Martes, 08 de mayo de 2012

Me siento en la cocina a escribir, me coloco en una esquina, junto a la ventana, y hablo de espejos, recuerdos, espacio-tiempo, lecturas, horizontes de sucesos y viajes. Gora se tumbaba a mi lado, en el suelo, me acompañaba en silencio. A veces gimoteaba o movía sus patas traseras en mitad de un sueño, entonces, bajaba mi mano y le acariciaba detrás de las orejas hasta que se calmaba. Pensaba en qué podría soñar un perro. Ahora que llega la primavera aprovecho para leer en el balcón hasta que anochece. Gora salía y se mostraba inquieto cuando pasaba otro perro o un vecino. Leía con su respiración al lado, de noche escuchaba algo de música, miraba a la luna, soñaba con amores imposibles, me iba a dormir, triste o calmado, y le dejaba descansar del calor de la noche en el balcón. Se ponía nervioso cuando me veía hacer la mochila, con el tiempo aprendió que la mochila significaba un viaje corto y la maleta meses fuera de casa. Al verme llegar corría a por una pelota y la agarraba fuerte entre sus dientes para que jugase con él, saltaba del sofá al suelo, del suelo corría a la cama y yo debía seguirle. La primera vez que me sorprendió fue una vez que lloré y él, un cachorro, se puso delante de mí, me golpeaba con su pata, como cuando pedía mimos, y gimoteaba conmigo, me lamía la cara, las manos. Gora me acompañaba mientras escribía, leía o preparaba mis viajes, dábamos largos paseos y nunca supe si en esos paseos era yo quien cuidaba de él o era al revés. Hoy mi sobrino me preguntó si ayer me puse triste, le dije que sí, si lloré, y le respondí de nuevo que sí. Él me confesó que había llorado dos veces en la cama y le dije que es bueno llorar, que estaba bien. Ib me dice que todo son huecos. Algo así, huecos, vacíos, ausencias, también presencias que me habitan.

Escribo para iniciar una sonrisa, para desaparecer, para sacar fotografías y toda la tristeza y el dolor de dentro. Escribo para entender y para sobrevivir. La salida de la luna fue el último espacio en blanco que escribí con la compañía de Gora.


XCVIII La salida de la luna

1.
Sueño contigo. Me despierto desubicado, aún no sé si soy real o sigo dentro de mi sueño. Miro alrededor, busco algo que me ancle a la realidad, sé que no te encontraré, nunca nos hemos despertado en el mismo espacio. En el sueño nos encontramos por azar y me enseñas tus lugares favoritos de Bilbao. Mientras preparo el café pienso qué eso fue lo primero que me extrañó, tú en Bilbao mostrándome los bares y cafeterías que te gustaban. Estamos en la calle, junto a un puesto de tacos me hablas de dos hombres, tienes problemas con ellos, escucho tus palabras en mi cabeza pero no abres la boca, como si estuviésemos en una de esas historias de Philip K. Dick donde los protagonistas leen las mentes. Me siento en la cocina con una taza de café, veo amanecer y pienso en la parte más extraña del sueño. Estamos sentados en una cafetería, la misma mesa pero tú parece que estás a cinco metros de distancia, entonces, saco un sobre con sello y escribo mi dirección en el remite, te digo que voy a hacer un truco de magia, adivinar el futuro, en el sobre hay una hoja con todo lo que te ocurrirá en los próximos dos días. Te dejo el sobre y te pido que pongas tu dirección. Escribes en silencio, confundida y decido contarte el truco, he vivido este momento miles de veces porque vivo mi vida en un bucle. Me tomo el café, la luz y el silencio en las nubes (que cuando pasan, pasan como nubes) y yo, aún desubicado, repaso el sueño una vez más. Intento atrapar tu cara, tus gestos, y, como un eco, me quedo en las últimas palabras que digo en el sueño. Vivo mi vida  en un bucle. Una pesadilla que necesito escribir para deshacerme de ella. 

2.
Mi sobrino y yo miramos al cielo, esperamos la salida de la luna. Jugábamos al trivial para niños, le decía que la luna de esa noche sería la más grande del año y que sería lindo verla antes de acostarnos. Oier sonríe cuando digo lindo con mi acento del norte. Intento poner una voz misteriosa, que sienta la magia de ver la luna antes de dormir. Nos apoyamos en la barandilla y conseguimos verla en un claro del cielo. Hablamos de la cara que parece hay en su superficie y de su brillo que viene del sol, me gustaría hablarle de espejos y reflejos y de que la luz de una estrella sobrevive a la estrella misma. Cuando la luna se oculta nos vamos a la cama con un libro de Stilton. Cada uno lee una hoja, si el texto es pequeño dos. Combinamos nuestras voces. Hace años Oier levantaba el dedo índice para que yo le guiara por las palabras de los tebeos y mis libros. Le explico las que no entiende, trigésimo primero, manzanilla, hasta que nos encontramos con un mensaje cifrado en el alfabeto del reino de la fantasía. Cojo una hoja en blanco y un bolígrafo y lo desciframos poco a poco, es un pequeño misterio, cada signo una letra del alfabeto, han raptado a la reina de las hadas. Escondo la hoja con mi letra en el libro, una manera de dejar una huella futura, y espero a que mi sobrino se duerma. De madrugada, sentado en el balcón, pienso en esa noche, los juegos, la luna, el libro del ratón Stilton, la conversación improvisada con Sm por internet, los viajes que me esperan en mayo, el laberinto que hay dentro de mí, el sueño del bucle. Miro la luna. Entonces, lo veo, yo intento que Oier sienta magia pero es él quien trae un pedazo de ella a mi vida.

3.
Encuentro un par de piedras en la orilla de la ría, son pequeñas, una parece una canica, la otra es alargada y amarilla y tiene una media luna sobre su superficie, depende cómo la coloque parece una sonrisa alegre o triste, como el bumerán del niño de Montedidio. Sonrío. Las escondo en mi mano para notar su tacto y aprender su forma. No son un amuleto, no son una carga, son piedras en el bolsillo, una manera de sentir la magia de lo inesperado. La primera vez que escribí sobre ellas me trajeron las palabras de la mujer del sueño. Me pregunto por qué busco la magia y una sonrisa, si estoy vacío y triste o he aprendido a disfrutar de aquello que me rodea. Siento que camino por una cuerda suspendida en el aire.




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