba mucha vida por delante y ¿cómo podía yo, un pobre hombre, mantener mi palabra cuando es Dios quien tiene la goma de borrar? Pero ahora estoy tranquilo. No voy a olvidar a Djamila. Ya me queda poco tiempo, me moriré antes.
Pensé en la señora Rosa, dudé un momento y le pregunté:
- Señor Hamil, ¿se puede vivir sin amor?
No contestó y bebió un poco de té de menta que es bueno para la salud. Desde hacía una temporada, el señor Hamil llevaba siempre una chilaba gris para que, si le llegaba la hora, le pillara con la americana puesta. Me miró y guardó silencio. Seguramente pensaba que yo todavía era un menor y que había cosas que no debía saber. Entonces yo tendría siete años o tal vez ocho, no puedo decírselo con exactitud porque yo no tengo fecha, como verán cuando nos conozcamos mejor, si consideran que vale la pena.
- Señor Hamil, ¿por qué no contesta?
- Eres muy joven y cuando se es tan joven es mejor no saber ciertas cosas.
- Señor Hamil, ¿se puede vivir sin amor?
- Sí - dijo, y bajó la cabeza como si le diera vergüenza.
Yo me eché a llorar.
Durante mucho tiempo no supe que era árabe porque nadie me había insultado. No me enteré hasta que fui a la escuela. Pero nunca me peleaba con nadie; cuando se pega a alguien siempre duele.
Romain Gary
La vida ante sí (traducción de Ana María de la Fuente. Revisión de Xisca Mas. Debolsillo. Random House Mondadori)


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Jueves, 08 de marzo de 2012

Antes del programa radiofónico Discópolis, antes del intimismo y tristeza de Marillion en Brave y Afraid of Sunlight, antes del riesgo de King Crimson y sus projeKcts, antes de la melancolía inquietante de Satie, antes de las voces de Jeff Buckley, Tori Amos y Mark Hollis, antes de la contundencia técnica de Rush, antes del "indie folk" de NaL, antes de todo eso estaba Van Halen.

Hace un par de meses me sorprendió la noticia del nuevo disco de Van Halen. Tras unos últimos años caóticos definidos por separaciones, giras y cambios en el grupo, A Different Kind of Truth rompía con catorce años de silencio discográfico. No sabía qué esperar de este nuevo disco, el single Tattoo me parecía una canción fácil (después de escucharlo desempolvé Fair Warning) y temía que el resto del disco siguiera la misma tónica, música hecha por inercia.

En la primera escucha de A Different Kind of Truth me encontré con un disco de canciones cortas, intensas, locas y entretenidas, una fuerza y vitalidad inesperadas y un sonido que recuerda a la primera época del grupo (la mitad de las canciones son maquetas de los años setenta). Hay momentos para los desvaríos técnicos de Eddie Van Halen, las bromas y los fraseos de David Lee Roth, los cambios de ritmo de Alex Van Halen, una especie de puesta al día de sus primeros discos. A Different Kind of Truth fluye sin fisuras, no hay experimentos extraños ni momentos aburridos, es rock, y es divertido.



Big River (Van Halen)





Wind at my back,
Face in the sun
All my big ideas done


Big river
Rollin'.

Listen to a sea shell
You can hear the sea
Listen to a beer glass
That river belongs to me

Big river
Rollin'.

There's a river runs here
And when it rains we flood
Co-op city first three floors
of Charles River mud

Big river
Rollin'.
Oh, yeah!
Big river
Rollin'.
Oh, yeah!

Land's edge,
Where the East begins,
Where the debris meets the sea
When the tide comes in

Oh, look out!

Look both ways now.

Big river
Rollin'.
Oh, yeah!
Big river
Rollin'.
Oh, yeah!

Big river.
Big river.
Oh, yeah!


Tags: Big River, A different kind of true, Van Halen

Publicado por elchicoanalogo @ 7:33  | Canciones
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Martes, 06 de marzo de 2012

Viajaba hacia Madrid. Veía el humo de los caseríos, las cumbres nevadas, las carreteras secundarias a través de la ventana del tren. La imagen de los pasajeros parecía reflejarse en el paisaje, como si saliese del tren en un extraño holograma. Leía El frío, una historia de la que sólo sabía lo que me contaba la contraportada, “esta novela trata del desamor”. Por eso compré el libro de Marta Sanz. Por el desamor. Al iniciar al novela descubro que no sólo hay desamor, también un viaje. Y siento que hay una especie de caída en el infinito, un viaje dentro de otro... “Voy rígida en mi lugar. No permitiré que me dirijan la palabra. No permitiré que nadie me ofrezca ninguna cosa; estoy hacia adentro y miro el paisaje acristalado que ofrecen los coches de línea.

