Viernes, 13 de abril de 2012

Aún no ha amanecido. Escribo a Ib, las palabras salen con tranquilidad, no hay grietas ni fracturas, sólo las ganas de escribir por la aventura de hacerlo. Hablamos de cocinas y columpios, de piedras y faros, de Kurt Vonnegut y Bob Esponja. Ella es escritora, yo lector, pienso que nos encontramos a mitad de camino. Levanto la mirada de la pantalla y siento la quietud y el silencio de los últimos momentos de la noche, vuelvo a la pantalla y las palabras sobre el fondo blanco parecen un camino en medio de un desierto.

Llevo a mi padre al hospital. Está callado, agarra el paraguas con fuerza, pierde su mirada tras el cristal empañado. Nos sentamos en la sala de espera, tres sillas junto al quirófano que ocupamos mi hermana, mi padre y yo. Cuando era niño me regalaba pequeñas herramientas de juguete, quería enseñarme a ser carpintero, como su padre le enseñó a él. Yo no hacía mucho caso a esas herramientas, prefería los soldados de caballería, las películas de aventuras o las novelas de Wells. Siento que estoy al otro lado, que ahora soy yo quien se preocupa de su salud y quien le acompaña a médicos y hospitales. Pasa un hombre en camilla, parece ausente, la mirada vaga sin poder detenerse en ningún punto, la boca grotescamente abierta, como si estuviese desencajada, como si creyese que cerrarla equivaldría a alguna derrota o un mal augurio. Miro a mi padre, por fuera parece calmado pero por dentro hay un pequeño terremoto, lo sé porque somos iguales. Somos tortugas.

Entro en la librería, habían llegado los últimos libros encargados, Bobin y Chivite, dos nuevas voces, dos mundos desconocidos. Paseo entre las estanterías, estoy solo y puedo mirar cada libro con tranquilidad. Pienso en otras librerías, en el Ateneo tucumano, la cafetería en la entrada y la librería alargada, era mi lugar en aquella tierra, un sitio que sentía propio, mi espacio donde estar y sentirme solo; pienso en Raimundo, una librería de viejo en Cádiz, libros amontonados en mesas y estanterías con dedicatorias y otras huellas, con colores amarillentos, con hojas crepitantes y el olor del tiempo vivido; pienso en Tipos infames, el suelo transparente, la cafetería y el vino, las estanterías con libros de Vonnegut o Hrabal, me gusta porque dentro de ella no existe el espacio ni el tiempo. Elijo un par de libros más y salgo a la calle.

Los charcos que reflejan el cielo nublado, me siento entre un paréntesis, el cielo encima y debajo de mí, y yo, en cierta forma, vuelo (si vuelas el cielo será tu vacío...). Recuerdo historias de espejos, Solaris de Stanislav Lem, seres que saben que no existen, que son el sueño de otro. Agarro la bolsa con los cuatro libros y paseo bajo los árboles de la gran vía, las gotas quedan prendidas de los árboles por un instante y resbalan lentamente frente a mí. Podría parar la lluvia, es un viejo truco de prestidigitador que aprendí hace años, pero me detengo y cierro los ojos para escuchar su sonido (el sonido de la lluvia como el sonido de otra piel).

Me siento junto a la ventana de la cafetería. Curioseo entre los libros, ese momento donde abro una novela e invento la historia según los fragmentos que elija al azar. No sé nada de esas historias y las palabras me revelan un secreto, un misterio. Me quedo con los poemas de Chivite y repito el truco, paso de los versos de un poema a otros, uno palabras de páginas distantes, reconstruyo los poemas de Chivite. Cierro el libro y siento que me golpeará en las entrañas.

Vuelvo en tren, pienso en unas palabras que me descubrió Es.,"Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio... y coincidir" (Alberto Escobar). Da vértigo, todas las vidas, todas las decisiones, todo un universo hasta que dos personas se cruzan.


Tags: horizonte de sucesos

Comentarios

Precio texto tortuga. Ya me pasarás algo de Chivite, no lo conozco.

Pd. Me olvidaba, también quiero el truco de parar la lluvia.

Es.

Publicado por Invitado
Viernes, 13 de abril de 2012 | 20:51

Hay un par de haikus de Chivite que acuchillan, en cuanto lo lea te paso algunos poemas. Por cierto, también salí de la librería con Nieve, de Fermine, me lo recomendó Anay y no pude contener la curiosidad...

Lo del truco de parar la lluvia... Ahhh, tal vez te lo enseñe algún día ya que te debo dos...

 

Publicado por elchicoanalogo
Viernes, 13 de abril de 2012 | 21:12