Martes, 24 de abril de 2012

5.
Mi hermana pequeña dice que no quiere que nuestro perro sufra otro ataque como el de este fin de semana, dice que quiere calidad de vida para él, dice que hay que quedarse con esos catorce años donde fue a la playa y al monte, donde tuvo todos los mimos y fue feliz. Lo dice antes de ir a la consulta del veterinario, como si quisiera hacerse a la idea de la pérdida, pero lo dice con lágrimas. Yo acaricio a nuestro perro, observo su mirada, veo mi reflejo en sus ojos. No sé qué quiero, no pienso en nada. Salimos del veterinario, hay un atisbo de esperanza, un tratamiento que le hará seguir adelante con buena calidad de vida. Bromeamos, le decimos que a partir de ahora le toca una vida de jubilado, ningún esfuerzo, de la cama al sofá y del sofá a la cama. Nuestro perro nos mira, ha recuperado parte del brillo en sus ojos, sigue asustado pero ya no tiembla al ir a la calle, incluso tira de nosotros para continuar con su paseo. Es parte de la familia. 

4.
Llego hasta el faro. Llevo una piedra pequeña, suave, me extraña su calidez, sus colores. Meto la mano en el bolsillo para acariciarla. No es un amuleto, no es una carga, es un regalo. La siento entre mis dedos y recuerdo mis bolsillos llenos de canicas o con una peonza de madera. A veces un olor me lleva a Galicia, las tardes tumbados en el prado de Moleiras, una aldea fantasma y las nubes que pasaban por encima de nosotros y se alejaban lejos, muy lejos. Eran tardes de sueños y juegos, de historias inventadas y el leve sonido del riachuelo. Son imágenes fugaces. Me siento con la espalda en el faro, a mis pies una rosa de los vientos, delante de mí la salida al mar y unos acantilados que parecen cortados por la mitad. El viento mueve las boyas y las pequeñas embarcaciones del puerto, hay un bote hundido, sólo sobresale la proa, señala al cielo y parece un iceberg. Recuerdo a aquella mujer que bailaba en la orilla de la playa de Muskiz, hubo un momento donde sentí que el mar brotaba de sus pies. No sé si es un recuerdo, un sueño o una nube que pasa. Dejo que el viento y el mar me vacíen, sólo queda la piedra en mi bolsillo.

6.
Pienso en las cosas que me hacen sonreír. La música, el solo de guitarra de Carve away the stone, las instrumentales de Hammock que transforman la realidad, cuando pongo el reproductor en modo aleatorio y una canción me lleva a otra persona (The Weepies, Eric Satie, Yeah Yeah Yeahs). Leer, que me cuenten historias que me hagan soñar y me lleven detrás del horizonte, que me descubran otras voces (efecto dominó, un mensaje de Es. con un enlace a cuatro poemas termina en el silencio de la noche 29 de febrero tras leer unos poemas que acuchillan), sentir que hay cientos de mundos posibles y que lo que veo es sólo una pequeña parte de la realidad. Correr hasta cansarme. Escribir, a veces sonrío y me siento feliz mientras escribo, ver que siguen saliendo palabras y más palabras, los correos con Ib, los lunes de Anay. Los recuerdos, las tardes y los aromas de Galicia, una canción por teléfono, sin palabras, los viajes que se funden unos con otros y una calle de Cádiz va a dar a una plaza de Belgrado, una clase de salsa en Mitrovica, aquella noche donde G. me abrazó y lloró en mi pecho y me dijo que me echaría de menos, por una pequeña eternidad me amaron. Encontrar otras huellas en libros de segunda mano, una foto, una postal, una dedicatoria con letra firme, frases subrayadas, pequeños mensajes de amor (dejo los billetes de mis viajes entre las hojas de mis libros, también marcapáginas, mapas o tarjetas de hotel, es una forma de conversar con alguien futuro). Los abrazos, los pequeños y evasivos, los fuertes que te contienen, los que saltan, los cariñosos y funambulistas, incluso los desastrosos. A pesar de lista de fracasos, el amor, ver mi reflejo en los ojos de otra persona, sentirme vulnerable, desnudo, el momento donde me muestro completamente, sin capas, sin muros de protección. Los objetos, no las posesiones, sino los objetos, libros, piedras, brújulas, chapas, mapas, postales, películas, discos, fotografías, pulseras, cada uno con su historia. Los trenes y los aeropuertos, los lugares de paso, los caminos de tierra, el horizonte en movimiento, la mochila rojo en mi hombro. La familia y los amigos, los que están a mi lado, los que están lejos, muy lejos, los visibles y los que son una letra negra sobre fondo blanco. Ahora.


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Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

Siga, siga improvisando. Leerle es una delicia.

Publicado por una vieja sirena
Miércoles, 25 de abril de 2012 | 19:17

Llevo una buena temporada improvisando, me siento en el suelo o en la cocina y salen las palabras, a ver si sigue el caudal. Cariños 

Publicado por elchicoanalogo
Miércoles, 25 de abril de 2012 | 19:55