Lunes, 30 de abril de 2012

Miré hacia la costa. Vi acercarse la tormenta desde el mar. Las nubes cubrieron los montes, los pequeños trozos azules del cielo, y empezó a llover. No busqué refugio, seguí andando durante un par de kilómetros hasta llegar a la primera parada de autobús que encontré. Sé que sonreí.

Hoy Anay se presenta con lluvia y García Montero, es un lunes realmente hermoso. Como ayer, sonreí. A veces necesitamos que nos moje la lluvia.


Los lunes de Anay. Boxes...

"Venga, sonríe,
mi chica fuerte."
                         JOSÉ LUIS PIQUERO


Yo he querido un respeto de cristal.

Que la lluvia viniese sobre mí
con sus alas de tarde,
que la noche difícil se moviera
como un vaso de agua en nuestra mano,
que las enamoradas
buscasen un espejo donde sentir los labios,
y que la historia
con su tacón injusto
no pisara mi vida,
porque la lluvia y yo
y las enamoradas y el espejo
no somos partidarios de los cristales rotos.

                                                   LUIS GARCÍA MONTERO



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, José Luis Piquero, Luis García Montero, Guns n Roses

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Domingo, 29 de abril de 2012

El protagonista de Buscando un beso a medianoche decía en un teatro abandonado, “Bienvenido a Los Ángeles, acostúmbrate a sufrir”. Es la sensación que sentí mientras leía Una mañana radiante, la tristeza, el sufrimiento y el dolor de Los Ángeles, una ciudad que crece de forma casi caníbal y que quiebra sueños y personas, un laberinto donde se pierden ilusiones y vidas, la luz que esconde las sombras, la pobreza, la derrota, las pasiones.

James Frey intercala datos sobre la creación y crecimiento de Los Ángeles con la vida de un puñado de soñadores, supervivientes, estrellas de cine y perdedores. La ciudad es el personaje de esta novela, los peregrinos, las primeras casas, los desastres naturales que hacían reconstruir la ciudad y cambiar cursos de ríos, los diferentes núcleos que acaban por comunicarse entre sí. Frey escribe pequeños fragmentos de una ciudad en crecimiento, de su asentamiento, de su conversión en una devoradora de sueños, autopistas de seis, doce carriles donde el tiempo se detiene, donde todo pasa a cámara lenta. Por momentos me recordó a Mújica Laínez y su Misteriosa Buenos Aires, aunque en otro tono, con una voz más cercana al cine independiente norteamericano. Hay un par de momentos de especial tristeza, una lista de aspirantes a actor y el trabajo en el que acabaron, camareros, mendigos, repartidores de pizzas, zapaterías, parques de atracciones, porteros, trabajos sin cualificación, sueños rotos o esperanzas que se empequeñecen; otro momento es el deambular de uno de los personajes por la ciudad, cómo en su camino hacia la playa cruza barrios ricos, casas abandonadas, calles que resurgen de las cenizas, barrios residenciales, imágenes de una ciudad que podría ser la más brillante y la más ruinosa del mundo. La ciudad parece un luchador que intenta noquear a las miles de personas llegan cada mes para conseguir su lugar en la cumbre. Es como el camino al centro de la ciudad en Manhattan Transfer de John Dos Passos, la mayoría se queda en el camino.

Una mañana radiante también es una pareja adolescente que huye de casa para encontrar su sitio, un mendigo que ve amanecer cada día en la playa buscando una respuesta, un actor de cine acostumbrado a conseguir a quien quiere, una mujer que nació en la frontera entre México y Estados Unidos porque sus padres soñaban que al otro lado de la frontera se encontraba una oportunidad. Frey sigue estas cuatro historias y las intercala con otras pequeñas, como un rompecabezas, donde algunos consiguen su sueño y otros siguen luchando o bajan los brazos. La pareja adolescente sólo aspira a estar juntos, a tener una vida tranquila, común, el mendigo tendrá algo parecido a una respuesta cuando encuentra a una joven drogada y golpeada, el actor de cine acosa a uno de sus agentes para llevarlo a la cama, la mujer nacida en la frontera parece que vive entre dos realidades. Estas historias fragmentadas ayudan a pensar en tantas vidas y sueños que convergen en un punto, en cómo somos una especie de gota de un mar infinito. A veces Una mañana radiante es triste, a veces hay un momento de esperanza.

De esta lectura recordaré la lista de sueños por cumplir, cómo cada año hay cientos de miles de personas que viajan a una ciudad en busca de una oportunidad, ser el nuevo actor de moda o encontrar aquello que no se tiene en la ciudad natal. Pienso en la aventura por la aventura, en seguir adelante cuando no se tiene nada que perder, en la gloria en la derrota de las historias de Ford. Una mañana radiante es una buena lectura, a veces chirría de forma artificial, a veces te golpea, a veces te da un poco de luz.



A Joe el Viejo se le puso el pelo blanco cuando tenía veintinueve años. Estaba borracho, llovía, estaba de pie en la playa gritando al cielo, que era eterno, negro y silencioso. Algo, o alguien, le golpeó en la cabeza por detrás. Cuando se despertó poco antes del atardecer había envejecido cuarenta años. Tenía la piel gruesa y seca, y le caía flácida. Le dolían las articulaciones y no podía cerrar los puños, le resultaba doloroso ponerse de pie. Tenía los ojos profundos y hundidos, y el pelo y la barba blancos, habían sido negros mientras gritaba y de pronto estaban blancos. Había envejecido cuarenta años en pocas hora. Cuarenta años. Joe vive en un aseo. El aseo está en un callejón detrás de un puesto de tacos del paseo marítimo de Venice. El dueño del puesto le deja dormir allí porque le da lástima. Mientras que lo mantenga limpio y deje a los clientes utilizarlo durante el día, le permite ocuparlo de nochye. Duerme en el suelo junto al retrete. Del pomo de la puerta cuelga un televisor de bolsillo. Tiene una bolsa de ropa que utiliza de almohada y un saco de dormir que esconde detrás de un contendedor durante el día. Se lava en el lavabo y bebe del grifo. Se alimenta de los restos que encuentra en la basura.
Se despierta cada mañana antes del amanecer. Baja a la playa y se tumba en la arena, y espera una respuesta. Contempla cómo sale el sol, contempla cómo el cielo se vuelve gris, plateado, blanco, contempla cómo el cielo se vuelve rosa y amarillo, cómo el cielo se vuelve azul, cómo el cielo es casi siempre azul en Los Ángeles. Contempla la llegada del día. Un nuevo día. Espera una respuesta.

( … )

Mientras beben champán los dos se ponen contentos, juguetones, ninguno de los dos está acostumbrado a beber mucho en casa, ninguno de los dos ha probado nunca el champán. terminan en la cama palpando, explorando, jugando, haciendo todo lo que no podían hacer en los asientos traseros del coche o debajo de las mesas de ping-pong de los amigos cuando vivían en su casa. Ella le enseña todo lo que él quiere ver, le da todo lo que le pide, toma todo lo que quiere de él. Se quedan levantados hasta tarde empiezan una y otra vez, se abrazan y se dicen que se quieren tienen diecinueve años y están solos y enamorados y creen en el futuro.

( … )

A veces tenía dinero, otras no. A veces lo ganaba, otras se lo daban normalmente no sabía por qué.
Había conocido el amor.
Le habían partido el corazón.
Había vivido en tres continentes seis países diecisiete ciudades veintisiete pisos, no tenía dónde vivir, no tenía dónde vivir, no tenía dónde vivir.
La depresión, el odio a sí misma y el miedo eran sus compañeros.
A veces dormía dieciséis horas seguidas, otras veces nada en absoluto.
Comía filetes no muy hechos, pollo frito, bebía fumaba tragaba.
Conducía deprisa bajo la lluvia, despacio al sol.
La seguridad y la paz la invadían en momentos breves y fugaces. Nunca sabía cuándo o por qué se detenía sin tener en cuenta dónde estaba ni lo que estaba haciendo, se detenía y respiraba lenta y profundamente, se detenía y lenta y profundamente respiraba, experimentaba la seguridad, experimentaba la paz.
Siempre buscaba el éxtasis. Debajo de las mujeres, debajo de los hombres, encima de ellos frente a ellos dentro de ellos dentro de ella. Siempre era algo físico. Había oído decir que había algo más, que algunos lo buscaban, lo había oído decir, que había algo más, lo había oído decir.
James Frey
Una mañana radiante (traducción de Aurora Echevarría. Mondadori)


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Viernes, 27 de abril de 2012

1.
Abro un mapa de España. Dibujo una línea recta entre mi ciudad y la tuya. Esa línea es la distancia entre nosotros. Pienso en el espacio que nos separa, no sé cuántas paredes, no sé cuántos sueños, dos pasados y miles de decisiones hasta que nos cruzamos con el otro. Da vértigo. Sigo la línea por pueblos y montes desconocidos, por ciudades entrevistas a través de ventanas de tren, reconozco algún nombre donde dejé parte de quien fui, un viaje imaginario entre dimensiones y realidades invisibles. Pienso en las vidas bajo esa línea recta, las derrotas y los momentos de paz, la angustia y la epifanía, la necesidad de redención y amor, los recuerdos y las decisiones a tomar. Por un segundo sonrío y me digo que ojalá alguien esté haciendo el amor bajo esa línea. Hay todo un mundo en la distancia entre nosotros.

2.
Me dice que miro de un modo absolutamente entregado y que lo que veo se me entrega por completo, me dice que sabré que eso me hará sufrir, me dice que afortunada la mujer que me vea y me ame. Me quedo en silencio, las palabras calan de a poco dentro de mí, me acaban de describir en la distancia. Respondo que mi forma de ser ya me hace sufrir, me gustaría ser como Wayne y Bogart, un tipo duro, algo parecido a una roca, y no este laberinto de fragilidades y sueños que soy, respondo que soy invisible y que pocas mujeres aman a un hombre que es feliz tumbado en la hierba, mirando el cielo pasar mientras el mar golpea las rocas del acantilado, que entra en una librería y se pierde en el tiempo o que escribe sobre líneas en un mapa. Soy una tortuga, por fuera tranquilo y lento, por dentro emociones que nunca se detienen.

