Domingo, 13 de mayo de 2012

Un desierto es un espacio y un espacio se cruza
  (en Cielo Amarillo, de William Wellman)

3.
Pienso en las cosas que he encontrado esta semana, una piedra con la forma y el color de un riñón, un pequeño cuaderno de hojas blancas con la portada de El principito, un par de libros de Néstor Sánchez. La piedra me sirve para buscar su frío en los días de viento sur y hacer pequeños malabares con ella en mi mano; en el cuaderno apunto los libros que me recomienda Ib (Chatwin, Sanmartín), también pensamientos fugaces que inician un horizonte de sucesos o un espacio en blanco; Néstor Sánchez escribe “¿quiénes seremos, Clara, los memoriosos, los ausentes?” y me deja en silencio en medio de una librería. Pienso en lo que he perdido esta semana, pero esas palabras están en mí, junto con la tristeza, me pertenecen, son íntimas, son mías.

2.
Decían en Cielo amarillo que los espacios se cruzan. Miro mis mapas, algunos con marcas de mis viajes (rutas a seguir, círculos en plazas y museos), otros con puntos donde sigo los viajes de Carolina y Diana, un mapa de la Europa del siglo XV que ha sido tragado por las estanterías y otro con una línea recta dibujada en él, un pequeño truco de magia. He dejado mapas de Madrid, Cádiz o Lisboa entre las hojas de mis libros, en habitaciones de hotel, en aeropuertos, en manos amigas, como si esos mapas fuesen migas que me ayudasen a volver sobre mis pasos. En unos días desempolvaré mi mochila roja, volveré a una ciudad que acoge una librería donde no hay espacio/tiempo, a la calidez y las sonrisas expansivas de Elche, trazaré una estela en un mapa que se confundirá con las pasadas, cruzaré un espacio.

1.
Mi sobrino me pide que invente una historia antes de dormir. Divago, soy onomatopeyas, frases que no termino, vuelvo atrás hasta que encuentro un inicio. Le hablo de un hombre que busca cosas perdidas, piedras, libros, mapas, platos, medallas, fotos, le digo que viaja mucho, que lleva una mochila al hombro donde guarda lo que encuentra, le digo que le gusta encontrar cosas perdidas porque dejan de estarlo y tienen una nueva oportunidad. No sé cómo continuar, pienso unos segundos, entonces le digo que en uno de sus viajes el chico encuentra una brújula mágica, le indica dónde están las cosas perdidas, no necesita pasarse horas y horas sin encontrar nada. Extiendo la palma de mi mano, muevo el dedo índice en rápidos círculos y señalo a un lado. Le digo que una vez la brújula señaló al frente, que el chico siguió la dirección que le marcaba la brújula y que al otro lado de la flecha se encontraba una chica. Oier me pregunta si la chica estaba perdida, le respondo que no, que era el chico quien lo estaba y que gracias a la chica dejó de estarlo. ¿Fin?, pregunta. Sí, fin, e intenta inventarse una historia, es parte de nuestro trato.

0.
Escribo para sobrevivir (y cruzar espacios).

 

 


Tags: espacios en blanco

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