El frío es mi primera novela de Marta Sanz, es decir, llegué a ella sin prejuicios, sin saber el tono, el tipo de historia o la voz que me esperaban. Un espacio en blanco. Lo primero que me llamó la atención fue la escritura, poesía en prosa, leía con pausa y de forma lenta por la densidad y las imágenes que se sucedían, media docena de palabras podían parecer un mundo entero. “Lenguas que se voltean como cocodrilos contentos. No puede ser que este ruido me distraiga, desde luego para mí ha de ser eso, sólo un ruido; no observaré el acto de transfundir una saliva a otra, comprensiones de labios acaparando el volumen de vulvas sobadas hasta amoratarse, los dos juntos, separados, caras distintas de la misma hoja”. Tenía que acompasar y bajar el ritmo para no perderme dentro de la historia.

Hay desamor en El frío, sí, y desgarro y una herida sangrante, un viaje hacia el abismo y el vacío de la narradora, hacia un sentimiento no correspondido y extranjero, hacia el dolor y la extenuación. Por eso es un libro sobre el desamor, acá no hay un romanticismo desaforado o personajes “carverianos” que descubren asombrados y en silencio que todo ha terminado. No. En el libro de Marta Sanz hay locura y un dolor que es capaz de partir un cuerpo por la mitad, un amor obsesivo y la imposibilidad de separarse de él. Y, también, la sensación de estar desprotegido, como ante un paraje desértico.

El frío es un libro corto e intenso, se alternan las voces de la narradora en mitad de un viaje (de un terremoto), un monólogo que parece querer ser un ajuste de cuentas o el caos de los sentimientos, con una narración en tercera persona en un psiquiátrico, seres a la deriva y emociones que no acaban de cristalizar, el desgarro llevado al extremo, el amor como fuente de locura y desesperación, la mirada perdida en el interior y ese momento donde no hay una tierra que pisar y se pierde cualquier punto de apoyo. Lo que me asombra y me hizo leer El frío del tirón en el tren a Madrid fue la forma en la que está escrito, pequeñas o largas frases que se acercan a la poesía, una historia en la que nada está expuesto, desmenuzado o desnudo sino que es misteriosa, como una imagen que nunca acaba de tomar una forma definida.

Cerré el libro cerca de la noche de Madrid. Un viaje dentro de otro...



Una succión, sin ella me es muy difícil volver a construir el mundo. Pieza a pieza, como ocurre ahora. Ya no habrá más cartas; al fin y al cabo, yo las escribía. No habrá más insomnio, has logrado anular mi incertidumbre, ahora sé dónde estás a cada minuto. Mi paso por la calle no será acelerado y recto; puedo deambular sin dirección, aunque el teléfono sonara, no serías tú. No he de preocuparme por atar todos los cabos; esos días enteros metida en casa por no dar lugar a pensamientos como, he salido, es posible que en mi ausencia él llame. No, el teléfono no suena, no se trata de mi inconstancia. Tú tienes la culpa. De qué manera te has escapado. Fuera, completamente fuera de mi control.

( … )

Un muchacho imberbe y una chica de unos quince años suben a un vagón de segunda. Los dos parecen más jóvenes de lo que son y ella se avergüenza al ver cómo la gente los observa; cree que todo son miradas reprobatorias, pero también hay personas llenas de nostalgia.
Él no se da cuenta de que la chica pasa por los lugares como de incógnito, un poco escondida detrás de él, sin mirar nunca de frente.
A veces le gustaría que él hiciese lo mismo que ella, que caminara deprisa, sin ocupar el espacio que realmente se ocupa, casi sin respirar el aire, ni dejar una huella en el asfalto. Cree que el muchacho tiene más motivos que ella para tratar de no llamar la atención: su sonrisa es boba, sus ojos no dicen nada, su figura es demasiado alta y desgarbada.
Sólo ella sabe que dentro del muchacho se ocultan secretos, que va conociendo, que la van pegando a él a pesar de que no está segura de que sean verdad. Es suficiente, supone que hay algo extremadamente sucio o tierno o anómalo; algo que no es obvio y que hay que desentrañar. Eso la mantiene acechándole, descifrando para alcanzar la certeza de que su intuición era buena, de que no la engañaba.
Marta Sanz
El frío (Caballo de Troya. Random House Mondadori)


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S?bado, 03 de marzo de 2012

A veces dedico una tarde a elegir autores desconocidos en una librería, a veces entro en librerías de viejo en busca de dedicatorias o postales o marcapáginas perdidos entre hojas amarillentas, y en esa búsqueda encuentro historias que me conmueve (Yoshimura, Christensen...), a veces alguien me habla de un escritor y un título y me puede la curiosidad. Así llegué a Anay Sala Suberviola, una lectora de este blog que me pasa alguno de sus poemas y algo hace clic dentro de mí.

