Jueves, 19 de abril de 2012

Creo que nunca te hablé sobre lo que siento al regresar, nos centrábamos en nuestros sueños, en cómo sentíamos la vida y cómo nos gustaría que fuese, hablábamos de fracturas y caminos impuestos, compartimos con el otro nuestras canciones y lecturas, nuestras palabras e imágenes, el pasado era un punto lejano y silente (y un recuerdo es una forma de regreso). Tú y yo hablábamos sobre la magia, sobre desaparecer y aparecer en la otra parte del mundo, sobre Montaigne y Glatauer, sobre caminos trillados y aventuras. Recuerdo tu mirada cuando me hablabas de África, tus ojos se empequeñecían, como si te hubieses colado por un agujero y estuvieses por desaparecer.

Me desperté desorientado en la habitación. Durante unos segundos sentí que el hombre que era regresaba como un eco, como las olas de mar, mi conciencia que se despertaba segundos después de que yo abriese los ojos.  Entonces recordé quién era y dónde estaba. Estaba en una habitación de hotel en Valladolid, en el suelo la mochila y bolsas con libros. Me gusta ese momento donde soy un espacio en blanco, podría ser astronauta como soñaba de niño o un tipo errante, siempre en movimiento, una forma de no regresar al punto de partida. Luego recuerdo que hace tiempo que nadie me despierta a la realidad, sentirse perdido y, de repente, encontrarse abrazado a alguien.

La mochila pesaba. Estaba llena de libros y ropa. Pensé que tal vez en eso consistía regresar, en volver lleno, con más equipaje del que has llevado, un equipaje real, otro simbólico, los recuerdos, las sonrisas, los encuentros, las palabras pronunciadas en alto, los pequeños gestos. El abrazo en la estación de tren, los paseos por pequeñas calles que esconden tesoros en una papelería, la feria del libro donde encontré un pedazo de Serbia en un libro de Velickovic, una plaza octogonal donde vi atardecer, el silencio y la paz que transmitían, los balcones que dan a la plaza y me recordaron las tierras del sur, una pastelería con magdalenas de Triki, el monstruo de las galletas, la presencia y la bondad de Mariola, porque ella es así, bondadosa, con un humor tan puñetero como entrañable. Mariola y yo hablamos de amor, de cómo parece que elegimos lo que sabemos que nos hará daño. Cómo decir que a pesar de las rupturas, fracasos y cicatrices, de la acumulación de decepciones, rechazos y aturdimientos hay una parte de mí que cree en eso de “el amor de mi vida”, “la mujer de mi vida”. Soy un margarito, soy una tortuga, no quiero ser cínico ni amargado. Vonnegut aparecerá en alguna feria.

Paseaba por el campo grande. Siento que hay un pedazo de mí en cada lugar donde he sido feliz, la plaza de San Francisco de Cádiz o Mitrovica. Me lleno a cada viaje. El viento bamboleaba mi mochila, sentía su peso en mi hombro derecho. Hacía frío y me gustaba ese frío en mi cara y entre mi ropa y mi piel. El frío me frena, me fija a un lugar, hace que todo alrededor se defina y parezca nítido. Los libreros abrían las casetas de la feria, las hojas se movían al compás del viento, cientos de libros abiertos y el sonido crepitante de las hojas nerviosas. Era una imagen hermosa.

Un día antes Mariola y yo paseamos entre esas casetas, ella me preguntaba por el nombre de ese escritor que me gustaba. Yo le respondía Vonnegut y lo buscábamos entre los libros apilados. Ella no entendía que no preguntase a los libreros, que lo dejase al azar. Ese gesto de no preguntar es dejar un espacio a la magia, al encuentro inesperado. Sigo buscando sentir magia, a veces vuelve a mí en oleadas, por eso llevo la piedra en el bolsillo (no es un amuleto, no es un símbolo, no es una carga, no me ancla al suelo, acaricio su superficie lunar y recuerdo que todo es posible y que nos han enseñado a ser grises). Al final es eso, sentir una pequeña hoguera resplandeciendo dentro de mí.

Me senté en el andén de la estación. Pasaban los trenes. Sonreía. Aún no sabía que me esperaba la mirada de un niño de dos años que buscaba la mía para luego esconderse en el pecho de su padre, que cerraría Nieve de Fermine en silencio y sus imágenes poéticas prendidas dentro de mí (¡léelo!), que vería cumbres nevadas y las gotas de lluvia sobre el cristal del tren, que me reiría en los servicios de Miranda de Ebro al encontrar una máquina que expendía anillos vibradores y tangas, que apenas estaría en casa día y medio y volvería a hacer la mochila para irme de nuevo a otro viaje relámpago. Ahora, sentado en el suelo, apoyado contra una estantería, miro la mochila sobre la cama, dentro la ropa justa y un libro de Bioy Casares para pasar un día medio y la sensación de estar entre dos regresos.

...I found my place
In time and space...




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