Viernes, 20 de abril de 2012

La novela póstuma Los sinsabores del verdadero policía fue una lectura extraña, llena de altibajos, de páginas febriles que golpean en el estómago por su intensidad y otras que parecen un bosquejo, un armazón que se completaría en libros como 2666 o Los detectives salvajes, algo que se queda en el umbral sin acabar de traspasarlo. Bolaño volvía a ella a lo largo de los años, parecía querer construir una novela-río donde dejar todo su mundo en una historia laberíntica, un rompecabezas loco. Hubo momentos de tedio y otros donde me reencontraba con algunos de los personajes de otros libros de Bolaño, entonces, la lectura se convirtió en un cruce de historias, de palabras ya leídas y otras que completaban las anteriores lecturas, de reconocimiento y reencuentros.

Lo que me atrae de los libros de Bolaño son las palabras que se desbordan con escritores malditos, poetas bárbaros, el desierto y las ciudades fronterizas, los personajes en continuo movimiento que llevan tras de sí la carga de dictaduras, sangre, encierros, tierras en quiebra, los perdedores y supervivientes y el dolor por esa América Latina que no fue, que no la dejaron ser. Cada Bolaño es eso, intensidad y lucha, un combate constante.

Las primeras páginas me devolvieron a 2666, aquella clasificación de la poesía en varias corrientes, “maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos” un monólogo desvariado que sirve como introducción a los personajes de Amalfitano y Padilla, Amalfitano que huyó de Chile en un viaje continuo con su hija por América y Europa, de nuevo esa imagen del hombre errante que aparece en las novelas de Bolaño, que arrastra la carga de no tener una patria definida en la que asentarse; Padilla que es la voluptuosidad, la pasión, la sombra y el peligro, la vida al borde del abismo.

Los sinsabores del verdadero policía es un cruce con 2666, Los detectives salvajes o Estrella distante, es como un cuaderno de notas que nutrió, sobre todo, al último libro de Bolaño, reaparecen personajes y decorados, palabras y gestos, es como ver crecer una novela. Amalfitano debe refugiarse en México con su hija tras el escándalo de su relación con Padilla, allá encuentra desierto, crímenes, una universidad extraña, una casa de dos habitaciones, un mago escritor, Arcimboldi (en esta novela no es esa sombra huidiza ni se acerca a la figura de B. Traven como en 2666). Bolaño detiene la acción, las cartas entre Amalfitano y Padilla y la descripción de su nueva vida en México para hablar de Arcimboldi y desgranar sus libros, un juego laberíntico. También hay momentos para Rosa Amalfitano y sus primeros escarceos en el amor, para Pancho Monje, un joven sicario, hijo de una familia donde las mujeres se llamaban María Expósito, como una marea que no se detiene, para los hermanos Negrete, para la corrupción y la sangre, los amores adolescentes y el deseo incontenible, para la muerte como una sombra que siempre está alrededor de los personajes.

A pesar de la lectura irregular, a golpes, me gusta este Bolaño por eso, hay un momento donde te descoloca y te noquea, donde te atrapa cuando habla de Santa Teresa, de los poetas perdidos, de los seres errantes, de sicarios, de la idea de América Latina y la que acabó siendo, del dolor y la locura de escribir.



Padilla, recordaba Amalfitano, de entre todas las costumbres defendía la costumbre de fumar. Lo único que alguna vez hermanó a los catalanes con los castellanos, a los asturianos con los andaluces, a los vascos con los valencianos era el arte, la atroz circunstancia de fumar en compañía. Según Padilla no existía en la lengua española frase más hermosa que aquella que se empleaba para pedir fuego. Frase hermosa y frase serena, como para decírsela a Prometeo, llena de valor y de humilde complicidad. Cuando un habitante de la península decía "me das fuego" un chorro de lava o de saliva se ponía otra vez a fluir en el milagro de la comunicación y de la soledad. Porque para Padilla el acto compartido de fumar era básicamente una escenificación de la soledad: los más duros, los más sociables, los olvidadizos y los memoriosos se sumergían por un instante, lo que tardaba el tabaco en quemarse, en un tiempo detenido y que a la vez congregaba todos los tiempos posibles de España, toda la crueldad y todos los sueños rotos, y sin sorpresa se reconocían en esa "noche el alma" y se abrazaban. Las volutas de humo eran el abrazo. En el reino de los Celtas y de los Bisontes, en el de los Ducados y los Rex vivían de verdad sus compatriotas. El resto: confusión, gritos, de vez en cuando tortilla de patatas. Y sobre las renovadas advertencias de las Autoridades Sanitarias: caca. Aunque cada día, según constataba, la gente fumara menos, aunque cada día más fumadores se pasaran al rubio o al extra light: él mismo ya no fumana Ducados como en su adolescencia sino Camel sin filtro.
No era extraño, decía, que a los condenados a muerte les ofrecieran un cigarrilo antes de la ejecución. Piedad popular, un cigarrillo era más importante que las palabras y el perdón del cura. Aunque a los ejecutados en la silla eléctrica o en las cámaras de gas no les ofrecieran nada: la costumbre era latina, hispana. Y sobre esto podía extenderse en una infinidad de anécdotas. La que Amalfitano recordaba más vivamente, la que le parecía más significativa y en cierto aspecto premonitoria, pues trataba de México y de un mexicano y él finalmente había recalado en México, era la de un coronel de la Revolución que por mala estrella terminó sus días delante de un pelotón de fusilamiento. El coronel pidió como último deseo un cigarro. El capitán del pelotón de fusilamiento, que debía ser un buen hombre, se lo concedió. El coronel sacó uno de sus puros y procedió a fumárselo sin entablar conversación con nadie, mirando el exiguo paisaje. Al acabar, la ceniza aún estaba sujeta al cigarro. La mano no le había temblado, el fusilamiento podía ejecutarse. Ése debe ser uno de los santos fumadores, dijo Padilla. ¿Y la anécdota de qué hablaba, del pulso de hierro del coronel o del efecto balsámico, de la comunión del humo? A ciencia cierta, recordó Amalfitano, Padilla no lo sabía ni le importaba.

( ... )

¿Y qué fue lo que aprendieron los alumnos de Amalfitano? Aprendieron a recitar en voz alta. Memorizaron los dos o tres poemas que más amaban para recordarlos y recitarlos en los momentos oportunos: funerales, bodas, soledades. Comprendieron que un libro era un laberinto y un desierto. Que lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. Que al cabo de las lecturas los escritores salían del alma de las piedras, que era donde vivían después de muertos, y se instalaban en el alma de los lectores como en una prisión mullida, pero que después esa prisión se ensanchaba o explotaba. Que todo sistema de escritura es una traición. Que la poesía verdadera vive entre el abismo y la desdicha y que cerca de su casa pasa el camino real de los actos gratuitos, de la elegancia de los ojos y de la suerte de Marcabrú. Que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, una valentía rara, como un pozo de piedra en medio de un paisaje lacustre, una valentía semejante a un torbellino y a un espejo. Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar. Que la memoria era el amor.
Roberto Bolaño
Los sinsabores del verdadero policía (Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 0:03  | Libros...
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