Busqué un par de horas tranquilas y sin ruidos para leer los poemas Ý (turno de réplica), avanzaba de a poco, a trompicones, dando marcha atrás para volver a leer una frase o una expresión que me habían dejado del revés, dejando entrar las imágenes que bosquejaba Anay Sala Suberviola y que se confundían con mis recuerdos o emociones pasadas. Como me dijo quien me descubrió este poemario, hay páginas que te acuchillan.

En Ý (turno de réplica) hay quiebras y ausencias, hay últimos versos que le dan una giro al poema, hay deseo y desgarro, el vértigo del vacío y recuerdos sin tiempo, el amor huidizo y el amor que acuchilla, hay heridas y el dolor de la lucidez, hay silencios, lluvia y desafíos inesperados. Hay, en definitiva, una voz que unas veces sentía queda y otras profunda y catártica.

Terminé el poemario de Anay Sala Suberviola antes de la medianoche del 29 de febrero. “Que tu presencia en mí aunque me duelas...


Nada te pido

Nada te pido, amor.
Que no me hieras.

Que el peso de tu rayo
me fulmine.

Que seas todo, amor.
Que no lo seas.

Que tu presencia en mí
aunque me duelas.



Detrás de mí

Detrás de mí tus ojos
tus días
tus ocasos.

Detrás de mí la urgencia
tus sueños
tus acasos.

Detrás de mí tu boca
tu risa
tus abrazos.

Detrás de mí tus pasos.
Pero a mi lado quién.



Tempus omnia vincit

Finalmente concluyes:
No hay respuesta.
Sólo opción
entre tanta incertidumbre.
Vivir es decidir.
Y me aconsejas
silencio y una férrea reflexión.

Pero intentar domar la encrucijada
es un acto banal, te lo aseguro.

No serán tu razón ni mi palabra
las que venzan el nudo de estos días.



Tango

Fueron tiempos aquellos, buenos tiempos.
         Qué más da si duraron diez segundos.



Desafío

Cierra los ojos:
Mira el mar.
Y ahora olvídalo,
si puedes.
Anay Sala Suberviola
Ý (turno de réplica). Ediciones Torremozas


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Jueves, 01 de marzo de 2012

Febrero fue un mes de reencuentros y descubrimientos, las memorias invernales de Auster y la aventura por la aventura de El mapa del cielo de Palma, el tono nostálgico y pausado de Petterson en Yo maldigo el río del tiempo, la densidad y el desgarro con el que Marta Sanz habla del amor en El frío, los poemas a veces dolorosos, a veces vertiginosos de Anay Sala Suberviola en Ý (turno de réplica), y, sobre todo, el tono irónico y entrañable que Romain Gary da a La vida ante sí, la historia de amistad entre una vieja prostituta judía y un niño árabe.

He leído en habitaciones de hotel y en mitad de un viaje, el horizonte en movimiento, el sonido del tren y el humo que se deslizaba a través de las chimeneas de los caseríos, me han regalado libros desde Cataluña y Cádiz por mi cumpleaños, he hablado en cuclillas con Sonia en mitad de una librería (y en mis manos tres o cuatro libros), una lectora del blog me ha recomendado los poemas de Anay Sala Suberviola, una forma de llevarme de la mano a una nueva voz, he paseado con Blanca por el casco viejo de Bilbao (a su lado la ciudad se ha descompuesto en algo nuevo) y he descubierto una nueva librería de viejo (y Blanca que observa el libro que tenía en las manos, los cuentos completos de Primo Levi, y me lo regala).

Y entre lectura y lectura, párrafos al azar de La guerra de los mundos, Luis García Montero o los cuentos de Vonnegut.


Yo maldigo el río del tiempo - Per Petterson (Recuerdos, pérdida, supervivencia)
Diario de invierno - Paul Auster (Memorias, cuerpo, cicatrices)
El mapa del cielo - Félix J. Palma (Aventura, la blancura de la Antártida, el amor más entrañable)
El frío - Marta Sanz (Densidad, desgarro, desamor)
La vida ante sí - Romain Gary (Amistad, una mirada abarcadora, ser diferente)
Ý (turno de réplica) - Anay Sala Suberviola (Cuchillas, vértigo, ausencias)

 

 


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