3. 35+Pi=F3 
En autorretrato con radiador Christian Bobin nos anima a hacer nuestro propio autorretrato, decir quiénes somos y dónde estamos para aquellos que pasan por nuestra vida y amamos. Estoy sentado en el suelo de madera, la espalda apoyada contra una estantería llena de libros. Escucho el sonido de los pájaros, las gotas de lluvia contra la ventana, el ruido de la carretera. Miro alrededor y veo libros amontonados. Me gusta apilarlos de cualquier forma para luego pasarme una mañana ordenando el caos. Hace años mi padre me preguntaba si necesitaba alguna estantería más, semanas después se presentaba con una nueva y la colocábamos en la habitación. Ya no pregunta, no hay sitio. Mi lectura actual es Hubo una guerra de Steinbeck. Tengo dos mapas en la pared, uno de Argentina, que me hace recordar, y otro de Estados Unidos, que me ayuda a soñar, un centenar de discos, algunas chapas, fotos de mi sobrino, de mi infancia y de Galicia que tapan por completo un espejo (es un espejo ciego, no refleja nada más que el reverso de las fotografías). Miro dentro. En este instante me siento perdido, no consigo ubicarme, me dejo llevar por los sueños y las palabras, soy emociones amontonadas (como mis libros) que no sé cómo ordenar. A veces hago listas de las cosas que me hacen sonreír y cuando la termino me digo que debería ocupar más tiempo en lo que me hace sonreír. Soy feliz al observar la línea del amanecer, cuando invento cuentos a mi sobrino, escribo algo que primero fue un chispazo, luego una imagen y al final un espacio en blanco o encuentro otras huellas en libros de segunda mano. Idealizo el amor y a las personas, soy tímido y siento que pierdo algo de mí cuando me muestro. No sé qué hacer conmigo, creo que el espacio y el tiempo andan desparejados, sé que puedo parar la lluvia y llevo un trozo de luna en el bolsillo. Éste es mi autorretrato el veintisiete de abril de 2012, a las once y cuarenta minutos en mi habitación. 


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Leí Un campeón desparejo en el tren, pasaba de la noche tras la ventana a la sonrisa entrañable que me provocaba el libro de Bioy Casares. El tono y la luz de Un campeón desparejo me recordaba a los tebeos de mi infancia, a aquellas historietas de profesores y matemáticos locos y despistados, forzudos impasibles, detectives camaleónicos, perdedores que siempre acababan por tropezar en el último momento.

Bioy Casares me ganó desde las primeras páginas con un personaje inolvidable, el taxista Luis Ángel Morales, un tipo tranquilo y bonachón al que parece le persiguen los hechos más extraños y curiosos que se puedan imaginar, un hombre que perdió tiempo atrás a la mujer de su vida pero que la busca por la ciudad mientras conduce su taxi. “«A la vuelta de un año», reflexionó, «los taxistas recorremos todo Buenos Aires, por grande que sea. Quién me dice que un día no la encuentre. No va a ser fácil.» Para peor buscaba la cara de una chica de once años y Valentina, si vivía, ya había dejado atrás los veinte.

Luis Ángel recoge en su taxi a dos tipos extraños, parecen médicos o científicos, charlan de forma amigable y comprueban la bondad de Luis Ángel, su forma tranquila de pasar por la vida. Se aprovechan de su buena disposición para conducirlo hasta un apartamento donde le darán a beber un líquido desconocido, en ese preciso instante la vida de Luis Ángel dará un vuelco, descubrirá que tiene una fuerza descomunal cuando se enfada y se enfrenta aun adversario en una pelea. Sin saberlo se convierte en una especie de quijote que deshace entuertos y salva a damas en peligro, capaz de torcer hierros o ahuyentar a media docena de barras bravas que voltean su taxi. Es ahí donde están los momentos más divertidos de Un campeón desparejo, Luis Ángel deambula por la ciudad, toma a sus clientes y, sin saber cómo, acaba la carrera defendiendo a sus pasajeros de una injusticia, ayuda a una prostituta, a una señora mayor, a una vecina golpeada por su marido. Avanzaba en la lectura con una sonrisa.

Pero hay algo que entristece a Luis Ángel, haber perdido a Valentina, la mujer de su vida, por falta de confianza en sí mismo. La sonrisa se tuerce en esos momentos, el bonachón de Luis Ángel pasa de héroe, de quijote capaz de las mayores locuras, a alguien que siente el vacío que dejó la ausencia de Valentina. No supo conquistarla ni retenerla cuando tuvo ocasión. Cada carrera por Buenos Aires es una búsqueda de una sombra, la esperanza de una segunda oportunidad. Luis Ángel descubrirá que han secuestrado a Valentina e intentará rescatarla. Sentía que empujaba a Luis Ángel en su aventura, que tiraba de él para que pudiera redimirse y alcanzar una pequeña victoria.

Un campeón desparejo es entrañable y quijotesca, inteligente e inquieta, tiene un personaje inolvidable y situaciones cómicas inesperadas, algunas imágenes poéticas (las pienso en sepia) y un final que te deja con una sonrisa agridulce. Me gustan los mundos de Bioy Casares, que lo insólito irrumpa en la realidad, los amores fugaces y en diferentes dimensiones, un humor por momentos eufórico que me recordó al de John Ford en uno de los capítulos de La salida de la luna, y por momentos triste e irónico.
Adolfo Bioy Casares
Un campeón desparejo (Tusquets)


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Jueves, 26 de abril de 2012

No me lleves a sombras de la muerte  
Adonde se hará sombra mi vida,  
Donde sólo se vive el haber sido.  
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.

Hay un morir si de unos ojos
Se voltea la mirada de amor
Y queda sólo el mirar del vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,
Esto es Muerte. Olvido en ojos mirantes.

Macedonio Fernández
Hay un morir


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Mi?rcoles, 25 de abril de 2012

Nieve es un juego y un poema, es una pequeña sucesión de haikus, de imágenes que se quedaron dentro de mí como el sonido de una nevada, Nieve tiene la voz y la melodía de las leyendas y la magia, Nieve es entrañable, es dolorosa, es funambulista, es entrar en el mundo de los sueños, hay amor y pérdida, hay vida bajo el hielo y un amor intemporal, una sucesión de fragmentos que intentan dibujar y describir la emoción de aquello que vemos ante nosotros, de aquello que vemos dentro de nosotros. Nieve es detenerse y mirar, es dejarse llevar por la magia y los mundos posibles que no acabamos de fijar y descubrir.

Fermine crea un libro poético y cálido, Yuko, un joven que no quiere ser ni sacerdote ni guerrero sino poeta. “No adornar nada. No hablar. Mirar y escribir. En pocas palabras. Diecisiete sílabas. Un haiku.” Cada invierno escribe 77 haikus de nieve, mira alrededor y describe y materializa la blancura en sus poemas, pero le falta algo, sus haikus están incompletos y viaja al sur del Japón para aprender de un pintor ciego la pintura y la música que no hay en sus poemas. 

En Nieve caben los samuráis y los sacerdotes, el amor y el dolor, la belleza queda de un paisaje blanco y las imágenes inesperadas, una mujer funambulista que hace los equilibrios más arriesgados entre cumbres de montaña y un pintor que se queda ciego al pintar una y otra vez el rostro que ama, un cuerpo enterrado bajo el hielo que conserva su juventud a través de los años y la levedad de los copos de nieve, el inicio en el amor y el sexo, el cruce de la vida y la muerte, del tiempo y el espacio. Nieve es misterio, un truco de magia cuya armazón debe quedar invisible. En ese viaje al sur el joven Yuko no sólo descubrirá la pintura y la música para completar sus poemas, también plegará el tiempo, sabré ver dentro de sí, descubrirá el amor y la muerte.

Me gusta la escritura fragmentada de Fermine, que escriba a trazos y sea capaz de describir un par de historias de amor inusuales y llene Nieve de imágenes leves y hermosas como pequeños copos, que se deje llevar por la magia. Es lo que sentí al terminar Nieve en el tren, silencio, emoción, magia, cumbres nevadas y amores (im)posibles. 



La nieve posee cinco características principales.
Es blanca.
Hiela la naturaleza y la protege.
Se transforma continuamente.
Es una superficie resbaladiza.
Se convierte en agua.

Cuando se lo comentó a su padre, éste no vio en ellos más que aspectos negativos, como si la extraña pasión de su hijo por la nieve hiciese a sus ojos más aterradora aún la estación invernal.
- Es blanca. Por lo tanto es invisible y no merece existir.
Hiela la naturaleza y la protege. ¿Quién es esa orgullosa para pretender convertir el mundo en estatua?
Se transforma continuamente. Luego no es de fiar.
Es una superficie resbaladiza. Así que ¿quién puede disfrutar resbalando en la nieve?
Se convierte en agua. Lo hace para inundarnos más en la época de deshielo.

Yuko, en cambio, veía en su compañera cinco cualidades distintas, que eran un puro deleite para su talento artístico.
- Es blanca. Luego es una poesía. Una poesía de gran pureza.
»Hiela la naturaleza y la protege. Luego es una pintura. La pintura más delicada del invierno.
»Se transforma continuamente. Luego es una caligrafía. Existen diez mil modos de escribir la palabra nieve.
»Es una superficie resbaladiza. Luego es una danza. En la nieve, todo hombre puede creerse funámbulo,
»Se convierte en agua. Luego es una música. En primavera, troca los ríos y torrentes en sinfonías de notas blancas.

- ¿Todo esto es para ti la nieve? -preguntó el sacerdote.
- Representa muchísimo más aún.
Aquella noche el padre de Yuko Akita comprendió que el haiku no bastaría para colmar los ojos de su hijo con la belleza de la nieve.
Maxence Fermine
Nieve (traducción de Javier Albiñana. Anagrama)


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Martes, 24 de abril de 2012

5.
Mi hermana pequeña dice que no quiere que nuestro perro sufra otro ataque como el de este fin de semana, dice que quiere calidad de vida para él, dice que hay que quedarse con esos catorce años donde fue a la playa y al monte, donde tuvo todos los mimos y fue feliz. Lo dice antes de ir a la consulta del veterinario, como si quisiera hacerse a la idea de la pérdida, pero lo dice con lágrimas. Yo acaricio a nuestro perro, observo su mirada, veo mi reflejo en sus ojos. No sé qué quiero, no pienso en nada. Salimos del veterinario, hay un atisbo de esperanza, un tratamiento que le hará seguir adelante con buena calidad de vida. Bromeamos, le decimos que a partir de ahora le toca una vida de jubilado, ningún esfuerzo, de la cama al sofá y del sofá a la cama. Nuestro perro nos mira, ha recuperado parte del brillo en sus ojos, sigue asustado pero ya no tiembla al ir a la calle, incluso tira de nosotros para continuar con su paseo. Es parte de la familia. 

4.
Llego hasta el faro. Llevo una piedra pequeña, suave, me extraña su calidez, sus colores. Meto la mano en el bolsillo para acariciarla. No es un amuleto, no es una carga, es un regalo. La siento entre mis dedos y recuerdo mis bolsillos llenos de canicas o con una peonza de madera. A veces un olor me lleva a Galicia, las tardes tumbados en el prado de Moleiras, una aldea fantasma y las nubes que pasaban por encima de nosotros y se alejaban lejos, muy lejos. Eran tardes de sueños y juegos, de historias inventadas y el leve sonido del riachuelo. Son imágenes fugaces. Me siento con la espalda en el faro, a mis pies una rosa de los vientos, delante de mí la salida al mar y unos acantilados que parecen cortados por la mitad. El viento mueve las boyas y las pequeñas embarcaciones del puerto, hay un bote hundido, sólo sobresale la proa, señala al cielo y parece un iceberg. Recuerdo a aquella mujer que bailaba en la orilla de la playa de Muskiz, hubo un momento donde sentí que el mar brotaba de sus pies. No sé si es un recuerdo, un sueño o una nube que pasa. Dejo que el viento y el mar me vacíen, sólo queda la piedra en mi bolsillo.

