Viernes, 06 de abril de 2012

1.
Una vez leí un cuento de cazadores de tesoros. Recuerdo que la niña protagonista miraba al suelo y encontraba pequeñas maravillas, objetos que parecía se hacían presentes sólo porque ella los miraba. La niña del cuento nos alentaba a imitarla y mirar a nuestro alrededor para descubrir aquello que quedaba oculto a primera vista. Durante semanas volvía del colegio con la mirada centrada en un trozo de acera o en el barro de las campas. Encontré alguna calcomanía, poco más. En aquella época coleccionaba piedras, iba con mi padre y mis hermanas a cazar minerales y piedras extrañas en los caminos de tierra y polvo. Usábamos esas piedras para jugar a la rayuela, la tiza en el suelo, las líneas y números de los que no nos podíamos salir, los equilibrios con una pierna. A veces sacaba un puñado de piedras de la caja de cartón para construir laberintos y rompecabezas, me gustaba inventar formas nuevas con ellas, dibujos, pequeños fuertes donde esconder a mis soldaditos de juguete. También coleccionaba cromos, chapas y canicas, era un mundo de objetos que parecían extraños. Con el tiempo dejé de cazar tesoros, piedras, cromos, chapas, canicas y charcos y empecé a coleccionar historias, cicatrices, palabras, paisajes tras una ventana de tren. Pasé de lo material a lo inmaterial pero, en ambos casos, eran inicios de sueños.

2.
Hace años me regalaron una brújula. Era pequeña, amarilla, la aguja danzaba nerviosa a cada paso que daba. Miré a mi tía, vivía en Madrid y me extrañó que ella tuviese una brújula, creía que era cosa de marineros que se adentraban en lo desconocido. Luego recordé a los exploradores, selvas enigmáticas y las dunas de los desiertos. Salía con ella a la calle, buscaba el norte y soñaba con marcianos enterrados en la nieve. Con el tiempo la dejé entre los otros objetos de mi habitación. Me sentía seguro con ella, creía que me ubicaba, que nunca podría perderme si estaba cerca de mí. Regalé aquella brújula a una amiga que se sentía perdida, un gesto previsible y pequeño. Hace poco me di cuenta de que tenía aquella brújula para soñar.

3.
En una ocasión cacé una luciérnaga. Llevábamos un bote de cristal y queríamos hacer una linterna de luciérnagas, nos creíamos los protagonistas de aquellos cuentos que leíamos y que todo era posible. Sólo conseguimos atrapar una y pensamos en hacer un faro. Pero aquella luciérnaga se apagó dentro del bote y la dejamos marchar. Recuerdo aquellas noches en Galicia, los caminos de tierra y piedras, los puntos de luz verde que temblaban entre la maleza, el sonido quebradizo de los grillos, el cielo que parecía una constelación de luciérnagas. A veces me quedaba mirando aquellas estrellas que parecían cambiar de color e iban del rojo al azul, luego supe que eran sistemas binarios, parejas de estrellas. Siempre pedía el mismo deseo, aún lo hago, es una forma de rescatar al muchacho inocente y soñador que fui, de traerlo a la superficie entre tantas decepciones, culpas y fracasos. Luciérnagas en el camino y un corazón tallado en la madera.

4.
Fue mi peor año, no conseguía frenarme y pensar con claridad qué hacer conmigo. Hice miles de kilómetros, destrocé mi corazón, destrocé otros corazones, sentía que no tenía un punto de apoyo, que naufragaba y me hundía, que no había una coherencia en mi movimiento y que cada paso aumentaba la herida. Me sentía culpable por no ser fuerte, por no saber dónde ir, por no tomar las decisiones correctas, por no ser valiente, yo era una negación continua. Diana me regaló una camiseta. Color rojizo y, encima del dibujo de una bota de monte la leyenda: “not all who wander are lost”. Leí la frase. Hubo un momento donde no supe qué decir. Porque Diana había recuperado mi brújula. 

5. Horizonte de sucesos. Ib
Escribo en la cocina, es el lugar donde recibo mejor las palabras. Me siento en una esquina en un extraño escorzo. A mi izquierda el netbook, a mi derecha la ventana que da a unos edificios de ladrillos rojos, un parque infantil y el monte, ahora tras la niebla y el sirimiri, y yo en medio, pasando del teclado a la ventana. Hablamos de lecturas, de Vonnegut, de la propiedad transitiva y Peano, hablamos de objetos y de para qué los queremos. Me siento en este pequeño trozo de cocina y las palabras salen.


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Comentarios

Alguien muy perverso o muy estúpido nos dijo alguna vez que teníamos que crecer, y crcer no significaba otra cosa que renunciar. Renunciar a lo que nos gustaba por algo que empezaba a gustarnos. Dejar de acumular piedras, canicas y charcos, para cumular libros sin ilustraciones, películas francesas y besos en portales oscuros. Pero, ¿por qué no acumular de verdad? Acumularlo todo. No renunciar a nada. Pasar de la tiranía de "o" a la felicidad del "y". Disfrutar con la rodilla de Clara y con Perry el ornitorrinco. Eso.

 

Publicado por bkbono
Lunes, 09 de abril de 2012 | 12:16

Vuelvo a llevar piedras en el bolsillo, se las enseño a mi sobrino y no le parece algo raro. A veces pongo una piedra en el bolsillo de la chaqueta y olvido que está ahí, luego siento un peso en el corazón y tardo unos segundos en recordar que es la piedra lo que pesa, no mi corazón. Es lindo. Menos "o" y más "y".

Publicado por elchicoanalogo
Lunes, 09 de abril de 2012 | 15:10