Domingo, 29 de abril de 2012

El protagonista de Buscando un beso a medianoche decía en un teatro abandonado, “Bienvenido a Los Ángeles, acostúmbrate a sufrir”. Es la sensación que sentí mientras leía Una mañana radiante, la tristeza, el sufrimiento y el dolor de Los Ángeles, una ciudad que crece de forma casi caníbal y que quiebra sueños y personas, un laberinto donde se pierden ilusiones y vidas, la luz que esconde las sombras, la pobreza, la derrota, las pasiones.

James Frey intercala datos sobre la creación y crecimiento de Los Ángeles con la vida de un puñado de soñadores, supervivientes, estrellas de cine y perdedores. La ciudad es el personaje de esta novela, los peregrinos, las primeras casas, los desastres naturales que hacían reconstruir la ciudad y cambiar cursos de ríos, los diferentes núcleos que acaban por comunicarse entre sí. Frey escribe pequeños fragmentos de una ciudad en crecimiento, de su asentamiento, de su conversión en una devoradora de sueños, autopistas de seis, doce carriles donde el tiempo se detiene, donde todo pasa a cámara lenta. Por momentos me recordó a Mújica Laínez y su Misteriosa Buenos Aires, aunque en otro tono, con una voz más cercana al cine independiente norteamericano. Hay un par de momentos de especial tristeza, una lista de aspirantes a actor y el trabajo en el que acabaron, camareros, mendigos, repartidores de pizzas, zapaterías, parques de atracciones, porteros, trabajos sin cualificación, sueños rotos o esperanzas que se empequeñecen; otro momento es el deambular de uno de los personajes por la ciudad, cómo en su camino hacia la playa cruza barrios ricos, casas abandonadas, calles que resurgen de las cenizas, barrios residenciales, imágenes de una ciudad que podría ser la más brillante y la más ruinosa del mundo. La ciudad parece un luchador que intenta noquear a las miles de personas llegan cada mes para conseguir su lugar en la cumbre. Es como el camino al centro de la ciudad en Manhattan Transfer de John Dos Passos, la mayoría se queda en el camino.

Una mañana radiante también es una pareja adolescente que huye de casa para encontrar su sitio, un mendigo que ve amanecer cada día en la playa buscando una respuesta, un actor de cine acostumbrado a conseguir a quien quiere, una mujer que nació en la frontera entre México y Estados Unidos porque sus padres soñaban que al otro lado de la frontera se encontraba una oportunidad. Frey sigue estas cuatro historias y las intercala con otras pequeñas, como un rompecabezas, donde algunos consiguen su sueño y otros siguen luchando o bajan los brazos. La pareja adolescente sólo aspira a estar juntos, a tener una vida tranquila, común, el mendigo tendrá algo parecido a una respuesta cuando encuentra a una joven drogada y golpeada, el actor de cine acosa a uno de sus agentes para llevarlo a la cama, la mujer nacida en la frontera parece que vive entre dos realidades. Estas historias fragmentadas ayudan a pensar en tantas vidas y sueños que convergen en un punto, en cómo somos una especie de gota de un mar infinito. A veces Una mañana radiante es triste, a veces hay un momento de esperanza.

De esta lectura recordaré la lista de sueños por cumplir, cómo cada año hay cientos de miles de personas que viajan a una ciudad en busca de una oportunidad, ser el nuevo actor de moda o encontrar aquello que no se tiene en la ciudad natal. Pienso en la aventura por la aventura, en seguir adelante cuando no se tiene nada que perder, en la gloria en la derrota de las historias de Ford. Una mañana radiante es una buena lectura, a veces chirría de forma artificial, a veces te golpea, a veces te da un poco de luz.



A Joe el Viejo se le puso el pelo blanco cuando tenía veintinueve años. Estaba borracho, llovía, estaba de pie en la playa gritando al cielo, que era eterno, negro y silencioso. Algo, o alguien, le golpeó en la cabeza por detrás. Cuando se despertó poco antes del atardecer había envejecido cuarenta años. Tenía la piel gruesa y seca, y le caía flácida. Le dolían las articulaciones y no podía cerrar los puños, le resultaba doloroso ponerse de pie. Tenía los ojos profundos y hundidos, y el pelo y la barba blancos, habían sido negros mientras gritaba y de pronto estaban blancos. Había envejecido cuarenta años en pocas hora. Cuarenta años. Joe vive en un aseo. El aseo está en un callejón detrás de un puesto de tacos del paseo marítimo de Venice. El dueño del puesto le deja dormir allí porque le da lástima. Mientras que lo mantenga limpio y deje a los clientes utilizarlo durante el día, le permite ocuparlo de nochye. Duerme en el suelo junto al retrete. Del pomo de la puerta cuelga un televisor de bolsillo. Tiene una bolsa de ropa que utiliza de almohada y un saco de dormir que esconde detrás de un contendedor durante el día. Se lava en el lavabo y bebe del grifo. Se alimenta de los restos que encuentra en la basura.
Se despierta cada mañana antes del amanecer. Baja a la playa y se tumba en la arena, y espera una respuesta. Contempla cómo sale el sol, contempla cómo el cielo se vuelve gris, plateado, blanco, contempla cómo el cielo se vuelve rosa y amarillo, cómo el cielo se vuelve azul, cómo el cielo es casi siempre azul en Los Ángeles. Contempla la llegada del día. Un nuevo día. Espera una respuesta.

( … )

Mientras beben champán los dos se ponen contentos, juguetones, ninguno de los dos está acostumbrado a beber mucho en casa, ninguno de los dos ha probado nunca el champán. terminan en la cama palpando, explorando, jugando, haciendo todo lo que no podían hacer en los asientos traseros del coche o debajo de las mesas de ping-pong de los amigos cuando vivían en su casa. Ella le enseña todo lo que él quiere ver, le da todo lo que le pide, toma todo lo que quiere de él. Se quedan levantados hasta tarde empiezan una y otra vez, se abrazan y se dicen que se quieren tienen diecinueve años y están solos y enamorados y creen en el futuro.

( … )

A veces tenía dinero, otras no. A veces lo ganaba, otras se lo daban normalmente no sabía por qué.
Había conocido el amor.
Le habían partido el corazón.
Había vivido en tres continentes seis países diecisiete ciudades veintisiete pisos, no tenía dónde vivir, no tenía dónde vivir, no tenía dónde vivir.
La depresión, el odio a sí misma y el miedo eran sus compañeros.
A veces dormía dieciséis horas seguidas, otras veces nada en absoluto.
Comía filetes no muy hechos, pollo frito, bebía fumaba tragaba.
Conducía deprisa bajo la lluvia, despacio al sol.
La seguridad y la paz la invadían en momentos breves y fugaces. Nunca sabía cuándo o por qué se detenía sin tener en cuenta dónde estaba ni lo que estaba haciendo, se detenía y respiraba lenta y profundamente, se detenía y lenta y profundamente respiraba, experimentaba la seguridad, experimentaba la paz.
Siempre buscaba el éxtasis. Debajo de las mujeres, debajo de los hombres, encima de ellos frente a ellos dentro de ellos dentro de ella. Siempre era algo físico. Había oído decir que había algo más, que algunos lo buscaban, lo había oído decir, que había algo más, lo había oído decir.
James Frey
Una mañana radiante (traducción de Aurora Echevarría. Mondadori)


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Publicado por elchicoanalogo @ 8:52  | Libros...
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