6.
Pienso en las cosas que me hacen sonreír. La música, el solo de guitarra de Carve away the stone, las instrumentales de Hammock que transforman la realidad, cuando pongo el reproductor en modo aleatorio y una canción me lleva a otra persona (The Weepies, Eric Satie, Yeah Yeah Yeahs). Leer, que me cuenten historias que me hagan soñar y me lleven detrás del horizonte, que me descubran otras voces (efecto dominó, un mensaje de Es. con un enlace a cuatro poemas termina en el silencio de la noche 29 de febrero tras leer unos poemas que acuchillan), sentir que hay cientos de mundos posibles y que lo que veo es sólo una pequeña parte de la realidad. Correr hasta cansarme. Escribir, a veces sonrío y me siento feliz mientras escribo, ver que siguen saliendo palabras y más palabras, los correos con Ib, los lunes de Anay. Los recuerdos, las tardes y los aromas de Galicia, una canción por teléfono, sin palabras, los viajes que se funden unos con otros y una calle de Cádiz va a dar a una plaza de Belgrado, una clase de salsa en Mitrovica, aquella noche donde G. me abrazó y lloró en mi pecho y me dijo que me echaría de menos, por una pequeña eternidad me amaron. Encontrar otras huellas en libros de segunda mano, una foto, una postal, una dedicatoria con letra firme, frases subrayadas, pequeños mensajes de amor (dejo los billetes de mis viajes entre las hojas de mis libros, también marcapáginas, mapas o tarjetas de hotel, es una forma de conversar con alguien futuro). Los abrazos, los pequeños y evasivos, los fuertes que te contienen, los que saltan, los cariñosos y funambulistas, incluso los desastrosos. A pesar de lista de fracasos, el amor, ver mi reflejo en los ojos de otra persona, sentirme vulnerable, desnudo, el momento donde me muestro completamente, sin capas, sin muros de protección. Los objetos, no las posesiones, sino los objetos, libros, piedras, brújulas, chapas, mapas, postales, películas, discos, fotografías, pulseras, cada uno con su historia. Los trenes y los aeropuertos, los lugares de paso, los caminos de tierra, el horizonte en movimiento, la mochila rojo en mi hombro. La familia y los amigos, los que están a mi lado, los que están lejos, muy lejos, los visibles y los que son una letra negra sobre fondo blanco. Ahora.


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Hay buzones al borde 
de la arcada, 
pero esos no. 
No esos. 
Seguir un buzón 
expedito, sin nombres. 
Seguirlo a diario, con gafas oscuras. 
Observar al cartero, 
que sin mirar, 
pasa de largo, dejándolo aún
más vacío.
Y seguir siguiendo,
otro día,
y otro más y seguir
custodiando una ausencia.
O escribir.
Virginia Aguilar Bautista
Seguir un buzón (en Seguir un buzón. Renacimiento)

 

(Hace un par de días no sabía quién era Virginia Aguilar Bautista, hoy he leído un puñado de sus poemas en la red y he descubierto que hemos coincidido en un sueño de Ib. Si en alguna ocasión nos cruzamos en una misma realidad le diré que nos conocimos dentro de un sueño).


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Lunes, 23 de abril de 2012

1.
Fue una semana de trenes y libros. La emoción de un viaje dentro de otro, el movimiento del tren y el horizonte que se adentraba en la historia de un viejo bluesman, un taxista quijotesco en busca de un amor perdido, un beso en un ascensor, una ciudad bombardeada o un soñador escritor de haikus enamorado de la blancura de la nieve. Se mezclaban horizontes y personajes, recuerdos y sueños, la mochila roja llena de libros de segunda mano y poemas. A veces sentía que desaparecía en ese instante donde iba de la ventana a las hojas de un libro. Terminaba una lectura y me quedaba en silencio, miraba mi reflejo fuera del tren, mi imagen fundida con los montes y los campos de labranza, un extraño truco de magia. Recordé a aquella chica que lloró al terminar un libro de Espinosa, a aquel chico que leía de pie en el metro de Madrid, a Clara y a mí curioseando las portadas de los libros de otros viajeros mientras llevábamos un par bolsas en la mano con media docena de libros. El continuo movimiento del tren hacia delante, siempre hacia delante, la niebla del amanecer, las caras somnolientas y yo con un libro en las manos que me ataba a la realidad y me hacía desaparecer.

2.
Bajo a mi perro en brazos. Siento su peso en mi espalda. Me mira con tristeza, intenta saltar al suelo. No le dejo, está enfermo, cualquier esfuerzo lo agota. Está por cumplir catorce años. Recuerdo cuando era un cachorro y también lo llevaba en brazos para que no se escapase tras un gato o la pelota de los niños del barrio. Era un perro nervioso y juguetón. Cuando me preguntan por él siempre digo que compartimos color de pelo, blanco, gris y negro. Ahora está tumbado en el sofá. Lo acaricio en la cabeza, tras las orejas, antes me parecía un pequeño murciélago. Me lame la mano, el mentón, tiene una mirada huidiza, asustada, intento adivinar qué siente pero sólo puedo improvisar, tal vez sepa que ya es mayor. Resiste. Tengo un llanto cruzado en la garganta que no acaba de salir. Me cuesta llorar, arrastrar fuera de mí las lágrimas, y los dolores se acumulan. Tal vez por eso mis heridas tardan tanto en cicatrizar. Tal vez por eso escribo.

3.
El viento viene del mar, trae gotas de lluvia e inclina las copas de los árboles en una misma dirección. Siento que se acerca poco a poco, un susurro que acaba en un golpe de mar contra las esquinas. El viento no se detiene. Yo tampoco. Corro contra el viento. Me gusta porque siento que lucho contra algo, mi cuerpo centrado en dar un paso más, en seguir hacia delante. A veces se mete por mi boca y me deja sin respiración, a veces me tambalea en las esquinas. Sólo pienso en seguir hacia delante. Detrás de mí queda el viento.


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Ib me pregunta si yo soy Anay y me escondo tras un seudónimo para escribir estos lunes. Le respondo que no, que me escribo con una poeta (y una persona) maravillosa y que cada lunes envía a sus contactos un correo con citas, poesías y canciones, una manera de empezar la semana diferente, un puñado de palabras que son como el viento en la espalda. Luego pensé que podría haber hecho algo parecido, sacarme de la manga un nombre y un pasado inventados y escribir desde un lugar nuevo y desconocido.

Creo que no hay mejor manera para celebrar el día del libro que con un lunes de Anay...


Los lunes de Anay. Deontologías...

"Si quieres comprender un poco más,
descálzate y pisa."
                             CARLOS MARZAL


PROPÓSITO 2

levantar
levantar el agua
en quinientas nubes
para que zozobren alguaciles
y médicos en ristra
para que la quimérica
suma de aptitudes
sea igual
a una lluvia de verano

levantar
levantar a los enfermos
terminales
y jugar un simple partido
al sol
para que ganen

levantar en fin
cosas que ya tienen veredicto
para que no se crean absolutas.

                                           ÒSCAR SOLSONA




...Feliz lunes y feliz  Sant Jordi.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberbiola, Diana Ross, Carlos Marzal, Óscar Solsona

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S?bado, 21 de abril de 2012

Leía Un campeón desparejo, un taxista quijotesco, un amor imposible de olvidar, las calles de Buenos Aires y dos profesores que parecían salir de algún tebeo de mi infancia. Pasaba de las páginas del libro a los últimos retazos de la noche fuera del tren, las farolas como luces de luciérnaga y la niebla lunar. Entonces, por un momento, la historia de Bioy Casares se mezcló con el horizonte y sentí que fuera del tren estaba la niebla de los campos de Ezeiza. Terminé el libro con una sonrisa melancólica después de páginas y páginas empujando al personaje en busca de su amor perdido. A veces toca perder, a veces hay pequeñas victorias, siempre queda la lucha.

Saqué el mapa del bolsillo. Estaba en la puerta del hotel. Miré alrededor, una larga avenida, la estación de tren, los tejados de la ciudad y al fondo la basílica. Me siento extraño ante un mapa, no consigo ubicarme ni medir las distancias, todo parece laberíntico, exagerado, a desmano. Pensé en aquel cuento de Borges en el que un mapa ocupaba exactamente el país que cartografía. Sonreí por tantas historias e imágenes dentro de mí, como si fueran una hoguera resplandeciendo, otra clase de mapa a seguir. Metí el mapa en la mochila y empecé a andar con tranquilidad, tenía tiempo, tenía ganas de sentirme perdido.

En cada viaje escribo una postal a mi sobrino. Me siento en una cafetería y le describo dónde estoy y qué siento. Esta vez le cuento que viajaba para asistir a la lectura de una amiga y que estaba en una ciudad desconocida. Cuando vuelvo me pregunta por mis viajes, entonces le hablo de lo que he hecho, las cosas curiosas que he visto. Él hace lo mismo, me escribe pequeños correos cuando va a Francia y me cuenta que ha jugado a fútbol o que ha aprendido una palabra nueva. Intercambiamos horizontes.

La primera vez que hablé con Ib fue en diciembre. Entre un una cafetería con Pan comido, leía fragmentos al azar, recuerdo que sentí que ese libro me golpearía, me dejaría del revés. Y lo hizo. Ib es la primera persona que salta mientras me abraza. Me dice, eres como en las fotos, me dice gracias por venir, me dice que salta cuando abraza a alguien. Yo sólo consigo responder pues salta. Soy un hombre tímido, aparezco poco a poco, me escondo tras las gafas y la barba hasta que algo hace clic y me vuelvo visible. Es un abrazo cálido, risueño, cercano, como Ib. Me regala algunos de sus libros, unas galletas de pasta de higo, una chapa de Peano porque nos gusta el misterio que esconde tras de sí la transitiva y una pequeña piedra que se pierde en la palma de mi mano. Hace semanas que nos escribimos a diario, hablamos de piedras, tortugas, recuerdos, Askildsen, nunca nos preguntamos nada. Tenía sus palabras pero me faltaban su voz, sus gestos, su mirada, su sonrisa sempiterna.

Hay una librería en Zaragoza diferente a cuantas he visto. La Pantera Rossa. Tiene un sótano donde se organizan lecturas y talleres. Parece una cueva. Ib me explica que antes fue un video club porno y, también, un refugio en tiempos de guerra. Siento que hay una historia entre esas paredes, que si hay libros que convierten ciudades en protagonistas debería haber uno que hable de ese refugio.

