Lunes, 16 de abril de 2012

Desempolvo la mochila roja, el primer paso de cualquiera de mis viajes. Está sin aire, plegada en un rincón de la habitación entre estanterías de libros, discos y recuerdos míos y ajenos (la arena del Monument Valley, los dinares serbios, postales de Brasil o París, un mapa de Estados Unidos). Abro la mochila y la base negra se despega por completo, está resquebrajada, hay pequeñas grietas a lo largo de la tela, me pregunto cuántos viajes le quedan.

Recuerdo cuando la llevé a Lisboa, necesitaba posar una foto en la desembocadura del Tajo y ver cómo se alejaba, un acto simbólico, mi mayor locura, una semana de soledad absoluta, del nacimiento de una sonrisa, un ligero miedo y la sensación de ser libre, de ser yo. En aquel viaje la mochila brillaba, no tenía marcas, sentía su peso en mi hombro, la llenaba de ropa y libros hasta engordarla de una manera excesiva. Era fuerte, éramos fuertes, podíamos soportar cualquier carga. Desde entonces, cientos de miles de kilómetros, otras tierras y habitaciones de hotel, el horizonte en movimiento, mi mano agarrada a la mochila, un abrazo de bienvenida y una puerta por donde desaparecía fuera del espacio y del tiempo. A pesar de las grietas, resistimos.

Meto la ropa justa para un día y medio de viaje, Nieve de Fermine como lectura, la música de Rush, Explosions in the Sky, Sufjan Stevens y Yes para los momentos de soledad, la pequeña libreta donde anoto ideas y palabras que deben iniciar un horizonte de sucesos. Dejo más de la mitad de la mochila libre, sé que la llenaré con libros de segunda mano de la feria de Valladolid. Ahí dentro, en la mochila, se cruzan Mariola, NaL y Anay, también las huellas desconocidas de los primeros dueños de los libros que compre, estelas de vapor que se cruzarán conmigo por una pequeña eternidad. No meto el portátil, no tiene sentido en este viaje. Pienso en el sonido del tren, en la estación de Valladolid, en Mariola ante mí y cómo esta vez no me presentaré desaliñado como la última vez (la mirada de Mariola recorrió mi cuerpo, mi barba de meses, mi pelo largo, los kilos perdidos en poco tiempo y me dice “te parecerá bonito” o “estarás orgulloso” ). También pienso en el viaje en sí, sentiré que el tiempo avanza de otra manera, será como estar dentro de un espacio en blanco.

Hace años mi tía me regaló una brújula. También esta mochila roja. La veía en un rincón y sentía que había que hacer algo con ella, llenarla de viajes, caminos polvorientos y noches en otras tierras. Y la llené de viajes, caminos polvorientos y otras tierras. Pienso en los viajes que me quedan por hacer, hay lugares cuyo nombre ya es un reclamo, Neuquén, Montana, Tombuctú, y hay lugares que me atraen por otras palabras, Noruega, Japón, Perú. Me pregunto hasta dónde llegaremos.

Una vez me dijeron que parece que hablo de mi corazón cuando escribo sobre la mochila. Tal vez.


Dressed in black, no turning back
We blanked out the Great White Way...



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