Martes, 17 de abril de 2012

Hay algo emocionante en Trenes rigurosamente vigilados y es la forma con la que Hrabal combina cierta ligereza y ternura con el dolor y la asunción del deber, los personajes basculan entre esos dos extremos, la voluptuosidad del deseo, el inicio en el amor, los pequeños sabotajes al enemigo invasor con un último acto callado y heroico. Es esa forma de mezcla humor, vitalidad y dolor lo que me sorprendió y me atrajo. Hrabal, como Ford, sabe que en aun la mayor tragedia hay un momento para la risa.

Es el año 45, la guerra está por terminar. Milos, el narrador, es un aprendiz de ferroviario, un muchacho que no sabe nada de la vida, que no se siente hombre tras la catástrofe de su primera experiencia amorosa. Tiene miedo del sexo, de las mujeres, ha intentado suicidarse por no sentirse como un hombre, pero le gustan los trenes y, a pesar del miedo, siente curiosidad por aprender qué es el amor. Su familia es peculiar, su padre, un ferroviario retirado que se dedica a recoger chatarra para montar los más extraños artilugios, su abuelo quiso detener el avance de los tanques enemigos con un ejercicio de hipnosis, una escena entre cruel y desternillante, su bisabuelo, que recibía una pensión y se dedicaba a reírse en la cara de los campesinos por su suerte. Milos parece encajar en esos modelos masculinos, es entrañable, es ingenuo, le gusta su uniforme ferroviario, tiene miedo y está en ese punto donde se cruza la frontera de la adolescencia para entrar en la edad adulta.

Hrabal sitúa la acción en un pueblo checoslovaco, enlaza pequeñas anécdotas de la estación de tren con la guerra que rodea a la población, que se hace visible con aviones derribados o incendios tras el horizonte. Milos trabaja con un jefe de estación que cría palomas y las lleva en sus brazos en cruz, con un factor de estación que intenta conquistar a la telegrafista y divide a las mujeres entre “culazo” y “tetón”, con una mujer desconocida que le ayudará a superar sus miedos y dudas en el amor, con una muchacha que se esconde bajo sus mantas y puebla su mente y su corazón de luces y sombras. Y, también, hay un tren varado en una vía muerta, los vagones y el techo y el suelo ametrallados, un tren que ven las tropas que van al frente ruso o vuelven a casa y es descorazonador, una locura. Trenes rigurosamente vigilados es una sonrisa por los entrañables personajes y la crueldad de un tiempo en guerra.

La guerra penetra en esa pequeña estación de tren, aviones derribados, trenes-hospital, mercancías que llevan tanques y tropas al frente, las gestapo. Los personajes realizan pequeños sabotajes pero, al final, toman partido, deciden arriesgar lo único que tienen para sabotear un tren repleto de munición. Milos y sel factor de estación, tan livianos, tan frágiles, que se dejan llevar por el miedo o el deseo, sienten que tienen una responsabilidad dentro de esa guerra, que deben dar un paso al frente. Un gesto callado y necesario. Trenes rigurosamente vigilados ha sido una lectura entrañable, divertida en algunos momentos, seria y tensa en otros, un hermoso descubrimiento.



Pero cuando los alemanes cruzaron en marzo nuestra frontera para ocupar todo el país y avanzaban en dirección a Praga, el único que fue hacia ellos fue nuestro abuelo, únicamente nuestro abuelo fue a hacerles frente a los alemanes como hipnotizador, a detener los tanques que avanzaban con la fuerza del pensamiento. Así que el abuelo iba por la carretera con los ojos fijos en el primer tanque, que dirigía la vanguardia de aquellos ejércitos motorizados. Y encima de aquel tanque estaba metido hasta la cintura en la cabina un soldado del Reich, en la cabeza llevaba un birrete negro con la calavera y las tibias cruzadas, y mi abuelo seguía de frente hacia ese tanque y llevaba los brazos estirados y con los ojos les infundía a los alemanes la idea, dad la vuelta y regresad... y de verdad, el primer tanque se detuvo, todo el ejército se quedó quieto, el abuelo tocó aquel tanque con los dedos y siguió emitiendo la misma idea... dad la vuelta y regresad, dad la vuelta y regresad, dad la vuelta... y después un teniente hizo una señal con un banderín y el tanque se puso en marcha, pero el abuelo no se movió y el tanque lo atropelló, le arrancó la cabeza, y ya no hubo nada que le cerrara el camino al ejército del Reich. Y después papá se fue a buscar la cabeza del abuelo. El primer tanque se detuvo antes de llegar a Praga, estaba esperando que llegase una grúa, la cabeza del abuelo había quedado aplastada entre las cadenas y las cadenas estaban tan retorcidas que papá pidió que le dejasen sacar la cabeza del abuelo y enterrarla después con el cuerpo, como corresponde a un cristiano. A partir de entonces, la gente de toda la región solía discutir. Unos gritaban que nuestro abuelo era un loco, los otros, que no del todo, que si todos se hubieran enfrentado con los alemanes como nuestro abuelo, con las armas en la mano, quién sabe cómo hubieran terminado los alemanes.
Bohumil Hrabal
Trenes rigurosamente vigilados (traducción de Fernando de Valenzuela. El Aleph)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:36  | Libros...
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

Qué bien elige, querido, qué bien elige.

Publicado por Una vieja sirena
Martes, 17 de abril de 2012 | 12:38

Con lo despistado que soy, creo que ellos me eligen a mí... ¡novelón!

Publicado por elchicoanalogo
Mi?rcoles, 18 de abril de 2012 | 17:49