Las voces de Ib y Juan Pardo Vidal en la lectura de sus libros. Se mezcla mi voz con la de Ib en Pan comido, de repente ese poemario tiene dos voces, dos lecturas, dos huellas diferentes. Me gusta el juego de magia. Hay emoción, hay sonrisas y humor, hay tristeza y dolor, hay también un giro inesperado, acelgas, mesillas de noche que no lo son y aeropuertos, objetos y paisajes transformados. No hay un muro entre los escritores y los lectores. Las palabras y las voces de Ib y Juan Pardo Vidal dentro del refugio reconvertido en librería.

Miro la lluvia que cubre las ventanas del tren, que difuminan el paisaje y lo convierte en líneas discontinuas. Leo 35 maneras de sentirse solo y a veces se cruza la voz de Juan Pardo Vidal con la mía, algo que nunca antes me había pasado. Recuerdo la noche con ellos, la cena compartida, el cabaret ibérico, mujeres desnudas que se embadurnan de tomate, hombres con faldas escocesas, las jotas en mitad de esos números que le dan un aire aún más surrealista al escenario. Y, sobre todo, recuerdo a Ib hablándome de aquella escena de Melody donde un chaval se esfuerza por hacerse visible ante los ojos de una niña y cómo ella no se da cuenta de nada. Nos despedimos con otro abrazo, nos damos las gracias, ella vuelve con sus amigos, yo regreso andando al hotel, de madrugada. Siento que todo está bien, que todo está en orden. Y sonrío.


salir a la calle
sin otro trabajo
que vagar sin objetivo

entretener el miedo
se convierte en superstición

nos dirán qué hacer tú y yo parados
en el centro de la muchedumbre

uno piensa en una flecha

de alguna manera
el dolor desaparece
como la luz menguante
de los charcos
Isabel Bono
Versos al aire


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Viernes, 20 de abril de 2012

La novela póstuma Los sinsabores del verdadero policía fue una lectura extraña, llena de altibajos, de páginas febriles que golpean en el estómago por su intensidad y otras que parecen un bosquejo, un armazón que se completaría en libros como 2666 o Los detectives salvajes, algo que se queda en el umbral sin acabar de traspasarlo. Bolaño volvía a ella a lo largo de los años, parecía querer construir una novela-río donde dejar todo su mundo en una historia laberíntica, un rompecabezas loco. Hubo momentos de tedio y otros donde me reencontraba con algunos de los personajes de otros libros de Bolaño, entonces, la lectura se convirtió en un cruce de historias, de palabras ya leídas y otras que completaban las anteriores lecturas, de reconocimiento y reencuentros.

Lo que me atrae de los libros de Bolaño son las palabras que se desbordan con escritores malditos, poetas bárbaros, el desierto y las ciudades fronterizas, los personajes en continuo movimiento que llevan tras de sí la carga de dictaduras, sangre, encierros, tierras en quiebra, los perdedores y supervivientes y el dolor por esa América Latina que no fue, que no la dejaron ser. Cada Bolaño es eso, intensidad y lucha, un combate constante.

Las primeras páginas me devolvieron a 2666, aquella clasificación de la poesía en varias corrientes, “maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos” un monólogo desvariado que sirve como introducción a los personajes de Amalfitano y Padilla, Amalfitano que huyó de Chile en un viaje continuo con su hija por América y Europa, de nuevo esa imagen del hombre errante que aparece en las novelas de Bolaño, que arrastra la carga de no tener una patria definida en la que asentarse; Padilla que es la voluptuosidad, la pasión, la sombra y el peligro, la vida al borde del abismo.

Los sinsabores del verdadero policía es un cruce con 2666, Los detectives salvajes o Estrella distante, es como un cuaderno de notas que nutrió, sobre todo, al último libro de Bolaño, reaparecen personajes y decorados, palabras y gestos, es como ver crecer una novela. Amalfitano debe refugiarse en México con su hija tras el escándalo de su relación con Padilla, allá encuentra desierto, crímenes, una universidad extraña, una casa de dos habitaciones, un mago escritor, Arcimboldi (en esta novela no es esa sombra huidiza ni se acerca a la figura de B. Traven como en 2666). Bolaño detiene la acción, las cartas entre Amalfitano y Padilla y la descripción de su nueva vida en México para hablar de Arcimboldi y desgranar sus libros, un juego laberíntico. También hay momentos para Rosa Amalfitano y sus primeros escarceos en el amor, para Pancho Monje, un joven sicario, hijo de una familia donde las mujeres se llamaban María Expósito, como una marea que no se detiene, para los hermanos Negrete, para la corrupción y la sangre, los amores adolescentes y el deseo incontenible, para la muerte como una sombra que siempre está alrededor de los personajes.

A pesar de la lectura irregular, a golpes, me gusta este Bolaño por eso, hay un momento donde te descoloca y te noquea, donde te atrapa cuando habla de Santa Teresa, de los poetas perdidos, de los seres errantes, de sicarios, de la idea de América Latina y la que acabó siendo, del dolor y la locura de escribir.



Padilla, recordaba Amalfitano, de entre todas las costumbres defendía la costumbre de fumar. Lo único que alguna vez hermanó a los catalanes con los castellanos, a los asturianos con los andaluces, a los vascos con los valencianos era el arte, la atroz circunstancia de fumar en compañía. Según Padilla no existía en la lengua española frase más hermosa que aquella que se empleaba para pedir fuego. Frase hermosa y frase serena, como para decírsela a Prometeo, llena de valor y de humilde complicidad. Cuando un habitante de la península decía "me das fuego" un chorro de lava o de saliva se ponía otra vez a fluir en el milagro de la comunicación y de la soledad. Porque para Padilla el acto compartido de fumar era básicamente una escenificación de la soledad: los más duros, los más sociables, los olvidadizos y los memoriosos se sumergían por un instante, lo que tardaba el tabaco en quemarse, en un tiempo detenido y que a la vez congregaba todos los tiempos posibles de España, toda la crueldad y todos los sueños rotos, y sin sorpresa se reconocían en esa "noche el alma" y se abrazaban. Las volutas de humo eran el abrazo. En el reino de los Celtas y de los Bisontes, en el de los Ducados y los Rex vivían de verdad sus compatriotas. El resto: confusión, gritos, de vez en cuando tortilla de patatas. Y sobre las renovadas advertencias de las Autoridades Sanitarias: caca. Aunque cada día, según constataba, la gente fumara menos, aunque cada día más fumadores se pasaran al rubio o al extra light: él mismo ya no fumana Ducados como en su adolescencia sino Camel sin filtro.
No era extraño, decía, que a los condenados a muerte les ofrecieran un cigarrilo antes de la ejecución. Piedad popular, un cigarrillo era más importante que las palabras y el perdón del cura. Aunque a los ejecutados en la silla eléctrica o en las cámaras de gas no les ofrecieran nada: la costumbre era latina, hispana. Y sobre esto podía extenderse en una infinidad de anécdotas. La que Amalfitano recordaba más vivamente, la que le parecía más significativa y en cierto aspecto premonitoria, pues trataba de México y de un mexicano y él finalmente había recalado en México, era la de un coronel de la Revolución que por mala estrella terminó sus días delante de un pelotón de fusilamiento. El coronel pidió como último deseo un cigarro. El capitán del pelotón de fusilamiento, que debía ser un buen hombre, se lo concedió. El coronel sacó uno de sus puros y procedió a fumárselo sin entablar conversación con nadie, mirando el exiguo paisaje. Al acabar, la ceniza aún estaba sujeta al cigarro. La mano no le había temblado, el fusilamiento podía ejecutarse. Ése debe ser uno de los santos fumadores, dijo Padilla. ¿Y la anécdota de qué hablaba, del pulso de hierro del coronel o del efecto balsámico, de la comunión del humo? A ciencia cierta, recordó Amalfitano, Padilla no lo sabía ni le importaba.

( ... )

¿Y qué fue lo que aprendieron los alumnos de Amalfitano? Aprendieron a recitar en voz alta. Memorizaron los dos o tres poemas que más amaban para recordarlos y recitarlos en los momentos oportunos: funerales, bodas, soledades. Comprendieron que un libro era un laberinto y un desierto. Que lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. Que al cabo de las lecturas los escritores salían del alma de las piedras, que era donde vivían después de muertos, y se instalaban en el alma de los lectores como en una prisión mullida, pero que después esa prisión se ensanchaba o explotaba. Que todo sistema de escritura es una traición. Que la poesía verdadera vive entre el abismo y la desdicha y que cerca de su casa pasa el camino real de los actos gratuitos, de la elegancia de los ojos y de la suerte de Marcabrú. Que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, una valentía rara, como un pozo de piedra en medio de un paisaje lacustre, una valentía semejante a un torbellino y a un espejo. Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar. Que la memoria era el amor.
Roberto Bolaño
Los sinsabores del verdadero policía (Anagrama)


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Jueves, 19 de abril de 2012

Creo que nunca te hablé sobre lo que siento al regresar, nos centrábamos en nuestros sueños, en cómo sentíamos la vida y cómo nos gustaría que fuese, hablábamos de fracturas y caminos impuestos, compartimos con el otro nuestras canciones y lecturas, nuestras palabras e imágenes, el pasado era un punto lejano y silente (y un recuerdo es una forma de regreso). Tú y yo hablábamos sobre la magia, sobre desaparecer y aparecer en la otra parte del mundo, sobre Montaigne y Glatauer, sobre caminos trillados y aventuras. Recuerdo tu mirada cuando me hablabas de África, tus ojos se empequeñecían, como si te hubieses colado por un agujero y estuvieses por desaparecer.

Me desperté desorientado en la habitación. Durante unos segundos sentí que el hombre que era regresaba como un eco, como las olas de mar, mi conciencia que se despertaba segundos después de que yo abriese los ojos.  Entonces recordé quién era y dónde estaba. Estaba en una habitación de hotel en Valladolid, en el suelo la mochila y bolsas con libros. Me gusta ese momento donde soy un espacio en blanco, podría ser astronauta como soñaba de niño o un tipo errante, siempre en movimiento, una forma de no regresar al punto de partida. Luego recuerdo que hace tiempo que nadie me despierta a la realidad, sentirse perdido y, de repente, encontrarse abrazado a alguien.

