S?bado, 21 de abril de 2012

Leía Un campeón desparejo, un taxista quijotesco, un amor imposible de olvidar, las calles de Buenos Aires y dos profesores que parecían salir de algún tebeo de mi infancia. Pasaba de las páginas del libro a los últimos retazos de la noche fuera del tren, las farolas como luces de luciérnaga y la niebla lunar. Entonces, por un momento, la historia de Bioy Casares se mezcló con el horizonte y sentí que fuera del tren estaba la niebla de los campos de Ezeiza. Terminé el libro con una sonrisa melancólica después de páginas y páginas empujando al personaje en busca de su amor perdido. A veces toca perder, a veces hay pequeñas victorias, siempre queda la lucha.

Saqué el mapa del bolsillo. Estaba en la puerta del hotel. Miré alrededor, una larga avenida, la estación de tren, los tejados de la ciudad y al fondo la basílica. Me siento extraño ante un mapa, no consigo ubicarme ni medir las distancias, todo parece laberíntico, exagerado, a desmano. Pensé en aquel cuento de Borges en el que un mapa ocupaba exactamente el país que cartografía. Sonreí por tantas historias e imágenes dentro de mí, como si fueran una hoguera resplandeciendo, otra clase de mapa a seguir. Metí el mapa en la mochila y empecé a andar con tranquilidad, tenía tiempo, tenía ganas de sentirme perdido.

En cada viaje escribo una postal a mi sobrino. Me siento en una cafetería y le describo dónde estoy y qué siento. Esta vez le cuento que viajaba para asistir a la lectura de una amiga y que estaba en una ciudad desconocida. Cuando vuelvo me pregunta por mis viajes, entonces le hablo de lo que he hecho, las cosas curiosas que he visto. Él hace lo mismo, me escribe pequeños correos cuando va a Francia y me cuenta que ha jugado a fútbol o que ha aprendido una palabra nueva. Intercambiamos horizontes.

La primera vez que hablé con Ib fue en diciembre. Entre un una cafetería con Pan comido, leía fragmentos al azar, recuerdo que sentí que ese libro me golpearía, me dejaría del revés. Y lo hizo. Ib es la primera persona que salta mientras me abraza. Me dice, eres como en las fotos, me dice gracias por venir, me dice que salta cuando abraza a alguien. Yo sólo consigo responder pues salta. Soy un hombre tímido, aparezco poco a poco, me escondo tras las gafas y la barba hasta que algo hace clic y me vuelvo visible. Es un abrazo cálido, risueño, cercano, como Ib. Me regala algunos de sus libros, unas galletas de pasta de higo, una chapa de Peano porque nos gusta el misterio que esconde tras de sí la transitiva y una pequeña piedra que se pierde en la palma de mi mano. Hace semanas que nos escribimos a diario, hablamos de piedras, tortugas, recuerdos, Askildsen, nunca nos preguntamos nada. Tenía sus palabras pero me faltaban su voz, sus gestos, su mirada, su sonrisa sempiterna.

Hay una librería en Zaragoza diferente a cuantas he visto. La Pantera Rossa. Tiene un sótano donde se organizan lecturas y talleres. Parece una cueva. Ib me explica que antes fue un video club porno y, también, un refugio en tiempos de guerra. Siento que hay una historia entre esas paredes, que si hay libros que convierten ciudades en protagonistas debería haber uno que hable de ese refugio.

Las voces de Ib y Juan Pardo Vidal en la lectura de sus libros. Se mezcla mi voz con la de Ib en Pan comido, de repente ese poemario tiene dos voces, dos lecturas, dos huellas diferentes. Me gusta el juego de magia. Hay emoción, hay sonrisas y humor, hay tristeza y dolor, hay también un giro inesperado, acelgas, mesillas de noche que no lo son y aeropuertos, objetos y paisajes transformados. No hay un muro entre los escritores y los lectores. Las palabras y las voces de Ib y Juan Pardo Vidal dentro del refugio reconvertido en librería.

Miro la lluvia que cubre las ventanas del tren, que difuminan el paisaje y lo convierte en líneas discontinuas. Leo 35 maneras de sentirse solo y a veces se cruza la voz de Juan Pardo Vidal con la mía, algo que nunca antes me había pasado. Recuerdo la noche con ellos, la cena compartida, el cabaret ibérico, mujeres desnudas que se embadurnan de tomate, hombres con faldas escocesas, las jotas en mitad de esos números que le dan un aire aún más surrealista al escenario. Y, sobre todo, recuerdo a Ib hablándome de aquella escena de Melody donde un chaval se esfuerza por hacerse visible ante los ojos de una niña y cómo ella no se da cuenta de nada. Nos despedimos con otro abrazo, nos damos las gracias, ella vuelve con sus amigos, yo regreso andando al hotel, de madrugada. Siento que todo está bien, que todo está en orden. Y sonrío.


salir a la calle
sin otro trabajo
que vagar sin objetivo

entretener el miedo
se convierte en superstición

nos dirán qué hacer tú y yo parados
en el centro de la muchedumbre

uno piensa en una flecha

de alguna manera
el dolor desaparece
como la luz menguante
de los charcos
Isabel Bono
Versos al aire


Tags: espacios en blanco, Isabel Bono, Juan Pardo Vidal

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