Martes, 10 de abril de 2012

Vuelvo a llevar una piedra en el bolsillo. Se la enseño a mi sobrino, tiene ochos años, es inquieto, curioso y lector. Me mira y sonríe, me pregunta de dónde la he sacado, para qué la quiero. Le digo que él me la trajo hace tiempo de una feria y que la quiero para que me agarre a la realidad. Creo que lo entiende. No le digo que también me ayuda a fijarme en los objetos que paso por alto en la primera mirada, que me recuerda disfrutar de la lluvia y que la magia existe. La deja en mi mano y vuelve a su libro. No le parece algo extraño ni una locura. Aún cree que todo es posible. 

A veces dejo la piedra en un bolsillo de la cazadora y me olvido de que está ahí. Hay un momento donde siento un peso en el pecho. Me extraño por unos segundos, como si de repente se hicieran tangibles todas las marcas y heridas en mi corazón. Entonces, recuerdo que ese peso está fuera de mí y que es real. Rozo la piedra con mis manos, su superficie lunar, de montaña rusa. Me gustaría creer que desaparezco con ella en mi mano, que me lleva hasta su tierra poblada de selenitas para encontrarme con los personajes de Dick, Vonnegut y Bradbury.

La piedra es algo inesperado, se confunde con la cartera y las llaves, con la libreta donde apunto los libros que me recomiendan o un par de palabras que deberían servir como inicio de un horizonte de sucesos. Su peso me acompaña. Me siento como un pequeño Sísifo, sólo que no debo astillar esa carga porque no es ningún castigo, tampoco un amuleto sino una piedra en el bolsillo, un pequeño truco de magia.

Escribo en la cocina. Miro las paredes y siento que encierran un vacío y que yo estoy dentro de ese vacío. Mi cuerpo también es una pared, tiene límites, un armazón, encierra vacíos, me pregunto qué habrá dentro de ellos. La piedra no tiene grietas, no hay un agujero por el que deslizarse y perderse, es compacta. Tal vez sea eso, tocar algo compacto, sin huecos ni vacíos, algo que me haga pensar en el lenguaje de los objetos, en que lo que veo sólo es una parte de la realidad y que necesito desprenderme de mi mirada adiestrada para descubrir otros mundos posibles.


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Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

Fernando, 

Una recomendación.

¡Suelta esa piedra, tírala al mar y écha a volar!

¡Sal de las cuatro paredes de esa cocina, y écha a volar!

Vuela, y vuela lejos de tus recuerdos, de tu vida pasada, de las piedras que te has ido guardando en el bolso y que te pesan como auténticas losas. 

Si vuelas el cielo será tu vacío. Sonreiras, te abrirás y te sentirás libre. Tienes que vivir un presente, no un pasado. Hoy es ahora, lo de ayer ya no existe, se esfumó. Tu vida se sucede con los segundos y minutos que justo ahora mueven las agujas de tu reloj, no con los de hace cuatro meses o cuatro años. 

¡Suelta esa piedra, tírala al mar y écha a volar!

¡Sal de las cuatro paredes de esa cocina, y écha a volar!

Otra vida es posible.


Tu siempre lectora.

Publicado por Invitado
Jueves, 12 de abril de 2012 | 12:16

Nal, ahora mismo no sé qué decir, realmente no sé qué decir... siempre consigues desubicarme, eso es lindo. Necesito volar, sí, y desprenderme de un puñado de capas, sí, y escribir, tomar perspectiva y ver las cosas desde una altura diferente, recuperar el valor, otro valor, quitarme miedos, muros y distancias, un nuevo. Ahhhh, me desubicas. Espero que estés bien. Mimos y gracias por esas palabras, por el viento de esas palabras

Publicado por elchicoanalogo
Jueves, 12 de abril de 2012 | 23:10