La mochila pesaba. Estaba llena de libros y ropa. Pensé que tal vez en eso consistía regresar, en volver lleno, con más equipaje del que has llevado, un equipaje real, otro simbólico, los recuerdos, las sonrisas, los encuentros, las palabras pronunciadas en alto, los pequeños gestos. El abrazo en la estación de tren, los paseos por pequeñas calles que esconden tesoros en una papelería, la feria del libro donde encontré un pedazo de Serbia en un libro de Velickovic, una plaza octogonal donde vi atardecer, el silencio y la paz que transmitían, los balcones que dan a la plaza y me recordaron las tierras del sur, una pastelería con magdalenas de Triki, el monstruo de las galletas, la presencia y la bondad de Mariola, porque ella es así, bondadosa, con un humor tan puñetero como entrañable. Mariola y yo hablamos de amor, de cómo parece que elegimos lo que sabemos que nos hará daño. Cómo decir que a pesar de las rupturas, fracasos y cicatrices, de la acumulación de decepciones, rechazos y aturdimientos hay una parte de mí que cree en eso de “el amor de mi vida”, “la mujer de mi vida”. Soy un margarito, soy una tortuga, no quiero ser cínico ni amargado. Vonnegut aparecerá en alguna feria.

Paseaba por el campo grande. Siento que hay un pedazo de mí en cada lugar donde he sido feliz, la plaza de San Francisco de Cádiz o Mitrovica. Me lleno a cada viaje. El viento bamboleaba mi mochila, sentía su peso en mi hombro derecho. Hacía frío y me gustaba ese frío en mi cara y entre mi ropa y mi piel. El frío me frena, me fija a un lugar, hace que todo alrededor se defina y parezca nítido. Los libreros abrían las casetas de la feria, las hojas se movían al compás del viento, cientos de libros abiertos y el sonido crepitante de las hojas nerviosas. Era una imagen hermosa.

Un día antes Mariola y yo paseamos entre esas casetas, ella me preguntaba por el nombre de ese escritor que me gustaba. Yo le respondía Vonnegut y lo buscábamos entre los libros apilados. Ella no entendía que no preguntase a los libreros, que lo dejase al azar. Ese gesto de no preguntar es dejar un espacio a la magia, al encuentro inesperado. Sigo buscando sentir magia, a veces vuelve a mí en oleadas, por eso llevo la piedra en el bolsillo (no es un amuleto, no es un símbolo, no es una carga, no me ancla al suelo, acaricio su superficie lunar y recuerdo que todo es posible y que nos han enseñado a ser grises). Al final es eso, sentir una pequeña hoguera resplandeciendo dentro de mí.

Me senté en el andén de la estación. Pasaban los trenes. Sonreía. Aún no sabía que me esperaba la mirada de un niño de dos años que buscaba la mía para luego esconderse en el pecho de su padre, que cerraría Nieve de Fermine en silencio y sus imágenes poéticas prendidas dentro de mí (¡léelo!), que vería cumbres nevadas y las gotas de lluvia sobre el cristal del tren, que me reiría en los servicios de Miranda de Ebro al encontrar una máquina que expendía anillos vibradores y tangas, que apenas estaría en casa día y medio y volvería a hacer la mochila para irme de nuevo a otro viaje relámpago. Ahora, sentado en el suelo, apoyado contra una estantería, miro la mochila sobre la cama, dentro la ropa justa y un libro de Bioy Casares para pasar un día medio y la sensación de estar entre dos regresos.

...I found my place
In time and space...




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Martes, 17 de abril de 2012

Hay algo emocionante en Trenes rigurosamente vigilados y es la forma con la que Hrabal combina cierta ligereza y ternura con el dolor y la asunción del deber, los personajes basculan entre esos dos extremos, la voluptuosidad del deseo, el inicio en el amor, los pequeños sabotajes al enemigo invasor con un último acto callado y heroico. Es esa forma de mezcla humor, vitalidad y dolor lo que me sorprendió y me atrajo. Hrabal, como Ford, sabe que en aun la mayor tragedia hay un momento para la risa.

Es el año 45, la guerra está por terminar. Milos, el narrador, es un aprendiz de ferroviario, un muchacho que no sabe nada de la vida, que no se siente hombre tras la catástrofe de su primera experiencia amorosa. Tiene miedo del sexo, de las mujeres, ha intentado suicidarse por no sentirse como un hombre, pero le gustan los trenes y, a pesar del miedo, siente curiosidad por aprender qué es el amor. Su familia es peculiar, su padre, un ferroviario retirado que se dedica a recoger chatarra para montar los más extraños artilugios, su abuelo quiso detener el avance de los tanques enemigos con un ejercicio de hipnosis, una escena entre cruel y desternillante, su bisabuelo, que recibía una pensión y se dedicaba a reírse en la cara de los campesinos por su suerte. Milos parece encajar en esos modelos masculinos, es entrañable, es ingenuo, le gusta su uniforme ferroviario, tiene miedo y está en ese punto donde se cruza la frontera de la adolescencia para entrar en la edad adulta.

Hrabal sitúa la acción en un pueblo checoslovaco, enlaza pequeñas anécdotas de la estación de tren con la guerra que rodea a la población, que se hace visible con aviones derribados o incendios tras el horizonte. Milos trabaja con un jefe de estación que cría palomas y las lleva en sus brazos en cruz, con un factor de estación que intenta conquistar a la telegrafista y divide a las mujeres entre “culazo” y “tetón”, con una mujer desconocida que le ayudará a superar sus miedos y dudas en el amor, con una muchacha que se esconde bajo sus mantas y puebla su mente y su corazón de luces y sombras. Y, también, hay un tren varado en una vía muerta, los vagones y el techo y el suelo ametrallados, un tren que ven las tropas que van al frente ruso o vuelven a casa y es descorazonador, una locura. Trenes rigurosamente vigilados es una sonrisa por los entrañables personajes y la crueldad de un tiempo en guerra.

La guerra penetra en esa pequeña estación de tren, aviones derribados, trenes-hospital, mercancías que llevan tanques y tropas al frente, las gestapo. Los personajes realizan pequeños sabotajes pero, al final, toman partido, deciden arriesgar lo único que tienen para sabotear un tren repleto de munición. Milos y sel factor de estación, tan livianos, tan frágiles, que se dejan llevar por el miedo o el deseo, sienten que tienen una responsabilidad dentro de esa guerra, que deben dar un paso al frente. Un gesto callado y necesario. Trenes rigurosamente vigilados ha sido una lectura entrañable, divertida en algunos momentos, seria y tensa en otros, un hermoso descubrimiento.



Pero cuando los alemanes cruzaron en marzo nuestra frontera para ocupar todo el país y avanzaban en dirección a Praga, el único que fue hacia ellos fue nuestro abuelo, únicamente nuestro abuelo fue a hacerles frente a los alemanes como hipnotizador, a detener los tanques que avanzaban con la fuerza del pensamiento. Así que el abuelo iba por la carretera con los ojos fijos en el primer tanque, que dirigía la vanguardia de aquellos ejércitos motorizados. Y encima de aquel tanque estaba metido hasta la cintura en la cabina un soldado del Reich, en la cabeza llevaba un birrete negro con la calavera y las tibias cruzadas, y mi abuelo seguía de frente hacia ese tanque y llevaba los brazos estirados y con los ojos les infundía a los alemanes la idea, dad la vuelta y regresad... y de verdad, el primer tanque se detuvo, todo el ejército se quedó quieto, el abuelo tocó aquel tanque con los dedos y siguió emitiendo la misma idea... dad la vuelta y regresad, dad la vuelta y regresad, dad la vuelta... y después un teniente hizo una señal con un banderín y el tanque se puso en marcha, pero el abuelo no se movió y el tanque lo atropelló, le arrancó la cabeza, y ya no hubo nada que le cerrara el camino al ejército del Reich. Y después papá se fue a buscar la cabeza del abuelo. El primer tanque se detuvo antes de llegar a Praga, estaba esperando que llegase una grúa, la cabeza del abuelo había quedado aplastada entre las cadenas y las cadenas estaban tan retorcidas que papá pidió que le dejasen sacar la cabeza del abuelo y enterrarla después con el cuerpo, como corresponde a un cristiano. A partir de entonces, la gente de toda la región solía discutir. Unos gritaban que nuestro abuelo era un loco, los otros, que no del todo, que si todos se hubieran enfrentado con los alemanes como nuestro abuelo, con las armas en la mano, quién sabe cómo hubieran terminado los alemanes.
Bohumil Hrabal
Trenes rigurosamente vigilados (traducción de Fernando de Valenzuela. El Aleph)


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Lunes, 16 de abril de 2012

Desempolvo la mochila roja, el primer paso de cualquiera de mis viajes. Está sin aire, plegada en un rincón de la habitación entre estanterías de libros, discos y recuerdos míos y ajenos (la arena del Monument Valley, los dinares serbios, postales de Brasil o París, un mapa de Estados Unidos). Abro la mochila y la base negra se despega por completo, está resquebrajada, hay pequeñas grietas a lo largo de la tela, me pregunto cuántos viajes le quedan.

Recuerdo cuando la llevé a Lisboa, necesitaba posar una foto en la desembocadura del Tajo y ver cómo se alejaba, un acto simbólico, mi mayor locura, una semana de soledad absoluta, del nacimiento de una sonrisa, un ligero miedo y la sensación de ser libre, de ser yo. En aquel viaje la mochila brillaba, no tenía marcas, sentía su peso en mi hombro, la llenaba de ropa y libros hasta engordarla de una manera excesiva. Era fuerte, éramos fuertes, podíamos soportar cualquier carga. Desde entonces, cientos de miles de kilómetros, otras tierras y habitaciones de hotel, el horizonte en movimiento, mi mano agarrada a la mochila, un abrazo de bienvenida y una puerta por donde desaparecía fuera del espacio y del tiempo. A pesar de las grietas, resistimos.

Meto la ropa justa para un día y medio de viaje, Nieve de Fermine como lectura, la música de Rush, Explosions in the Sky, Sufjan Stevens y Yes para los momentos de soledad, la pequeña libreta donde anoto ideas y palabras que deben iniciar un horizonte de sucesos. Dejo más de la mitad de la mochila libre, sé que la llenaré con libros de segunda mano de la feria de Valladolid. Ahí dentro, en la mochila, se cruzan Mariola, NaL y Anay, también las huellas desconocidas de los primeros dueños de los libros que compre, estelas de vapor que se cruzarán conmigo por una pequeña eternidad. No meto el portátil, no tiene sentido en este viaje. Pienso en el sonido del tren, en la estación de Valladolid, en Mariola ante mí y cómo esta vez no me presentaré desaliñado como la última vez (la mirada de Mariola recorrió mi cuerpo, mi barba de meses, mi pelo largo, los kilos perdidos en poco tiempo y me dice “te parecerá bonito” o “estarás orgulloso” ). También pienso en el viaje en sí, sentiré que el tiempo avanza de otra manera, será como estar dentro de un espacio en blanco.

Hace años mi tía me regaló una brújula. También esta mochila roja. La veía en un rincón y sentía que había que hacer algo con ella, llenarla de viajes, caminos polvorientos y noches en otras tierras. Y la llené de viajes, caminos polvorientos y otras tierras. Pienso en los viajes que me quedan por hacer, hay lugares cuyo nombre ya es un reclamo, Neuquén, Montana, Tombuctú, y hay lugares que me atraen por otras palabras, Noruega, Japón, Perú. Me pregunto hasta dónde llegaremos.

