Lunes, 23 de abril de 2012

1.
Fue una semana de trenes y libros. La emoción de un viaje dentro de otro, el movimiento del tren y el horizonte que se adentraba en la historia de un viejo bluesman, un taxista quijotesco en busca de un amor perdido, un beso en un ascensor, una ciudad bombardeada o un soñador escritor de haikus enamorado de la blancura de la nieve. Se mezclaban horizontes y personajes, recuerdos y sueños, la mochila roja llena de libros de segunda mano y poemas. A veces sentía que desaparecía en ese instante donde iba de la ventana a las hojas de un libro. Terminaba una lectura y me quedaba en silencio, miraba mi reflejo fuera del tren, mi imagen fundida con los montes y los campos de labranza, un extraño truco de magia. Recordé a aquella chica que lloró al terminar un libro de Espinosa, a aquel chico que leía de pie en el metro de Madrid, a Clara y a mí curioseando las portadas de los libros de otros viajeros mientras llevábamos un par bolsas en la mano con media docena de libros. El continuo movimiento del tren hacia delante, siempre hacia delante, la niebla del amanecer, las caras somnolientas y yo con un libro en las manos que me ataba a la realidad y me hacía desaparecer.

2.
Bajo a mi perro en brazos. Siento su peso en mi espalda. Me mira con tristeza, intenta saltar al suelo. No le dejo, está enfermo, cualquier esfuerzo lo agota. Está por cumplir catorce años. Recuerdo cuando era un cachorro y también lo llevaba en brazos para que no se escapase tras un gato o la pelota de los niños del barrio. Era un perro nervioso y juguetón. Cuando me preguntan por él siempre digo que compartimos color de pelo, blanco, gris y negro. Ahora está tumbado en el sofá. Lo acaricio en la cabeza, tras las orejas, antes me parecía un pequeño murciélago. Me lame la mano, el mentón, tiene una mirada huidiza, asustada, intento adivinar qué siente pero sólo puedo improvisar, tal vez sepa que ya es mayor. Resiste. Tengo un llanto cruzado en la garganta que no acaba de salir. Me cuesta llorar, arrastrar fuera de mí las lágrimas, y los dolores se acumulan. Tal vez por eso mis heridas tardan tanto en cicatrizar. Tal vez por eso escribo.

3.
El viento viene del mar, trae gotas de lluvia e inclina las copas de los árboles en una misma dirección. Siento que se acerca poco a poco, un susurro que acaba en un golpe de mar contra las esquinas. El viento no se detiene. Yo tampoco. Corro contra el viento. Me gusta porque siento que lucho contra algo, mi cuerpo centrado en dar un paso más, en seguir hacia delante. A veces se mete por mi boca y me deja sin respiración, a veces me tambalea en las esquinas. Sólo pienso en seguir hacia delante. Detrás de mí queda el viento.


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