Una vez me dijeron que parece que hablo de mi corazón cuando escribo sobre la mochila. Tal vez.


Dressed in black, no turning back
We blanked out the Great White Way...



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Antes mis lunes eran así: Era lunes y como todos los lunes el alma me pesaba ahí mismo, abajo del saquito de los cojones. Una tarde pensé que el alma era una tercera bola que llevaba ahí colgado y que me servía tan poco como me servían las otras dos. Desde entonces, cuando es lunes y el alma me pesa, cuando es otro día y el alma me pesa, siento ese bulto y esa carga abajo del todo, peleando con la tela elástica del slip. (Lorenzo Silva. La flaqueza del bolchevique)

Ahora son así...


Los lunes de Anay. Derivas...

A la memoria de Miguel Miravet, fiscal.

"Jenofonte convocó a los griegos y les dijo: "Soldados, no os desaniméis por lo ocurrido. Sabed que un bien no inferior al mal se ha producido. En primer lugar sabéis que nuestros guías están realmente en guerra con los que por necesidad son nuestros enemigos. Luego, aquellos griegos que abandonaron nuestras filas y que creyeron que podrían conseguir lo mismo con los bárbaros que con nosotros han pagado su pena. De manera que, para otra vez, se alejarán menos de nuestras filas. Es preciso que vosotros os preparéis para dar la impresión a los bárbaros que son amigos de que sois superiores a ellos y para demostrar a los enemigos que ahora lucharán con hombres diferentes a los desorganizados con los que se enfrentaron antes."

                                                                          ANABASIS, Jenofonte


TODO EN ORDEN

Hacia el Norte,
el humo y la nostalgia.

Hacia al Este,
la práctica y la fe.

Hacia el Sur
los viejos mapas y un café.

A la izquierda,
nuestras grandes pretensiones.

                                              ANAY SALA

 






...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Leonard Cohen, Jenofonte

Publicado por elchicoanalogo @ 9:08  | Los lunes de Anay
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Domingo, 15 de abril de 2012

Hace un mes compré un libro desconocido, No voy a salir de aquí, era un libro pequeño, pasaba desapercibido entre otros libros, tardé en darme cuenta de que estaba delante de mí. Me gustaron algunas páginas leídas al azar y que no supiera quién era Micah P. Hinson. A veces hago eso, necesito nuevas voces y llegar a una historia sin ideas preconcebidas. No voy a salir de aquí fue una lectura irregular, algún buen momento y páginas que divagaban sin concretar una emoción.

Ib me envía las canciones de Hinson, cada día me encuentro con tres nuevas en mi correo. Y yo escribo con la música de Hinson de fondo, siento que completan la lectura de No voy a salir de aquí, que la voz, la pérdida y la melancolía de esas canciones amplían el sentido del relato. Nunca me había pasado algo parecido.

Me gusta The Possibilities, es una de las canciones que me acompañan en los últimos días. Pienso en ese momento donde estamos en una encrucijada y buscamos caminos posibles y nos encontramos con dos, tres o cuatro opciones y dejamos de buscar o no sabemos cómo encontrar más con nuestra mirada limitada. Por eso me gustan las novelas de Dick o los guiones de Charlie Kauffman, cualquier cosa es posible, encuentran nuevos caminos y realidades donde los demás no sabemos buscar. Todo es posible.



The Possibilities (Micah P. Hinson)





The possibilities are endless now,
the forecast not so good
for me now.
When you turned away
we tore apart.
Finding no better way
nor time this far, for us now.
Complete with all your misunderstandings
can barely rise to stay,
to see you now.
The consecuences are endless now.
The stream of thoughts that don´t make it out
for you now.
When you turned away,
you didn´t tore apart.
Finding no better way
nor time this far, for us now.
Complete with all your misunderstandings
can barely rise to stay,
to kill you now.
To kill you now.


Tags: The Possibilities, Micah P. Hinson

Publicado por elchicoanalogo @ 16:16  | Canciones
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S?bado, 14 de abril de 2012

Mi primer acercamiento a Vonnegut fue su cuento Bienvenido a la jaula de los monos que Richard Ford incluyó en su antología del cuento norteamericano, una historia que recuerdo delirante y caótica, algo inesperado, original, extraño. Luego vino Matadero 5, el tiempo y el espacio subvertidos. 

Hace unos meses leí Galápagos. Al abrir el libro me encontré con una de las dedicatorias más hermosas y aventureras que recuerde, un poema que contiene un libro entero, la fuerza, el sueño, la bondad, el aprendizaje y el paso a la madurez en unas pocas palabras.


En memoria de Hillis L. Howie
(1903-1982), naturalista aficionado.
Un buen hombre que
nos llevó a mi y a mi mejor amigo Ben Hitz
y a algunos otros muchachos
al Salvaje Oeste americano
desde Indianapolis, Indiana,
en el verano de 1938.

El señor Howie nos presentó a los verdaderos indios
y nos hacía dormir al aire libre cada noche
y enterrar nuestra mierda,
y nos enseñó a cabalgar
y nos dijo el nombre de muchas plantas y animales,
y lo que tenían que hacer para mantenerse vivos
y reproducirse.

Una noche el señor Howie por poco no nos mata de miedo,
a propósito,
aullando como un gato montes.
Un verdadero gato montes le contestó desde lejos.
Kurt Vonnegut (en Galápagos. Traducción de Rubén F. Masera y F. Abelenda. Minotauro)


Tags: Kurt Vonnegut, Galápagos, Rubén F. Masera, F. Abelenda, Minotauro

Publicado por elchicoanalogo @ 9:48  | Poes?a
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Viernes, 13 de abril de 2012

Aún no ha amanecido. Escribo a Ib, las palabras salen con tranquilidad, no hay grietas ni fracturas, sólo las ganas de escribir por la aventura de hacerlo. Hablamos de cocinas y columpios, de piedras y faros, de Kurt Vonnegut y Bob Esponja. Ella es escritora, yo lector, pienso que nos encontramos a mitad de camino. Levanto la mirada de la pantalla y siento la quietud y el silencio de los últimos momentos de la noche, vuelvo a la pantalla y las palabras sobre el fondo blanco parecen un camino en medio de un desierto.

Llevo a mi padre al hospital. Está callado, agarra el paraguas con fuerza, pierde su mirada tras el cristal empañado. Nos sentamos en la sala de espera, tres sillas junto al quirófano que ocupamos mi hermana, mi padre y yo. Cuando era niño me regalaba pequeñas herramientas de juguete, quería enseñarme a ser carpintero, como su padre le enseñó a él. Yo no hacía mucho caso a esas herramientas, prefería los soldados de caballería, las películas de aventuras o las novelas de Wells. Siento que estoy al otro lado, que ahora soy yo quien se preocupa de su salud y quien le acompaña a médicos y hospitales. Pasa un hombre en camilla, parece ausente, la mirada vaga sin poder detenerse en ningún punto, la boca grotescamente abierta, como si estuviese desencajada, como si creyese que cerrarla equivaldría a alguna derrota o un mal augurio. Miro a mi padre, por fuera parece calmado pero por dentro hay un pequeño terremoto, lo sé porque somos iguales. Somos tortugas.

Entro en la librería, habían llegado los últimos libros encargados, Bobin y Chivite, dos nuevas voces, dos mundos desconocidos. Paseo entre las estanterías, estoy solo y puedo mirar cada libro con tranquilidad. Pienso en otras librerías, en el Ateneo tucumano, la cafetería en la entrada y la librería alargada, era mi lugar en aquella tierra, un sitio que sentía propio, mi espacio donde estar y sentirme solo; pienso en Raimundo, una librería de viejo en Cádiz, libros amontonados en mesas y estanterías con dedicatorias y otras huellas, con colores amarillentos, con hojas crepitantes y el olor del tiempo vivido; pienso en Tipos infames, el suelo transparente, la cafetería y el vino, las estanterías con libros de Vonnegut o Hrabal, me gusta porque dentro de ella no existe el espacio ni el tiempo. Elijo un par de libros más y salgo a la calle.

Los charcos que reflejan el cielo nublado, me siento entre un paréntesis, el cielo encima y debajo de mí, y yo, en cierta forma, vuelo (si vuelas el cielo será tu vacío...). Recuerdo historias de espejos, Solaris de Stanislav Lem, seres que saben que no existen, que son el sueño de otro. Agarro la bolsa con los cuatro libros y paseo bajo los árboles de la gran vía, las gotas quedan prendidas de los árboles por un instante y resbalan lentamente frente a mí. Podría parar la lluvia, es un viejo truco de prestidigitador que aprendí hace años, pero me detengo y cierro los ojos para escuchar su sonido (el sonido de la lluvia como el sonido de otra piel).

Me siento junto a la ventana de la cafetería. Curioseo entre los libros, ese momento donde abro una novela e invento la historia según los fragmentos que elija al azar. No sé nada de esas historias y las palabras me revelan un secreto, un misterio. Me quedo con los poemas de Chivite y repito el truco, paso de los versos de un poema a otros, uno palabras de páginas distantes, reconstruyo los poemas de Chivite. Cierro el libro y siento que me golpeará en las entrañas.

Vuelvo en tren, pienso en unas palabras que me descubrió Es.,"Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio... y coincidir" (Alberto Escobar). Da vértigo, todas las vidas, todas las decisiones, todo un universo hasta que dos personas se cruzan.


Tags: horizonte de sucesos

Mi?rcoles, 11 de abril de 2012

Veintinueve de noviembre por la mañana.
Solo, en el viejo camino de las huertas,
a eso de las once.

El ladrido de algún perro, el sonido
de algún coche lejano, algunos pájaros.
Y el sol, pálido y vulnerable en el aire frío.

Entonces me detengo. Me paro de repente
y digo para mí: voy a pararme un poco,
sólo para saber que puedo pararme cuando quiera.

Voy a pararme aquí, al lado de las huertas,
durante unos minutos. Quiero mirar despacio esta luz
de noviembre, la luz de esta mañana soleada.

Quiero mirar esta luz y quedarme con ella,
por si en los días futuros nos faltara.
Por si la oscuridad llegara a hacerse
demasiado terrible en los días futuros.
Fernando Luis Chivite
Al lado de las huertas (en Calles poco transitadas. Fundación Kutxa)


Tags: Al lado de las puertas, Calles poco transitadas, Fernando Luis Chivite, Fundación Kutxa

Publicado por elchicoanalogo @ 9:21  | Poes?a
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Martes, 10 de abril de 2012

Vuelvo a llevar una piedra en el bolsillo. Se la enseño a mi sobrino, tiene ochos años, es inquieto, curioso y lector. Me mira y sonríe, me pregunta de dónde la he sacado, para qué la quiero. Le digo que él me la trajo hace tiempo de una feria y que la quiero para que me agarre a la realidad. Creo que lo entiende. No le digo que también me ayuda a fijarme en los objetos que paso por alto en la primera mirada, que me recuerda disfrutar de la lluvia y que la magia existe. La deja en mi mano y vuelve a su libro. No le parece algo extraño ni una locura. Aún cree que todo es posible. 

A veces dejo la piedra en un bolsillo de la cazadora y me olvido de que está ahí. Hay un momento donde siento un peso en el pecho. Me extraño por unos segundos, como si de repente se hicieran tangibles todas las marcas y heridas en mi corazón. Entonces, recuerdo que ese peso está fuera de mí y que es real. Rozo la piedra con mis manos, su superficie lunar, de montaña rusa. Me gustaría creer que desaparezco con ella en mi mano, que me lleva hasta su tierra poblada de selenitas para encontrarme con los personajes de Dick, Vonnegut y Bradbury.

La piedra es algo inesperado, se confunde con la cartera y las llaves, con la libreta donde apunto los libros que me recomiendan o un par de palabras que deberían servir como inicio de un horizonte de sucesos. Su peso me acompaña. Me siento como un pequeño Sísifo, sólo que no debo astillar esa carga porque no es ningún castigo, tampoco un amuleto sino una piedra en el bolsillo, un pequeño truco de magia.

Escribo en la cocina. Miro las paredes y siento que encierran un vacío y que yo estoy dentro de ese vacío. Mi cuerpo también es una pared, tiene límites, un armazón, encierra vacíos, me pregunto qué habrá dentro de ellos. La piedra no tiene grietas, no hay un agujero por el que deslizarse y perderse, es compacta. Tal vez sea eso, tocar algo compacto, sin huecos ni vacíos, algo que me haga pensar en el lenguaje de los objetos, en que lo que veo sólo es una parte de la realidad y que necesito desprenderme de mi mirada adiestrada para descubrir otros mundos posibles.


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Lunes, 09 de abril de 2012

El lunes de Anay estaba en la carpeta de correo spam. Pensé que los había perdido. Esa pérdida temporal me hizo pensar en cómo han cambiado mis lunes gracias a estos correos. Es otra manera de empezar la semana, una sonrisa, otras palabras y un descubrimiento.


Los lunes de Anay. Ensoñaciones...

¿Ves cómo ya has soñado este momento?
¿O estás soñando ahora lo que verás un día?

                                                   FEDERICO GALLEGO RIPOLL




VOZ SIN PÉRDIDA

II

He oído y he creído muchas voces
aunque no en las palabras.
He creído en los labios
mas no en el beso.

En tu voz, más poblada que tu cuerpo,
en el camino hacia
la cadera de tu entonación,
hacia lo que me acoge y me calienta,
hacia tu aliento, tu aire, tu amor puro
entre el pulmón y la laringe; siempre
con la luz dentro, aunque ahora oiga mentiras,
con el amanecer de la palabra
en el cielo mohoso y estrellado de la boca.

Que mientan ellas, las palabras tuyas.
Yo quiero su sonido: ahí, en él, tengo
la verdad de tu vida, como el viento,
ya sereno, de marzo. Óyelo. Habla.

                                        CLAUDIO RODRÍGUEZ

 





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 21:57  | Los lunes de Anay
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A veces las primeras frases de un libro me hacen prever una lectura diferente, extraña. Leía la primera página de Cosmos y sentía que estaba ante una de esas historias que se desborda, que corre nerviosa, de forma laberíntica, los personajes misteriosos, con múltiples capas, la tensión en cada página, el caos de objetos y emociones. Había algo inesperado en la presentación de la novela, dos personajes que se encuentran en el camino, que huyen de lo que han dejado atrás, encuentran un paisaje nuevo y un gorrión colgado en medio de la maleza. Y ese gorrión colgado es el inicio de un misterio, de una cadena de hechos que sobrepasan a los protagonistas, que los llevan a intentar buscar un significado a cada objeto y señal que les rodea. Cosmos me sedujo y me sorprendió desde las primeras líneas.

Escribía Gombrowicz en el inicio que Cosmos es una “novela sobre la formación de la realidad”, también que “será una especie de novela policial”. Un gorrión colgado rompe con el tranquilo encuentro entre los dos protagonistas, los lleva a alquilar una habitación en una casa cercana, como si necesitasen encontrar la explicación a ese gorrión colgado, sin vida. Y en esa casa sienten que la realidad se trastoca. Cosmos es la mirada sobre los objetos que nos rodean, las asociaciones y analogías entre ellos, la formación de una línea que los une para buscar un lenguaje al caos.

Un gorrión colgado que da paso a una boca con un pequeño defecto que abre la puerta a otra boca perfecta, a un palito colgado, a flechas en los esquinas y en los techos, a una tetera que es la gota que colma la realidad, a las manos sobre las mesas, el narrador va de un objeto que lleva a otro en un camino que parece infinito, necesita descubrir por qué dos bocas femeninas le llevan al gorrión colgado, fijar la realidad que le rodea.

Hay momentos extraños, laberínticos, el narrador no deja de pensar en las bocas de Lena y Katasia que parecen rozarse en un momento de la cena, esa imagen permanecerá en él de forma febril, las dos bocas que desembocan en el gorrión colgado. Lena es una figura potente dentro de Cosmos, una joven recién casada que aparece fragmentada en el relato, primero vemos su pierna, luego las manos sobre la mesa, parece que el narrador compone su figura poco a poco y se deja llevar por ella.

Cosmos es extraño, es surrealista, te atrae esa actividad del narrador en su intento de dar un significado a cada objeto que le rodea, de unir hechos aparentemente desligados como el gorrión colgado con las dos bocas a punto de tocarse, la forma de una flecha en la pared que le lleva a un palo también colgado, una vara que apunta a una habitación donde aparecen, a la luz de una linterna, pequeños objetos clavados (una aguja clavada en una mesa, una plumilla clavada en una cáscara de limón). ¿Es todo aleatorio? ¿O tiene un orden, un significado? Es eso, una novela policial, la resolución de un misterio.

Cosmos avanza de forma intensa, se desborda continuamente, Gombrowicz combina la tensión del relato policial con el erotismo de una pierna o una mano apenas entrevista, un humor absurdo, cuántos niveles puede llegar a tener la realidad, cómo en el camino entre dos objetos aislados puede llevar al observador hasta un precipicio. Una emocionante locura.



¿Pero cómo relatar algo sino a posteriori? ¿Es que realmente no se puede expresar nada en el momento de su nacimiento, cuando se trata aún de algo anónimo? ¿Es que nunca nadie será capaz de trasmitir el balbuceo del momento que nace? ¿Por qué razón si hemos salido del caos no podemos nunca entrar en contacto con él? Apenas fijamos en algo nuestros ojos y ya, bajo nuestra mirada, surge el orden…las formas...

( ... )

Estaba preparado para todo. Para todo menos para ver una tetera. Hay una gota que hace derramar el vaso, algo que resulta ya “demasiado”. Existe algo así como un exceso de realidad, una abundancia que ya no se puede soportar. Después de tantos objetos que no soy capaz de enumerar: agujas, ranas, gorrión, palito, vara, puntilla, cáscara, cartón, etcétera, etcétera, chimenea, corcho, ranura, canalón, mano, pelotitas de miga, etcétera, etcétera, terrones, red, alambre, cama, piedrecillas, mondadientes, pollo, eczemas, bahías, islas, agujas, y así por el estilo, sin parar, hasta el aburrimiento, hasta el hastío, y ahora esa tetera, sin venir a cuenta, sin tuviera nada que hacer, como algo extra, gratuito, como un lujo del desorden, como un donativo, un presente del caos. Basta. Se me cerró la garganta. No podía tragar eso. No podía. Basta ya. Volver. A la casa.

( ... )

Todo era demasiado, el laberinto crecía, un sinfín de objetos, de lugares, de acontecimientos. ¿Acaso no es cierto que cada vibración de nuestras vidas se compone de billones de pequeños destellos?
Witold Gombrowicz
Cosmos (traducción de Sergio Pitol. Seix Barral)


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Publicado por elchicoanalogo @ 12:03  | Libros...
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Viernes, 06 de abril de 2012

1.
Una vez leí un cuento de cazadores de tesoros. Recuerdo que la niña protagonista miraba al suelo y encontraba pequeñas maravillas, objetos que parecía se hacían presentes sólo porque ella los miraba. La niña del cuento nos alentaba a imitarla y mirar a nuestro alrededor para descubrir aquello que quedaba oculto a primera vista. Durante semanas volvía del colegio con la mirada centrada en un trozo de acera o en el barro de las campas. Encontré alguna calcomanía, poco más. En aquella época coleccionaba piedras, iba con mi padre y mis hermanas a cazar minerales y piedras extrañas en los caminos de tierra y polvo. Usábamos esas piedras para jugar a la rayuela, la tiza en el suelo, las líneas y números de los que no nos podíamos salir, los equilibrios con una pierna. A veces sacaba un puñado de piedras de la caja de cartón para construir laberintos y rompecabezas, me gustaba inventar formas nuevas con ellas, dibujos, pequeños fuertes donde esconder a mis soldaditos de juguete. También coleccionaba cromos, chapas y canicas, era un mundo de objetos que parecían extraños. Con el tiempo dejé de cazar tesoros, piedras, cromos, chapas, canicas y charcos y empecé a coleccionar historias, cicatrices, palabras, paisajes tras una ventana de tren. Pasé de lo material a lo inmaterial pero, en ambos casos, eran inicios de sueños.

2.
Hace años me regalaron una brújula. Era pequeña, amarilla, la aguja danzaba nerviosa a cada paso que daba. Miré a mi tía, vivía en Madrid y me extrañó que ella tuviese una brújula, creía que era cosa de marineros que se adentraban en lo desconocido. Luego recordé a los exploradores, selvas enigmáticas y las dunas de los desiertos. Salía con ella a la calle, buscaba el norte y soñaba con marcianos enterrados en la nieve. Con el tiempo la dejé entre los otros objetos de mi habitación. Me sentía seguro con ella, creía que me ubicaba, que nunca podría perderme si estaba cerca de mí. Regalé aquella brújula a una amiga que se sentía perdida, un gesto previsible y pequeño. Hace poco me di cuenta de que tenía aquella brújula para soñar.

3.
En una ocasión cacé una luciérnaga. Llevábamos un bote de cristal y queríamos hacer una linterna de luciérnagas, nos creíamos los protagonistas de aquellos cuentos que leíamos y que todo era posible. Sólo conseguimos atrapar una y pensamos en hacer un faro. Pero aquella luciérnaga se apagó dentro del bote y la dejamos marchar. Recuerdo aquellas noches en Galicia, los caminos de tierra y piedras, los puntos de luz verde que temblaban entre la maleza, el sonido quebradizo de los grillos, el cielo que parecía una constelación de luciérnagas. A veces me quedaba mirando aquellas estrellas que parecían cambiar de color e iban del rojo al azul, luego supe que eran sistemas binarios, parejas de estrellas. Siempre pedía el mismo deseo, aún lo hago, es una forma de rescatar al muchacho inocente y soñador que fui, de traerlo a la superficie entre tantas decepciones, culpas y fracasos. Luciérnagas en el camino y un corazón tallado en la madera.

4.
Fue mi peor año, no conseguía frenarme y pensar con claridad qué hacer conmigo. Hice miles de kilómetros, destrocé mi corazón, destrocé otros corazones, sentía que no tenía un punto de apoyo, que naufragaba y me hundía, que no había una coherencia en mi movimiento y que cada paso aumentaba la herida. Me sentía culpable por no ser fuerte, por no saber dónde ir, por no tomar las decisiones correctas, por no ser valiente, yo era una negación continua. Diana me regaló una camiseta. Color rojizo y, encima del dibujo de una bota de monte la leyenda: “not all who wander are lost”. Leí la frase. Hubo un momento donde no supe qué decir. Porque Diana había recuperado mi brújula. 

5. Horizonte de sucesos. Ib
Escribo en la cocina, es el lugar donde recibo mejor las palabras. Me siento en una esquina en un extraño escorzo. A mi izquierda el netbook, a mi derecha la ventana que da a unos edificios de ladrillos rojos, un parque infantil y el monte, ahora tras la niebla y el sirimiri, y yo en medio, pasando del teclado a la ventana. Hablamos de lecturas, de Vonnegut, de la propiedad transitiva y Peano, hablamos de objetos y de para qué los queremos. Me siento en este pequeño trozo de cocina y las palabras salen.


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Mi?rcoles, 04 de abril de 2012

Era un libro pequeño, tardé tres o cuatro pasadas en darme cuenta de que estaba en la estantería. Leí el inicio, alguna de las primeras páginas al azar, la dedicatoria, “a los perdidos”, pensé en el tono y las imágenes de una película independiente. Cuando llegué a casa descubrí la voz de Micah P. Hinson, una voz triste, unas palabras ajustadas, un par de personajes que intentan ubicarse en un mundo que sienten extraño, un viaje y una máquina de escribir.

En No voy a salir de aquí Hinson se detiene en las habitaciones de moteles y las carreteras secundarias, en los trabajos mal remunerados y repetitivos y las botellas de vino vacías, en dos jóvenes que se encuentran, dos seres que intenta sobrevivir y lo hacen en el lugar inadecuado, como si les empujase un destino sombrío, como si supiesen que no hay una victoria posible. Buscan un amor, escribir, salir de las habitaciones de motel y encontrar un lugar. Recordé a Bukowski y a aquella primera película de Terrence Malick, Malas tierras.

Hay un puñado de páginas intensas, hay un montón de páginas aburridas, es como una montaña rusa, un camino lleno de baches, no es lineal sino una historia que te da pequeños calambres en el lugar inesperado. Él trabaja en lo que salga, ella parece perdida, algo loca, con una máquina de escribir y unas hojas donde escribe algo que se acerca al mundo de los sueños, algo extraño, laberíntico, ambos se cruzan en un bar y terminan en una habitación de motel. Hay soledad, alcohol, un viaje a las raíces de ella, están perdidos y parece que no quieren escapar de esa sombra que les rodea.

Me quedo con esas páginas intensas, relámpagos en medio del tedio, que se acercan al cine independiente, con la imagen de una máquina de escribir, con la tristeza de sentirse pérdido, con dos jóvenes fuera del mundo.



- La biblia esconde una única enseñanza. ¿Sabes cuál es? - No me dio tiempo a responder-. Voy a decírtelo: la única enseñanza de este libro sagrado es el libre albedrío. Dios es eso... libre albedrío.
- ¿Libre albedrío? Lo siento en el alma, pero...
- María contaba con la opción de tener o no a Jesús. ¡Y Jesús tenía la opción de morir o no por todos!- gritó, casi al borde del llanto, trasegando mi cerveza.
- Vaya, nunca había pensado en ello. Pensaba que Dios trataba simplemente de aportar nuevas razones para no parar de pelear y sudar.
Micah P. Hinson
No voy a salir de aquí (traducción de Miquel Izquierdo. Alpha Decay)


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Publicado por elchicoanalogo @ 10:09  | Libros...
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Lunes, 02 de abril de 2012

Este blog se inició con un final. Es una historia conocida. Necesitaba poner en orden mis sentimientos y tener un punto de apoyo para que las palabras no se quedasen atravesadas en la garganta. Sin preverlo, el blog se convirtió en un punto de encuentro con otras voces y miradas, bailé salsa en una gasolinera solitaria en Serbia, llegué a los lunes de Anay Sala, conocí a un puñado de lectores que me dejaron canciones, palabras, imágenes, algunos desaparecen a los dos días, otros tras un año (ausencias que son un vacío con límites definidos, porque los vacíos no se rellenan ni desaparecen ...en esta extraordinaria conjunción de tiempo y espacio).

Hace poco apareció la poeta Isabel Bono. Había leído Pan comido y Algo de invierno, el vértigo por sus poemas de ausencias, (des)amores y deseos. Fue curioso. Nos escribimos y hablamos de Vonnegut, la propiedad transitiva o del acto de escribir. Isabel me tomó por argentino por un par de expresiones. Entonces, le expliqué que había vivido un tiempo en aquella tierra, una época de mi vida donde agosto era invierno, unas palabras que iniciaron su poema “qué poco hemos cambiado”. No sé qué decir.



qué poco hemos cambiado

                y agosto era invierno
                     Fernando Fernández Freijo

ya no te acuerdas
pero siempre hacía frío

se nos helaban las rodillas de esperar
se nos helaban las palabras en la punta de la lengua
porque a nadie interesaba nuestro miedo

crecíamos a lo loco, en silencio

éramos zarzas en los descampados
éramos zarzas en los escalones
el mármol nos alimentaba

éramos zarzas entre las zarzas

y las palabras ahí, detenidas
y el frío ahí, para siempre
Isabel Bono
qué poco hemos cambiado


Tags: Isabel Bono, qué poco hemos cambiado

Publicado por elchicoanalogo @ 21:55  | Isabel Bono
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Es lunes. Abro la cuenta de correo del blog y sé que me encontraré con Anay Sala, una cita, un poema, una canción. La cita me hace recordar la vitalidad de las comedias musicales de Vincente Minnelli o Stanley Donen, el poema me lleva a nostalgias y la canción me hace mover los pies. Una mezcla curiosa.

 

Los lunes de Anay. Pulsaciones...

"El swing es cuando varias cosas buenas se juntan y te hacen marcar el ritmo
con el pie."
                 COUNT BASIE


LIRIO ENTRE CARDOS

Y de improviso vuelve tu hermosura
a encender las antorchas del recuerdo
en un flashback tan prodigiosamente
vívido que me deja estupefacto,
y la memoria me arde al mismo tiempo
que el estómago, y siento que la muerte
y sus viles acólitos se turban
ante tanta belleza, y que el olvido
pierde por un instante la batalla.

                                     LUIS ALBERTO DE CUENCA



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Luis Alberto de Cuenca, Queen, Count Basie

Publicado por elchicoanalogo @ 9:42  | Los lunes de Anay
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Domingo, 01 de abril de 2012

En marzo encontré la lectura de este inicio de año, El chico del periódico, de Pete Dexter, una historia de recuerdos, ese punto donde descubrimos el dolor de lucidez y lo que significa madurar. Erri De Luca también habla del proceso de madurar en Montedidio, de la pérdida, aventura y la alegría que ese proceso lleva consigo, y lo hace con una voz entrañable, cálida, mágica en unos momentos y realistas en otros. Montedidio es una novela corta y poética. Isabel Bono me acercó sus poemas de deseos, ausencias, espacios en blanco, duelos y (des)amores, una noche donde deambulé y descrucé páginas, recuerdos y poemas y Ogai Mori sus cuentos históricos, una voz precisa y las imágenes de una película de Mizoguchi. En Intocable de Pozzo Di Borgo se mezcla el amor incondicional por su mujer, las anécdotas con su “demonio de la guarda”, el estado febril, nunca realidad, nunca sueño del todo, tras los primeros meses del accidente que le dejó tetrapléjico, el cuerpo en silencio y la sensación de estar apartado, al otro lado de una frontera invisible. No voy a salir de aquí de Micah P. Hinson me recordó a Malas tierras de Malick y Bukowski, una mezcla extraña y difusa, alguna buena página y un puñado que parecen escritas por inercia. James Frey y Una mañana radiante, la radiografía de los sueños de un puñado de seres que buscan una oportunidad en Los Angeles, la ciudad como protagonista, miles de personas que buscan el mismo lugar, el mismo sueño, un libro febril, incansable, triste, donde, a veces, los sueños se cumplen. Terminé marzo con Los sinsabores del verdadero policía de Bolaño, una lectura extraña, más un boceto que un libro terminado, y tal vez sea ese su atractivo.

He comprado un puñado de libros en Ortuella y Bilbao; he deambulado por grandes librerías y por librerías de viejo; me han regalado un libro en mitad de una playa; he encontrado una foto dentro de un libro de David Trueba, una chica que posa para lo que parece una foto de carnet, sonrisa amplia, pelo largo y liso, lleva corbata y una mirada despreocupada, me pregunto quién puso esa foto ahí, por qué no se salvo de la quema; he perdido horas de sueño y he hablado con un librero sobre Vonnegut, Dick y Ballard y con otro de Pavese; me he sentado en un parque a leer, el cielo azul y el sonido de las hojas y el viento.

Y entre lecturas, un cuento de Hammett, algunas páginas de Richard Ford leídas en una cafetería.


Intocable - Philippe Pozzo Di Borgo (cuerpo en silencio, recuerdos, el amor desnudo)
El chico del periódico - Pete Dexter (el dolor de la madurez, el sentido del deber, la honestidad)
Algo de invierno - Isabel Bono (ausencias, amores, deseos)
El intendente Sansho - Ogai Mori (precisión, sacrificio, templanza)
No voy a salir de aquí - Micah P. Hinson (huida, alcohol, intentar encontrar un lugar en el mundo)
Una mañana radiante - James Frey (la fragilidad de los sueños, Los Ángeles como un ser viviente, seres que se colapsan)
Montedidio - Erri De Luca (el primer amor, la magia, un chico que escribe en un rodillo de papel)
Los sinsabores del verdadero policía - Roberto Bolaño (un rompecabezas, rapidez, algo inconcluso)





Los regalos de mi cumpleaños (Mari Carmen, María Antonia, Yolanda, Jesús, Sonia, Blanca, Arantza, Patricia, muchísimas gracias)

 

 


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